“HITLERISMO: LA FE DEL
FUTURO”
por MATT KOEHL
UNION MUNDIAL DE
NACIONALSOCIALISTAS
EL PRESENTE TRABAJO APARECIO EN FORMA
ORIGINAL, EN INGLES, DENTRO DE LA
MAGNIFICA REVISTA “THE NATIONAL SOCIALIST”.
INTRODUCCION
Dos motivos principalmente, me han impulsado a traducir este
escrito. Uno,
el que su autor, Matt Koehl, actual jefe de la Union Mundial de
Nacionalsocialistas (WUNS), sea uno de los camaradas más
inquietos en el
estudio y “aggiornamiento” de la concepción del mundo
hitleriana. Los viejos y
gastados clichés de la “época” ya no son suficientes. En
un mundo en profunda
crisis de todos los valores donde - como indica el autor- ya no hay
prácticamente nada que merezca ser salvado, hemos de dejar de
lado el lastre de
algunos modos y maneras de las que la Alemania Nacionalsocialista no
tuvo
tiempo de Iibrarse del todo. Y era lógico, pues las ideas de
Hitler se
adelantaron demasiado a su tiempo y tuvieron que coexistir con un
sistema de
valores extraño, espiritual y éticamente alógeno.
De ahí esas latentes
tensiones entre Iglesia y Partido, entre Ejército y Partido, en
suma, entre el
Viejo Orden y los representantes de una nueva concepción del
mundo basada en
las leyes de bronce de la Naturaleza.
Hoy, para bien o para mal, todo aquel sistema de ideas “conservadoras”
y
‘tradicionales” está en bancarrota. Por otro lado, las ideas de
los vencedores
de 1.945 tambien están en crisis. Han fracasado al intentar
hacer pasar la
naturaleza y el mundo por el aro de dogmas utópicos (igualdad
humana,
antirracismo, economicismo frente a biología, etc.). El
resultado es desolador:
ya nadie cree en nada. Se ha formado, como dice Koehl, un “agujero
negro”
espiritual, pero que permitirá a un nuevo sistema de valores
renacer sobre las
ruinas de una cosmovisión semítica dos veces milenaria.
El hecho de no tener
nada que perder nos permite ser tremendamente, brutalmente sinceros.
El segundo motivo es el permitir a los camaradas NS españoles
tener acceso a
los trabajos ideológicos que se desarrollan fuera de nuestras
fronteras. Nuestros
camaradas deber ser conscientes de que en un mundo en ruinas
sólo las ideas
acordes con los valores eternos de Sangre y Suelo devolverán al
Hombre Blanco
su libertad y a Europa su destino.
Esa es nuestra gigantesca responsabilidad.
Enrique Aynat Eknes
MATT KOEHL
BREVE SEMBLANZA BIOGRÁFICA
Matt Koehl nació el 22 de enero de 1935 en Milwaukee. Wisconsin.
Al acabar el
bachillerato estudia en la Universidad de Milwaukee que deja en seguida
para
consagrarse en todo su tiempo al movimiento nacionalsocialista.
Se interesa vivamente ya en el colegio, y en 1960 se adhiere, al
“American Nazi
Party” nuevamente creado por George Lincoln Rockwell.
En 1961 Koehl es nombrado jefe de la nueva sección de Chicago,
que llegará,
bajo su impulso, a ser una de las principales.
Después del asesinato de Rockwell, el 25 de agosto de 1967, se
hace cargo de la
jefatura del Partido y de la WVNS (Unión Mundial de
nacionalsocialistas).
IDEA Y CIVILIZACION
Cada gran cultura, cada gran civilización -de hecho, cada
arden humano de
alguna significación- tiene una ideología polar o MYTHOS,
que le da carácter
emocional y supranacional a ese orden particular. La vida y destino de
una
cultura son inseparables de una idea nuclear. Esta hace de polo, el
cual
durante su período vital le facilita la unidad de su
expresión cultural,
política y religiosa.
¡Hay numerosos ejemplos. En el antiguo Egipto, el concepto
singular del KA es
la base cultural que da lugar a la construcción de las
pirámides. De manera
similar, el Taoísmo combinado con el Confucianismo y el Budismo
forman el
núcleo espiritual de la cultura tradicional china, igual que el
culto vital de
los japoneses gira alrededor del Shinto, del mismo modo que el Islam
facilita
la matriz espiritual para el florecimiento cultural en el
Próximo Oriente
durante la Edad Media. Entre los Indoeuropeos, la tradición
nórdica forjó las
bases de la exquisita civilización hindú, al igual que el
panteón de los dioses
y héroes clásicos presidió los destinos de la
antigua Hélade y de Roma.
Si ahora uno dirige su mirada hacia el Occidente, se llega a la
conclusión de
que es la visión cristiana del mundo la que palpita en el
corazón de esta
cultura particular. Realmente, su verdadero símbolo son las
torres de la
catedral gótica. En su arte, su arquitectura, su música,
literatura y
filosofía, el Occidente está caracterizado por la
omnipresencia de la
Cristiandad. En los magníficos frescos de Miguel Angel, en los
ritmos
polifónicos de Vivaldi y Bach, las piezas maestras literarias de
Dante, Chaucer
y Milton, la filosofía de Tomás de Aquino, Kant y Hegel;
en todo esto, la
inocultable presencia del Cristianismo destaca inconfundiblemente sobre
el
horizonte cultural.
Hasta figuras como Shakespeare, Rembrandt, Mozart, Beethoven, Wagner y
Schopenhauer - ¡incluso Voltaire y Nietzsche!-, cuyo DAEMON
creativo trascendió
el dogma de la Iglesia de manera destacada, dieron testimonio de la
presencia
ineluctable de la idea cristiana en los hechos culturales. Incluso si
se
reconoce que los trabajos de estas personalidades no tienen nada que
ver con la
doctrina cristiana, pues derivan su inspiración última de
otras fuentes, aun
así este argumento nos da la prueba más concluyente de
que la Cristiandad es
realmente el MYTHOS de la cultura occidental, la idea cardinal
alrededor de la
cual gira toda su expresión cultural. Aun para todos aquellos
que han visto
modificados sus principios fundamentales, ha continuado influyendo el
medio
cultural y constituyendo el punto central de referencia para el
pensamiento y
la acción.
No deja de tener significación el que las dos mayores lenguas
del pensamiento
occidental -inglés y alemán- hayan recibido su forma
moderna de la traducción
de la Biblia cristiana; que la principal función de las primeras
universidades
occidentales fuera enseñar teología cristiana; y que las
ciencias naturales
-cuyo dominio fascinó el intelectoo ario, aunque llegara a turbar
los sólidos
fundamentos de su propia fe- comenzó muy humildemente con el
estudio tranquilo
y concienzudo del mundo del Creador cristiano. Todo esto es el
testimonio
elocuente de que la visión cristiana del mundo forma realmente
la matriz
espiritual -el centro nuclear- de la cultura occidental.
CRISTIANDAD Y OCCIDENTE
Cuando el Cristianismo en su primera forma niceana (tras el concilio
de
Nicea) hizo su aparición entre los pueblos germánicos del
Norte de Europa, los
futuros progenitores de Occidente recibieron la nueva doctrina con
considerable
suspicacia y todo excepto entusiasmo. Por su parte, se sentían
más confortables
con sus propios dioses y creencias indígenas que con la
extraña importación
procedente del Este. Aun con la agregación de elementos
helenísticos y romanos
durante su migración desde Judea, el Cristianismo -con su
subyacente carácter
semítico-oriental- se mantuvo esencialmente extraño a la
personalidad y postura
del arrogante teutón. Dentro del alma de nuestros antepasados,
el verdadero
concepto del pecado original fue concebido como irracional y perverso,
igual
que las llamadas al pacifismo y a la abnegación fueron vistas
como degradantes
de la dignidad propia.
La religiosidad innata -FROMMIGKEIT- de estos hombres del Norte
envolvía
valores personales de honor y lealtad, valentía y honradez,
heroísmo,
honestidad, veracidad, razón, proporción, equilibrio y
autodominio, unido a
orgullo de raza, espíritu inquieto y un profundo respeto por el
mundo natural y
sus leyes; ideas representativas de una visión del mundo que los
primeros
cristianos creyeron incompatibles con su doctrina y procedieron
considerándolas
como PAGANAS.
Si bien mostraban escasa inclinación a abrazar la nueva fe,
tampoco dieron
muestras de impedir la nueva actitud. Con la característica
tolerancia nórdica,
eran complacientes al permitir la coexistencia pacífica de
dioses extraños
junto a las deidades naturales de su propio pueblo.
Por supuesto, no obstante, la nueva doctrina -impelida por el
desconocido
espíritu semítico de odio e intolerancia- comenzó
a exigir la eliminación de
todos los competidores, insistiendo en que sólo se debía
rendir homenaje al
único dios celoso, el dios tribal oficial judío -YAHWEH o
Jehová- y su hijo.
Extraño en su doctrina, el credo del Amor fue obligado ahora a
emplear métodos
igualmente extraños para lograr sus propósitos. Bajo los
auspicios de la
espada, acompañada del exterminio en masa, la conversión
cristiana avanzó a
grandes pasos donde la persuasión pacífica había
fallado. De este modo, por
ejemplo, fueron reveladas las buenas nuevas del Salvador cristiano a
los
sajones de Widukind y a los hombres del norte (norsemen) de Olav
Tryggvason. Si
bien fue hipócrita y esencialmente contradictorio, fue sin
embargo efectivo, y
toda Europa fue de este modo “salvada” para el Cristianismo.
Sería un error, sin embargo, creer que únicamente a
través de la fuerza y de la
violencia venció el Cristianismo. En la propagación de su
doctrina y en la
realización de lo que consideraba ser su santa misión, la
Iglesia desplegó una
asombrosa flexibilidad y soltura. No repudió, por ejemplo,
adoptar y adaptar en
sus propósitos -cuando creyó oportuno- ciertos aspectos
del antiguo paganismo,
particularmente aquellos que se enraizaban más firmemente en la
práctica
popular de nuestros antepasados. Esto no sólo le sirvió
de ayuda en el proceso
de conversión haciendo la noción cristiana más
agradable a la perspectiva nórdica,
sino también se usó para inducir un mayor asentimiento y
sumisión por parte de
los recién convertidos.
Especialmente durante el mandato del Papa Gregorio recibió esta
política su
sanción definitiva. Lugares sagrados oficiales del paganismo
fueron convertidos
en sedes de nuevas capillas, iglesias y templos. La celebración
nórdica del
solsticio de invierno, Navidad, fue arbitrariamente elegida como el
nacimiento
oficial del Salvador cristiano. La celebración primaveral de la
naturaleza
renacida, la Pascua, fue elegida como el tiempo de la
resurrección cristiana,
imitando al Passover judío. La fiesta del solsticio de verano,
Midsummer, fue
transmutada en el Día de San Juan, acompañada de los
ritos tradicionales del
fuego y el agua. De manera similar, las otras fiestas tradicionales
fueron
transformadas: el mes de mayo se convirtió en la
celebración de Pentecostés; la
fiesta céltica de Samhain se convirtió en el Día
de Todos los Santos; y la
Cuaresma, tomando coloración cristiana, pasó a denominar
la celebración del
mismo nombre.
Pero la adaptación cristiana no se limitó sólo a
los días sagrados: se extendió
a las deidades, costumbres y símbolos paganos. Una multiplicidad
de santos y de
ángeles, por ejemplo, reemplazó a varios dioses y
héroes de los tiempos precristianos.
El rociamiento ritual de los niños se convirtió en el
bautismo cristiano, igual
que los saludables efectos del agua bendita fueron descubiertos
rápidamente por
la nueva fe. Igualmente, el árbol alumbrado con velas y la
decoración silvestre
características de la Navidad fue tomada intacta
prácticamente de una primitiva
costumbre pagana. Incluso la CRUZ misma fue adaptada de fuentes
precristianas,
reemplazando al antiguo pez, paloma y estrella como emblema de la nueva
fe (de
hecho causó considerable revuelo y controversia cuando fue
introducida por vez
primera en la Iglesia primitiva).
Por tanto, además de aquellos elementos helenísticos,
romanos y babilónicos que
siempre cubrieron el núcleo original judío, un componente
nórdico es
introducido ahora en esa MELANGE espiritual que llegó a ser el
cristianismo
medieval. Con todas estas añadiduras, sin embargo, fue
esencialmente la forma
exterior de la fe la que fue afectada y modificada; la substancia
intrínseca de
la doctrina retuvo básicamente su carácter
oriental-semítico. Si bien el nuevo
credo no fue tan particularista como su pariente judío, fue
concebido con una
función igualadora entre los no judíos. Aquello que
originariamente había sido
una secta judía se convirtió, a instancias del antiguo
fariseo Saúl-Pablo, en
un credo universal dirigido al mundo ario, negador de la validez de
toda
distinción racial, étnica y personal.
De este modo emergió de este germen la fe que constituyó
la base espiritual de
la cultura occidental.
LA DECADENCIA DEL CRISTIANISMO
La imposición del Cristianismo a los pueblos arios del norte de
Europa tuvo un
último efecto: ha resultado de ello una tensión interna,
una incertidumbre, un
malestar que ha sido rasgo característico de la cultura
occidental. A través de
la historia de Occidente existió siempre una lucha espiritual,
percibida
sutilmente por los más atentos espíritus de la raza,
ocasionada por la
contradicción entre los inversos valores y principios del
sistema de creencias
oriental-semítico por una parte y la natural sensibilidad
religiosa del hombre
ario-nórdico por otra. Y si lo anterior fundaba la matriz
ideológica de la
cultura, era lo último que podía facilitar la
inspiración creadora, la chispa
divina. De hecho, los más grandes momentos de la cultura
occidental como
manifestación del genio ario -expresadas específicamente
de forma cristiana o
extracristiana- sucedieron A PESAR de las estructuras del dogma
eclesiástico.
Dante, Chaucer, Spencer, Shakespeare, Milton, Goethe, Schiller,
Shelley,
Wordsworth, Keats, Byron, Leonardo, Miguel Angel, Rafael, Boticelli,
Durero y
Rembrandt lo testifican, no menos que Vivaldi, Bach, Händel,
Haydn, Mozart,
Beethoven y Wagner.
Como hemos visto, el carácter exterior del Cristianismo fue
ampliamente
modificado por la metamorfosis de un pequeño culto judío
en la imponente
religión de Occidente. Esa institución medieval que
conocemos bajo el nombre de
caballería, de hecho, con su refinado código del honor
-que conserva a pesar de
sus adornos cristianos la visión del mundo y costumbres de un
tiempo
precristiano- facilitaba un MODUS VIVENDI a los elementos espirituales
de
oposición durante la Edad Media. Así, a través de
una mutua acomodación de
formas, era contenida la contradicción subyacente. Pero a pesar
de estos
ajustes, el inquietante peso de esta idea extraña estaba latente
en las
producciones de la cultura.
La respuesta social e intelectual a esta tensión interior
variaba. Por su
parte, los reyes, emperadores y demás dirigentes seculares
proponían tratar la
cuestión con cínica frialdad, acomodándose u
ofreciendo resistencia según los
dictados de las exigencias políticas. Entre los intelectuales y
pensadores
había quien, como Giordano Bruno, se enfrentaban en abierta
revuelta contra el
dogma de la Iglesia. Más frecuentemente, sin embargo, las
exteriorizaciones de
la inquietud se manifestaban en sutiles intentos de orientar la
doctrina
cristiana hacia la innata religiosidad aria. Esto se dio paulatinamente
entre
los místicos de la Edad Media, como Scotus Erigena, Amalric de
Bena y el
Maestro Eckhart, quien -yendo más allá de la
teología de la Iglesia y mirando
hacia adentro de su propia alma y de la naturaleza misma-
descubrió el reino de
Dios.
Fue el Renacimiento, sin embargo, el que constituyó el
más significativo
movimiento para alterar la doctrina de la Iglesia; movimiento que, de
hecho,
establecería una irreversible cadena de acontecimientos
conducentes en último
término a desacreditar esa doctrina como idea cardinal de la
cultura. Ahora,
por vez primera, el impulso prometeico se daba fuera de los moldes
clericales.
El arte fue arte por amor al arte en sí -un hecho notable que
anunciaba que la
vitalidad creadora avanzaba más allá de las “recetas”
establecidas. Toda la
cosmología judeocristiana era puesta en cuestión por los
nuevos descubrimientos
de las ciencias físicas y naturales. Comenzaba la
exploración a través de los
mares desconocidos.
Quizá el hecho más revolucionario de este período,
sin embargo, fue el
descubrimiento de la imprenta por Johann Gutenberg, que facilitó
una mucho más
vasta circulación de un saber distinto al que llevaba el
imprimatur
eclesiástico, saber que trascendía la ideología
básica del cristianismo.
*****
La consecuencia más importante de la invención de
Gutenberg se dio en la
Reforma protestante, en cuyo desarrollo tuvo una influencia enorme.
Hasta
Martin Lutero el foco de la autoridad cristiana estaba en el Papado,
cuyas
decisiones eran incuestionables en materia de fe y dogma. Ahora, con el
gran
cisma de la Cristiandad, un desafío directo se presentaba a la
autoridad
eclesiástica. No intentaban ciertamente Lutero y los otros
rebeldes socavar o
eliminar la fe cristiana; más bien lo contrario. Simplemente
querían
reformarla. Pero al discutir la Cristiandad como institución
unitaria y
provocando un abismo en las filas cristianas, inadvertidamente abrieron
la
puerta a la duda en el MYTHOS cristiano mismo.
Para reemplazar la autoridad papal en materia religiosa, Lutero propuso
sustituirla por la autoridad de la Biblia; y así, con la
perspectiva del empleo
del invento de Gutenberg, subestimó el prodigioso trabajo de
traducción de las
oscuras escrituras hebreas al lenguaje alemán, para la perpetua
desgracia de la
Cristiandad. Es irónico que en su búsqueda por la
libertad espiritual, el gran
reformador rechazó el despotismo del Papado para abrazar la
tiranía del Torah y
de los antiguos profetas judíos. Los textos arcaicos que
permanecieron en
viejas estanterías detrás de las paredes de los
monasterios y accesibles sólo a
los sacerdotes y teólogos eran ahora de propiedad universal. Y
ahora, en lugar
de una sola autoridad en cuestiones de exégesis cristiana, cada
uno-y no uno
sólo- se convertía en autoridad. Esto sólo
podía tener fin resultado:
contradicción y confusión.
Su efecto sobre los cerebros inteligentes, por tanto, fue devastador.
Ahora era
posible, según la mejor tradición talmúdica,
probar puntos de vista mutuamente
excluyentes con referencias de los mismos textos semíticos. Y no
sólo eso,
además el examen crítico de la literatura bíblica
hizo nacer serias dudas
concernientes a la veracidad y validez del fondo mismo del tema. Por
primera
vez, los cerebros más despiertos pudieron observar la obvia
contradicción entre
la realidad empírica y lo que se proclamaba como escritura
sagrada.
Gradualmente aumentó la idea íntima de que la fe se
estaba agrietando, y el
genio creativo comenzó a buscar fuera de la ideología de
la Iglesia para su
inspiración y dirección. Pero aún así los
motivos cristianos continuaban
facilitando la forma externa de la expresión artística
-como, por ejemplo, en
las obras de Bach, Corelli y Rubens- pero el DAEMON vital del que
hablaban era
claramente extra-cristiano y trascendía del orden religioso del
dogma de la
Iglesia. Por tanto, incluso la Reforma -y el modo artístico en
que ésta se inspiraba-
sucumbió. Tuvo lugar un aletargamiento en el pensamiento
tradicional y la
creatividad aria se dirigía cada vez más hacia nuevas
direcciones. En el plano
intelectual, la filosofía -que desde hacía tiempo se
había separado de la
teología- perseguía su propia búsqueda
independiente de la verdad, mientras que
a nivel artístico una sucesión de estilos -empujados por
una irreprimible
tensión interna- intentaba siempre nuevas formas de
expresión. Así, el Barroco,
habiendo explotado todas sus posibilidades, abrió el camino al
Neoclásico y al
Rococó, el cual cedió ante el Romanticismo del
último siglo y el Impresionismo,
al cual ha sucedido la era del Arte Moderno, con el cual concluye la
experiencia histórica de Occidente.
*****
Hoy, la Cristiandad ha llegado a su meta final. Tanto desde el punto
de
vista espiritual como científico, sus creencias fundamentales
son
insostenibles. Los avances de la ciencia aria quebraron para siempre
los viejos
mitos judíos. El impacto acumulado de figuras como
Copérnico, Galileo, Kepler,
Newton y Darwin no pudo ser suprimido eternamente por decreto
eclesiástico.
Cuando el dogma de la Iglesia, por ejemplo, insistía en que la
tierra era el
centro del universo y la investigación científica
demostraba otra cosa, el
hombre ario estaba inclinado, por su innato amor a la verdad, a aceptar
esto
último a expensas de lo anterior. Obrando así,
llegó a cuestionar todos los
otros aspectos de un sistema de creencias hasta entonces sacrosanto.
Para la
Iglesia moderna esto plantea un dilema imposible. Cuanto más se
adhiere a sus
fundamentos doctrinales más resaltan las contradicciones. Por el
otro lado,
otras veces intenta reconciliarse con los descubrimientos de la ciencia
a
través de la reinterpretación y redefinición de
sus principios básicos, con lo
que automáticamente cede en su posición moral y en su
verdadera razón de
existencia como árbitro de la verdad.
El hecho es que el Cristianismo, como ideología dominante en
Occidente, ha
sucumbido. Ha agotado todas sus posibilidades históricas. No
puede sostener por
más tiempo la fuerza emocional, mítica y polarizadora
necesaria para dirigir la
vida espiritual de una cultura. Además ha consumido su fuerza
cultural y ya no
es capaz de adaptarse con éxito a las nuevas realidades
orgánicas.
Todo esto puede ser observado enseguida en el vacío y
esterilidad de la
expresión cultural moderna -que refleja la ausencia de todo
valor realmente
espiritual- igual que la secularización de la idea cristiana en
democracia
liberal y marxismo. Esto se puede ver especialmente en el proceso de
auto-devaluación a través del ecumenismo y del
diálogo interconfesional e
interideológico, lo que constituye la más clara
confesión del Cristianismo de
que ha fracasado y ya no tiene nada vital que ofrecer. Si la Iglesia
misma admite
que su doctrina es igual que la de los no creyentes ¿qué
razón hay para ser
creyente?
No deja de tener importancia que mientras la influencia del
Cristianismo está
decreciendo en Occidente, está -a través de la creciente
fuerza de presión
demográfica- ganando almas y extendiéndose entre los
no-blancos. Y no se
produce este fenómeno sólo en América Latina,
también en Africa y -con menor
intensidad- incluso en Asia. Este fenómeno no ha dejado
indiferente a la
Iglesia, que -con su complaciente postura interracial y sus intentos de
divorciarse incluso de sus orígenes históricos
occidentales- ha preferido
redirigir el mensaje cristiano hacia el mundo de color como área
principal de
sus intereses. Al abandonar su papel occidental, el Cristianismo ha
anunciado su
conclusión como fuerza cultural. Y así, cuanto pudo
representar
tradicionalmente para las pasadas generaciones de europeos y americanos
ya no
puede conservarlo por más tiempo.
Por consiguiente, sería un error creer que la idea
judeocristiana tiene hoy algo
que ofrecer a los pueblos blancos en su lucha por la supervivencia, ya
que no
puede encararse a las necesidades vitales de la amenazada vida de los
arios en
este planeta. Lo que ahora existe bajo el nombre de Cristianismo
-aparte de
ciertos intentos nostálgicos y retrógrados de resucitar
un cadáver histórico en
un mundo de incertidumbre e inseguridad- sólo es formalismo
fosilizado y
estéril nominalismo sin genuina vitalidad y sustancia,
reflejadora de la
relevancia marginal de esta particular ideología en la sociedad
de hoy. Frente
a las realidades modernas, la visión del mundo cristiana
simplemente no tiene
nada más que decir. Ha cumplido su misión
histórica; está moribunda. En el
mejor de los casos, es irrelevante. En el peor, es un enemigo
público, una amenaza
mortal para la raza aria y su supervivencia.
Se nos puede replicar que las consecuencias de este error
ideológico y
espiritual eran mucho menos notables antes de la Segunda Guerra
Mundial. ¿Puede
sostenerse el mismo razonamiento hoy, cuando los efectos finales de ese
error
pueden verse fácilmente? Desde hace un milenio el Cristianismo
ha tenido el
monopolio y se ha autoproclamado el custodio del bienestar espiritual y
moral
de un orden cultural entero, por lo que debe asumir lo que
aceptó como responsabilidad.
¿Cuáles entonces, son los frutos de su régimen
espiritual? Lo podemos ver
alrededor nuestro. Son los síntomas de una civilización
enferma: decadencia,
degeneración, depravación, corrupción,
egoísmo, hedonismo, materialismo,
marxismo y -por último- ateísmo, Sí, ATEISMO. A
través de la destrucción del
impulso natural existente en los corazones de nuestro pueblo y
sustituyéndolo
por mitos alógenos y supersticiones, tiene ahora la plena
responsabilidad de la
limitada capacidad para creencias espirituales entre nosotros.
Se nos objetará quizá que la Iglesia misma se opone a las
lacras que hemos
enumerado. Lo siento, la responsabilidad de lo que se ha reclamado como
carga
divina no se puede rehuir tan fácilmente. En definitiva, estas
resultan ser las
consecuencias actuales de su reinado terrestre.
El espíritu prometeico del hombre ario busca ahora en otras
direcciones.
EL OCASO DE OCCIDENTE
Como hemos visto, la causa última de la decadencia de Occidente
reside en el
fracaso de la ideología polar, o MYTHOS, en la que se
basó su fundación. Una
vez fueron puestos en cuestión y discutidos los dogmas de la fe
dominante
-cuestionados por las afirmaciones irraciionales de la doctrina
cristiana por un
lado y la naturaleza investigadora de la verdad del hombre ario por
otro- era
sólo cuestión de tiempo el que se pusiera en la picota a
todo un orden
cultural.
Con la pérdida de confianza en su ideología rectora -esto
es, con el
Cristianismo moribundo- Occidente perdió la fe en sí
mismo, y su muerte fue
inevitable. La visión cristiana del mundo era el verdadero
corazón y alma de
Occidente, permitiendo su arte y su cultura. No era accidental, por lo
demás,
que en tiempos pasados el término “cristiandad” fuese
sinónimo de Occidente.
Las culturas viven y mueren con sus dioses. Que el Dios de Occidente
moriría
estaba predestinado desde el principio, y es en este sentido como debe
ser
comprendido el célebre leif motiv de Nietzsche. ¿Por
cuánto tiempo puede
satisfacer plenamente las necesidades espirituales reales del
año una
importación del Medio Oriente? Yahweh-Jehová puede
matar a Zeus y a Júpiter, a
Odín y a Thor. Pero ¿cuánto tiempo puede mantener
la ficción de que es el padre
real de los arios?
Si desdeñamos todo renacimiento efímero, se puede
comprender fácilmente que la
cultura occidental ha alcanzado ahora el punto de plena incertidumbre y
ateísmo, un hecho que se refleja en cada campo de las
actividades culturales
modernas. Atonalidad e irrupción de ritmos alógenos en
música, abstracción y
locura en pintura y artes plásticas, chapuzas y vulgaridad en
literatura y
sobre el escenario, insipidez y deformidad grotesca de líneas en
arquitectura.
Todas estas muestras son testimonio de un vacío y esterilidad
espirituales, de
desorientación y falta de dirección, de una ausencia de
valores y de modelos y
de un ETHOS que informe la expresión artística.
Pero es la tecnología moderna, sin embargo, la que -al asumir
una función
utilitaria en una sociedad de producción-consumo, materialista,
sin alma, antes
que servir a una alta meta cultural-ofrece la conclusión
definitiva de que la
cultura occidental ya no tiene nada que decir. Occidente, como cultura,
está
exhausto de toda posibilidad histórica; carece de toda nueva
dirección en la
que encaminarse. Esto no significa que el ario ya no posea la capacidad
creadora. Sino que su genio busca ahora en un contexto POST-occidental.
La
civilización occidental, por sí misma, no puede
experimentar un renacimiento.
Ha explotado y agotado su potencial y destruido su única
esperanza de resurgimiento,
y ahora sólo puede revolcarse en su propia decadencia y muerte.
El Antiguo
Orden está sentenciado.
No sólo es inevitable el colapso de Occidente, también es
históricamente
imperativo el nacimiento de un Nuevo Orden. Solamente una nueva
formación posibilitará
la salvación racial del ario. Verdaderamente, esta
civilización DEBE morir, así
como debe erigirse sobre sus ruinas una cultura nueva y más
grande. Este es el
significado y el mensaje de los acontecimientos contemporáneos.
Esta es la
voluntad de hierro de la historia.
LA TRAGEDIA DE 1945
La caída de Berlín ante las hordas del Este en 1945
representa un punto
decisivo y crucial en la historia del mundo. Muy pocos hasta ahora han
comprendido su importancia real, aunque algunos se han referido a las
hipotéticas posibilidades de un desenlace diferente en ese
conflicto:
Desgraciadamente, el desenlace estaba prefijado y comprendía
elementos que una
dirección sobrehumana tampoco podría vencer.
Los acontecimientos de 1945 fueron, de hecho, la escena final de un
gran drama
trágico que comenzó el 20 de abril de 1889, cuando una
extraordinaria figura
apareció en este mundo para iniciar la salida de la segunda
mitad de la
historia humana. Pero aunque el nacimiento de esta personalidad fuera
de serie
señala el inicio de una edad nueva, su trabajo terrenal fue
constreñido por las
exigencias del Viejo Orden. Y aquí es donde se introduce el
elemento de
tragedia. Para el que viene al mundo durante un giro histórico
-en el período
en el cual un sistema está desapareciendo y otro está
surgiendo- se anulan los
más agudos esfuerzos y se impide la posibilidad de
realización de su Idea
durante su periodo de vida.
Es quizá la mayor de las ironías históricas el que
fuera Adolf Hitler, el padre
de la edad nueva, el que ofreciese a Occidente la última
oportunidad de
rehabilitación y renovación. Al introducir un nuevo
espíritu en la vieja
civilización y defender sus mejores formas institucionales -como
proponía el
Líder- es concebible que el Viejo Orden pudiera prolongar su
vida histórica,
tal vez por otro milenio. Pero no pudo ser. La decadencia estaba
demasiado
avanzada. En su estado enfermo y delirante, Occidente rechazó la
única mano que
podría rescatarlo de su muerte irremisible.
Más allá de eso, la contradicción entre los
valores de lo Viejo y lo Nuevo eran
simplemente demasiado grandes. En último análisis, eran
mutuamente excluyentes.
Por tanto, la Segunda Guerra Mundial fue también, de hecho, una
“guerra contra
Occidente”, como acusaron los críticos del Nacional Socialismo.
Aquella
representó una lucha titánica entre lo Viejo y lo Nuevo.
Desgraciadamente, las
atrincheradas fuerzas de lo Viejo -aun en su estado moribundo y
decadente-
resultaron ser momentáneamente demasiado formidables para el
incipiente Nuevo
Orden.
Debe ser destacado aquí -y no deja de tener importancia- que el
Tercer Reich,
el estado provisional del Nuevo Orden, estaba él mismo pesada y
FATALMENTE
infectado por ideas y elementos traídos del Viejo Orden. Lo
Nuevo no prevaleció
completamente sobre lo Viejo. Por eso fue solamente un comienzo. La
verdadera
naturaleza de su introducción, que fue dictada por las
realidades políticas y
sociales de la Alemania de entonces, incluía una
transición gradual y evolutiva
de lo Viejo a lo nuevo, antes que un levantamiento violento que no
hubiera sido
factible ni justificable en aquellas circunstancias históricas.
En
consecuencia, por tanto, descubrimos que hasta el estallido de la
guerra en
1939, el viejo modo de pensar, las viejas actitudes, los viejos
hábitos y los
viejos intereses persistían en muchos sectores de la sociedad
alemana. Los
nuevos modos eran aún demasiado tenues. Ni siquiera el espacio
de una
generación hubiera permitido la introducción de un cambio
necesario y radical.
Así, el resultado de este trágico drama no podía
ser distinto de como fue. El
destino escogió el tiempo y el lugar y fijó el desenlace,
y los acontecimientos
ocurrieron en la manera prevista. De este modo, esta tragedia
monumental -con
la inmolación de su genial protagonista y su pueblo
mártir- fue históricamente
necesaria por dos motivos. Primero, porque resultó un golpe
decisivo para el
Viejo Orden, un golpe mortal del que nunca podrá recobrarse y
que le asegura su
desaparición de esta etapa de la historia mundial. En segundo
lugar, porque al
aclarar las cosas, sirvió para liberar al nuevo Movimiento de
los lazos,
inhibiciones o servidumbres con respecto a lo Viejo, facilitando
así la
necesaria libertad para la realización de su misión
revolucionaria. Considerar
esto es particularmente importante, ya que en 1945 no fue solamente un
hito en
la larga historia del mundo; fue una línea divisoria en el
desarrollo del
Movimiento. De una fase que fue esencialmente política y militar
se llega ahora
a una espiritual e incluso RELIGIOSA.
Militar y políticamente, el Nacionalsocialismo fue derrotado
completamente en
1945. Si representara una estructura política y militar
meramente, no habría
sobrevivido al colapso. La Idea de Adolf Hitler, sin embargo,
trascendió al
simple aspecto político o militar. Era por encima de todo
ESPIRITUAL, y las
ideas espirituales no pueden ser destruidas únicamente a
través de la fuerza
bruta o medios militares.
Pero la fuerza militar y la coacción física eran los
únicos recursos de que
disponía el Viejo Orden; moral y espiritualmente estaba en
bancarrota. Por lo
que la aparente derrota del Nacionalsocialismo probó ser
completamente
diferente. A pesar de la contienda, la Nueva Idea no perdió nada
de su
integridad -de su sustancia profunda- sino que permaneció
espiritualmente INVICTA,
esperando el momento propicio para hacer su reaparición.
Verdaderamente, fue en
esta área vital donde probó ser más fuerte que
nunca. Intacta a pesar de
persecuciones y calumnias de todo tipo, está ahora completamente
libre y sin
trabas para proseguir hacia su alto destino. El Movimiento ha crecido,
en el
crisol del más espantoso sufrimiento y penalidad, interiormente
purgado,
acabado en su fe, fortificado, endurecido e infinitamente más
consciente de su
santa misión en esta tierra. Marchando hacia el futuro,
comenzamos a percibir
el tímido esbozo de un gran designio: ADOLF HITLER Y SU PUEBLO
SE SACRIFICARON
PARA QUE SU MARAVILLOSA NUEVA IDEA PUDIERA UN DIA RENACER DE FORMA
GRANDIOSA EN
TODAS PARTES COMO EL GUÌA Y SIMBOLO DE LA HUMANIDAD ARIA
MILITANTE. Este fue el
propósito y la esencia de su heroica lucha, Y es ahora sobre
este sagrado
fundamento -forjado y consagrado en las llamas de una tragedia
gigantesca-
donde un Movimiento regenerado debe luchar recordando eternamente el
sacrificio
de la sangre de aquellos millones de mártires, representantes de
una alta
humanidad, que cayeron con la fe de una nueva época en sus
corazones.
VISION DEL MUNDO DE UNA EPOCA NUEVA
Hoy presenciamos la agonía mortal de una civilización.
Una sociedad entera está
en colapso. Lo Viejo no puede ser restaurado. Está acabado.
La confusión e incertidumbre que vemos son el preludio del caos
y agonía
totales que nos aguardan. Cuando la brillante estrella de la
civilización se
apaga, se crea un “agujero negro” espiritual, que actúa de
manera inversa a su
antagonista. Toda realidad espiritual es afectada por un vacío
ANTI-ESPIRITUAL
No subsisten el carácter, ni la voluntad, ni valores, ni
ideales, ni principios
ni raíces, ni dirección, ni verdad, ni honor, ni belleza,
ni bondad ni orden,
ni dioses. NADA. Sólo aquel que esté preparado para
distanciarse del viejo
mundo y alejarse de su terrible fuerza de gravedad puede escapar al
omnipotente
torbellino del colapso.
En esta última categoría reuniremos a todos los ahora
espiritualmente
alienados, que de algún modo intentan buscar su camino hacia un
mundo nuevo.
Hoy existe una creciente sensación de desesperación -una
desesperación
reflexiva más que una mera falta de fe en un régimen de
gobierno o sistema
social- pero que toca a cada aspecto de la vida. Muchos hombres buscan
desesperadamente el creer en algo, algo que guíe y de sentido a
sus vidas. Los
cerebros más sensibles están buscando un objetivo, un
nuevo foco de fe que
reemplace al que, sin esperanzas e irremisiblemente, se está
hundiendo.
¿Pero dónde está esta idea, esta fe?
Como se ha remarcado, el ario ha padecido miles de años una
tensión espiritual
causada por la intrusión de una ideología alógena
en su natural visión del
mundo -proceso que distorsionó la cultura occidental desde sus
comienzos e
impidió la realización de su alta misión. No
sólo se infiltró esta increíble
cosmología en un ario asqueado por el nuevo credo, sino que fue
obligado a
aceptar una declaración de principios teológica que
suponía una declaración de
guerra contra el orden natural y sus leyes eternas. Se divorció
a Dios de su
creación; la naturaleza misma llegó a ser “sospechosa”;
el espíritu se enemistó
con la carne; el hombre fue declarado forzosamente un malvado sin
esperanza;
Dios se convirtió en un objeto extraño -una figura
remota, arbitraria y
despótica- a quien el hombre tendría miedo y ante el cual
debería humillarse e
inclinarse. Así, la conducta responsable y justa fue menoscabada
en favor del
perdón a través de la gracia divina.
La preocupación de la religión occidental durante un
milenio por la salvación
del “alma” individual, sin consideración para cuestiones
raciales más amplias,
tuvo las más desastrosas consecuencias. No sólo se
promocionaron las más
groseras formas de mezquindad y egoísmo, sino que además
tuvo efectos aún más
perjudiciales. Al asignar una importancia cardinal a la
salvación individual se
minusvaloró el bien de la propia especie -el propio pueblo y
raza- como de
menor importancia. La comunidad de creyentes -amarillos, negros,
blancos- era
más preciosa en opinión de los padres de la Iglesia que
la verdadera comunidad
de la carne y la sangre, cuyo culto y defensa fue considerado como una
especie
de “idolatría”. Con lo cual la esencia espiritual del ario se
modificó para
convertirse en un mejunje moral de mansedumbre, mojigatería,
no-resistencia y
amor al enemigo.
Nuestra visión del mundo diferirá radicalmente de la
perspectiva
judeocristiana. Obrará desde una perspectiva totalmente
diferente de la
condición humana y de su objetivo.
Se basará, en primer lugar, en un profundo respeto y obediencia
por la
naturaleza, a la que concibe como un orden intemporal sin principio ni
fin,
pero en constante cambio y en renovación cíclica, y que
en última esencia es
consustancial con lo divino, al que trata como un SUJETO antes que un
objeto.
Considera al hombre como una parte de la naturaleza y propone restaurar
las
leyes naturales como orden rector de los asuntos humanos -volviendo
así a atar
el lazo entre hombre y naturaleza, lazo que fue roto por la
ideología semítica.
Al mismo tiempo, declara que para el ario consciente no hay
separación de lo
divino; que su dios no está en otro mundo, sino que reside entre
los límites de
su propia tierra; y que la actitud religiosa recta es la de la
veneración,
antes que la del temor. Así levanta la carga del pecado original
y pone fin al
rebajamiento ante el Omnipotente, proclamando en su lugar la propia
nobleza del
alma. Restaura la integridad esencial del hombre, pues según su
creencia no
puede haber separación entre cuerpo y alma. Representa,
finalmente, una
AFIRMACION -no una negación- de la vida y enseña que el
heroísmo y el valor
desafiante y viril pueden vencer cualquier cosa.
Así la nueva Idea -al retomar a los valores tradicionales de la
religiosidad aria-
libera al ario de esa tensión interna que caracterizó su
vida espiritual en
Occidente durante el último milenio, y le armoniza con las leyes
de la
naturaleza y consigo mismo. En una palabra, la perspectiva del futuro
restablece en el ario su condición profunda y natural,
concediéndole de nuevo
la libre expresión de su espiritualidad original, así
como liberándole para el
cumplimiento de una gran misión. De este modo, llama de nuevo a
la fe de
nuestros antepasados, que vivieron en comunión con la naturaleza
y disfrutaron
de una vida religiosa plenamente desarrollada, que estableció
los patrones
éticos y morales de una sociedad y fijaron el carácter
espiritual de su
destino.
Lo más importante, apoyándose en la fuente primigenia de
la vida misma, es que
la nueva Idea está decidida a restablecer la primacía de
la Raza como la
premisa sagrada para una más alta existencia en esta tierra.
Estableciendo el
concepto de raza como un inviolable principio religioso -realmente un
IMPERATIVO MORAL- está preparada para hablar de la
solución suprema de los
tiempos modernos, la definitiva solución
biológico-ambiental o sea, la
supervivencia del ario como la más avanzada forma de vida en
este planeta. Por
tanto, su empresa vital no es la salvación del individuo
aislado, sino el de
una raza entera. En contraste, todo sistema religioso o
filosófico
contemporáneo es irrelevante, absurdo e inútil -cuando no
francamente nocivo-
para la causa de nuestra existencia, pues impide plantear esta
cuestión
fundamental de una manera franca y positiva.
Debe ser destacado aquí que la amenaza para nuestra
supervivencia racial
comienza por causas espirituales consecuentemente, sólo puede
ser salvaguardada
por una solución de carácter espiritual. No padecemos
tanto por una falta de
alternativas políticas o estrategias intelectuales sino por la
escasez de
voluntad, valor, determinación, dedicación, entrega e
integridad. Cualesquiera
peligros externos derivan, en último análisis, de este
problema interno.
Por ello, la cuestión de la supervivencia racial debe ser vista
no sólo como
relacionada con la actividad política y propagandística,
sino, en primer lugar,
comprendiendo una movilización espiritual y moral. Sin una regla
moral todos
los esfuerzos -aun nobles y valientes- necesariamente serán
inútiles. Los
efectos de décadas y centurias de decadencia cultural
están simplemente
demasiado avanzados y extendidos como para ser vencidos sólo a
través de la
lucha política. La función correcta de la política
es emplear al pueblo -a las
masas- COMO SON, y utilizarlas para lograr una gran meta. La
condición
espiritual de las masas occidentales es tal que la excluyen como fuerza
útil
para toda actividad política revolucionaria hoy día.
Consecuentemente, la
primera tarea del Movimiento contemporáneo debe ser establecer
una base firme
de carácter espiritual y moral -un patrón moral
absolutamente fijo- capaz de
atraer a todos aquellos jóvenes idealistas de nuestra raza que,
marginados,
buscan respuestas en un mundo confuso y decadente y una base que
dé sentido a sus
vidas y les transforme en partidarios entregados a la más santa
de las causas.
Es justamente un fundamento espiritual fuerte el que sostendrá
toda acción
política efectiva en el futuro.
Hay una consideración subsidiaria. Debe reconocerse que la
actual situación se
desenvuelve desde hace un largo período de tiempo y no puede ser
eliminada por
una panacea instantánea, sino sólo a través de un
proceso de LUCHA PROLONGADA
que comprenda décadas y generaciones. La integridad de esta
lucha sólo puede
ser sostenida por convicción y entrega espirituales e incluso
RELIGIOSAS, ya
que el Movimiento solamente depende de sus recursos morales para su
continuidad
y supervivencia. Por ello, el desarrollo de esos recursos como una
necesidad
crítica debe tener la más alta prioridad sobre toda otra
consideración.
Si la nueva Idea representara meramente una instauración de
los valores
tradicionales arios del espíritu y la visión del mundo
natural de los tiempos
precristianos, junto con una llamada a la preservación racial,
ciertamente
tendría relevancia, significación y utilidad, sin embargo
quedaría incompleta y
no mantendría su calidad dinámica e histórica.
Pero toda gran idea histórica
incorpora además una misión especial, así como una
búsqueda de un nuevo tipo de
hombre. Lo extraordinario de la Idea del futuro es que se propone
transformar
la condición humana realzándola. Proclama el más
alto destino para el ario, y
le convoca hacia la plena realización de su potencial
físico, espiritual y
moral (incluso hacia la divinidad), empresa tan trágicamente
fracasada hasta
ahora por las retorcidas doctrinas de un credo alógeno. No
obstante, es
precisamente la posibilidad de esa evolución ascendente hacia
una raza mejor en
el sentido nietzscheano lo que da a la nueva Idea su más alto
objetivo y
significado y le otorga su extraordinario carácter
revolucionario.
Si examinamos todas las tendencias ideológicas y espirituales de
los últimos
cien años, así como las del presente, se hace
inmediatamente evidente que SOLO
HAY UNA IDEA QUE PUEDA SERVIR IDONEAMENTE COMO PRINCIPIO FORJADOR DE UN
MUNDO
POST-OCCIDENTAL, POST-CRISTIANO.
La citada excepción no comprende a las autoproclamadas
“alternativas” que son
meras consecuencias secularizadas de la misma idea fundamental,
que a su vez
es la causa de nuestra situación actual. Y aquí debe
subrayarse que en las
venideras convulsiones revolucionarias la ideología
neo-semítica de Karl Marx
no tendrá otra significación que le de un vomitivo
cultural. El momentáneo
poder y éxito de que disfruta es efímero dentro de un
amplio contexto
histórico, al igual que los nuevos y exóticos cultos de
gurus y fakires,
originarios del Este en estos últimos días de una
civilización en ruinas.
En el mundo contemporáneo, una idea o concepción puede
ser reconocida ya como
reaccionaria -y por lo tanto transitoria- ya como revolucionaria y
duradera.
Todo lo que tiende a perpetuar el Viejo Orden es reaccionario. Todo lo
que
continúe operando hacia la reconstrucción del pasado es
reaccionario. Todo lo
que tienda a fomentar la decadencia es reaccionario. Toda falsedad,
hipocresía
y oportunismo son reaccionarios. Como tales, son transitorios y no
subsistirán.
Todo lo que comprenda la penosa realidad y la verdad difícil
podrá tomar parte
de algo nuevo y revolucionario. Sólo eso puede ser llamado
verdaderamente
revolucionario, porque durará siempre. Sólo él
establecerá los fundamentos
espirituales -el núcleo radiante- de una nueva época.
Hoy sólo existe una Idea que pueda ser reconocida como la
semilla de un Nuevo
Orden revolucionario; sólo una Idea que sirva corno
patrón espiritual para el
hombre post-occidental; sólo una Idea que empuñe la llave
del futuro. Es la
grandiosa Idea de Adolf Hitler.
LA FE DE ADOLF HITLER
Más allá de su aspecto puramente intelectual, la
revolucionaria Idea de Adolf
Hitler contiene una dimensión más, a la que uno debe
dirigirse para descubrir
la fuente de su atracción ineluctable y su empuje mágico.
Es de su contenido
EMOCIONAL de donde uno debe extraer el secreto de su extraordinaria
mística, y
es aquí donde se puede percibir su núcleo potencial como
el MYTHOS de una nueva
era. No es por la lógica y por la razón por lo que los
grandes movimientos
transformadores del mundo fueron impulsados, sino por la insondable
fuerza de
la fe suprarracional que se percibe en los miembros de estos
movimientos. En el
escenario de los grandes acontecimientos mundiales siempre la
más racional de
las ideas debe tomar el carácter de una fe subjetiva o
permanecer condenada al
dominio de las abstracciones sin vida. Se debe, en otras palabras,
obrar más
allá de la comprensión del cerebro para la
comprensión del mundo. Sólo así se
adquiere esta cualidad misteriosa e inexplicable que garantiza el
éxito.
Si se examinan los caracteres aislados de la idea Nacional Socialista
-sus ideas
sobre los conceptos fundamentales de Raza, Personalidad, Estado,
Trabajo, Lucha
y Naturaleza, por ejemplo- descubrimos que, aun considerándolas
a la vez, no
bastan para explicar la curiosa fascinación que rodea su
aparición. Para ello
debemos volvernos a la personalidad de su autor. En la persona de Adolf
Hitler,
La Idea se sublima en un todo trascendente más grande que la
suma de sus
partes. Sólo mediante la apreciación subjetiva de este
fenómeno y lo que
representa la Idea llega a ser comprensible.
¿Quién era, entonces, Adolf Hitler? ¿QUÉ
era?
Ciertamente, tenía los atributos de todo hombre, tenía
dos padres. Estaba hecho
de carne y sangre. Comía y dormía. Creció, fue al
colegio y trabajó para vivir.
Tuvo amistades, gustos y aversiones personales, era irritable, pero
también
tenía un vivo sentido del humor. Experimentó
alegría y tristeza, placer y
dolor. En otras palabras, vivió todas las experiencias y
emociones humanas
normales. Era, de hecho, completamente humano.
Históricamente, además, Adolf Hitler fue mucho
más. Fue un gran líder y
estadista nacional. ¿Dónde encontramos un modelo
comparable de un hombre
humilde salido del pueblo -gracias a su voluntad, determinación
y genio frente
a todos los obstáculos concebibles- para dirigir una gran
nación, liberarla de
la dominación extranjera, purgarla de su decadencia moral y
racial y construir
un régimen de unidad nacional y justicia social?
¿Dónde hubo otro estadista
que, sin ayuda de nadie, estuvo dispuesto a parar el avance
aparentemente
inevitable del comunismo a través de un continente?
¿Dónde hubo otro líder
capaz de levantar su país -un país derrotado en la guerra
y agobiado con
incontables penalidades- sobre la miseria social y económica y
restablecerlo en
una posición de prosperidad, dignidad y orgullo, mientras que
otras naciones se
consumían en la pesadilla de la Gran Depresión?
¿Dónde en toda la historia
encontramos un dirigente que gozase de mayor apoyo popular?
Aun así, es más allá de su papel de líder y
estadista nacional prominente, como
de su manifiesta grandeza, donde debemos mirar para descubrir la
esencia
personal de Adolf Hitler. Específicamente, es en el dominio de
lo
EXTRAHISTORICO -en esa área fuera del proceso histórico
normal- donde debemos
fijarnos para encontrar la verdadera identidad de la figura que
permanece en el
candelero desde hace varias generaciones. Aunque el trabajo de su vida
cambió
el mundo, su significación real no puede ser revelada a
través de las usuales
investigaciones de la historiografía.
Más de un observador ha comentado sobre una cierta
extraña y potente
cualidad que parecía emanar de la persona de Adolf Hitler.
Kubizek (Ver A.
Kubizek, “Hitler, mi amigo de juventud”, Ed. AHR), por ejemplo,
describió el
notable incidente del Freinberg. Otros han contado experiencias
similares,
aunque menos dramáticas, sobre sus encuentros personales con
Hitler. Pero no
sólo se manifestaba esta cualidad en entrevistas con
partidarios, también ante
audiencias más amplias. Incluso personas que no eran ni alemanas
ni
nacionalsocialistas han testificado sobre la singular habilidad de
Hitler para
articular las sensaciones y aspiraciones inexpresadas de sus oyentes.
Pero lo que aun es más extraordinario y asombroso es la
habilidad de Adolf
Hitler para ejercer un efecto carismático sobre la
generación que aun no había
nacido durante su periodo vital. Parece expresar nuestros más
profundos
sentimientos y anhelos como arios. Hitler parece tocar la cuerda
más honda de
nuestro más profundo interior. Cuando habla parece que estemos
escuchando el sonido
de NUESTRA PROPIA VOZ INTERIOR. Tan perfecta es su relación con
nuestra psique
racial que se ha identificado con ésta. Tenemos la
impresión de que es la
expresión consumada del inconsciente colectivo de nuestra raza.
Tanto es así que parece que nos enfrentemos a una figura
estremecedora, con un
carisma INTEMPORAL. Incluso hay cierta aureola enigmática
rodeando la figura de
Adolf Hitler que parece trascender todas las barreras de tiempo y
espacio.
Cuando mencionamos su nombre, sentimos que estamos hablando de algo
más que un
fenómeno histórico; aludimos a todo aquello que es eterno
e infinito. Tenemos
la impresión que nos estamos refiriendo no sólo al
pasado, sino también al
presente y al futuro. Instintivamente, sentimos que se trata de algo
más que un
hombre corriente, de algo absolutamente extraordinario.
La verdad es que con Adolf Hitler nos enfrentamos a un fenómeno
que desafía
todo análisis objetivo y explicación racional. Es algo
que sólo puede ser
comprendido en su aspecto simbólico o representativo, esto es, a
través de su
interpretación mítica Sólo en el dominio del
Mythos -de la épica, la saga y la
leyenda- encontramos aquellos elementos adecuados para describir su
personalidad insólita. Sólo a través de un proceso
de EXALTACION podemos alcanzar
la comprensión coherente de la verdadera realidad de esta figura
extraordinaria. Sólo entonces las diversas facetas de su vida y
de su carrera
se someten a una explicación comprensible.
Por consiguiente, reconocemos que este ser completamente fuera de lo
común
merece aquel status para el cual el término DIVINO es
normalmente reservado.
Era, en efecto, un dios en forma humana. Y, por ello, se le puede
describir
como una encarnación de lo Absoluto -de aquella Fuerza grande y
misteriosa sin
principio ni fin que dirige y domina este universo y determina el
destino de
los hombres. Hitler era/es la manifestación de la voluntad de lo
Eterno IN
CORPORE. Era/es, al mismo tiempo, la personificación de nuestra
alma racial.
Era/es nuestra conciencia. Era/es la representación corporal de
lo divino en el
hombre ario.
Por ello, rindiendo homenaje a su personalidad extraordinaria,
reconocemos al
mismo tiempo a nuestra propia alma y a lo divino que reside dentro de
nosotros.
En relación con él y al servicio de su Causa nuestras
vidas adquieren objetivo,
sentido, valor, relevancia, dirección, estructura y
significación. Sin él, no
tenemos valor: no somos nada. Con él tenemos el privilegio de
llegar a formar
parte de una situación nueva, incluso se nos plantea la
posibilidad de superar
las limitaciones de nuestra existencia mortal.
Cada organización humana tiene una idea que simboliza su
más alta misión. Y por
encima de todo, como esto, como símbolo de una nueva era debe
ser vista la
figura de Adolf Hitler. Podemos declarar que representa el principio
interno
-la RAZON- de nuestra existencia racial, de nuestra historia, nuestro
destino y
nuestra vida. Hitler es nuestro símbolo eterno ante el mundo.
Como arios, es
nuestra ley y nuestro guía para siempre. Es nuestra esperanza,
nuestra
redención y nuestra promesa de victoria.
Así percibimos el esbozo de una nueva realidad en la que la
personalidad de
Adolf Hitler se une al ario regenerado y al Absoluto en unión
mística para
forjar el noble MYTHOS de una nueva fe.
Los rudimentos de esta fe, la fe de Hitler -el HITLERISMO- existen ya
en forma
callada e insinuante en los corazones de un pequeño, aunque
creciente, número
de personas. Lentamente, casi imperceptiblemente, una gran comitiva
está
congregándose bajo juramento de lealtad y honor hasta la muerte.
Desafiante,
alza su bandera. La perspectiva de la batalla agita su sangre. Llama a
la
lucha, al duro combate. Aguarda el próximo asalto.
Un nuevo fenómeno asoma ahora por el horizonte. De nuevo, se
alza una realidad
que lo transformará todo. Al igual que la oscuridad de una
civilización
moribunda extiende sus sombras sobre un mundo confuso y en trance
de
desaparición, LA FE DEL FUTURO ALUMBRARÁ BRILLANTEMENTE
COMO LA UNICA GRAN
ESPERANZA, COMO LA ESTRELLA POLAR DE UNA NUEVA ERA Y UN RESPLANDECIENTE
NUEVO
ORDEN, AL QUE GUIARÁ LA PERSONALIDAD INMORTAL DE LA FIGURA MAS
GRANDE QUE HAYA
PISADO JAMAS LA FAZ DE LA TIERRA.
“La verdadera fuerza de la S.A. reside en que se compone en lo esencial
de
elementos proletarios.
Pero este hecho tambien constituye una garantía de que las SA y
con ellas todo
el Movimiento Nacionalsocialista, no se deslizará nunca hacia
una corriente
burguesa, de compromiso.
El proletariado y en especial dentro de las S.A. da siempre al
Movimiento el
ímpetu revolucionario
Joseph Goebbels “La Conquista de Berlín”
“Ya no creemos en Cristo, ni en Karl Marx, estamos solos!”.