KORE Y EL MUNDO
Kore,
desde el día que nació fue cuidada con mimo y cariño por Kaila su madre, pero
el primero en alegrarse de que naciese fue su abuelo Shoki, ya incluso antes de
nacer ella, se dedicó a ir a la ribera del río Zaki a buscar mimbres con los que
hacer una cuna. Se pasó tres meses trabajando en ello quitándose horas de sueño,
pero cuando Kore nació la cuna estaba terminada.
Durante el embarazo Kaila y Shoki temían que el bebé no llegase a nacer, parecía
que los animales y las plantas se hubiesen olvidado de dar sus frutos, todos
menos el árbol que partió el rayo, era el único que parecía tener la suficiente
savia como para que del tronco que tenia vida brotasen nuevos retoños hasta
cubrirse por completo de hojas y pequeñas flores rojas, en la aldea el único
nacimiento ese año sería el del hijo de Kaila y el reverdecer del árbol, eso era
algo que comentaban todos los vecinos, unos con temor, otros con envidia y los
más con gran preocupación, nunca se había visto nada igual, las verduras se
secaban antes de crecer y los animales cada vez estaban en peores condiciones,
estaba siendo un año muy duro para todos y cada vez que se cruzaban con la única
mujer embarazada de la aldea todos la miraban como hipnotizados sin saber muy
bien que hacer o decir. El único que no tenía ninguna duda era Shoki, algo en su
interior le decía que todo iría bien, que el bebé nacería sin problemas, arregló
una de las habitaciones de la casa y cuando la cuna estuvo terminada la dejó
allí esperando que llegara el día en el que un pequeñajo durmiese en ella.
Y ese
día llegó, y no solo por el nacimiento del primer nieto Shoki no lo podía borrar
de su memoria, casi en el mismo instante en que Kore salió del vientre de su
madre en el pequeño pueblo se pudo escuchar de nuevo el retumbar del trueno y
aún más luminoso que la luz del sol un rayo cegó a los vecinos, luego nada, un
silencio absoluto roto por la alegre risa de un bebé, “una niña, tu nieta”, le
dijeron a Shoki, él quiso verla al instante, pero un par de vecinas que se
encontraban allí le dijeron que tendría que esperar, iban a lavarla y luego
podría verla, tanto la madre como la niña estaban bien, pero eso era algo que él
ya sabía aunque siempre se preguntaba si realmente lo sabía o lo deseaba tanto
que en su corazón no podía existir lugar para la duda.
A los pocos
minutos le llevaron a la pequeña Kore que le sonreía y desde ese instante, supo
que nunca le podría negar nada y no se equivocó, aunque en esos momentos no
sabía aún que el sentimiento era reciproco. El ver a su pequeña nieta le hizo
olvidar cualquier otro acontecimiento, la sostuvo en brazos, la paseó por la
casa y cuando se dio cuenta de que sus pequeños ojos se cerraban la llevo hasta
la cuna que le había preparado, la deposito con mimo y cuando después de mirarla
durante un rato le llamó la atención una pequeña piedra de color rojo intenso
que se había quedado enganchada en el mimbre trenzado de la cuna, la sostuvo
entre sus dedos y se quedo pensando, claro seguro que la traje del río y no me
he dado cuenta hasta ahora, será un buen regalo para la pequeña, y metiéndola en
el bolsillo se fue a ver a su hija Kaila.
Todo en la
casa se encontraba en perfecto orden, Kaila descansaba, Kore dormía
apaciblemente y para Shoki era el día más feliz de su vida, iría al pajar y
engarzaría la piedra que acababa de encontrar para que Kore pudiese llevarla al
cuello.
Cogió un
pequeño trozo de hierro y fue dándole forma hasta que la piedra quedó
perfectamente engarzada, incluso él se sorprendió del poco tiempo que tardó, ya
solo faltaba encontrar una fina tira de cuero bien curtido para que no dañase el
tierno cuello de Kore, no tardo mucho en encontrarlo, cuando lo tuvo todo listo
se acercó a la cuna levantó la pequeña cabeza y le puso su primer regalo,
entonces Kore se despertó y le volvió a sonreír, estaba saliendo cuando se
pregunto si realmente sonreía o era la felicidad suya que se reflejaba en la
cara de ella. Se alejó dándole vueltas al asunto, pero no pudo pensar mucho
tiempo en ello, le llegó el sonido de voces desde la calle, seguro que sus
vecinos venían a ver a la recién nacida, salió hasta la puerta y se encontró que
estaban todos alborotados hablando todos a la vez y con cara de preocupación en
sus rostros, por fin alcanzó a escuchar algunas palabras, el árbol partido, otro
rayo, se acercó al grupo de gente y le preguntó a uno de sus vecinos.
"¿Shoki es
que no lo has oído?, hubo otro trueno, retumbaron las paredes de las casas, ¿no
me digas que no lo has oído?" - le respondió su vecino Khinthi
"Claro,
claro" - respondió Shoki - "lo había olvidado, ¿qué ha pasado?" - preguntó
intrigado.
"El árbol, el
único que había florecido este año le ha vuelto a caer un rayo encima, lo ha
dejado calcinado, no se ha salvado nada, el rayo partió el tronco sano, ahora
parecen tres árboles juntos, pero están totalmente secos, sin vida, es horrible,
ya no queda nada, y hemos intentado tirarlo para hacer leña, pero sigue
firmemente enraizado, estábamos discutiendo si lo cortábamos." - le respondió
uno de los acalorados vecinos con el rostro desencajado aún por el susto.
“¿Por qué íbamos a hacer algo
así? Que se quede como está, nos recordará que la naturaleza es capaz de crear y
destruir con la misma facilidad. El árbol se ha quemado, pero yo acabo de tener
en mis brazos una nueva vida, mi nieta ya ha nacido.”
Los aldeanos
le felicitaron, se sentaron a escuchar las buenas nuevas y se olvidaron de ir a
por sus hachas para talar el árbol.
Cuando
anochecía se dieron las buenas noches y cada uno se encamino a su casa, al
entrar Shoki vio un bulto pequeño y negro en el suelo, se acercó a el y
descubrió que había llegado un nuevo huésped a su casa un perro negro, una
bolita que dormía placidamente a la puerta de su casa.
“Esto es imposible,” - pensó
Shoki - “ningún animal ha tenido crías.” - Lo cogió en brazos, lo acarició y
siguió preguntándose de donde había podido salir, no era partidario de tener
animales en casa, pero era un día especial y se sentía tan feliz que no lo pensó
dos veces, era bien recibido en su nueva casa, se quedaría con ellos – “seguro
que a Kaila le gustará casi se lleva mejor con los animales que con las personas
y si Kore se parece un poco a su madre, tendrá un buen compañero de juegos.”
“Ahora amigo, vamos a comer algo,
y tienes que aprender a estar en casa sin molestar, tenemos una niña pequeña,
así que ya sabes ándate con ojo o tendrás que dormir fuera.”
Kore y Dincky parecía que hubiesen hecho un
pacto, su crecimiento fue simultáneo y rápido, conforme pasaban los años estaban
más unidos, cada uno parecía la sombra del otro, en muy raras ocasiones se les
veía separados. De Kaila se separaba Kore por días, pero no así de su abuelo.
Llegó la edad de ir al colegio. Kaila pensaba que eso sería bueno para Kore,
pues no tenía amigos desde que andaba sola por la aldea nunca le habían visto
jugar con otros niños, para Kore parecía que su mundo quedaba reducido a Shoshi,
Dincky, y los alrededores de la aldea. Siempre la podías encontrar subida al
árbol del camino norte o bien cerca de la orilla del río y aunque nunca estaba
dispuesta para ayudar a Kaila en las tareas de la casa, era la primera en
ofrecerse para salir con el abuelo al campo o a las aldeas cercanas.
Kore escuchaba con atención las historias que le contaba
su abuelo, sobre todo la del gran árbol partido. En las tardes de verano,
sentados a la sombra Kore le decía:
"Venga abu, cuéntame la historia
del árbol."
Y a pesar
de que ya se la había contado en numerosas ocasiones, el abuelo con infinita
paciencia comenzaba con las mismas palabras de siempre.
“Hace unos cuantos años, justo
uno mas de los que tu tienes, en una atardecer en pleno verano, nos sorprendió
lo que parecía iba a ser una gran tormenta, el cielo no se nubló pero un trueno
ensordecedor hizo que temiéramos que las montañas y el cielo se derrumbase sobre
nuestra cabeza, en ese instante dudo que ni un solo habitante no mirase el cielo
con temor, los animales se inquietaron, los niños mas pequeños buscaban
asustados a sus padres y los mayores pensamos que estábamos a punto de ver el
fin del mundo, todo pasó muy rápido aunque en nuestro recuerdo, los pocos que
nos atrevemos a hablar de ello nos pareciese que duro horas. Al final solo un
rayo cayó del despejado cielo, ni una sola gota de agua o granizo, nada, solo el
prolongado trueno y el rayo más grande que ninguno de los que vivimos en la
aldea habíamos visto antes, cruzó todo el cielo y bajó a nuestra aldea como si
alguien hubiese disparado una flecha y fue a caer justo en el gran árbol que ya
conoces y esta en la entrada del camino norte, todos pensamos que comenzaría a
arder, pero no nos atrevimos a comprobarlo inmediatamente, algunos de los mas
jóvenes se subieron a las paredes y tejados y todos coincidían en que no había
fuego en ninguna parte del pueblo. Nos reunimos unos cuantos en la plaza y nos
encaminamos a la salida del pueblo, cuando llegamos a la altura del árbol y para
nuestra sorpresa comprobamos que el rayo lo había partido pero una sola parte
estaba carbonizada aunque no vimos señales de llamas, mientras que la otra se
encontraba en todo su esplendor, el fuego no la había rozado, para sorpresa
nuestra apoyado en el tronco encontramos a un forastero recostado contra el
tronco que parecía no saber nada de lo que había ocurrido, cuando le preguntamos
que había pasado nos sonrió y no contesto nada, es de imaginar que desconocía
nuestra lengua, mediante signos le pedimos que nos acompañara, le ofrecimos
comida y un lecho para pasar la noche y a la mañana siguiente igual que había
aparecido desapareció y nunca mas hemos vuelto a saber de él.”
“¡Venga Kore vamos a casa, tu madre debe estar esperándonos!"
“Abu, todavía es temprano, por
favor continua, siempre dejas la historia sin terminar, quiero saber que paso,
¿por qué se ha secado, cómo es que ahora esta partido en tres?, sigue contándome
la historia del árbol, anda porfa, venga…”
“Mañana Kore, ahora tenemos
que entrar en casa, no seas impaciente, mira quien viene a buscarte, anda juega
un rato con Dincky, te esta esperando.”
En la escuela duró poco tiempo, no tenía la
disciplina necesaria, era un tormento tanto para el maestro como para el resto
de los compañeros. El maestro se ofreció a enseñarle en su casa, y con tanta
insistencia que Kore volvió a sentirse libre al no tener que estar durante
horas sentada repitiendo ejercicios aburridos que sabía de memoria, Dincky
feliz de corretear al lado de Kore y Kaila decepcionada y avergonzada porque a
pesar de todos sus intentos para que su hija se adaptase a las costumbres de
la aldea, una vez más la señalarían como la madre de Kore, "esa chica que va
con su perro a todas partes", una niña que a pesar de haber nacido y crecido
con ellos para todos excepto para su abuelo, era una desconocida con
costumbres raras, demasiado raras, según el parecer de sus vecinos.
... Continuará
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