VELOCIDAD DE FLUJO Cuarenta y siete segundos más tarde, Kid ya estaba en Japón, con todo el arsenal desplegado. Programas de defensa y desconexión, sistema de ocultación y rastreo, decodificadores de datos y frecuencias... Su icono brillaba intensamente, como embargado por una extraña euforia energética que llamaba la atención. El ojo de párpados cortantes de Julius flotaba a su lado. --Muy bien, Julius --sonrió Kid--. Recuerda el dogma de fe de los Buscadores: El poder no está en la información en sí, sino en quién la redacta y controla. --Lo tuyo es grave, chico --susurró el ojo en medio de una tormenta de estática creciente. Julius había conectado los programas defensivos básicos, aquellos que borraban la presencia digital del usuario en la Red. El ojo se desvaneció en silencio, mientras su señal sonora se perdía en una nube de ondas descompasadas. Kid no le podía ver, pero sabía que seguía allí, en alguna parte. Engañar al propio entorno virtual, convenciéndole de que ellos no estaban allí, era uno de los primeros trucos que aprendía un "hacker" inteligente. --¿Qué piensas hacer ahora? --continuó la voz de Julius, esta vez por medio de un canal codificado. --Aquello es Softron. Vamos a entrar y a sabotear el sistema. El icono de la cobra también se hizo invisible, mientras ambos jinetes contemplaban la inmensa mole de datos que se alzaba en lontananza. El paisaje de la Red era intrínsecamente complejo, pese a todos los esfuerzos de sus creadores para simplificarlo. Era como estar de pie en una balsa, en el centro de un océano embravecido de metal líquido y ondas de luz. Mareas de alta velocidad rodeaban su balsa sin impulsarla, mientras estrellas que sólo existían como reflejo sobre la superficie aparecían y desaparecían al ritmo de las conexiones que se iban estableciendo con los ordenadores de todo el globo. Bajar la vista y contemplar aquel océano de pesadilla era como estar mirando una grabación del mar pasada a triple velocidad, salvo que aquí todo era transparente. Desde donde ellos estaban podían ver mil islas que surgían de aquel mar embravecido y desaparecían al poco, o se unían con otras, cambiando su forma y textura. Sin embargo, había algunas, islotes gigantescos y estables, que nunca desaparecían. Sus límites variaban, fagocitando las islas cercanas o disgregándose en partículas más pequeñas. Pero el núcleo nunca variaba, y en ellos generalmente se levantaban enormes edificios digitales indicativos de la empresa que era dueña de esa isla. El que ellos contemplaban tenía la forma de un castillo medieval, plagado de banderas con un dragón negro sobre una luna azul (el logotipo de Softron) ondeando al viento en cada minarete. Kid no pudo reprimir una sonrisa. Aquello sí que le ponía cachondo. --Vamos allá - dijo, lanzándose al asalto. Evan |