VELOCIDAD DE FLUJO

Entrar no fue difícil. Llegar hasta los archivos que controlaba el procesador central, sí. Pero una vez dentro, Kid descubrió que, efectivamente, existía un Cielo para los de su profesión. Pero no estaba tras los muros de la muerte, sino encerrado en las mazmorras digitales de las grandes corporaciones. Allí probablemente no estaría almacenada toda la información del mundo, pero a los dos sorprendidos "hackers" así se lo parecía. Miles de kilómetros cúbicos de archivos y carpetas de datos estaban almacenados allí, conectados por las ramas de un árbol más espeso que la mayor de las selvas.

Kid y Julius exploraron sólo superficialmente, más para hacerse una idea de la estructura del archivo que buscando algo en concreto. Invisibles como sueños, flotaron por las entrañas de aquel enorme cerebro disfrutando del placer básico de la excitación pura.

Y entonces apareció la fuente.

El núcleo de control era un cubo de rubik con caras facetadas en continuo movimiento, cambiando de color e incluso de número de aristas. A su alrededor flotaban en muchos estratos los iconos de los clientes que en ese momento estaban conectados.

--Dios mío --susurró Julius, haciéndose visible a la derecha de la cobra de Kid --Mira su número. Ya tiene más de un millar de afiliados.

--¿Qué te dije? --contestó Kid, con un acceso de rabia, mientras reconocía algunos iconos de antiguos clientes suyos orbitando alrededor de la masa central del servidor, como cachorros desesperados en torno a la madre suplicando un poco más de comida--. Debemos destruir esta aberración.

--Oye, Kid, creo que deberíamos marcharnos --dijo Julius, tímidamente.

--¿Qué? --gritó Kid--. ¿Ahora que estamos aquí? ¡Venga ya!

Julius no respondió. Estaba claro que lo único que le importaba a su competidor era mantener su "estatus" (fuera cierto o no) de "hacker" más rápido de la Red. A diferencia de él, Kid no trabajaba por el bien de sus clientes, sino por el suyo propio.

--Márchate tú si quieres. Yo debo saber --espetó Kid a su compañero, acercándose más a la masa de figuras fantasmales que rodeaban al cubo.

--¡Kid, no seas loco! ¡Te van a descubrir! --la advertencia de Julius ya llegaba tarde incluso antes de ser pronunciada. Con un remalazo de pánico surgido de la experiencia de años y años de navegar la red y entrar sin permiso en sitios prohibidos, Julius intuyó más que vio a los programas de seguridad, un segundo antes de que aparecieran. Activando su programa más valioso (un sencillo mecanismo de desconexión automática), el ojo cortó en dos su propia pupila con una de sus pestañas, y desapareció del sistema.

Kid se acercó hasta el núcleo, sintiendo la euforia de sentirse observador invisible en un mundo de nucas llenas de ojos. Allí estaba el malnacido de Norris, con sus cuentas corrientes en Suiza y sus contactos con los narcos de Guatemala. Estaba la señora Chen, siempre a la búsqueda de ofertas fantásticas en materia de solares arrendados. Y el gordo seboso de Adolfo Aristaráin, con su pasión por los lugares prohibidos de la Red, en donde niñas de la edad de su hija posaban desnudas.

Estaban todos, absolutamente todos. Los que antes le habían llamado suplicando de sus servicios, y los que nunca llegaron a conocer su existencia salvo por un lejano rumor, una vibración a larga distancia a través de aquel gigantesco estanque de datos que era la Red.

Pero Kid necesitaba algo más. Descubrir lo que nunca existió, abrir las entrañas de la bestia, y luego contarlo por ahí como una anécdota de noche de viernes. Arropado por una emoción que no había sentido nunca, y que abotargaba el resto de sus sentidos, se acercó hasta el único icono que le interesaba invadir antes de salir de allí; el del propio servidor. Si lo conseguía, si entraba sin ser detectado en la mente misma del último monstruo de alta tecnología inventado por el Hombre, decenas, cientos de generaciones posteriores hablarían de él, y reconocerían sus méritos. El Kid, y sólo él (no vulgares segundones como Julius o el resto de la bazofia que pululaba por ahí) sería recordado como el mejor y más rápido "hacker" de todos los tiempos.

Probablemente si Julius se hubiera quedado un segundo más, o le hubiera advertido antes de desaparecer, Kid no habría caído con tanta facilidad en la trampa. Él mismo podía haber tenido la extraña sensación de peligro que había alertado a su competidor, pero estaba tan concentrado en lo que pasaría en el futuro, que el presente logró sorprenderle por la espalda.

Kid logró entrar en el cerebro del servidor, cierto. Y contempló los archivos secretos de la corporación, e incluso los de otras empresas, a través de una intrincada red de conexiones internas. De pronto, su vista se fijó en un archivo. Era una carpeta normal y corriente, como otra cualquiera de las miles (no, millones) de las que había almacenadas allí. Si le llamó la atención, fue por un hecho totalmente fortuito, producto del azar más descabellado.

Porque al pasar su vista rápidamente por encima de una fila de archivos, en la solapa de uno, y tan solo de reojo, vio su propio nombre escrito.

Sin salir de su asombro, el mayor "hacker" de la Historia (ya era un hecho), seleccionó aquella oscura carpeta de datos y pidió al sistema que la abriera.

Y ahí fue donde se condenó. Los sistemas de seguridad lo localizaron al instante, pero no lo expulsaron; rastrearon su señal hasta averiguar el lugar físico desde donde el cuerpo real de Kid se estaba conectando.

Kid, sin sospechar siquiera lo que estaba a punto de pasarle, echó un detallado vistazo a la carpeta que llevaba su nombre.

--¿Pero qué demonios...? --fueron sus últimas palabras, aunque no había un historiador presente para recogerlas.

En aquel archivo había una información detalladísima sobre él. No el fruto de una simple incursión a través de bancos de datos comunes, ya que los buenos "hackers" siempre controlaban lo que se decía de ellos en todas partes. Aquello era diferente. Había datos que él nunca había facilitado a nadie, ni siquiera al bueno de Gus. Listas de contactos, sus últimos diez mil movimientos en la Red, sus clientes más secretos (como aquella vez que asesoró a la Reina de Inglaterra en el caso del entierro de su hija), y mil cosas más.

¿Cómo podía ser aquello? ¿Cómo sabían tanto de él? Allí estaba toda su vida, todo, incluso...

Kid se paró un segundo a leer una nota a pie de página en uno de los centenares de documentos. Era una frase sencilla, escrita en lenguaje llano, sin encriptación ni camuflaje de ningún tipo. La frase rezaba:

Eliminación del sujeto en su domicilio de Vancouver programada a las dieciocho horas veinticinco minutos del tres Abril del 2011.

Pero no fue eso lo que cambió la expresión de la cara de Kid, sino un sencillo corolario que se anotaba en la ficha mientras él lo leía:

Eliminación completada.

Si las cobras hubiesen tenido brazos, el icono del Kid los hubiera levantado, medio segundo antes de desaparecer, los puños cerrados como desafiando al viento a quitarle su triunfo.

sigue...

Evan

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