GUERRA IMPERIAL Hacía una noche ideal, como siempre. Como todas aquellas que se viven a través de los cristales de una aeronave. Las estrellas, perfectas, la oscuridad imperturbable de alguna galaxia lejana. Por allí navegaba Bruce. Volaba con su vieja Rizard modelo del 71 y surcaba por la inmensidad de vacío con toda la velocidad que su vieja máquina le permitía. A pesar de eso la manejaba como un experto piloto. Parecía llevar una máquina de artillería mas que su pequeña monoplaza de mercancías. Sus múltiples acrobacias espaciales le habían servido para escapar en mas de una ocasión de la piratería de alguna nave furtiva de las que abundan en zonas carentes de vigilancia. Nadie era capaz de sacarle más provecho a aquellas oxidadas alas para realizar loopings en todas las direcciones y correr como un tunderblade auténtico. Muchas veces le habían dicho que utilizara sus dotes en alguna flota imperial, luchado para el ejército o con algún trabajo mejor, pero siempre que se le comentaba sonreía débilmente y nunca contestaba. No le gustaba trabajar para altos mandos estatales. A decir verdad no le caían bien ninguna de las tres fuerzas espaciales dominadoras de todas las galaxias. La República, la gran horda, o la Res estelar, resistencia organizada. Casi le atraían más las pequeñas bandas pseudo-organizadas de resistencias clandestinas desperdigadas por todo el océano. Supongo que se conformaba con llevar paquetitos de aquí para allá, le costeaba el combustible y unas cuantas cervezas diarias y le obligaba a conocer mundo. Ahora mismo estaba hablando con Blade, su viejo compañero de fatigas, por comunicación interna. Él estaba dentro de la nodriza Damis, la cual flotaba ahora delante de él como un tremendo trasatlántico en el océano. Por su cristal derecho, estaba la enorme Nicrépolis, un planeta rociado con razas de todos los rincones del universo donde la delincuencia y la escasez, reinaban entre aquellos gigantescos edificios urbanos del enorme centro de la ciudad. No quedaba un solo hueco libre entre aquellas calles que no estuviera edificado con algún enorme rascacielos. La población era pues enorme y la limpieza de sus calles tampoco era excelente. --La gente aquí esta como loca Bruce. No hacen mas que reclutar gente y aceptan a cualquiera que sepa hacer despegar una aeronave. Parece que les sobra armamento y necesitan personal para manejarlo. La batalla promete ser extraordinaria. --¿Y tu que Blade, no te animas? --No estoy chiflado. He tenido mucha suerte encontrando este trabajo entre el cuerpo técnico y no lo pienso echar a perder por ir a meter unos cuantos balazos en el cuerpo a los de la horda, Bruce. Tú tal vez deberías intentarlo. Imagínate, una Aeronload ultimo modelo solo para ti. Podrías cortar el cielo en dos con una de esas. --Y luego te la quitarían en cuanto regresaras al fuerte. Suponiendo que acabes vivo. --Es una gran oportunidad Bruce, piénsalo. O prefieres seguir trabajando de recadero el resto de tus dias? --Es honrado Blade. Además, no necesito de esas corporaciones estúpidas para divertirme. Y ellos tampoco me necesitan a mí. --No lo creas. Cualquiera de los que están admitiendo aquí vale menos como piloto que tú aunque te cortaran los brazos. --Luego nos veremos, Blade, estoy a punto de entrar. Y la enorme nave nodriza engulle a la nave de Bruce como si fuera una chocolatina mientras este se adentra en sus entrañas. Según va pasando por el impresionante interior de Damis, una de las naves más grandes que jamas había visto Bruce descubre la ciudad interior urbana que se extiende kilómetros a la vista. Parece iluminada toda ella con luz artificial y es incluso tan grande como una ciudad-estado de las vistas en planetas enteros. Tras surcar sus artificiales cielos, y echar la vista abajo con el asombroso espectáculo de millones de personas viviendo dentro de una enorme nave, se aproxima a su aterrizaje. Le comunican la sección y numero de su plaza anunciando el paquete de mercancías que trae desde algún lugar recóndito hasta aquí. Por fin sale de su nave. A su lado, cientos de naves mejores que la suya continúan estacionadas en aquel gigantesco hangar. Avanza hacia los ascensores. Muchos pilotos se agolpan como él para subir hasta las zonas oficiales de la nave. Muchos parecen tener uniformes del ejército mientras abandonan sus lujosas naves militares. Reconoce bien sus nombres. Una doble-flighspecial. Los nuevos modelos de la Turb-21. Fantásticas. Tal vez el nunca podrá costearse una con lo que gana en su actual trabajo. Por fin parece que baja el ascensor. Sujeta su casco con fuerza mientras nota como los rayos de sol que penetran por los circulares ventanales alumbran su traje espacial de cuero blanco. Parece increíble que se trate de luz artificial. Por fin llega el ascensor. La enorme plataforma sube con velocidad cientos de metros hasta llegar a los pasillos del interior de la nave. Comienza a buscar su objetivo. En todos sitios se dejan ver carteles sobre la inscripción a las fuerzas del ejército, y una estampida de reclutas recorre los pasillos de un lugar a otro. En un cartel impreso en la pared: "Alístate para luchar contra las hordas" y en letra más pequeña: "buen salario, buenas equipaciones, participa en este cuerpo de elite". Por fin encontró lo que estaba buscando: oficina 23. Entregó el paquete. Nunca averiguaba lo que mandaba en sus envíos, simplemente se encargaba de entregarlos mas o menos puntual. --Le recompensarán en la taquilla de al lado, gracias. Se dirigió hacia allí. Dio su código, y esperó a que fuera detectado por el ordenador. Detrás de él se agolpaban algunos en espera a su reclutamiento. El ordenador no procesaba. --Espere un momento.... 1123567, ¿no es así? --Así es, señorita. --Ahora... Bruce Atkinson. Piloto de mercancías para la compañía Megintown. ¿Lo quiere en efectivo? -Sí, en efectivo. --Veo que tiene el control de maniobras C-2, es usted un experto piloto, no estaría interesado en alistarse en aviación Sr Atkinson? Por un momento Bruce guardó silencio. Tenía la mirada perdida, parecía absorto. --Comprendo, sólo vino para entregar el pedido... --No, no, señorita. Atkinson, Bruce Atkinson. He venido a alistarme. --¿En serio? De acuerdo pues estas son las condiciones que deberá leer y firmar. --De acuerdo. --Perdón, no las ha leído. --¡Oh, sí! Cogió de nuevo el papel para echar un vistazo y apenas un instante después lo entregó de nuevo. --Como usted quiera... --¿Cuándo empiezo? --Verá, mañana le toca a usted presentarse en el sector alfa, a las 9.45. Mientras puede hospedarse en una habitación del hotel reservado. Aquí está su llave. Bruce abandonó el mostrador. Acababa de hacer algo inesperado y ni él mismo sabía por qué, pero no le pesaba nada en absoluto. Abandonó los pasillos. Quedaban muchas horas aún para su presentación y pensó en dirigirse al hotel que le acababan de asignar y descansar algo. Acababa de dar un giro enorme a su vida. Tenía miedo de pensar sobre esto, temía que tal vez si lo recapacitara fríamente se hechara atrás, y su primer impulso era seguir con esto hasta el final. Recorrío largos y amplios pasillos, hasta que se encontró de bruces con la puerta que daba a la ciudad. Caminaba despacio. Se maravillaba con los asombrosos edificios de aquella asombrosa ciudad. A pesar de ser una ciudad con techo, alumbrada de luz artificial, parecía oscurecerse como si del anochecer se tratara, y quiso apresurarse para buscar su hotel. La ciudad parecía muy poblada. Enormes cantidades de personas de todas razas deambulaban por todos sitios, el cielo estaba constantemente plagado de naves voladoras de gran tamaño, y la policía parecía mantener el control de la ciudad. Llegó al hotel, buscó su apartamento y se instaló. Parecía amplio y confortable. Tenía un amplio balcón. Se asomó a contemplar la increíble grandeza de la ciudad. La débil luz rojiza del atardecer parecía no disiparse nunca. Y así era, habían rebajado la potencia del sol diurno para que la gente pudiera dormir sin dificultad, pero nunca reinaba una oscuridad absoluta. Incluso el viento, aparentemente inexistente corría en forma de suave brisa. Se imaginaba el tamaño que tendrían los ventiladores que daban aire a aquella colosal ciudad fortificada. Tuvo tiempo para pensar en lo que acababa de hacer. Y por mas vueltas que le daba, no conseguía juntar razones necesarias para hecharse atrás en su decisión. Lo habría hecho sin problemas si hubiera querido, y finalmente quiso quedarse dormido, poniendo su despertador a las 8.a.m. A la mañana siguiente, dejó el hotel. Se dirigía a la sección alfa, a comenzar la trepidante aventura. Batallas galácticas, contra el ejército de las hordas, nada menos. Cuando llegó, le dieron su traje de batalla y un nuevo y flamante casco, todo en un verde camuflaje. La instrucción duró toda la mañana. Partirían dentro de dos días y a Bruce le pareció demasiado precipitado. Todo esto le hacía pensar que sería una guerra encarnizada, con un número de soldados enorme por ambos bandos. El primer dia, instrucción. Utilización de armas, utilización del material de comunicaciones y mil accesorios que rellenarían hasta el último bolsillo del uniforme de Bruce. La mirada de infrarrojos fue una de las cosas en las que más insistieron los instructores. Era importante pues el planeta donde iban a luchar, una galaxia lejana, tenía apariciones de niebla espontánea, y si no, el humo de la quema de monstruos de hojalata enemigos y demás explosiones podía dificultar la visión. El arma de fuego consistía en unidades láser verde, lo que significaba que eran para objetivos cercanos. El no era un francotirador desde luego, y además tenía una adaptación para disparo de casquillos normales de metralla y pistolas de fuego. Bruce realmente iba a batallar desde una nave, arrasando objetivos desde arriba, pero no venía mal un buen equipo de avanzada terrestre por si caía derribado, nunca se sabe. El siguiente dia consistió en la explicación de los objetivos de la misión, cuales deberían ser los movimientos una vez allí, posiciones del enemigo, etc. como se desarrollaría todo. Bruce cruzaba los dedos. Sorprendentemente no le tocó inaugurar la batalla. El no participaría hasta pasado otro día mas, 20 horas comenzado el primer ataque para ser exactos, lo que le llevaría a entrar con los ambientes ya bastante caldeados. Repitieron los pasos de la misión cientos de veces, y Bruce se dio cuenta que las armas de fuego pesaban demasiado, esperaba que no se viera obligado a depender de ellas. Primeras noticias sobre la batalla, los dos frentes abrieron fuego a la hora precisa, siendo las fuerzas de la república las que lanzaron certeros ataques aéreos. Lo primero era barrer las bases anti naves aéreas, objetivo que se prolongaría hasta la participación de la escuadra de Bruce, siempre con la misma técnica. Ataques en forma de trenza en grupos de tres naves en línea y gastando desde el primer momento todo el arsenal. Era difícil desperdiciar balas ante la increíble cantidad de materia enemiga. Bruce había entablado amistad con algún miembro de su escuadrón. Había gentes de todas las edades, muchos chiquillos sin experienza que ni siquiera sabían que no se podía disparar los cañones de la aeronave durante menos de 100 segundos continuadamente. Se recalentaban y podían hacerla explotar en mil pedazos. Bruce había aprendido bien su misión, no tenía confianzas en que aquellos inexpertos le pudieran guardar bien las espaldas pero se sentía con ánimos de comenzar, de todas formas, la decisión era ya irrevocable. Una última cosa antes de salir, un detector instalado en su cuerpo para posteriores búsquedas y registro de supervivientes. Esto era especialmente importante para los instructores. Le dieron muchísima importancia a que lo lleváramos puesto, pues no atenderían a listas ni reclamaciones para la vuelta a casa, solo existíamos si permanecía encendido aquel microchip, pues aunque los disparos de los soldados o robots con inteligencia artificial de la gran horda no nos esparcieran las entrañas y nos mataran de un tiro limpio, aquel maldito microfilm se desconectaría con nuestras constantes vitales. Les hicimos caso pues, y nos lo introdujimos en el cuerpo, que era lo más seguro. Bruce como tantos otros, lo llevaba incrustado en una parte de su antebrazo. La noche estaba despejada de momento. Hacía una visibilidad aceptable para disparar desde su monoplaza. Había algo más. Un presentimiento que había llegado a todos ya. Desde que dieron el salto espacial a esta inhóspita galaxia. Lo sentía Bruce, y lo sentían todos. Sin duda iban a morir. La nave de cargamento de naves se acercaba lo más posible a la capa inferior de la atmósfera de aquel maldito y arrasado planeta. Grandes rascacielos derruidos, y otros edificios, que servirían de ocultamiento a las unidades de a pie. Parecía haber estado lleno de vida anteriormente, pero ahora solo podía albergar muerte y destrucción. Fueron saliendo escuadrones. Algunos dejaban la estela de su motor en la retina de Bruce mientras aguardaba impaciente a que le tocara su turno. De momento no se veían cazas espaciales, pero desde sus unidades tierra-aire disparaban algunos disparos certeros a los recién salidos Crusaders-3, y terminaban fulminantemente con la aventura de algunos de los pilotos. Por fin le llegó el turno. Roy por delante, Baltrom detras terminando la trenza guardándole las espaldas. La señal de despegue. Era de noche en aquel extraño planeta, Así empezó todo, en aquella noche de aquel extraño planeta. Baltrom hacía demasiado rápido sus movimientos verticales de formación. Obligaba a acelerar el paso a Bruce y Roy el cual no se adaptaba a esa nueva sincronización. El contacto por radio era permanente. Baltrom seguía obligándoles a trenzar cada vez más rápido tomando unas velocidades endiabladas como tres meteoritos. Finalmente divisaron el campo de batalla, gracias a Dios que los disparos enemigos de largo alcance no les impactaron. La visión era atronadora. Según bajaban a la zona de visibilidad atravesando las nubes, pudieron ver con horror el escenario de la lucha. Los ejércitos de las hordas eran así como diez veces superior en número. Las llamadas máquinas terrestres de gran tamaño eran monstruos de hojalata dedecenas de metros de altura que parecían dragones plateados escupiendo fuego por la boca. Los pobres soldados de tierra eran los que lo tenían más difícil. El número de soldados de las hordas era aplastantemente superior contando hombres, y máquinas. Esta observación duró menos de un segundo, lo que tardó Bruce en apretar el gatillo. Rivers |