

Aquellos ranchitos de paja vizcachera
Un día de clase, en el colegio No. 1, la señorita Chola Díaz, a la que recordamos con mucho cariño, nos dijo: -Hoy les voy a tomar una lección de anatomía... A propósito del tema: ¿quién de ustedes sabe cuántos huesos tiene el cuerpo humano...? En el alumnado casi siempre existe alguno parecido a "Jaimito"; aquí también estaba: desde los últimos bancos, poco menos que gritando, levantaba la mano Natalio:
¡Yo, señorita; yo, señorita; yo, señorita...! [La maestra pensaba: ¿cómo este niño, que nunca está atento, que tiene pocas ganas de estudiar, puede saber esto, que no es nada fácil para los chicos? ] Sin aguantar más le preguntó: -Decime, Natalio: ¿Cuántos huesos tiene el cuerpo humano...? -¡Ah, señorita! ¿usted dice huesos...? ¡Eso no lo sé! ¡Yo entendí otra cosa...!
[ Un recuerdo querido para Natalio "Talucho" Espina, ya fallecido. Él fue quien puso todo su empeño como constructor artesano para levantar el monumento a los Niños, que caracteriza a Miramar ]
Era una de esas reuniones de todas las tardes, hasta la hora de cenar... Nuestra barrita, formada por siete u ocho "mocosos", se reunía frente al cine "Delicia", en la calle 9 de Julio esquina 34; nos habíamos propuesto que todos teníamos que contar un cuento, o cuanto menos un chiste. El que no lo hacía, luego debía soportar... Entre los componentes de la barrita siempre había alguno dispuesto a todo... En el momento del primer chiste aparece el mismísimo maestro Pascual Lamacchia, quien al vernos reunidos nos dice: -¿Qué hacen todos aquí? -¡Nada, maestro! En este momento iba a contar un chiste... -contestó Niní Giunti. -¡A ver, contalo! -dijo el maestro, con desconfianza...
-Bueno: Eran dos chicos, y uno le dice al otro: -¿Estás mejor?; el otro contesta: --¡Sí, pero me aburro mucho!; el primero le dice: -¿Por qué no lees? -¡Porque no sé leer de día! ¿acaso no sabés que voy a la escuela nocturna...?
El maestro Lamacchia, que temía que el chiste fuera una guarangada, le dijo: -¡Me gustó el chiste! ¡Mañana te pongo un ocho...!
AQUELLOS RANCHITOS DE PAJA VIZCACHERA... - 19... (?) Fuente: De la memoria fecunda del amigo Enrique Benavídez, paisano albañil y pintor de cuadros, fuera de serie.
Los hombres que poblaron nuestro suelo -tanto los de origen europeo como los del interior del país-, todos los cuales fueron apareciendo en los campos adyacentes a medida que crecía Miramar, tuvieron que aprender a construirse sus ranchos. Eran los primeros ranchos, y cada uno fue aportando con su sabiduría o con los recuerdos que traía de sus viejos pagos. Tales ranchos eran hechos de barro y de la paja extraída de las vizcacheras; en esa época no era necesario adquirir el terreno. Aquellos que arrendaban una, dos o tres hectáreas, se construían sus viviendas en un rincón del campo; lo hacían con muy poco asesoramiento acerca del cómo y resolviendo como podían el con qué, es por ello que toda experiencia venía bien y los materiales usados eran a veces insólitos. Pero los resultados finales eran asombrosos.
Violando madrigueras...
Una de las tareas principales era salir en busca de madrigueras de vizcachas, las que, en verdad, había muchas diseminadas en todos los campos de la zona. Todos los pobladores sabían dónde encontrarlas, porque de ellas extraían la paja conocida como paja de las vizcacheras, que les servía para preparar un barro fuerte y resistente, aislante y sufrido, como ellos mismos. Cuando tenían cantidad suficiente las colocaban sobre un tronco, y se cortaban en manojos adecuados, mientras que era preparado el material necesario para hacer la mezcla; se usaba barro, bien pisado y amasado. Mientras más ama-sados estaban la paja y el barro, más consistente era el material para la "liga". El agua potable era necesaria y en un lugar adecuado -habiendo ya elegido el lugar para el rancho- se hacía a pala y pico un pozo que tendría, por lo general, una profundidad de tres a cuatro metros, según la zona del campo fuera alta o baja.
Las "reglas" con las que medían
En muy pocos días el barro amasado estaba en condiciones de ser usado; mien-tras tanto se colocaban fuertes estacas de árboles -eucaliptos, sauces o álamos, los que más había en aquella época-. Después, entre estaca y estaca, colocadas aproximadamente de dos a tres metros entre sí, se ponían "tiros" horizontales de alambre, y luego se repetía la operación colocando los "tiros" de alambre en sentido vertical, con lo cual formaban una resistente cuadrícula. El barro se colocaba luego de abajo hacia arriba, entrelazando los "chorizos" adentro y afuera de la cuadrícula, y asentando una pasada sobre la anterior, pero cuidando de pasar una vez por adentro y otra por afuera de cada alambre vertical. El constructor medía a trancos lo que iba a ser el largo y ancho de la construcción: una cocina y una, dos y hasta tres piezas. A los que eran de tres piezas los paisanos les decían "largos como rancho de vasco". Además de la medición a trancos -equivalente a un metro, más o menos-, había otras formas de medir; una de ellas era el jeme, distancia entre las puntas de los dedos pulgar e índice, tomada con la mano bien abierta; la otra era la cuarta, más conocida, que usaba en forma similar los dedos pulgar y meñique.
El techado, un esmerado trabajo
La tarea de techado del rancho requería no sólo mano de obra de calidad, sino un trabajo hecho a conciencia y con todo esmero. La paja vizcachera debía ser trabajada muy bien, y entrelazada con cuidado con los troncos o estacas que hacían las veces de tirantes, sostenidos éstos con los tiros de alambre colocados en forma horizontal.
Para prevenir de la humedad las paredes generalmente eran pintadas con cal viva, pero los menos pudientes pintaban sus ranchos con las cenizas del fuego de sus fogones o cocinas. El alero debía sobresalir más de 30 centímetros para proteger el interior del rancho y las paredes de la lluvia y la humedad.
El barro del "pisadero"
La tarea del "pisadero" era una de las más delicada por los cuidados que exigía: un chico hábil montaba un caballo acostumbrado a la tarea -al cual debía vendarse los ojos con un lienzo para evitar sustos o mareos-, y realizaba el paciente "amasado" hasta que el barro con la paja estaban "a punto"; luego debía reposar el amasijo para que la paja soltara su "liga". Finalmente, cuando debía realizarse un pulcro final de la obra -que era un cuidadoso revoque "fino"- se volvía a utilizar el "pisadero", pero esta vez al barro se le agregaba sólo estiércol de caballo; el amasijo quedaba entonces mucho más suave una vez terminado el revoque.
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