5. Intro. liturgia fundamental. El año litúrgico.
5. Introducción a la liturgia fundamental  

EL AÑO LITÚRGICO

El tiempo litúrgico es una dimensión del Misterio de Cristo, el tiempo en la perspectiva cristiana tiene un componente especial. El tiempo en la liturgia es una vinculación del pasado, presente y futuro, es una irrupción de lo eterno en lo temporal. La salvación se realiza en unos tiempos concretos, un "kairos" de salvación. No estamos ante la información histórica de los acontecimientos de salvación, estamos ante una experiencia que queda agrandada y que dilata el tiempo rompiéndolo y transformándolo en un tiempo para la gracia. Es una dimensión nueva.

La Iglesia ha entendido fundamentalmente tres ritmos temporales con una características diferentes. El ritmo diario de salvación lo acentúa con la "Liturgia de las Horas", que es la oración que la Iglesia hace durante el día y la noche de manera litúrgica. Por ejemplo, la mañana anuncia la resurrección, la tarde llega Emaús, Jesús muere a la hora de nona,... Este ritmo diario ha sido siempre muy estimado en la comunidad cristiana.

El ritmo de la "Liturgia de las Horas" arranca de la palabra nocturna que ya se anuncia y se proclama en la mitad de la noche, hablamos del "Oficio de Lectura". Con el amanecer recitamos el primer amen del día, es el amen de los "Laudes", es la primera luz que nos hace anunciar la luz de Cristo, es la luz de la resurrección, del primer día. Seguidamente la liturgia nos recuerda tres horas: "Tercia, Sexta y Nona"; que correspondería a las 9, las 12 y las 3 de la tarde, son las horas de la Pasión de Cristo en el Evangelio de San Juan. Estas horas suponen también un alto en el trabajo para proclamar a Cristo. La tarde llega con el "quédate con nosotros, la tarde está cayendo". Es el inicio de la hora de las tinieblas y de la angustia, es el momento de dar gracias por el día, de recapitular todas las cosas en Cristo. Es hora de "Vísperas" del día siguiente, sería el segundo amén del día. La noche, antes de dormir, el sueño que es hermano de la muerte, se invita al descanso en el Señor, a la vida en su seno, mientras la noche va llegando, sólo la sed nos alumbra. Estamos en las "completas", la última oración antes de dormir.

El ritmo semanal de salvación se concreta en un Día del Señor, el día del Domingo, es el día de la Resurrección, es día de especial atención y cuidado en las cosas del Señor. Es un día de descanso en su honor. Detenemos el trabajo para admirarnos del trabajo de Dios. La comunidad cristiana celebrará, casi desde el principio, la noche víspera del Domingo como día de Resurrección. Es una luz nueva la que resplandece en Domingo. El recuerdo de Jesús resucitado enseñando las manos y el costado se produce al siguiente Domingo. Es la tarde del Domingo de Resurrección que los discípulos de Emaús se encuentran con el Señor, que se queda con ellos en el pan y el vino.

El otro ritmo de salvación nos lo ofrece el año litúrgico. Durante un año, hacemos presente a Cristo recordando especialmente los momentos más significativos de los acontecimientos de la salvación.

La construcción de este año litúrgico ha estado marcada por dos tiempos fuertes como han sido y siguen siendo, la Navidad y el Triduo Pascual. Estos dos momentos fueron necesitando de una preparación para una mejor vivencia, de ahí nace, en parte el Adviento y la Cuaresma. Tiene también su eco y prolongación festiva durante unos periodos del año, la Epifanía y Pentecostés cumplen con esa función. En los espacios intermedios celebramos un Tiempo Ordinario, intermedio, donde se recobra la normalidad y cotidianeidad celebrativa. El ritmo de la liturgia a lo largo del año está marcado por un fuerte sentido pedagógico. Otras fiestas fueron añadiéndose como complemento unas veces, como reacción litúrgica a unas discusiones dogmáticas: el "Corpus Christi" o "Jesucristo Sumo y eterno Sacerdote".

No podemos perder de vista que estas celebraciones anuales siempre están vinculadas unas con otras. En Navidad, por ejemplo celebramos también la muerte y resurrección de Jesús en la Eucaristía. Recordamos la llegada del Mesías, pero no olvidamos su sentido en la historia de salvación. Lo mismo al revés y en cualquier época del año. Siempre es Navidad, y Semana santa, y Pascua,... El año litúrgico está pleno de salvación siempre, con un fuerte sentido de unidad, desde donde se manifiesta la presencia del Señor con su "kairos" de gracia.

Analizamos el Adviento. Dura cuatro semanas y son preparatorias de la Navidad. Se anuncia y prepara la venida del Señor, que se extiende al anuncio de la "parusía", el final de los tiempos. En esa preparación destacan dos figuras que nos ofrece la Iglesia de manera especial: Juan el Bautista como precursor del Mesías y la Virgen María como mujer determinante en la apertura de la salvación. El sí de María es una ruptura, una brecha en el tiempo que posibilita la salvación ofrecida por Dios a través de Jesucristo y prolongada en el Espíritu Santo. La invitación pedagógica de estos Domingos de Adviento son de una manera progresiva: la espera, la conversión, la acogida y el anuncio.

La Navidad la consideramos la segunda fiesta en importancia tras la Pascua. Su origen es posterior a ésta, sin embargo su popularidad y acogida es quizás mayor que la primera. La Navidad conmemora el Nacimiento del Mesías, la llegada del Salvador y de la salvación. Es la fiesta del abajamiento de Dios, del Dios con nosotros, del Dios encarnado en la figura y persona de Jesús niño. La iglesia fijó primitivamente esta fiesta cerca de la antigua fiesta de las Saturnales, fiesta en la que los romanos celebraban el triunfo de la luz sobre la tiniebla, eran los días más cortos del año, a partir de ese momento el día empezaba a vencer a la noche. Jesús es la nueva luz que triunfa, también significará el nacimiento de la Iglesia. La manifestación de Jesús a los Reyes, la Epifanía es un reflejo de lo que debe ser la Iglesia, la comunidad humana universal de los que adoran y rinden homenaje a Jesucristo.

La Navidad introduce un anuncio permanente con la llegada del Mesías: la paz, la alegría y la gloria de Dios. Las tres están relacionadas con la esperanza que buscábamos desde el Adviento y plenificaremos con la segunda venida. En la Navidad las claves de su celebración están centradas en el salvador Jesús, es la luz del mundo.

En la Navidad celebramos otras fiestas importantes, la Sagrada Familia es la fiesta del inicio de la gran familia cristiana, donde tiene un papel destacado María. La celebración de María Madre de Dios es el 1 enero, es el día de la encarnación de Jesús, el Dios con nosotros que se hace posible gracias al sí de una mujer. La última fiesta especial de la Navidad es la fiesta de la Epifanía, los reyes, en la manifestación del Señor recordamos y es anticipo de la Iglesia como de una salvación abierta a un pueblo universal, plural. La celebración de la Navidad termina el domingo después de Reyes con la fiesta del Bautismo del Señor. Este será el primer domingo del Tiempo Ordinario, el final de la Navidad.

La Cuaresma es el tiempo de preparación para el Triduo Pascual, es decir, el Jueves y Viernes Santo. Es quizás el tiempo litúrgico donde se aprecia mejor el carácter didáctico y catequético de la liturgia del Domingo. La razón está en que durante este periodo, que abarca del miércoles de ceniza al Jueves santo, se aprovechaba para impartir catequesis a los que se iban a Bautizar en la Pascua. Durante la Cuaresma nos hacemos conscientes del recorrido de Jesús de la muerte a la vida. Durante ese trayecto acompañamos a Jesús, iniciándonos en prácticas recomendadas por el mismo Señor. Nos referimos a la oración, el ayuno y la abstinencia. Hacemos hincapié en recordar lo importante que es desprendernos de cosas, limosna. Lo fundamental que es evitar que nos distraigan otras cuestiones que pongan en peligro nuestra Pascua, ayuno. Y finalmente lo esencial que es la relación con el Señor, intensificación que hacemos de la oración.

Durante este trayecto cuaresmal la Iglesia hace también un trayecto pedagógico, y así en las diferentes semanas está proponiendo en sus lecturas el encuentro con las tentaciones, la transfiguración, la samaritana y el agua de vida, espejo del agua del bautismo. Se recuerda la ceguera del pecador que busca a Jesús como la luz, y la resurrección de Lázaro, anticipo de la resurrección de Jesús y signo del amor de Dios. Esto en el ciclo primero, en los demás los suelen ser temas análogos, pertrechados de un fuerte sentido catequético que serán más tarde símbolos esenciales de la Vigilia Pascual.

Finalmente vamos al acontecimiento central del año litúrgico: La Pascua. El significado de la Pascua reside en la celebración de la muerte y resurrección de Jesús. Esta celebración recuerda y actualiza los sucesos que determinaron la Pasión de Jesús. Estas vivencias están recogidas en lo que llamamos el Triduo Pascual, la celebración del Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado Santo. El Jueves recordamos el amor de Cristo por los hombres, el nacimiento del sacramento de su presencia permanente entre nosotros: la Eucaristía; y el nacimiento del ministerio apostólico. El Viernes es el día dedicado a la muerte donde subraya la Iglesia el significado de la Cruz y la Palabra. Es un día "alitúrgico", no hay celebración. Se hacen lo que se llaman los oficios. Se recuerda la muerte de Jesús, negándose otras posibilidad celebrativa salvo desde el perdón o la unción de enfermos, es día de Penitencia y luto. El sábado es el día de la espera, la noche es el anticipo de la resurrección desde los distintos símbolos que operan en la celebración eucarística. Es el inicio de la Pascua cuya celebración se va a prolongar durante 50 días. Fiesta que va a prolongarse con Pentecostés. La resurrección se queda en nosotros con la llegada del Espíritu Santo.

El resto del año es el Tiempo Ordinario. También a lo largo de la historia de la Iglesia se han ido añadiendo otras fiestas con un carácter más o menos dogmático, por ejemplo el "Corpus Christi" u otras. También tienen una especial incidencia las fiestas dedicadas a María, o a los Santos; especialmente aquellos discípulos o mártires de la Iglesia. En el fondo en todas ellas se sigue recordando el acontecimiento central: la encarnación, muerte y resurrección de Cristo.

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