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Retorno al pasado
Mientras la ciudad duerme
Ambiciones que matan
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Algo
hizo que me identificara con el nunca valorado Robert Mitchum que pierde
la vida por amor en “Retorno al pasado”; algo me unió al vengativo Lee
Marvin en “A quemarropa”. Supongo que debería investigar la razón por la
que en el colegio secundario me llamaban Alan (por Ladd, ícono de los
policiales) o en el barrio Burt (por Lancaster en su etapa atlética de “El
halcón y la flecha”). ¿Era una burla juvenil a mi carácter individualista?
¿Al que iba al frente en los combates callejeros, como los reos de la
pandilla de “Punto muerto”? ¿Tal vez un reconocimiento a quien defendía a
los más chicos en las canchas de fútbol? Una vez me peleé con diez rivales
y debí correr con un pibe atado a mi mano. Ya no tengo memoria de aquello,
y en esta época que ha tornado risible la solidaridad me reconozco un
sujeto anacrónico. Sólo tengo presente mis lágrimas en el cine Antártida (frente a la cancha de San Lorenzo) oyendo una tarde de domingo los gritos del partido mientras miraba, con 16 años, al profesor cornudo –que se parecía tanto a uno mío- encarnado por el excelso Michael Redgrave en “Odio que fue amor” (“La versión de Browning”, obra de T. Rattigan). Tampoco olvido el impacto quinceañero que me hizo regresar a casa enamorado de Liz Taylor tras ver adónde conducía la codicia a un muchacho de mi clase en “Ambiciones que matan”; al otro día compré esa novela de Dreiser, "Una tragedia americana". Más aún, recuerdo anhelar ser deseado con la pasión visible en Silvana Mangano cuando en “Ana” tira la llave de la casa de su amante Vittorio Gassmann para evitar la desbordante tentación de ir a verlo; y memoro haber perdonado a la prostituta Donna Reed con tal de tenerla a mi lado como Monty Clift en “De aquí a la eternidad”, primera parte de la trilogía guerrera escrita por el valioso James Jones, que años depués devoré entusiasmado.
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