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Puedo
entender mi locura admirativa por la gestual sensibilidad de Montgomery
Clift (desde “Río Rojo”, cuando nadie lo conocía) que desnudaba sus ansias
trepadoras en “La heredera”, el amor a la literatura (su personaje leía
“Ulises”) en “Los dioses vencidos” o su rebeldía en "De aquí a la
eternidad". Puedo entender la trasnoche entusiasta de mis 18 abriles,
cuando tras jugar al billar fuimos tres amigos a ver “Al este del paraíso”
y hallamos nuestro espejo en el increíble James Dean, pues teníamos la
edad de su personaje y sus mismos conflictos de rebeldía con nuestros
padres. Puedo entender mi conmoción viendo la primera labor en cine de
Marlon Brando: era un paralítico de guerra en “Vivirás tu vida”; mi
devoción al usar, años después, una campera igual a la suya (copiada de
“El salvaje”) mientras corría furioso por las calles con una chica pegada
atrás en mi moto; o el trastorno moral que me produjo la lucha entre
doblez y principios en la mejor labor (según su director Elia Kazan) de la
historia del cine norteamericano: la de Brando en “Nido de ratas”. Puedo
entenderlo porque esos tres jóvenes actores se me antojaban seres
sensibles, como yo me creía. No
comprendo en cambio qué me unía a la dureza de los westerns. ¿El afán de
aventuras que después volqué en viajes por el mundo? ¿Por qué disfrutaba
desde niño con el seco cowboy Randolph Scott –avejentado e inolvidable en
“Pistoleros del atardecer”- o con “Hondo”, protagonizada por un John Wayne
luego detestado por reaccionario? A medida que las crisis y la sociedad
comenzaban a golpearme, los nuevos dramas generacionales me trastornaban. ¿Había
piedad en mí por el compasivo carnicero Ernest Borgnine en “Marty”,
desprecio hacia el ambicioso boxeador Kirk Douglas de “El triunfador” y
comprensión para el pistolero ciudadano Sterling Hayden que vuelve al
campo para morir junto a un caballo en “Mientras la ciudad duerme”?
Seguramente. Yo, que amaba el boxeo, comprendí su ruindad al observar la
lucha por no venderse del veterano Robert Ryan en “Luchador”, joya del
montajista de “El ciudadano”, Robert Wise.
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Hamlet
Al este del paraíso
Nido de ratas |
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