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En
medio de la celestial ensoñación de los suaves musicales (“Leven
anclas”, “Un americano en Paris”) aprendí que existían los
pavorosos prejuicios: “Encrucijada de odio”, de Edward Dmytrick y “La
luz es para todos”, de Elia Kazan, los dos únicos filmes sobre el
racismo antijudío; “El odio es ciego” (debut de Sydney Poitier) sobre
el racismo antinegro, donde la risa de Richard Widmark podía ser tan
diabólica como irónica sería luego en “El rata”; la polémica “Fuga
en cadenas”, primera película sobre la unión entre razas enemigas,
entre blancos y negros; ”Más corazón que odio”, de John Ford, sobre
el racismo antiindio;“Conciencias muertas”, de William Wellman,
analizando el linchamiento de personas, que en EE.UU. siguió hasta 1935,
tal cual mostró "Furia", de Fritz Lang; la genial “Larga es
la noche”, de Carol Reed, que describía la lucha por la liberación en
Irlanda a través de la guerrilla; Spencer Tracy haciendo justicia con un
solo brazo en “Conspiración de silencio”, de John Sturges, que
reflejaba el racismo antijaponés; “La patrulla infernal” o cómo
ganar gloria a costa de los soldados en una guerra; y la corrupción
policial en “Los sobornados”, del mismo director Fritz Lang. Nadie cuidaba a sus
autores mejor que John Garfield. La larga lista de sus películas
sociales las escribieron los mejores autores de la década: “Me hicieron
criminal”; “Juárez”; “Sábado de los niños”, libro
de Maxwell Anderson; “Al
este del río”, libro de John Fante; “El mar es testigo mudo”, libro
del polémico Irwin Shaw; “Tortilla Flat”, libro de John Steinbeck;
“El lobo de mar”, libro de Jack London; “El gorrión caído”,
libro de Dorothy B. Hughes; “El cartero llama dos veces”, libro de
James M. Cain; “De amor también se muere”, libro del posterior
delator Clifford Odets; “Nadie vive para siempre”, libro de W. R.
Burnett; “Cuerpo y alma”, libro del perseguido Abraham Polonsky; “La
luz es para todos”, libro de Moss Hart; “Nosotros somos extraños”,
de John Huston; “Bajo la piel” y “Punto de ruptura”, ambas cuentos
de E. Hemingway.
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El rata
Fuga en cadenas
La patrulla infernal |
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Conciencias muertas
Adiós, Mr. Chips |
Mi
invisible amigo Garfield merece un párrafo. En la vida real es casi el
único actor norteamericano que respeto. Toda su actitud fue la de un
hombre para cualquier tiempo, parafraseando al escritor Robert Bolt.
Cuando pocos se atrevían, dio la cara con Bette Davis fundando la “Hollywood
Canteen” para los soldados que venían de la guerra. Sin ser comunista
–su esposa sí lo era- murió de un infarto (o se suicidó, no se sabe)
por no aceptar delatar a ningún viejo amigo durante el repudiado
macarthismo. Hasta Bogart aflojó con los hermanos Warner. El judío
Garfield, marginado por ellos, filmó con su propio dinero un filme
maldito de denuncia sobre el sindicalismo corrupto, “La fuerza del mal”
(1948), escrito y dirigido por uno de los Diez de Hollywood, Abraham
Polansky. Al morir iba a cumplir 39. Vivió y actuó de acuerdo a sus
ideas. Lo homenajearon más que a Rodolfo Valentino: diez mil personas
fueron a su entierro en 1952. Pero la gente olvida; veinte años más
tarde nadie sabía quién era.
¿Qué me inclinó a admirar a los enormes James Cagney, Edward G. Robinson, Bogart o Paul Muni? ¿Eran también sus roles? ¿Tenía mi almita un costado escondido de gángster? No, fueron actores completos, su labor deslumbraba en cualquier papel. ¿Por qué respetaba tanto a tres ingleses que vi escasamente, Leslie Howard, Robert Donat y Laurence Olivier? Tal vez ayudó el idealismo de Howard (“La pimpinela escarlata”) que lo hizo morir en un avión que cayó al mar el mar durante la guerra; el patetismo de Donat (“Adiós, Mr. Chips” y “La ciudadela”) sin descuidar su faz aventurera ("El conde de Montecristo" y "Los 39 escalones") o la máscara impresionante de Olivier en “Hamlet” y "Ricardo II"" unida a esa joya sobre las desdichas del amor escrita por el áspero T. Dreiser que dirigió William Wyler en 1950: “Destino de dos vidas”. |
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