El hombre quieto

 

Qué bello es vivir!

 

La luz es para todos

 

Al crecer un tanto (15 a 17), nuestra barra de amigos, como los chicos españoles, siguió soñando con mujeres hermosas. Noviecitas y debuts amorosos eran usuales. Yo perdía el tiempo corriendo para el colegio secundario en los 100, 200 y 400 metros llanos. Por entonces a todos nos entusiasmaba el basquetbol y mi equipo llegó a ser campeón de la ciudad de Buenos Aires y, representándola, subcampeón argentino. Descubrimos como buenas actrices a otras que habíamos despreciado (una fue la pulposa Marilyn); más tarde nos recibimos oficialmente de adultos y fantaseamos con nuevos mitos que intentamos, igual que Garci, reproducir en la fea realidad. Una que me fascinaba era Alida Valli, siciliana nacida en la misma ciudad (Pola) que mi abuela materna; la descubrí en “El caso Paradine”, seguí con “El tercer hombre” y me enamoré en “Senso”. Nunca la conocí pero luego tuve suerte: encontré alguna Loren, varias Bardot, un par de Taylor´s, la réplica de Sarli y otra vergonzante de Twiggy. Pero desde hace un cuarto de siglo lucho por conformarme (hasta en carácter irlandés/gallego) con mi O´Hara privada. Sí, la de “El hombre quieto”.

 

     El tema a dilucidar, entonces, es este furibundo amor-admiración por actores y actrices. Nacido mucho antes de nuestros 20 años. Aquél, se sabe, era un cine de “estrellas”, no de directores. Se iba a la sala de traje y corbata exigida (hasta que arribó el desaliño estudiado de James Dean). ¿Por qué uno a menudo se enganchaba más con éste que con aquél? Difícil saberlo. Yo me identifiqué con el primer rebelde juvenil del cine (surgido antes que Monty Clift, Brando o Dean): John Garfield. Tengo claros los motivos por los que fue mi actor preferido: representaba al ganador que para seguir siéndolo debía venderse pues juzgaba a los demás por cuanto tenían en su billetera. Luego, empujado por la dignidad, la ética o como se lo llame, finalmente tomaba conciencia (aún a riesgo de dejar la vida) y cambiaba. Generalmente perdía, pero su alma ganaba. En esto parecía alguien de los posteriores ´70. Sin saberlo era un posmoderno, un tipo de los '90. Muchos de esos ácidos guiones estaban escritos por autores acosados por el macarthysmo. Sus filmes para mí fueron escuela de vida: tenían un código de conducta que me ha servido. Durante cincuenta años.

 

 

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