El bosque petrificado

 

 

Punto muerto

 

Las aventuras de Robin Hood

 

     De ese tiempo queda el testimonio de mil notorios personajes. No importa lo que posteriormente se murmuró sobre la sexualidad real de actores y actrices. Recuerdo al inigualable espadachín Errol Flynn en “El capitán Blood” y “Las aventuras de Robin Hood”; los grandes e intensos ojos de la genial Bette Davis, que podía hacer de mujer cínica (“Servidumbre humana”), de patito feo (“La extraña pasajera”) o de cisne (“El bosque petrificado”); la doble personalidad de un aparentemente afeminado Tyrone Power en “La marca del zorro”; el James Cagney contrabandista devenido taxista para subsistir en “Héroes olvidados”; o su falso temor final (para salvar del delito a la pandilla adolescente aparecida por primera vez y gloriosamente en “Punto muerto”) al encaminarse a la silla eléctrica en “Angeles con caras sucias”; más aún, su talento elogiado por el director Max Reinhardt para emocionar cubierto con una máscara en la versión de la shakespeareana “Sueño de una noche de verano”; o su habilidad para bailar de la cintura hacia abajo en “Yankee Doodle Dandy”, que le ayudó a ganar un Oscar; también recuerdo el Rhett Butler del personal Clark Gable en “Lo que el viento se llevó”; y finalmente al casi suicida James Stewart en “¡Qué bello es vivir!”, que comprende lo feliz que ha sido cuando un ángel le muestra lo que habría pasado si no hubiese existido.

 

     Pregunto: ¿cuántos actores o actrices de hoy pueden compararse a quienes entonces interpretaban roles de apoyo, llamados de reparto? A saber: Walter Brennan (tres Oscares); Claude Rains, Herbert Marshall, Thomas Mitchell, la negra Hattie McDaniel, Donald Crisp, Charles Coburn, Barry Fitzgerald, Edmund Gwenn, Claire Trevor, William Demarest, Jane Darwell, Charles Bickford, James Whitmore, J. Carrol Naish, Agnes Moorehead, Anne Revere, William Bendix, Frank Morgan, Sydney Greenstreet, Judith Anderson, Peter Lorre, Dame May Whitty, Akim Tamiroff, Basil Rathbone, Sam Jaffe, Dean Jagger, Thelma Ritter, Gloria Grahame, Paul Stewart, John Ireland, Celeste Holm, Maureen Stapleton, Shelley Winters, Lee Grant, Arthur Kennedy, Edmond O´Brien. Es inmensa la suma de sus Oscar´s y de sus candidaturas a ese premio.

 

 

   En esa edad escolar en que buscábamos malas palabras en el diccionario nos seducían día a día la “Literatura negra” y los “films noir”. Era un mundo de epígonos con códigos en una sociedad que no los tenía. Hombres individualistas que apostrofaban a las mujeres. Hombres que nunca mostraban la dentadura, con un perenne rictus amargo. Y mujeres bellas que se desvanecían en la pantalla portando la sonrisa de la muerte: “Al borde del abismo”, de H. Hawks; “El enigma del collar”, de E. Dmytrick; “La dama en el lago”, de R. Montgomery; “Huracán de pasiones”, de Huston; la entonces incomprendida “Sed de mal”, de Orson Welles y una previa, "La dama de Shangai"; “Alma negra”, de Raoul Walsh; la olvidada “Cadenas de roca”, de Billy Wilder; otra suya, "Pacto siniestro";y "Laura", de O. Preminger, idealizada posteriormente en España.

 

      Así como Graham Greene decía que los libros tienen una honda influencia en nuestras vidas solamente en la niñez, lo mismo ocurría con el cine. Hacía las veces de literatura, de poesía, de ensayo. Influía a veces más que los padres, los amigos, la escuela. Un ejemplo: cierta novela de Greene la vi primero en cine y luego la leí. Yo tenía 17 años cuando el hondo conflicto entre la pasión adúltera y la creencia o no en Dios me llegó a través de “El fin de la aventura”, un gran film de Edward Dmytrick con descollante labor de la dulce Deborah Kerr. Fue la época de la energía violenta y constante de los filmes de guerra. Primero la excitante y falsa propaganda americana: “Aventuras en Birmania”, con Errol Flynn; “Dios es mi copiloto” (mi hermano la adoraba); “Treinta segundos sobre Tokio”, historia del ataque del general James Doolitle a Japón. Pero después la feroz autocrítica: esa lacerante toma de Montecasino en “También somos seres humanos”, de W. Wellman; los muertos en Salerno en "Un lugar al sol", de Lewis Milestone, el gran creador de la pacifista "Sin novedad en el frente"; la inusual odisea de “El general Della Rovere”, del maestro Roberto Rosellini; “Rosemarie entre los hombres”, sobre la posguerra alemana; las 9 horas de “La condición humana”, del japonés Kobayashi; para arribar luego al retrato de LouisMalle sobre el colaboracionismo francés: “Lacombe Lucien”.

 

Angeles con caras sucias

 

La marca del Zorro

Larga es la noche

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