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Aclaremos. El “más” es que estudié en un par de óptimos colegios
secundarios (con latín y griego incluídos) y mi parte “traga” consiguió en segundo año 10 puntos de
promedio (se usaba esa calificación tipo Maradona) en todas las materias.
¿Y mi parte “rea”? Ser elegido el Mejor compañero. Ese respeto de los
pares me satisfacía, tras una infancia en que para ir al cine casi todos
los días (escapando de un hogar conflictivo) yo repartía sus programas por el barrio. Los martes eran el “Día de
Damas”: tres dramas románticos, tipo “Jane Eyre” con el hosco Orson
Welles. Los miércoles corríamos hacia el “Día de Acción”: tres westerns,
films noires (negros) o de gángsters: digamos “La diligencia”, “El
delator” y “Sin conciencia”. Y el sábado o domingo gozábamos tres
estrenos; aún recuerdo uno que cambió mi visión: “Lo mejor de nuestra
vida”, de William Wyler, film a partir del cual un seco realismo se inició
(por poco tiempo) en Hollywood. Dado que algunas películas se repetían, nos atosigábamos con
unos
3.500 filmes al año. Hoy difícilmente alguien vea la décima parte.
El “menos” es que desde los 10 a los 15 años, al confesarme y comulgar seguido, por supuesto me autocastigaba con culpa por leer libros que la Iglesia prohibía. Astutamente la Iglesia también censuraba el cine cuestionador tildándolo como “reservado”. Yo jugaba en el equipo de básquetbol parroquial que fue campeón de los torneos juveniles “Evita” y discutía con los curas sobre el enigma (para mí insondable) de la Santísima Trinidad. Incluso logré que mi agnóstico padre aceptara casarse por iglesia tras años de pecaminoso matrimonio civil; y que mi hermano mayor fuera a misa. Quien no fue muchas más veces he sido yo.
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Los mejores años de nuestra vida
El delator
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