Somos arbitrarios con nuestros ídolos. Y es una característica de la juventud la insaciabilidad. Uno se aferra a esta o aquella mujer idolatrada con tal apasionamiento que excluye al resto. Pero no bien alguna lo decepciona, la derriba de su pedestal e instala allí a otra sin vacilar. Una mujer reemplaza a otra desalojando a la anterior de nuestro corazón. Sigo creyendo que un adulto puede volverse loco por un físico femenino, se excita con él (la prueba son los filmes porno) pero en cambio un joven, idealista, fusiona la carne mental con el personaje.

 

     A mis amigos les fascinaba el glamour de distintos tipos de mujer. A unos la belleza natural de la magnética Ingrid Bergman en “Casablanca”; a otros el exotismo de Marlene Dietrich en “Marruecos”; o la tierna vulnerabilidad de Linda Darnell enamorada del torero en “Sangre y arena”; esa imponente desnudez de Hedy Lamarr en “Éxtasis”; una emotiva Ida Lupino llorando por la muerte de Humphrey Bogart en “Altas sierras”; la seductora inglesita Vivien Leigh arrasando todo en “Lo que el viento se llevó”; una provocativa Ann Sheridan traicionando a su novio de infancia en “Ciudad de conquista”; la ambigüedad sexual iconizada de la gélida Greta Garbo en “La dama de las camelias”; el mechón salvaje tapando un ojo de la impasible Verónica Lake en el debut de Alan Ladd, “Un alma torturada”; esa insolencia de la sofisticada Lauren Bacall diciendo al aparecer a los 19 en “Tener y no tener”: “Sabes silbar, ¿verdad Steve? Sólo tienes que juntar los labios y soplar”; la tempestuosa y enérgica mestiza Jennifer Jones en “Duelo al sol”; la más mala de las chicas malas, una devoradora Gene Tierney en “Que el cielo la juzgue”; aquella histórica aparición de la vulgar y despampanante rubia Lana Turner en la entonces escandalosa versión de “El cartero llamas dos veces”; la mentirosa y encantadora rubia ceniza Kim Novak en “Vértigo”; la húmeda sexualidad de Elizabeth Taylor en “Una venus en visón”; o la lujuriosa Sofía Loren en “El oro de Nápoles”. Todas eran mujeres que nunca decían que fuesen otra cosa que lo que eran. Todas podían enloquecerte y destruirte. O no, si uno era un hombre de verdad.

 

   Adiós a esa primavera y todo lo que significa para mí.

 

 

El cartero llama dos veces

 

 

Un alma torturada

 

 

 

Lo que el viento se llevó

 

Viñas de ira

 

Soy un fugitivo

 

       Aquel mundo de sueños se esfumaba con los secos dramas policiales de la Warner Bros (donde lucía el endurecido tirador James Cagney de “La patrulla implacable” y “Cada amanecer muero”): basta recordar al hosco ¨Paul Muni de “Scarface” y “Soy un fugitivo”; al memorable Henry Fonda de “Sólo vivimos una vez”; o al Bogart actor de carácter de innumerables filmes de clase B. A esto le siguió la inusual filmación, por John Ford y en un cine norteamericano tan derechista como él, de dos obras maestras de denuncia: “Viñas de ira”(1939, libro de John Steinbeck) y “El camino del tabaco” (1940, sobre libro de Erskine Caldwell). En un cine que apelaba al divertimento, fue un momento de conciencia social explícita que jamás se repetiría.

 

     Sentí un primer shock, con diez escasos años, cuando vi un prodigioso Rosellini realizado al final de la Segunda Guerra: “Paisá”. Algo similar sucedió con “Obsesión”, la versión de Luchino Visconti de “El cartero llama dos veces” ambientada en Italia. Que completó otro gran Visconti: “Senso”. Garci no tuvo esa suerte. Para convalidar la revelación del cine europeo, ¿se parece mi entorno al del español? Más de lo que yo querría. Alguien preguntará: ¿usted tuvo una educación religiosa, como Garci? Sí. ¿Padre severo, represor? También. ¿Prohibiciones? Más o menos.

 

 

 
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