El proscripto

 

Los inadaptados

En mis noches de niño había surgido la voz de Judy Garland (“El mago de Oz”) unida a tres ágiles bailarinas en musicales de la MGM: la pequeña Vera Ellen, el tap de Ann Miller (“Un día en Nueva York”) y las piernas incomparables de Cyd Charisse “(Cantando en la lluvia”). Hasta llegar a mi tipo de mujer: la tórrida y maliciosa Jane Russell (desde “El proscripto” hasta “Macao”): una muchacha de físico rotundo y breves  respuestas afiladas, pero además ardiente, con agallas y bastante noche. ¡Otra vez los condenados roles!

   

Es que era así. Yo pregunto: ¿cómo podía alguien enamorarse de Marilyn si siempre hacía de estúpida? ¿Algún resabio de machismo mal digerido? De acuerdo, exudaba sexo. Que no fue una rubia tonta, todos lo sabemos. Que era tierna, cruel y hábil trepadora, también. Basta contar la lista de sus amantes. O leer los recuerdos de Truman Capote, la pieza “Después de la caída” de su ex marido Arthur Miller o la biografía de Sinatra. Pero que en sus filmes (desde “La malvada”, olvidado por Garci) actuaba adorablemente como buscona ingenua, es un hecho cierto. Aún en el último, que aquí llamaron “Los inadaptados” y en España “Vidas rebeldes”, con matices del espíritu hippie de los ´60. Casualmente lo escribió Miller. Al igual que todo autor, utilizó frases reales dichas por ella, lo cual la incomodó. Como al conocerla ya era un hombre experto, divorciado (y tal vez veía poco cine) se enamoró y desilusionó de la mujer, no del rol como un vulgar adolescente. ¿Por qué se desilusionó? Pues porque ella lo traicionó siempre y él lo toleraba. El personaje era menos inteligente que esa dura mujer. Nosotros conocíamos los roles, no la infiel realidad.

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