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Rita Hayworth
Gilda
Ava Gardner
Los asesinos
Arlene Dahl
María Montez
Carole Landis
Rosa de abolengo
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Es
que ya desde mi infancia yo había visto sexo, bellas coperas, la década de
oro del tango y la radio. Y las “amuebladas”, donde los adultos iban a
hacer el amor a escondidas por dos horas. Desde afuera, por supuesto. ¿Con
ojos de niño? En parte. Me hice en el patio de casa (con lonas y cajones
de fruta) una “maison” donde invité a una amiguita de 10 años (yo tenía 8)
para que me enseñara lo que sabía. Era bastante experta. Al rato nos
descubrieron actuando y fue un gracioso miniescándalo familiar. Durante un
par de años le brindó a mi padre un argumento amenazador: contarle todo a
los padres de la chica si me portaba mal.
Obviamente, desde antes uno estaba impactado por los roles. Soñaba con la pelirroja belleza que encarnaban las magnéticas Maureen O´ Hara (“El jorobado”), Greer Garson (“Rosa de abolengo”) y Rita Hayworth. A esta última le escribí una carta a los nueve años y envió su foto autobiografiada; creo que estaba enamorado de “Gilda”, no de la actriz flaca que ahora noto poseía atractivas pero escasas formas. Por entonces arribaron a mis noches juveniles la turbulenta Ava Gardner (“Los asesinos”); otra ampulosa pelirroja, Arlene Dahl, luego mujer de nuestro Fernando Lamas; y dos futuras suicidas por amor: las bellísimas María Montez y Carole Landis.
Situemos la época. ¿Qué era la Argentina entonces’ Un país ocupado, una colonia británica donde no había Banco de la Nación y mi padre conducía su auto como en Gran Bretaña, por la izquierda. Un país donde a los peones de las estancias no se les pagaba; sólo les daban techo y comida. Donde no había jubilación, ocho horas, aguinaldo ni vacaciones pagas. Originada por la frívola dirigencia empresaria que odiaba a "ese coronel defensor de los cabecitas negras" llegó la explosión antigolpe del 17 de octubre de 1945. Pese a la intensa campaña de la Unión Democrática (convergencia entre EE.UU., partidos opositores y mundo empresarial) el 24 de febrero de 1946 los obreros y los peones rompieron los candados puestos por sus patrones en las fábricas, las estancias y las mentes y corrieron a votar en masa en una elección por primera vez limpia. Con ese despertar de los marginados vulnerando la propaganda del liberalismo y el comunismo unidos gracias al embajador yanqui Spruille Braden, se rechazaba una ficticia y “torcida idea de libertad” (decía Evita); la “libertad de morirse de hambre” (decía Perón), Así surgió un gobierno que prometía a “los trabajadores ser un poco más felices”.Todos esos derechos sociales (y tener dinero en el bolsillo) transformaron a la gente. La hicieron interesarse más en las pequeñas diversiones (cine, deportes) y en el estudio. Nacía un mundo nuevo.
¿Y qué era en ese tiempo el
cine argentino? Al nacer yo se habían filmado tres películas notables:
“Prisioneros de la tierra”, de Mario Sóffici, sobre la esclavitud de los
peones; “La fuga”, de Leon Saslavsky, bella historia de amor; y “La vuelta
al nido”, de Torres Ríos, sutil análisis de la infidelidad. Después, en
los ’40, surgieron dos filmes geniales sobre la formación de la sureña
patria: “La guerra gaucha” y “Pampa bárbara”, ambos basados en la técnica
de los westerns, ambos escritos por Homero Manzi y dirigidos por
el nunca valorado Lucas Demare. En los colegios pasaban como ejemplo la
vida de Sarmiento y su hijo Dominguito (“Su mejor alumno), también de
Demare. Yo admiraba como actor a Francisco Petrone por su rol en “Todo un
hombre”. Y reía con nuestro Chaplin: Niní Marshall. De a poco descubrí que
existían filmes refinados: “Donde mueren las palabras” y “Apenas un
delincuente”, de Hugo Fregonese. No me gustaba el cine de “teléfonos
blancos” basado en adaptaciones de libros europeos. Aprendí a analizar un
pasado de esclavitud con dos trilogías; primero con “Las aguas bajan
turbias”, “Surcos de sangre” y “Las tierras blancas”, de Hugo del Carril;
y luego con la trilogía de Demare: “Los isleros”, “Guacho” e “Hijo de
hombre”, film sobre la dolorosa guerra boliviana-paraguaya. No olvidaré
nunca el deslumbrante desnudo de Elida Gay Palmer en la suburbana “Barrio
gris”, escrita por mi amigo Joaquín Gómez Bas y dirigida por Mario
Sóffici. Tampoco esa obra maestra absoluta sobre un triángulo
pasional basada en una historia del austríaco Arthur Schnitzler: “Más allá
del olvido”, de Hugo del Carril.
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