Por descontado, Garci informa que ni él ni sus amigos adolescentes (salvo uno) la hubiesen aceptado como novia; y que la imagen cinética era un pasaporte a un mundo de “mejor” lujuria. Ahora bien: ¿por qué los padres de Garci suponían que ver un filme de Marilyn arrastraría sin más a su hijo a la depravación? Sólo es aceptable como reflejo del beato catolicismo que imperaba bajo el gobierno de Franco. De lo contrario parece desmedido, sabiendo que en aquellos años no se utilizaba el lenguaje grosero actual y los menores de 20 años todavía respetaban a quienes pasaban los 30. Luego Garci confiesa que todos soñaban con Rose Loomis, el sensual papel de la Monroe en el film “Tormenta pasional” (o “Niágara”) y me da la razón. Se enamoraron del personaje: aquel objeto sexual ideal que alcanzó una dimensión universal perturbadora.  

Sucede que en ese período de estirones e íntimos sueños mojados uno se enamora de los roles. En la Argentina de principios del ´50 había muchos que idealizábamos. Nos gustaba la gente honesta como la claridad del día. En fútbol, en tango, en jazz, en cine, en boxeo, en política. Favio ha contado a su manera esas pequeñas felicidades en “Gatica, el mono”, parangonando la subida del inculto y mitológico boxeador con el apogeo del peronismo. Y su caída con la de éste. Todos sabemos que la juventud es la edad en que, custodiado por sus papás, el gobierno y los maestros, el joven se convierte en el máximo consumidor de la sociedad. Ha llegado a una sociedad vieja que vocifera en los estadios. Quiere escaparse. Sin embargo presentar a una juventud desencantada y cínica (como "Semilla de maldad", de Richard Brooks, 1955) no sólo equivale a decir que está despolitizada: es desear que lo esté. Aún siendo chicos muchos comprendíamos el dolor y la pasión de los buenos y de los malos días en las grescas de muchachos introducidos a la melancolía.

   

 

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Altas sierras

 

 

 



Marilyn Monroe

 

 

Tener y no tener

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