Los amores de la generación del ´50

 

                       AQUEL CINE EN NUESTRAS VIDAS

                                                                                                                              

                                                                  por Alberto Daneri
                                                                                                http://mx.geocities.com/albertodaneriescritor

 

 

    Paul Nizan –el amigo de Sartre desaparecido prematuramente- escribió en “Aden Arabia”: “Nadie podrá decirme que los 20 años son una edad feliz”. Leer una deliciosa nota (“Nada nuevo sobre Marilyn”, de José Luis Garci, director del inolvidable film “Volver a empezar”) me empujó a reflexionar sobre ese tiempo, esa edad cubierta por fantasmas del pasado que siempre regresan. Creo que, sin embargo, a veces éramos felices. Que tal vez seamos yo y Garci de la misma generación no cuenta mucho. Distintos continentes, países, costumbres; quizás iguales represiones, salvadas o no en forma opuesta. ¿Existe diferencia de gustos? Sin duda. En primer lugar en España casi no se vio cine europeo durante la dictadura franquista. Y en Argentina sí. Por supuesto, subtitulado, con la verdadera voz (esencial) de actores y actrices, cosa que allí desconocen pues ven, tristemente, doblado el cine extranjero. 

 

 

Torrente pasional (Niágara)



Cantando bajo la lluvia

   Similitudes: allá y acá no había televisión. Las diversiones masculinas consistían en una pelota de trapo o goma (la de cuero era muy cara) y el aliciente colectivo del cinematógrafo. Esa pantalla grande con imágenes en movimiento no tenía rivales: marcaba pautas de conducta, enseñaba modales y la forma de besar; incluso bajaba línea sobre lo bueno que era todo lo creado por los norteamericanos (autos, casas, ropas) y lo terrible que podían llegar a ser nazis y japoneses. Tanta propaganda lograba que uno peleara mentalmente junto a sus héroes. Además de esa agresión a la conciencia, el cine resultaba hipnótico y ayudaba a evadirse de la mediocre realidad. Era un cine de Estudios, pintoresco y superficial, basado en estereotipos o adaptado de novelas famosas. Y también un cine de aventuras apto para consumo infantil, donde no intuíamos aún el impulso crítico de la mirada.  

    Pero llamó mi atención el punto de vista de Garci. Insiste en que estaban enamorados del cuerpo de la diva, más allá de sus papeles. No lo creo. O al menos no es mi caso. Hace veinte años aprecié su corto sobre la Monroe, aquel exitoso sex symbol de voz aniñada. La técnica de su nota actual –hablar de la norteamericana a través del propio entorno- está más cercana al cuento. No obstante, esa loca  sublimación de la belleza física de una excelente actriz de cine al margen (o casi) de sus papeles, resulta en mi criterio excesiva. Diré por qué.

 

 

 

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