NOIR, terriblement NOIR

 

 

por Julio di Risio [*]

 

 

 

 

«Te golpearé sin cólera y sin odio, como un carnicero».                    
                                                    Baudelaire
 

Hacia el final de la década del cuarenta, los letristas de los cines de barrio diagramaban las carteleras sobre un bastidor pegando en «artísticas» posiciones las figuras recortadas de los afiches. Combinaban el título de la película, los intérpretes, leyendas tipo «Ella amaba a un solo hombre...», y más de una vez terminaban engañándonos con imágenes o textos que no tenían nada que ver con la película anunciada. Por entonces no tenía muy claro –entre otras cosas– qué tipo de película me gustaba ver. Sin embargo, los actores y las actrices que me atraían, las películas en que actuaban y algunos de sus directores, sospecho que terminaban inclinándome por esos inolvidables policiales que comenzaban a llamarse filmes negros.  

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A. Delon

 


Richard Widmark

El imperio del mal

 

Ahí nadie era de fiar : A. Ladd, temible asesino a sueldo que vive en una buhardilla de húmedas paredes y muebles desvencijados, antes de salir a matar, limpia su arma y le da leche a su gatito. En una escena memorable, descubre a su mucama espantando al minino. Sin una palabra, con dos cachetadas la hace caer llorando a sus pies. Luego vuelve al gatito, lo acaricia, y sale. Silencioso, insensible, este asesino angélico, ha entrado en la leyenda negra [1].  

 

Años después, en “El samurai”, Ladd habrá sido reemplazado por A. Delon –el nuevo angel-face–, el gatito por un pajarito, y la malvada mucama no habrá sobrevivido..
Terribles cosas podían suceder: R. Widmark, un canalla con ojos de alimaña, ata a una anciana paralítica a su silla de ruedas y, con risita chillona, la arroja por la escalera [2]. Otra inválida, B. Stanwyck, postrada en su cama, habla por teléfono con una amiga, cuando las líneas se ligan y escucha a dos asesinos organizando un crimen para esa noche, a las once. Desesperada por ayudar a esa anónima víctima, no deja de  telefonear hasta casi la hora del crimen, cuando, con la mano enguantada del asesino deslizándose ya por la baranda de la escalera, descubre que la víctima es ella misma [3]. Tanto sufrir por ella, ¿para qué? 

 

 

 

Al poco tiempo, en otra película, fresca y radiante como nunca, Bárbara quiere matar a  su marido, casarse con un apuesto muchacho y, gracias a F. MacMurray –su cómplice– cobrar una buena suma por el seguro [4].

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