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NOIR, terriblement NOIR |
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por Julio di Risio [*] |
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«Te
golpearé sin cólera y sin odio, como un carnicero».
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| Hacia
el final de la década del cuarenta, los letristas
de los cines de barrio diagramaban las carteleras sobre un bastidor
pegando en «artísticas» posiciones las figuras recortadas de los
afiches. Combinaban el título de la película, los intérpretes, leyendas
tipo «Ella amaba a un solo hombre...», y más de una vez terminaban engañándonos
con imágenes o textos que no tenían nada que ver con la película
anunciada. Por entonces no tenía muy claro –entre otras cosas– qué
tipo de película me gustaba ver. Sin embargo, los actores y las actrices
que me atraían, las películas en que actuaban y algunos de sus
directores, sospecho que terminaban inclinándome por esos inolvidables
policiales que comenzaban a llamarse filmes
negros.
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El
imperio del mal Ahí
nadie era de fiar : A. Ladd, temible asesino a sueldo que vive en una
buhardilla de húmedas paredes y muebles desvencijados, antes de salir a
matar, limpia su
arma y le da leche a su gatito. En una escena memorable,
descubre a su mucama espantando al minino. Sin una palabra, con dos
cachetadas la hace caer llorando a sus pies. Luego vuelve al gatito, lo
acaricia, y sale. Silencioso, insensible, este asesino
angélico, ha entrado en la leyenda negra [1].
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| Años
después, en “El samurai”, Ladd habrá sido reemplazado por A. Delon
–el nuevo angel-face–, el
gatito por un pajarito, y la malvada mucama no habrá sobrevivido.. Terribles cosas podían suceder: R. Widmark, un canalla con ojos de alimaña, ata a una anciana paralítica a su silla de ruedas y, con risita chillona, la arroja por la escalera [2]. Otra inválida, B. Stanwyck, postrada en su cama, habla por teléfono con una amiga, cuando las líneas se ligan y escucha a dos asesinos organizando un crimen para esa noche, a las once. Desesperada por ayudar a esa anónima víctima, no deja de telefonear hasta casi la hora del crimen, cuando, con la mano enguantada del asesino deslizándose ya por la baranda de la escalera, descubre que la víctima es ella misma [3]. Tanto sufrir por ella, ¿para qué? |
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Al poco tiempo, en otra película, fresca y radiante como nunca, Bárbara quiere matar a su marido, casarse con un apuesto muchacho y, gracias a F. MacMurray –su cómplice– cobrar una buena suma por el seguro [4]. | |||||||||||||||||