ÍNDICE
- Absurdo esperpento
(Álvaro Ribagorda) p. 4- Oda a Federico García Lorca (Zalve) p. 7
- Inclinada tu boca (Patricia de la Cavada y Beatriz Martín) p. 8
- Retazos de una noche sin fin (Tomás Sendarrubias) p. 9
- Imagen difuminada (Amaya Azurmendi) p. 11
- Mar / Lágrimas (Isidro David Carro) p. 11
- Cabellos enredados (Ivo Aragón) p. 12
- La inspiración (Luis Carlos Redondo) p. 13
- Joder otro puto día... (Miguel Ruz) p. 14
- Hoy la melancolía... (Dafne) p. 16
- Si no hubiera estrellas en el cielo (Ix Kayab) p. 17
- Parábola, santa parábola (Ringo Patillas) p. 18
- No busques un título porque no lo hay (La huella) p. 19
- La agonía de la existencia (Álvaro Ribagorda) p. 21
- Poemario (Daniel Izquierdo) p. 24
- Un gran futuro (Ivo Aragón) p. 25
- El reflejo oscuro de la Luna (Tomás Sendarrubias) p. 29
- No; no consigo escribir igual (Gema Fuente) p. 31
- Golem II (Fernando López) p. 34
- El fin de la Tierra (Tomás Sendarrubias) p. 36
ABSURDO ESPERPENTO.
Un escalofrío me recorre la espalda. - ¿Dónde coño vamos? -Creo que no era esta calle. -Es igual nadie se ha dado cuenta, van hablando y nos siguen como borregos. -Será porque se fían de nosotros. –No, son borregos, seguirían a cualquier otro, nosotros también somos cualquier otro.- Doblamos la esquina y aparecemos en la Gran Vía. Apenas se puede divisar nada. Hay una niebla espesa, muy espesa. La calle es una mancha oscura con pequeñas luces que se mueven hacia nosotros, y una gran fila de lucecillas que marcan el contorno de la calle. Es todo como una película muda. No hay sonido. Nadie habla, o nadie escucha. Nos falta la banda sonora, para estar en el Londres del S.XVII. Mi casa esta lejos. Tengo frío.
Es en esta dirección. Lo sé, huele a alcohol. Nos metemos por una callejuela, y perdemos la agradable vista invisible del Madrid céntrico. De nuevo hacia Malasaña. -Esto es una estupidez. Los bares están cerrados. Vaya mierda de radicales. Todos los bares de pijos abren hasta las 6, y estos que van de chungos por la vida no tienen un bar abierto desde hace ya una hora-. Me dice Marcos. Un tipo mea en la esquina. Sobre un portal una pareja se esta besando como si les fuera la vida en ello. Tú les miras. ¡Que buena está!. Te mueres de envidia. No, no es envidia, es una mezcla de ilusión y melancolía. ¿Qué te cuesta?.
Vemos salir tres chicas de un bar. No hay un nombre en la puerta. Es una puerta de acero, sin cristales. Solo una pequeña mirilla, y el cartel que te recuerda el Estado de Derecho Fascista: Reservado el derecho de admisión. Llamamos al timbre. Nadie contesta. Violeta se da la vuelta, nosotros vamos detrás. Un tipo abre la puerta, nos giramos, y nos dice: -No abrimos hasta las seis, ¡joder!-
Vamos a ver a la abuela. Seguimos andando hasta la siguiente esquina. Paramos un momento para reagruparnos, y Pedro sale corriendo sin abrir la boca. Yo no le digo nada, bueno, nadie le dice nada. Nos miramos, y Marcos me dice: -¿Dónde hostias va este tío?.- Yo no contesto. Y le seguimos con la vista, hasta que desaparece entre la niebla. Llegan los demás, y nos preguntan: -¿Qué hacemos? ¿Le esperamos o no va a volver?.- Nadie contesta, nadie sabe nada. Nos quedamos hablando unos minutos. Tu estás tiritando. Me coges las manos, y yo te unto los labios de miel con limón. Se me está humedeciendo el pelo con la niebla. Entre tanto llega Pedro, y seguimos andando. El no cuenta nada. Tampoco nadie le pregunta.
Comenzamos a subir, ya estamos casi en Tribunal. Hemos pasado por casi todas las calles que no nos llevaban directamente. Una voz rompe el silencio: - No, por favor, no lo hagas.- Es un grito desgarrado, que no sabemos muy bien de donde viene. Nos asomamos a la acera, y detrás de una furgoneta hay un chaval, magrebí, de nuestra edad aproximadamente, tirado en el suelo y gritando. No nos incumbe, seguimos andando. Llegan corriendo otros dos chicos, le recogen del suelo, y se van los tres agarrados cantando.
Marta y Luis no aparecen. Todos sabemos donde están. Ya tenemos conversación para un rato. Estamos en un bar oscuro, de cuyas paredes cuelgan replicas de fachadas modernistas. Parecen gotas de barro acumuladas que me gritan: ¿Qué te pasa?. Yo te miro a los ojos. No eres tú. Ya no hay nada.
Santi saca un libro de la mochila y comienza a leer. Yo estoy desplomado sobre un banco de piedra, en el bar, mientras bebo mi tercio de cerveza, y miro las paredes, en las que no están tus ojos, no están tus labios. Suenan los Doors, "Riders on the storm". Yo tengo la cabeza reclinada hacia atrás, estoy como hipnotizado, con la mirada perdida, y solo quiero recordar cuando me besabas el cuello. El techo se mueve sobre mi. Me voy a casa. –No digas tonterías.- Me dice Augusto. Yo bajo la mirada y la fijo en Carolina. La recuerdo como aquella noche. Pero no es igual, nada es igual, ella ya no me mira con aquellos ojos.
Cuando me quiero dar cuenta estoy en otro antro, la música es atronadora. Me hace temblar el corazón. Todos mueven la cabeza, agitan el pelo y saltan como posesos. Yo solo miro a lo lejos, a lo lejos. Un relámpago entra por la ventana y fulmina al camarero. Nadie dice nada. Todos siguen a lo suyo. Bebida gratis. El olor a marihuana se ha transformado en humo de fresas. Marcos y Santi hablan de la ortodoxia del socialismo de Lenin. Tú me preguntas por la clase del jueves. Fuera está lloviendo. Aquí sudamos un extraño líquido amarillento, y las paredes gotean cerveza. Llega un tipo con una bufanda enrollada en las manos, y los ojos rojos como los de Luis. Nos dice que está buscando alguien a quien matar. Nosotros nos reímos, y le señalamos al camarero. Seguimos hablando, y Raquel, nos indica alarmada como el tipo de los ojos ensangrentados está estrangulando al camarero calcinado. –Ponme otro tequila cabrón.-
Salimos a la calle, y está clareando la noche. Casi no quedan estrellas. Todo vuelve a la normalidad, a no ser por ese sol negro que proyecta una sombra sobre la luz de las estrellas moradas, hasta mi lápida de mármol púrpura. Mañana no me levantaré, y quizás a nadie le importe. A mi tampoco. Max Estrella duerme en mi portal. Se han roto los espejos. No sé quien soy. ¿Cuánto falta para llegar a cualquier lugar?
Álvaro Ribagorda Esteban
Joder otro puto día...
Joder otro puto día sentado en el coche, esperando a que salga un cuarentón trajeado acompañado por una joven, excesivamente maquillada, de un un motel de carretera. Cuando me establecí como detective, no pensé que mis únicos trabajos me los darían mujeres que querían que siguiese a sus maridos. Y no es que las doliese, ellas eran felices con su cornamenta y querían dejarlo reflejado para cuando llegase el divorcio. Pensaban que así obtendrían más en el juicio. Y yo que creía que esto sería más divertido que el coche patrulla cuando dejé la guardia civil. Bueno, al menos me pagan mejor. Sigo llevando la pipa por si acaso y, además, es la mayor emoción del "curro".
Ahí está el cabrón de turno. Sesión de fotos, os toca sonreír. Por cierto, este no tiene mucho gusto a la hora de buscar amante. En fin, ya es hora de irse, porque he quedado con mi novia en media hora. Conviene que no llegue tarde, porque tiene miedo de que se me contagie el ambiente del trabajo. Piso a fondo y… ¡hasta luego gilipollas, has echado el polvo más caro de tu vida!.
- Hola, ¿qué tal cariño?……. Bien, ¿dónde vamos?…… Al cine.. Bien….. ¿Estás segura de que quieres ver esa película….. Vamos.
¡Joder que de gente hay en el cine! Media hora en la cola para coger las entradas. Otro tanto esperando para comprar palomitas. Menos mal que la película siempre empieza tarde. ¡Por fin sentados!, luces fuera y a olvidarse de todo. Ella me abraza y yo acaricio su mano.
Primero los anuncios. Ya sabes tabaco, alcohol y por supuesto móviles, la novedad de la temporada. Claro está, también el de "desconecten los móviles durante la película". Es la leche. Después de todo esto: la película……….
Han pasado quince minutos y… música electrónica para subnormales. ""¿Sí?… "Estoy en el cine"…. "Eso quedó listo ya"… "Lama a la secretaria. Ella lo sabe"… "Llámame en diez minutos"… "Por supuesto"… ""Hay que arreglar eso"………. No aguanto más y cojo al hijo de puta del móvil que se sienta a mi lado.
-Usted lo ha dicho: está en el cine. Yo también y toda esta gente igual y nos está jodiendo con el teléfono.
-"Espera"… ¿Qué dice? ¿No ve que estoy hablando por teléfono?
-Pero, ¿será gilipollas?. Cuelgue el móvil y déjenos ver la película en paz.
-"¡Olvídese de mi!".
- ¡¿Qué?! Por favor, deje eso. Es su última oportunidad.
- Cariño déjalo.- Dice mi novia.
- Eso déjame. "Nada, un gilipollas. Dime"…
- ¡Lo será usted hijo de la gran puta!
El tío se vuelve y me lanza un puño. Se ve que no se ha peleado nunca. Le esquivo y cojo el brazo. Le llevo el brazo a la espalda y le pongo la pipa en la sien.
- ¡Ahora ¿qué?!
- Por favor, sólo ha sido un malentendido.
- ¡Calla!. Vamos a bajar despacio frente a la pantalla. ¡Y ustedes no se muevan!
Bajamos despacio las escaleras. El tío está acojonado. Pero aún se aferra al móvil. Llegamos al final y me situó en el centro de la sala, con la pantalla a mi espalda.
- ¡No se mueve de aquí ni Cristo!
Se que no me oyen bien por la película, pero sé que saben lo que digo. Le quito el móvil y lo tiro lejos. Retiro la pistola de su sien y disparo al teléfono, que queda hecho trizas. El tío se ha "meado".
- ¡Bueno, ahora vas a hacer penitencia cabrón! Ha llegado el día del Juicio para ti. ¡Bien, ustedes vayan bajando despacio, uno a uno!1 Tú les vas a registrar y cogerás todos los móviles.
Poco a poco, van llegando a donde estamos. Me coloco un poco alejado y le apunto con la pistola. Él les va registrando y dejando los móviles en el suelo….
- ¡Los que ya han sido registrados… Largo!
Menos mal que eran pocos. Ahora, el mamón tiene a sus alrededor unos cuarenta móviles, casi uno por persona del público.
- Bien… ¡Ahora salta sobre ellos y destrózalos!
Es gracioso verle saltar. Lo hace frenéticamente me tiene miedo. Acaba con los teléfonos en un momento.
- Ha llegado tu momento estelar. Enhorabuena.
Le disparo en una rodilla, de la que comienza a salir un chorro de sangre…
- ¿Mejor?
- ¡Por favor!… Lo siento.
Le disparo en la otra….
- ¿Otra?
- ¡¡¡Por favor!!! ¡¡¡Piedad!!!
Mi novia me agarra por el brazo, me pide que le deje. Está muy nerviosa y no comprende lo que pasa. Yo le disparo en un brazo. El tipo se desmaya, ¡qué poco aguanta! Mi novia me zarandea más….
- Cariño, por fin despiertas. Te has vuelto a dormir.
- Es que hoy he trabajado mucho. ¿Te gustó la película?
Miro al lado, ahí está el cabrón. Hoy te has ido vivo, pero la próxima….
Miguel Ruz
SANGRE
"¿Quién sabe cuantos ojos
habían contemplado sus anatomías
secretas a lo largo de los siglos?"
CLIVE BARKER, Books of Blood.
Hablan de remordimientos, hablan de conciencia. Qué estúpidos. Pero no son fruto de ésta época, los moralistas han existido durante toda la historia del mundo. Antes hablaban en nombre de Dios y de la Religión, ahora lo hacen en nombre de la ética y los Derechos Humanos. Y no es más que el mismo cuento con distintas palabras, aquellas que el Dios sin nombre de Israel le dijo a Moisés sobre el Sinaí: NO MATARÁS. Para mí, tomar vuestras fugaces vidas en mis manos, no es una elección, es una obligación, pero no puedo evitarlo: me gusta.
Comenzáis a odiarme, lo sé. Os asusta la frialdad de mis palabras, y creéis que todo esto es fantasía, la de un loco escondido tras su máquina de escribir escupiendo palabras sobre el vacío de un folio. Ya os gustaría a vosotros. Existo. Soy real. Y me gusta matar. ¡Buh! Es una lástima... por vosotros, sobre todo. Si creyerais estas palabras, miraríais con más cuidado las sombras de las calles por donde camináis, prestaríais más atención a ese escalofrío que comienza en la nuca y cruza toda la espalda. "Una corriente fría", decís. Lo he escuchado mil veces en el instante anterior a saltar sobre uno de los vuestros y dejarlo seco. Pero no lo haréis, no me creeréis, y puede que la próxima vez que entréis en un callejón, vosotros seáis mi cena. Bram Stoker, ese maldito irlandés, nos hizo un favor.
¿Quién cree hoy en nosotros? ¿Quién cree en los wampyr? Los Nosferatu, los No Muertos. Los Vampiros. Nuestros nombres no se mencionan más que en películas llenas de salsa de tomate o novelas pseudoeróticas que hablan de vampiros hermosos como ángeles. Somos seres de cuento, como las hadas, sólo que no morimos si un niño dice que no cree en nosotros. Buen, realmente nunca morimos. Sí, ya me sé aquello de la estaca, el sol, los ajos y las cruces. Si algún día te cruzas por mi camino, no te escondas detrás de una cruz. No te servirá de nada. Es un consejo de amigo. Son todo mentiras.
Ahora comprendéis por qué he dicho antes que no tenía elección a la hora de matar. Tengo que hacerlo, porque vuestra sangre es mi vida. Para nosotros, la sangre lo es todo. Pensad en los placeres del sexo. En sentir vuestro cuerpo húmedo de sudor, en los cuchillos que se clavan por todo vuestro cuerpo, en el ansia con la que los cuerpos se devoran el uno al otro. Multiplicad eso por mil, y no habréis hecho más que comenzar a imaginar lo que se siente cuando se abre en tu boca el rojo manantial de la vida. La sangre que inunda tu cuerpo como un torrente de fuego mientras el cuerpo de la víctima se deshace flácido entre tus brazos, en un estado que es mezcla de arrobamiento y dolor, que le impide mover un solo músculo mientras la vida se le escapa. Como he dicho antes, en estos casos muchos hablan de remordimientos, pero no hay otra opción. Yo maté a mi conciencia y me bebí su sangre. Soy como el león en la selva, vivo para cazar, y vosotros sois mi presa.
Podéis creerlo o no. No es mi problema, pero sí el vuestro.
Nos vemos ... o yo os veré a vosotros.
Tomás Sendarrubias
Imagen difuminada
Veo el cielo avanzar,
hacia tus cálidas aguas.
Veo la Luna,
girando sobre tu universo.
Siento no poder
beber tu esencia,
mientras sueño que mi vida,
no es solo sueño.
Pienso, sólo pienso
que un día próximo
tu presencia será cierta,
no sólo imagen difuminada
de mis recuerdos,
de mis deseos tristes,
de mis besos perdidos
por el camino de tu amargura.
Busco el lugar
donde nuestras almas sean una,
donde las estrellas iluminen
las risas, las caricias,
donde la ternura
despierte en tu seno,
donde el amor no cause dolor,
donde mi vida sea tu vida.
AMAYA AZURMENDI
La agonía de
la existencia
DELIRIOS EN LA NOCHE
Relato de un vampiro
(casi humano) II
va caminando un delincuente,
con la boca de amargura
y gritando: ¡Llévame Muerte!
Junto a él una botella
y una estaca en el corazón,
para olvidar a la más bella
que su vida destrozó.
El la quería como a nadie
pero ella le abandonó,
y anda buscando a la Muerte
que tampoco le esperó.
Por una calle muy oscura
va caminando un delincuente,
con la boca de amargura
y gritando: ¡Llévame Muerte!
El a todas va matando
para probar su sabor,
pero solo va encontrando
arcadas de su dolor.
Su vida arriesga en cada esquina
y corre hasta desfallecer,
después su amargura vomita
en cada amacecer.
Por una calle muy oscura
va caminando un delincuente,
con la boca de amargura
y gritando: ¡Llévame Muerte!
Su delito fue quererla
y eso jamás lo entendió,
y anda buscando una droga
que pueda aliviar su dolor.
Por la noche las estrellas
le destrozan de pasión,
y la Luna le recuerda
como ella le abandonó.
Por una calle muy oscura
va caminando un delincuente,
con la boca de amargura
y gritando: ¡Llévame Muerte!
Su castigo vida eterna
solo y sin compasión,
destinado en su condena
a la desesperación
Nunca ya volverá a verla
y solo tiene su amargor,
no puede morir de tristeza
y llorará su maldición.
Por una calle muy oscura
va caminando un delincuente,
con la boca de amargura
y gritando: ¡Llévame Muerte!
...
y gritando: ¡Llévame Muerte!
...!Llévame Muerte!
¡Llévame Muerte!
Álvaro Ribagorda Esteban
Hoy la melancolía...
Hoy la melancolía me ha sido infiel,
ha saltado de su grieta
y se ha hospedado en otro.
Me siento una pantalla inmensa
que perdió su película
a quién traspasan las polillas.
Voy convirtiéndome en sal
y no he mirado atrás
sólo que cada segundo
me da la espalda.
Soy una enorme gota
colgada de la niebla
sin dejar de caer, sin caer todavía
un gota de té
en un domingo cualquiera.
Soy menos que nada
la heridita de un niño
el la de una escala
la flor del almendro.
Soy la que no quise ser
la que huía de mí
y se encontró siendo yo.
Una especie de hiedra
con tallos de plástico
sin alcanzar otras manos.
No era necesario el riego.
Soy una peregrina eterna
sin hostal en el camino
pero con un hogar a cuestas
que pesa demasiado.
Y si me quiero abrazar
se me resbala el alma.
Vuelve de nuevo el silencio.
Dafne
acabar amenizándolo con una agradable charla
en la que se atacaba al descarriado hermano:
UN GRAN FUTURO
Hubo un día en el que Jaime Ortega se miró al espejo y logró no reconocerse. Mirando fijamente como si estuviera apuntando con una escopeta a aquel hombre, recorrió con las yemas de los dedos la carne de las mejillas, de los labios, aplastándola, pellizcándola, retorciendo también las orejas y la nariz. Se acercó, concentró la mirada en los ojos, y las pupilas se engrandecieron, desaguaron luz a la mañana, pero el color parduzco del iris no le sugirió nada. Nada más particular que una rampante normalidad, una rampante seguridad en sí mismo. De golpe se separó del espejo, observó el conjunto de rasgos serenos durante unos segundos, y decidió que ya era tiempo de regresar a su pueblo.
****************
Santa Águeda de Dueñas es uno de los pueblos mayores de la comarca de La Perdiguera, famosa por desconocida, y si acaso, por la caza y por los vinos de uva autóctona, de sabor recio pero por lo general poco apreciados en el resto del país. Una comarca de somontano adormecida bajo los vientos fríos de las cumbres y la sombra de los campanarios. Un lugar desde siempre apartado, endogámico, cerrado sobre sí mismo, sobre su religiosidad, en el que sin estar muy lejos de cualquier ciudad, era posible descubrir un mundo diferente al del urbanita de final de los cincuenta.
En Santa Águeda el sitio de reunión por las mañanas era el Estanco. Allí llegaban los periódicos y hasta se podía desayunar. Se trataba en realidad una cafetería, pero era conocida por el Estanco al ser el único lugar en el que se vendía tabaco o papel timbrado. Pero sobre todo se le conocía por aquel nombre porque olía a tabaco, porque en la penumbra del Estanco se sentía aquel olor como a un viejo conocido, porque el humo de los cigarrillos se curvaba sinuosamente como estampados de cachemir frente a las ventanas. Era íntimo e invitaba a esa hora del día a comentar las noticias recién llegadas en la prensa, o a murmurar de las habladurías propias del pueblo. Todos los hombres de Santa Águeda paraban allí en algún momento de la mañana, incluso los pastores que iban con el rebaño al monte, lo dejaban al cuidado de los perros durante unos minutos en la era que hacía linde con el edificio.
Un día como tantos otros - sería ya pasada como media hora del ángelus - llegó al Estanco un hombre moreno de ojos comunes y apariencia serena. Debía ser un forastero porque a nadie saludó y ninguno reconoció. Tomó asiento en la mesita con más claridad, pidió un periódico además de vino que no fuera de la zona, y después de pasar allí un buen rato, preguntó por un lugar en el que alojarse, remitiéndole al Hostal del pueblo. Aquello de pasar la mañana en el Estanco se convirtió en una costumbre, hasta que en Santa Águeda lo conocieron como El viajante. Por las tardes cogía su lujoso auto y se lanzaba a conocer la comarca. Era evidente que se trataba de un hombre de dinero, se notaba por aquel coche, porque nunca pedía vino de la tierra, sino de fuera, más caro, y porque en general era un buen gastador. Aquello hizo ganarse respeto entre la gente, así como sus modos educados, y el no faltar los domingos a misa. En el pequeño círculo de parroquianos que se formó en torno suyo, se le apreció por su mesura, por la equidad inflexible de sus opiniones que lo representaban como una persona de orden.
En correspondencia, él también parecía disfrutar y encariñarse de aquella vida, de aquel pueblo, de las costumbres que regían la vida social de las personas en las que tan cómodo se sentía, y lo hacía notar con su actitud agradecida para con las gentes. Era un forastero querido, de los pocos que habrá habido. No obstante, su carácter justo e insobornable, le llevó una mañana a desautorizar a las personas que le rodeaban, y aquello en lugar de volverlos en su contra, hizo que se le admirara más. Fue una mañana, en el Estanco. Entró Martín, o Martintonto, como llamaban al tonto del pueblo. Entró a trompicones hablando consigo mismo, a grandes voces como sólo sabía hacer, aunque no por ello se le entendiera mejor. Las bromas y los insultos de los presentes empezaron a lloverle, y al pasar junto a la mesa del Viajante, uno de sus contertulios estiró la pierna zancadilleándole, con lo que cayó de bruces violentamente contra el suelo, empezando a sangrar por la nariz. Las risas y las chuflas arreciaron sobre el pobre Martín, y en mitad de aquella cruel algarabía que agitaba la penumbra del Estanco, El viajante se puso en pie, ayudó a levantarse a Martintonto, y sacando su pañuelo, se lo puso cuidadosamente en la nariz para que dejara de sangrar, mientras el pobre seguía temblando asustado, y llorando entre hipidos.
Cuando todos callaron asombrados por aquel gesto, cuando se podía oír el humo desenrollándose de los cigarrillos, El viajante comenzó a hablar. Les habló a todos los presentes de la caridad, de la dignidad humana, y que todos por igual eran hijos de dios y de la patria. Luego anunció que había decidido quedarse a vivir en Santa Águeda, y que sería el protector de Martín, que viviría en la casa que él comprara para que dejara de malvivir en los corrales o en casas de prestado como hasta ahora. Añadió que Santa Águeda y sus gentes le habían ganado, y que lo ocurrido aquella mañana había sido una debilidad que todo el mundo puede tener, y que como todo, era perdonable; pero debían aprender.
Después de eso, ya dijimos, el Viajante, o Federico que era su nombre - y como ya se le conoció -, terminó por ganarse a la población y se hizo famoso en toda la comarca de la Perdiguera. Sobre todo se comentaba cómo cuando hablaba tan justamente aquella mañana a los parroquianos del Estanco, no había en su gesto un ápice de ira o de reproche, que aquello lo dijo porque verdaderamente le salía del corazón, con una serenidad tal ni que un santo ¿Cómo iba a volverse nadie en su contra? Andando el tiempo, Federico se convirtió en alcalde de Santa Águeda de Dueñas, y empleando sus influencias en Falange, logró muchas mejoras para el pueblo, convirtiéndolo en el más prospero de la comarca. Pero desde el día después al episodio de Martintonto - al que ya jamás se le llamó así - Federico en su interior ya no fue el mismo, aunque por fuera no variara ni un ápice aquella serenidad y corrección que desprendía.
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Entró un pastor corpulento que pasaría la cincuentena. Su paso era firme y desde que puso el pie en el Estanco las conversaciones se convirtieron en murmullo. Las miradas no paraban quietas donde estaba él más allá de un segundo. No había miedo flotando con el humo, ni se escondía aprovechando la poca luz que entraba allí. No. Olía a incomodidad que relegaba a la habitual caricia del olor del tabaco. Con la voz rota de quien está acostumbrado a arropar la garganta con el viento frío del monte, el pastor pidió vino y que le llenaran una bolsita con tabaco. Después, mientras le servían, con todo aplomo se dio la vuelta y paseó la mirada por las mesas del local. En mitad del recorrido se encontró con la del Viajante, una mirada lívida que nadie más vio. El pastor de frente despejada surcada de lado a lado por profundas arrugas, pelo blanco y duro que se disparaba, barba igualmente cana, gesto adusto, mirada intimidadora que salía de unos ojos rectos, agazapados entre un ceño de hierro y unas marcadas bolsas, aguantó la del Viajero hasta que éste, la retiró. A los cinco minutos el pastor se marchó y el Estanco recuperó su pulso habitual.
-¿No le conoce, verdad? Es un hombre raro, es un pastor que no le gusta relacionarse con la gente; fíjese que suele venir a comprar el tabaco por la tarde, cuando no hay nadie. Se llama Víctor Hugo, y creo que es tan presuntuoso como su nombre. Para él es como si todos fuéramos estúpidos, nadie le aguanta, menos mal que vive apartado en la casa de la Peña para no verle - le dijo alguien a un Federico que sin variar el rostro, en su interior estaba inquieto.
Los días siguientes Federico se hizo el encontradizo con Víctor Hugo. El pastor le rechazo siempre con un gruñido, pero en la última ocasión comenzó a hablar. No aguantó más aquel incordio hipócrita y suplicante de "Don Víctor Hugo, parece ser usted un hombre muy respetado en este pueblo, me gustaría conocerle. Deje que me presente, soy…" No estaba aquel hombre hecho a las pamplinas y habló sin rodeos. "Tú no eres ni un viajante ni Federico…tú eres Jaime el de los furtivos más conocido aquí hace veinte años largos como Caramármol y eres un mierda…no sé a qué habrás vuelto pero que sepas que el crimen que cometiste no lo has pagado...tus padres murieron esperando una explicación...tu hermano…tú me conoces de sobra…sabes que a mí los años no me cambian la conciencia ni me engañan las apariencias ni tu dinero…ni tu falsa caridad con Martín…he visto a todos estos borregos besar y hacer propias todas las banderas que les han puesto frente a los morros lo mismo que si fueran a misa…no sé a qué has vuelto…no me rondes porque me encontrarás…" Escuchó aquellas frases sueltas y mortíferas como flechas, se quedó de piedra. Sólo al rato reaccionó y en mitad de la mañana ventosa se encaminó al Estanco.
- ¡Un vino que no sea de aquí para don Federico, que trae mala cara!
- Si es que estos vientos fríos de la sierra son malos… - deshaciéndose de las manos y cuerpos que le rodeaban, fue al desvencijado cuarto de baño del Estanco.
Un interruptor de pera conectaba una bombilla que apenas daba para iluminar aquel cuartucho. Apoyó sus manos en el pequeño lavabo y se miró en el espejo de azogue rayado por los años. Era una imagen irreal. Ante sus pupilas vio un zagal. Quince años. Un cazador de la familia de furtivos del pueblo. Los Ortega. Vio como se le celebraba por su puntería infalible. Cómo le regalaban los oídos. Pero todo lo acogía con la misma cara con la que apuntaba y disparaba sin fallar. No parecía muy listo. Su hermano mayor sí que lo era. Querría matar a quienes le llamaban Caramármol. El se sabía listo. Le gustaban los halagos. Cuando la guerra quiso ir al frente. A matar con su puntería infalible. Sería general. Sería general. Cómo le halagarían siendo general. Pero fue su hermano mayor que no tiraba tan bien pero que era listo. Le llamó imbécil. Caramármol. Fue la última vez. Por la noche le disparó. Siempre dijeron que tenía puntería. Pero no luces. ¡Caramármol,Caramármol! Fue a la guerra. Pudo disimular la edad. Mocetón. Qué puntería. Triunfó. No fue general. Pero logró contactos. Estraperlo. Aprendió lo que había que aprender. Al final soy listo. Soy rico. Con eso basta. Visto bien. Ese es el espejo. A este pueblo le espera un gran futuro. Sin estorbos. Sin Víctor Hugo.
Ivo Aragón
CABELLOS ENREDADOS
Son cabellos enredados en las noches, son cuerpos enroscados entre las sábanas, son sábanas revueltas por la impetuosidad. Es la pasión la que nos tenía despiertos y después nos dormía. Era la necesidad de pasión la que nos despertaba con la suavidad de un roce… De unas caricias… Y terminaba en impetuosidad, en necesidad de amarnos antes de que el mundo se pusiera en marcha, antes de que volviéramos a sumarnos al mundo que unas veces se despertaba soleado y otras nublado. En realidad no importaba cómo fuera a despertar, mientras durara la certeza de que podíamos perdernos en el fragor de una cama. Mientras pudiéramos seguir diciendo con cada beso, con cada mordisco, con cada jadeo, hasta con el último gemido, la necesidad que de nosotros teníamos.
Cuando aquello acabó, cuando el reloj nos dijo que no había tiempo para más, sí que nos importó cómo amaneciera el mundo porque los días con los que nos vestíamos volvían a ser de puro mundo. Ya no podíamos esquivarlo, no era posible recluirnos en nuestras noches, en las sábanas, en la pasión, en la impetuosidad. No era posible dar rienda suelta a nuestras palpitaciones. Teníamos que estremecernos con los recuerdos, con la inmensidad de lo que dentro nos une, y esperar así a que las noches vuelvan a ser cabellos enredados, cuerpos enroscados, sábanas revueltas…
Ivo Aragón
GOLEM II
A vosotras -
Sólo a dos he intentado transmitir lo que mi maestro me enseñó.
Dos pares de ojos que comienzan por la letra "L".
Dos mujeres, ironía, yo enseñando lo que aprendía a golpes…
Las dos me dieron un poema y en las dos brillaba la luz de la literatura por la "L" de su nombre:
Lidia y Loren, Loren y Lidia…
En sus ojos se encuentran los dos polos del que escribe…
En sus libros se encuentran los dos polos del que lee…
Lidia escribe para ella… porque no puede evitarlo.
Lorenlay no recuerdo… tampoco puede evitarlo.
Las dos son las séfiras que roban las pinzas de Escorpio, me roban las pinzas y hacen de ellas un respeto…
La cola del veneno la ataron desde el primer intercambio de palabras…
La ataron con la sonrisa inocente sobre el libro Ibbur…
El Golem.
Mi Golem. Burbujea por los caminos descansando en el barro como un sueño recurrente.
Mi mirada salta de un par de ojos a otro como una marioneta en lo profundo de la memoria.
El Golem me muestra los ojos de Lidia, que congelan lo que miran y lo funden en la eternidad…
Lidia escribe el momento para inmortalizar el momento sobre el aire…
Lidia mira de un lado a otro y me dice que sus ojos lloran alguna vez.
Lidia busca palabras que construyan un alto edificio en el cielo que sostenga un gran titán.
Escribo esto para mí y tal vez lo envíe para esperar un mensaje propio.
El Golem me muestra los ojos de Loren, que queman con la entropía del dinamismo…
Loren escribe para que el momento brille antes de extinguirse. Pero simplemente hay otro momento.
Loren escribe y sus ojos me persiguen en la noche cuando leo el libro Ibbur y tengo sueños recurrentes.
Loren escribe cómo pasa el tiempo con los ojos del gato.
Escribo esto para ellas porque no puedo evitarlo y tal vez lo envíe para que sepan, se den cuenta de que también el Golem me mira por las noches dando volteretas de arlequín, clava en mi dos ojos diferentes.
El Golem extiende su mano y me alza el pie obligándome a soñar en mi cama profunda.
Hoy me he caído en la calle mientras miraba una mariposa.
Hoy he discutido varias veces sobre las primeras impresiones y he recordado poemas.
Hoy me han mirado cada una en sus poemas.
Y sueño esta noche que me miran cada una desde un poema grabado en un
libro con letras de oro que sostiene una mujer de ojos azules, marrones o
negros.
Y la mujer está desnuda como un arlequín para que sepa que no esconde nada.
Y su boca roja sonríe en la oscuridad se traga mi cama profunda.
Me corta la lengua con las pinzas de un Escorpión.
Recuerdo que una vez alguien me dijo que el Escorpión fue creado para matar
a los dioses.
O tal vez lo he leído como leí que el Escorpión se identifica con la muerte y con el trece y con el saber oculto…
Lo leí en el libro que Pachi me dio con mirada inocente.
Cree en un secreto y te convertirás en iniciado. Mantén guardado un secreto y te convertirás en un perro.
Distrae a alguien de un secreto y serás el avefría cruzando por mi ventana mientras yo sueño en mi cama profunda un sueño recurrente mientras el Golem me clava las uñas en el pecho desnudo, se baña en saliva y convierte en sangre mis mariposas.
Y bebe la sangre como un naufrago en el desierto.
Mi Golem no bebe otra cosa, y mientras bebe me enseña que los muertos no pueden hablar y me devuelve a funerales y bodas donde una mujer que amé se gasta mi dinero bajo otro hombre.
Me corta la lengua para hacerse un collar.
Me obliga a besar su pelo rojo, rubio y siempre negro y liso y yo lo beso como si nunca hubiera besado otra cosa (y no quiero besar otra cosa).
Sólo quiero verla desnuda sobre el barro pero resbalo en la calle con una piedra.
Me persiguen los ojos de los gatos desde el anochecer y yo busco a los gatos pero sólo encuentro una copa que nunca se acaba y nunca derrite el hielo.
Y en mis bolsillos suenan las llaves de una habitación sin puertas ni ventanas en el fondo de la casa donde una marioneta baila de un ojo a otro.
Y el Golem, desnuda sobre mí como un iniciado, mientras clava en mi pecho sus uñas y mis pinzas como indicando un mensaje propio, curva en la noche sus labios brillantes, me obliga a besar su pelo trece veces y me llama perro mientras juega con un collar.
Fernando López
No; no consigo escribir igual
...
No; no consigo escribir igual. Parece que desde aquel día todos mis sentidos están codificados y no los puedo descodificar.
Me acostumbré a tenerte cerca cuando diseñaba la textura de un relato; me habitué cómodamente a imaginar las palabras que deseaba expresar mientras tú te dormías en mi regazo, respirando como un niño exhausto; respirando; como siempre hiciste; muy; muy despacio.
De modo que construí; durante largos años; millones de historias sustentadas en tu aliento de hombre perdido en la madrugada. Y digo madrugada porque sabes que adoro crear al anochecer; que en ningún momento del día siento la magia de la escritura como la percibo cuando tengo sobre mis ojos la lámpara de la luna.
Y es que no consigo escribir igual. Desde que te has marchado no hay boli que me dedique a gastar; y es que cada vez que yo creaba me creabas tú también; y es que tengo la mente codificada desde que no me despierto con tu risa sencilla, pequeña y resbalada.
Hoy; frente al ordenador, recordé las veladas que tú y yo pasamos consumidos en mi viejo barco. Tú sabes de qué barco te hablo. Siempre dijiste que mi vida era un barco de letras nadando por un mar de náufragos; así que, tal y como pensabas naufragué. Me hundiste mis letras, mi barco y mi mar tempestuoso y salado.
El resultado; Mario; es que no puedo hablar.
Soy una muda triste que trata de expulsar los fonemas que lleva en su cabeza a fuerza de estudios detallados y profundos de fonética.
Tanto tiempo dedicado a aprender, y nunca me paré a pensar si realmente te estaría amando tal y como tú querías amar.
Me duele cada día más tu imagen. Se me aparece en cualquier rincón: en la mesita de la cocina, en el comedor, en el servicio, en la cama, en el pasillo o en el balcón.
Y es que se me acabó la inspiración cuando cerraste la puerta de entrada del salón: "Gema; yo no puedo vivir así; aunque sabes que te quiero mucho, de esta forma no soy capaz de ser feliz." Gema; me dijiste Gema. Me llamaste Gema remarcando la je principal hasta pronunciarla como una jodida consonante sorda y velar. Sólo cuando te cabreabas perdías tu acento de guiri y me nombrabas con esa jota que he llegado a odiar.
Ójala me hubieses dicho: te vengo a buscar para cenar, o qué bonita con esa camisa o acércate, mujercita linda, que te quiero besar.
Siempre me decías mujercita, minimizando mi nombre de hembra común y dándole la esencia de tu voz pausada y lenta.
Como te dije; hoy recordé frente al ordenador esas veladas maravillosas que pasamos los dos.
¿Recuerdas la cara de tensión que tenía a las tres de la madrugada con un artículo por acabar y un sueño que me obligaba continuamente a descansar?
Cuando te despertabas porque para variar aún no estaba en la cama, venías a la salita medio adormilado y me relajabas dulcemente hasta que mi artículo quedaba realmente excelente.
Ninguna terapia mejor que hacer el amor. Nada como tenerte cerca en mis momentos de taquicardia; nada Mario; absolutamente nada.
Te acercabas hasta la mesa donde yo, nerviosa, tecleaba el detestable ordenador; me agarrabas por los hombros apretando levemente con tus manos para borrar la tensión de mis músculos cansados. Me empezaba a excitar ¡Qué coño importaban las elecciones! Tenía ganas de disfrutar.
Te reías porque notabas que el pulso se me aceleraba; que no daba pie con bola; que estaba escribiendo algo pero no sabía qué; que estaba muy enamorada; Mario; porque era rozarme y yo incendiarme; porque era sonreírme y yo acalorarme. De hecho acababas haciendo conmigo lo que te daba la gana. Qué morbo (pensabas), que te dijese que no, mientras jadeaba con los dedos aún en el teclado del ordenador.
Te metías debajo de la mesa cuando yo comenzaba a temblar; y lamías mis muslos desnudos hasta llegar a mi centro gravitatorio y hacerme volar.
¡Mario por favor! Que tengo que trabajar; y tú venga a reírte de mis medias mentiras porque en un momento así, jamás hubiese podido acabar de escribir; porque sabías de sobra que Gema estaba hecha para dejarse llevar; que sus impulsos eran tan fuertes o más que su racionalidad.
Así que el vientre se me contraía, y sudaba más que el sol, mientras tú te dedicabas a buscarme mi musculito bendito y colorearte de naranja triangular; del naranja que saboreabas frente a la luna, el ordenador, mi artículo inacabado y mi amor nocturno y estrellado.
Mario; aún no te he podido olvidar. Sé que tú soñabas con otro tipo de futuro; otra relación. Una estabilidad bastante mayor en la pareja y una mujer más coherente que yo; más con los pies en la tierra; quizá con menor ilusión.
Pero yo no supe darte lo que me pedías; yo no soy la típica y tópica mujer que construye día a día. Sabes; siempre supiste; que lo mío era sólo construir relatos; amores como yo: llenos de altibajos, deslumbrantes de ecos invisibles, rebosantes de sensaciones indescriptibles.
Contigo engendré todas esas formas increíbles de creación poética, trascendental, profunda y elemental. Contigo escribí; sin saberlo; basándome en tu aliento nocturno y el aroma de tu cuerpo. Lo que no advertí; es que tu no eras ficción, Mario, sino realidad; es que tú también necesitabas algo mío tangible que yo jamás te pude dar. Pensé que eras el mecenas de una historia sin final, confundí las noches y los días tal vez porque quise ser diferente a los demás.
Sé que nunca entenderás esto; Mario; sé que lo intentas pero no lo logras alcanzar. Demasiadas sílabas me componen; deamasiada abstracción; demasiadas extravagancias que no recoge la definición de amor.
Mario; perdóname por no ser como debería; perdóname por crearte desde mi fantasía.
Me quedé sin palabras; amor; muda y vacía ante un ordenador; recordando tu cabeza en mi regazo después de hacer el amor; tu respiración lenta y pausada mientras la pantalla a medias espera mis palabras.
Gema Fuente
Inclinada tu boca...
Inclinada tu boca
en mi pecho
cubren mil rosas
este lecho.
Subida a tu cuerpo
a ti me entrego
besos y caricias
placer y tormento.
Jugando con tu lengua yo me entreno
llorando los suspiros de la almohada
donándote mi cuerpo en desenfreno
cediendo con mi sexo fingirme enamorada.
Tocando estás mis senos como extraño
dejándome llevar por la lujuria
traicióname maldito con tu engaño
y lléname este lecho de cruel furia.
Furia desatada entre dos cuerpos
maldita pasión que a mi me ata
hacerlo para mí es un tormento
placer y locura que me matan.
Estamos llegando al punto culminante
locura que me mata y que me humilla.
Cuerpos de amor rebosantes,
soy la única de tus amantes
que entra en tu corazón de puntillas.
Te he pedido tan sólo este momento
para beber de ti la piel que emana.
No te pido un amor sin sufrimiento,
hoy te ruego un placer sin tu desgana.
Clávame hielo o arrójame puñales,
mata en secreto un beso con amor,
sólo te pido que fluyan manantiales,
sólo del sexo, fractura el corazón.
Patricia de la Cavada Fdez-Coronado
Beatriz Martín Alonso
NO BUSQUES UN TÍTULO PORQUE NO LO HAY.
Hola.
Sí soy yo.
(silencio)
Sí, ahora no finjas, ni hagas como que no me has visto: sabes perfectamente que me dirijo a ti, ser imperfecto que has pasado delante de un puesto y has comprado una revista de creación literaria a un precio muy bajo. Estabas hojeando inocentemente las páginas y en una cualquiera te has topado conmigo, ah, pero soy peligrosa. Ya has leído sesenta y cinco palabras y un paréntesis, y ahora No te vas a marchar.
No
Las páginas son cortas, pero dan de sí. Las frases son breves, pero los conceptos son bastante claros.
Dime, ¿en qué piensas?… ¿Qué buscas, qué esperas…? No estarás pensando en que voy a contarte mi vida, mis problemas - No. Yo soy el enigma -, o una historia cualquiera, una historia inventada, una historia robada.
No
Mi vida es triste, y sosa, y aburrida, y simple como la tuya. Simplemente estoy aquí para escucharte.
¿Quieres hablarme? O…
ya sé: No puedes hablarme.
Estás inerte, ser paralizado.
¿Sabes acaso gritar?
¿ESTÁS MUERTO, O QUÉ?
Te han drogado, te han narcotizado, te han adormecido; han ralentizado tus neuronas, tu capacidad de percepción y comprensión.
Piensas: ¿qué estoy leyendo?
Nada: letras, palabras, un texto. Trazos negros sobre fondo blanco -
un folio -. Pero ¿acaso sabes leer entre líneas?
(silencio: No hablas. No sabes)
Bien te explicaré: soy la Voz de tu Conciencia. He venido sólo para decirte una palabra clara, concisa y precisa:
PIENSA
Es el resumen de todo el texto. No es tan difícil: abre los ojos, mira a tu alrededor y despierta: te engañan, te estás engañando. No pienses que las cosas son así porque No lo son. Nos rodea una capa enfermiza que empolva las cosas, una capa de humo que distorsiona cualquier amago de realidad, unos entes que nos transmiten las pautas con arreglo a las cuales nos tenemos que guiar.
Te están Anulando.
Otros están decidiendo, están pensando, están viviendo por ti, y tú ni siquiera te das cuenta.
(Ecos, escucho Ecos)
No pienses que los problemas están tan lejos: te escuchan, te miran, te rozan, agazapados en cualquier rincón, misteriosamente cercanos y aplastados contra ti.
Colabora conmigo. Lucha.
¿Recibiréis noticias mías, quizá. Búscame dentro, no estoy tan lejos.
Y Recuerda:
Esto no es una creación literaria. Es una realidad.
La Huella
PARÁBOLA, SANTA PARÁBOLA
Amanece un nuevo día en el vergel,
y entre su espeso follaje
una doble imagen se evoca.
Por un lado tenemos a Caín.
Este hermano agricultor,
con sus temblorosas manos por el síndrome de Korsakoff,
al Patrón su cosecha ofrece.
Se trata ésta de una planta singular,
evocadora con su humo de otros mundos, planos,
universos paralelos.
¡ Cuán orgulloso se sentirá el Amo
con este producto desinhibidor, relajador de los
prejuicios mentales que nos aferran !
Mas el Patrón lo rechaza indignado:
¡ Lo peor de tu tierra sin duda me estás dando !
¡ Ejemplo de tu hermano Abel toma!
El susodicho era un fiel ganadero,
situado en el centro de las discordias del momento
para alejarse de los influjos envenenadores,
que escogía a las mejores de entre sus ovejas
para ofrecérselas con gran humildad al Amo.
Este las recibía con gran agrado,
y formando piña,
sus más recónditos deseos/inquietudes
satisfacían entre sí,
para acabar amenizándolo con una agradable charla
en la que se atacaba al descarriado hermano:
¡ Pobre Caín ! ¡ El dogmático !
¡ Baja de tus ilusiones, y aprovecha nuestra libertad !
Pero ocurrió que un día
el bueno de Abel a su familiar escuchó,
y convencido por las doctrinas que éste predicaba,
al orden social del vergel se enfrentó
y malparado de ello salió.
Así, una placentera tarde que Caín trabajaba
con sus hacendosas manos en sus tierras del placer
el Patrón reclamó airado su atención:
¡ La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra !
Desde ahora condenado serás
a vagar por la faz de la tierra
predicando teorías
que los hombres como dogmáticas rechazarán,
de los asuntos humanos excluido serás,
y a sus labores y negocios más atenderán
que a cualquier prédica tuya.
¡ Fuera, pues !
Y así Caín comenzó su lento vagar…
Ringo Patillas
Escena7,
Poema del
Sobre el mar oscuro
la luna de plata
teje luces y sombras
que juegan y cantan.
La voz de la luna
tiende su capa,
y la tristeza viene
dentro de esta casa.
Adelfas de noche
sobre las almohadas,
y un grito quebrado
tiembla en la garganta,
mientras ojos de noche
y flores de escarcha
cubren el rostro
de la doncella encarnada.
Próxima representación el 28 de Mayo, a las 21:00 h., en el TEATRO-SALÓN CERVANTES (Alcalá de Henares).
Acto 1
arlequín
¡Que sobre la tierra,
la roja sangre se derrama,
y limpia el mar heridas
de rojos gritos de grana!
Siete gritos en el cielo
siete voces en el mar
a la Muerte llevan la capa.
Gime el perro,
llora el loco,
los ojos se cierran,
se empaña el oro.
Anémonas de luna
sobre las manos blancas,
la Muerte echa raíces
dentro de ésta casa.
Fragmento de El fin de la tierra.
Escrita y dirigida por:
- Grupo Argos Teatro -
"La noche estrellada"de V. Van Gogh por Laura Oliver
- (Si no hubiera estrellas en el cielo) (p. 17)
Ilustración Laura Oliver
- ( La agonía de la existencia) (p. 23)
Ilustración Sara Sastre
- (El reflejo oscuro de la Luna) (p. 30)
Ilustración Sara Sastre