¿Dónde están los revolucionarios?
En su libro "Historia de la Civilización", el ateo H. G. Wells dijo: "poco tiempo después de la muerte de Cristo, lo que decían seguirle y ser sus discípulos habían abandonado por completo ya la práctica de sus revolucionarias doctrinas".
(Marcelo Lafette, editorial de EL PUENTE, enero de 1990)
Este incrédulo tiene la luz suficiente para definir el cristianismo con el término más preciso: "una práctica revolucionaria".
Pero hoy, me pregunto: ¿Dónde están esos revolucionarios? ¿Dónde han ido a parar los Pablo, los Jeremías, los Josué o los Caleb? ¿Es qué aquellos hombres eran sobrenaturales? ¿Tenían una constitución física diferente a la nuestra? ¿O es que esa dimensión de vida sólo puede leerse en libros históricos?
¿Qué voy a revolucionar yendo 3 veces por semana a la iglesia? ¿Voy a transformar algo encerrándome en un cuarto a leer la Biblia tres horas al día? ¿Diciendo que soy evangélico voy a cambiar el mundo? Todo esto es bueno, pero no es suficiente.
Nadie repara en nosotros. En mi barrio donde vivo hace 4 años muy pocos saben que soy un Hijo del Rey de reyes; apenas si algunos que otros deben comentar que "Marcelo es una buena persona". ¿Qué estoy revolucionando? ¡Nada! ¡No estoy cambiando nada!
¿Para eso Cristo padeció tantos horrores en la Cruz? ¿Se equivocó el Señor cuando dijo que nosotros íbamos a hacer mayores cosas que las que Él mismo hizo?
Crear grandes estructuras no es una "cosa mayor", hacer grandes campañas no es una "cosa mayor", ni lo son los grandes congresos ni seminarios ni fastuosos programas de televisión. Dios se refería a otras cosas.
Dios se refería no tanto a milagros y a hechos espectaculares, sino a tener un corazón como el suyo, a poder perdonar a un enemigo como la cosa más natural del mundo, a sacarme el saco para protegerme el frío a un necesitado, a poner la otra mejilla sin sentirme un cobarde, a tener valentía de mostrarme tal cual soy, a poder vivir genuinamente la humildad, a dar la vida por un amigo, a contarle a todo el mundo sin esa vergüenza que nos bloque a que Jesucristo es el Señor, que tiene que arrepentirse, a no envidiar, a vivir santamente, ¡Esas son actitudes revolucionarias!
Miro mi propia realidad, ¡y estoy tan lejos de todo eso! Al igual que uno de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar, sólo puedo exclamar cada día, "Ten misericordia de mí, Señor".
Una linda reunión de domingo en la iglesia; un picnic agradable con los hermanos; un viaje y un congreso ¡Qué interesante! Alguna que otra emoción. Y así se nos va la vida. Una vida que de "revolucionaria" no tiene de nada.
Esto me preocupa profundamente. Me preocupa encontrarme con un hermano y hablar 3 horas de "Nuestras organizaciones". ¿Porqué no hicimos mención alguna de Jesús? ¿Por qué en lugar de hablar de cosas tan pasajeras no nos deleitamos recordando la fe y la obediencia admirables de Abraham? ¿Es que estaré amando más a El Puente que al Señor? Todas las apariencias y todas las evidencias parecen confirmarlo.
No estoy satisfecho con esta vida que estoy llevando. Creo firmemente que hay mucho más. Cristo no vino a la tierra a morir por una generación de hombre que parecemos empeñados en vivir llenos de orgullo y autosuficiencia. Cristo no pagó un precio tan alto para tener una familia de famélicos espirituales queriendo convencer a la gente y a nosotros mismos que estamos gordos y rebosantes.
El evangelio del Reino no descansa en hombres inteligentes, ni siquiera en aquellos que tienen las respuestas teológicas. Tampoco en grandes oradores. Más aún, nada de esto nos convertirá en revolucionarios.
Juan el Bautista no tenía ninguna de esas actitudes, y fue un revolucionario. Job era nada mas que un campesino y su actitud fue históricamente revolucionaria. Esteban perdonó a quienes estaban matándolo a pedradas. Actuó como un revolucionario.
Creo que solamente los quebrantados del corazón que abracen toda la doctrina de Cristo, y no solo una parte, serán llamados revolucionarios.
Con un pie en el mundo y otro en la Iglesia, seremos condenados a la mediocridad. Dios sigue buscando adoradores que lo alaben en espíritu y en verdad.
Llenándonos la boca de declamaciones espirituales y viviendo una realidad que orillea la carne, no lograremos otra cosa que convertirnos en hipócritas que terminen creyéndose sus propias fábulas.
El señor quiere penetrar a fondo con la luz de su Espíritu. Él quiere que nos juguemos al todo o nada, como Daniel, como Alan Gardiner, como el Doctor Abel Vallejos. Por nombrar sólo a un valiente misionero, ese joven medico argentino que junto a su esposa Patricia y sus dos pequeños ha elegido vivir en África por causa de Cristo.
Dios quiere ir a fondo. Nosotros lo sabemos. Dios no soporta a los tibios. Nosotros lo sabemos.
¿Y porqué seguimos como estamos? ¿Porqué?