Descripción Médica de la Muerte de Jesús <
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La descripción médica de la Crucifixión de Jesús
Por Esteban Leal

Uno puede partir del momento en que Jesús es azotado por un látigo que consistía de varias correas de cuero pesado con dos pequeñas bolas de plomo, cerca del extremo de cada una de ellas. Las correas, dice el doctor C. T. Davis, cortaron primero la piel y luego fueron penetrando en su cuerpo a medida que los latigazos aumentaban.
Finalmente, cansados de su deporte sádico le arrancaron el manto de su espalda. El manto ya se había adherido a los coágulos de su sangre y al suero en las heridas, de modo que al halarlo, igual cuando se quita descuidadamente un vendaje quirúrgico, le causó un agudísimo dolor. Las heridas empezaron a sangrar de nuevo.

El Gólgota
Jesús tropezaba y caía cargando el madero de la cruz, producto de las torturas a que había sido sometido. Recordemos que a esas alturas él ya había perdido mucha sangre y el peso del madero sobre sus hombros heridos aumentaba aún más su agonía.
El vino mezclado con hiel, dice el doctor Davis, era un leve analgésico para aliviar el dolor. Recordemos que Jesús rehusó tomarlo.
Jesús fue tirado rápidamente de espalda con sus hombros contra el madero. El encargado de clavar buscó al tacto la depresión frente a la muñeca. Los clavos no penetraron sus manos, porque de lo contrario con el peso de su cuerpo ellas se hubiesen desgarrado, de tal modo que un clavo rústico y pesado de forma cuadrada traspasó sus muñecas y penetró profundamente en el madero.
El pie izquierdo fue apretado hacia atrás contra el derecho. Con los dos pies extendidos y los dedos hacia abajo, metieron un clavo rústico que atravesó el arco de ambos pies, dejando que las rodillas estuvieran un poco flexionadas. De esta forma sufría Jesús por nuestros pecados.

La Cruz
Al irse desplomando Jesús con el peso, los clavos incrustados en sus muñecas provocaron un gran dolor agudo que corría por los dedos y los brazos, explotando el en cerebro. El Dr. Davis plantea que los clavos en las muñecas estaban presionando los nervios medianos que pasan por las muñecas y las manos. Cuando se escapaba hacia arriba para escapar de ese tormento, tenía que poner todo su peso en los clavos que penetraban sus pies, y así sentía nuevamente el agónico dolor agudo debido a que el clavo raía con fuerza los nervios entre los huesos del metatarso. Según Davis, otro fenómeno le acompañó: La fatiga entró en los brazos y dolorosos calambres corrieron por los músculos, anudándolos en medio de un dolor constante, pulsante, implacable. Los calambres le impedían empujarse hacia arriba. Colgado de los brazos, los músculos pectorales se paralizaron y los músculos intercostales no podían funcionar. El aire podía entrar por los pulmones, mas él no lo podía exhalar, por lo que Jesús tuvo que esforzarse en incorporarse y respirar algo de aire; sin embargo, el dióxido de carbono aumentaba en sus pulmones, dejando camino a la severa fatiga y al aumento de calambres musculares.


Las Últimas Palabras
En ese esfuerzo de Jesús de empujarse hacia arriba para expulsar el aire de sus pulmones y hacer entrar el tan importante oxígeno que necesitaba, sin duda fue durante esos instantes en que pudo enunciar las 7 frases cortas que tenemos registradas en la Biblia.
Mirando a los soldados romanos sorteándose sus vestiduras: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen"; al ladrón que estaba a su lado: "Hoy estarás conmigo en el paraíso"; mirando a María, su madre: "Mujer, ahí está tu hijo.", y a Juan, su más amado apóstol: "Ahí está tu madre."; Luego dio una cuarta exclamación, basada en el Salmo 22: "Eli, Eli, Lama sabactani?". Sufrió horas de dolores angustiantes, dolores que para algunos médicos, "ni siquiera fuertes dosis de morfina las hubieran aplacado del todo". Ciclos de retorcimiento, calambres que desgarraban sus coyunturas, asfixia parcial e intermitente y dolor ardiente cuando sus tejidos eran arrancados de su espalda lacerada al moverse de arriba a abajo contra la áspera madera de la cruz. Entonces vino otra agonía: un dolor profundo y aplastante en el pecho cuando el pericardio, el saco que rodea el corazón, se comenzó a llenar lentamente de suero y a presionar el corazón.
Afirma el doctor Davis, así el fin se acercaba rápidamente. La pérdida de los fluidos de los tejidos había llegado a un nivel crítico: el corazón comprimido hacía el esfuerzo de bombear sangre espesa, pesada y lenta a los tejidos y a los atormentados pulmones, plantea el doctor, que estaban haciendo un esfuerzo frenético para inhalar pequeñas bocanadas de aire. Fue en estas condiciones cuando Jesús jadeó su quinta exclamación: "Tengo sed".
Un vino barato y amargo que era consumido por los romanos, fue llevado a los labios de Jesús. Su cuerpo ya sentía el frío de la muerte que le corría por los tejidos. Fue entonces cuando exclamó la sexta frase, con tono de susurro: "Consumado es". Su misión expiatoria había sido terminada. Por fin podía permitirle a su cuerpo morir. Con un último arranque de fuerza presionó una vez más sus desgarrados pies contra el clavo, enderezó sus piernas, respiró profundamente y pronunció su séptima y última exclamación: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

La Muerte
Para que el Sábado no fuese profanado, los judíos pidieron que los hombres ajusticiados fueran despachados y bajados de sus cruces. El método más corriente para terminar una crucifixión era quebrándole los huesos de las piernas. Eso impedía que la víctima se empujara hacia arriba; la tensión de los músculos del pecho no podría aflojarse y ocurriría una asfixia rápida. Las piernas de los dos ladrones fueron quebradas, pero a Jesús ya no era necesario hacerlo.
Para asegurarse doblemente de la muerte de Jesús, un soldado le traspasó con una lanza el costado, rompiendo el pericardio y llegando al corazón, y tal como dice en el Evangelio de San Juan 19:34: "y al momento salió sangre y agua", salió del corazón un fluido acuoso que era el suero que llenó el pericardio de Jesús y aprisionó su corazón. Ésta es la evidencia post mortem más conclusiva de que Jesús murió, no por la muerte usual de la asfixia en la crucifixión, sino por un paro cardiaco causado por la compresión ejercida por el exceso de fluido del pericardio, según el doctor Davis.

La Resurrección
No es la intención deprimir al lector con este relato médico de la muerte de Jesús, sino muy por el contrario, valorar realmente el sacrificio que hizo por mí y por ti, por todos los hombres. Y no olvidemos, que en su lugar, debíamos estar tú y yo. La muerte de Jesús no es el fin de la historia, sabemos que resucitó de entre los muertos y esperamos su segunda venida.

Nota del Webmaster: este artículo, sin ánimos de morbosidad, fue puesto con el propósito de mostrar plausiblemente que Jesucristo murió en la cruz, contra lo dicho por algunas sectas (como por ejemplo, algunas ciencias Nueva Era que asguran que Jesús NO murió). Además fue puesto con el objetivo de reflexionar sobre lo que Él hizo por nosotros, y que además de eso, pudo resucitar.


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