Los epónimos
Los epónimos ventilan su espiritualidad con frases grandilocuentes. La visten de corbata y camisa blanca. La recitan con versículos de memoria que subrayan en sus Biblias enormes.
Los epónimos anuncian su cátedra en púlpitos, micrófonos y pantallas. Rasgan vestiduras a beneficio de la tradición. Se escandalizan por los pecados ajenos.
Los epónimos condenan los adulterios ajenos y se gozan en secreto de los propios. Ponen el grito en el cielo por la corrupción pública mientras depositan la corrupción privada en sus cuentas corrientes.
Los epónimos se sientan en las mesas de los directorios, asociaciones y congresos. Se llenan el vientre en los ágapes y en las manifestaciones. Se engordan con los homenajes y las abundantes ofrendas.
Los epónimos aman los viajes internacionales y los hoteles de cinco estrellas. Solicitan jugosos viáticos para sacrificarse por la causa del Señor. Compran souvenirs para sus pequeñuelos y se fotografían con los personajes más importantes del momento.
Los epónimos lo ponen nombres denominacionales a la salvación. Le adjudican estructuras doctrinarias a la vivencia cristiana. Le fabrican monumentos a la libertad del evangelio y la entierran en nombre de la doctrina.
Los epónimos despojan a las viudas y como pretexto hacen largas oraciones. Discurren acerca de la piedad, pero niegan la eficacia de ella. Compran la verdad... y la venden a buen precio.
Los epónimos alfombran sus oficinas y ponen una foto de su familia en sus largos escritorios. Ingresan al ámbito del fax y la telefonía celular. Celebran video-conferencias y fundan sus periódicos.
Los epónimos se ríen de la integridad. Les importa un pepino la verdad. Guardan en un cajón del escritorio los principios.
Los epónimos compran el alma de los soñadores. Le ponen precio a los llamamientos ajenos. Adquieren los territorios de la creatividad y los arriendan por metro cuadrado.
Los epónimos están tan ocupados, que no tienen tiempo para darse cuenta hacia dónde van...