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Algunas consideraciones sobre la sostenibilidad ecológica del capitalismo
Basado en los artículos: ¿Es posible el capitalismo sostenible? de James O´ Connor y Política, Utopía, Naturaleza de Héctor Alimonda.
Hay pocas expresiones tan ambiguas como las de “capitalismo sostenible” y otros conceptos asociados, tales como “agricultura sostenible”, “uso sostenible de la energía y los recursos” y “desarrollo sostenible”. Esta ambigüedad recorre la mayor parte de los principales discursos contemporáneos sobre la economía y el ambiente. ¿Existe acaso alguien en su sano juicio que pueda oponerse a la “sostenibilidad”? El significado más elemental de sostener es “apoyar”, “mantener el curso”, o “preservar un estado de cosas”. ¿Qué gerente corporativo, ministro de finanzas o funcionario internacional rechazaría asumir como propio este significado? Otro significado es el de “proveer de alimento y bebida, o de medios de vida”. ¿Qué trabajador urbano mal pagado, o qué campesino sin tierra rechazaría este significado? Y otra definición es la de “persistir sin ceder”. ¿Qué pequeño agricultor o empresario no se resiste a “ceder” ante los impulsos expansionistas del gran capital o del Estado, enorgulleciéndose por su “persistencia”?. El capital, por supuesto, utiliza el término para designar ganancias “sostenidas”, lo que presupone la planificación a largo plazo de la explotación y el uso de los recursos renovables y no renovables. Los ecólogos definen “sostenibilidad” en términos de la preservación de sistemas naturales. Sin embargo, hay una correlación inversa entre la sostenibilidad ecológica y la rentabilidad a corto plazo.
La evidencia favorece la idea de que el capitalismo no es sostenible desde el punto de vista ecológico. Por un lado, los gobiernos estatales y locales degradan el ambiente en su competencia por atraer capital; la salud ocupacional y la preservación de la seguridad laboral son saboteadas; se mercantilizan más los parques nacionales en la medida en que los gerentes buscan maneras de obtener beneficios; los acuerdos internacionales sobre el desgaste de la capa de ozono son débiles y en materia de calentamiento global son meramente significativos; el petróleo tiene más importancia que nunca como riqueza económica y poder nacional; las empresas energéticas y mineras (que a menudo son las mismas) se encaminan a la explotación masiva de mayores cantidades de recursos minerales . . . todo esto en nombre del “desarrollo”.
Pero por otro lado, en las salas de reunión de las corporaciones, el problema se discute en otros términos. En un nivel superficial, el problema consiste en cómo presentar una imagen “verde” verosímil a los consumidores y al público. Se trata también de cómo reformar la producción de modo que se ahorre energía y materias primas, lo cual durante un periodo de crecimiento es económicamente deseable, y quizás lo sea también en lo ecológico. Del mismo modo, la retórica del “reciclaje” entra a ser utilizada para facilitar nuevas olas de estrategias económicas bajo el estandarte de la amistad con el medio ambiente, legitimando así el consumismo y preservando la rentabilidad.
Desde un punto de vista económico, el “capitalismo sostenible” debe ser necesariamente un capitalismo en expansión, y como tal, las ganancias y el crecimiento se convierten en sus principales variables ejerciendo una relación de presión directamente proporcional sobre los recursos ambientales. El capitalismo no puede permanecer inmóvil, debe expandirse o contraerse, “acumular o morir” en términos de Marx.
El actual modelo económico muestra claros síntomas de insostenibilidad. Sus peor síndrome: el uso irracional de los recursos naturales y la contaminación ambiental. La civilización industrial, por ello, no constituye una meta ni un objetivo apropiado para la construcción de una sociedad sobre bases sostenibles. Es imposible imaginar un desarrollo sostenible al nivel del planeta, sin destruir el poder concentrador de los países ricos y eliminar la riqueza de esta minoría de países industrializados. Pero el hecho es que los países del Norte no renunciarán voluntariamente a sus estilos de vida que se sostienen a través de la explotación de los recursos del Sur. Al fin del milenio, no se observa señal alguna que permita pensar que ellos se disponen a renunciar a sus privilegios en favor de las necesidades presentes de la mayoría de la población mundial que vive en el Tercer Mundo y de ninguna clase de solidaridad con las generaciones futuras. Según su visión, la idea subyacente en el desarrollo sostenible es que éste pueda darse sin una mayor reducción de los niveles de uso de los recursos, ni de los estándares de vida de los países industrializados . . . de qué forma?
Pero a pesar de los usos elevados e irracionales de los recursos naturales del planeta, los países industriales ricos no han sido capaces de satisfacer ni siquiera las necesidades de la mayoría de sus poblaciones. Hoy los Estados Unidos viven un proceso de “tercermundización” por la proliferación de la pobreza y las desigualdades en el seno de su propia sociedad. Globalizar los modos de vida de los países industrializados volvería al planeta insostenible.
Visto de esta manera, la naturaleza se tornará irreconocible como tal, o como la percibe la mayoría de las personas. Será, más bien, una naturaleza física tratada por la ley del valor y el proceso de acumulación capitalista.
Una respuesta sistemática a la pregunta sobre la posibilidad de un capitalismo sostenible es: ”no, a menos y hasta que el capital cambie su rostro de manera que pudieran tornarlo irreconocible para los banqueros, los gerentes de finanzas, los inversionistas de riesgo y los gerentes”.
Estamos en últimas en presencia de una lucha a escala mundial por determinar cómo será definido y utilizado el “capitalismo sostenible” en el discurso sobre la riqueza de las naciones. Esto quiere decir que la “sostenibilidad” es una cuestión ideológica y política, pudiendo llegar a generalizar que todas las cuestiones ambientales significativas deberían considerarse cuestiones políticas. Esto es así precisamente porque la particularidad de la ecología de la especie humana es que sus relaciones con la naturaleza están mediatizadas por formas de organización social, que reposan en dispositivos políticos para asegurar su consenso y su reproducción.
Bajo esta idea, los movimientos sociales se levantan, resisten y proponen un nuevo estilo de desarrollo que sea ampliamente sostenible en el acceso y uso de los recursos naturales y en la preservación de la biodiversidad; que sea socialmente sostenible en la reducción de la pobreza y las desigualdades sociales y que promueva la justicia y la equidad; que sea culturalmente sostenible en la conservación del sistema de valores, prácticas y símbolos de identidad; y que sea políticamente sostenible al profundizar la democracia y garantizar el acceso y la participación de todos en la toma de decisiones públicas.
Por: Crimental
Colectivo ContraxCultura
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