Las dos caras de la contracultura

Por: Luther “punx” Blisset
Colectivo Contracultura
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“¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el contenido de ese “no”?”
Albert Camus

La contracultura es en principio una negación. Del mismo modo, en términos de Sartre, la libertad consiste en la capacidad de “anonadar” o hacer nada la realidad que nos rodea, y esta negación sólo puede llevarse a cabo desde la imaginación. Sólo ella y la conciencia humana pueden crear objetos imaginarios que aunque no tienen existencia por sí mismos son potencialmente renovadores. Estos objetos imaginarios son productos humanos mediante los cuales se manifiestan los sujetos que mueven la historia y que hacen posible salir de esa realidad dada para transformarla constantemente. La esencia de la contracultura es la afirmación de esa libertad. Por lo tanto es la negación de la realidad y a la vez la creación de objetos imaginarios inéditos. Tiene necesariamente que ver con un movimiento de la imaginación que actúa para salir de la realidad y sobrepasarla. En el caso específico que nos concierne lo que se niega es la cultura y, por lo tanto, entramos en el difícil problema de saber a qué nos referimos con esta negación. Para nosotros se trata de la cultura que atraviesa toda nuestra actividad, es decir de la vida misma, de todas nuestras relaciones, de la acción; no simplemente hablamos del término como se emplea usualmente para describir la metáfora del cultivo de la tierra, que aunque hermosa y rica, se ha simplificado hasta el punto de hacerse equivalente con el hombre culto . En el sentido que proponemos entender la cultura, cultos somos todas y todos. De una forma u otra la cultura nos atraviesa y si es cierto que el lenguaje – que hace parte de ella- precede a la existencia, la cultura también nos precede a cada uno y de esta forma al nacer la encarnamos. Entonces, contracultura es todo aquello que niega la totalidad de la realidad humana y que al hacerlo imagina la posibilidad de otra realidad.

Sin embargo, no podemos afirmar que la contracultura sea o haya sido homogénea en todos los tiempos y espacios. Al ser la negación tanto de la cultura, como de nuestra propia encarnación de ella, la contracultura varía según la época, el lugar, la clase social y el individuo. Ningún acto contracultural es vivido por todas y todos de la misma forma, por más uniforme que parezca ser un grupo. Para poner un ejemplo límite, podemos afirmar que es muy posible que, debido a todas la variantes anteriormente expuestas, un acto contracultural que cumpla su objetivo en algún lugar del planeta, sea en otro, algo descabellado o sin sentido. No obstante me interesa señalar aquí principalmente sólo uno de los factores que definen lo contracultural y que tiene implicaciones en la reflexión misma sobre el contenido de la contracultura. Así pues, en una cultura que privilegia a ciertos grupos que son los dominantes y que por tanto permite parcialmente su desarrollo, los integrantes de estos grupos asumirán dicha cultura, paradójicamente, como natural. Es por esto que tal cultura comienza a asumirse como neutral y, por lo tanto, como una cultura (sospechosamente) aséptica. Pero como estos grupos y la cultura que definen son los dominantes, la masa de seres dominados nace y se hace también bajo estos parámetros, de tal forma que el conjunto completo de la sociedad vive en el embrujo de la cultura naturalizada.

Ricos y pobres, desclasados o desplazados, vivimos todos según una cultura, que parece arrastrarnos. Empero, de manera inversamente proporcional la negación es una constante. No sólo los dominados rechazan la cultura de muchas maneras, algunas de ellas inconscientes, sino también los dominantes se enfrentan a su propia forma de vida. Los roles no son siempre estáticos y por ello cada ser humano se debate entre estos dos polos. Cada uno de nosotros es a su vez dominado y dominante y según el puesto que se ocupa en una sociedad se manifiestan las respuestas a dicha situación, en este caso, el rechazo. Para poder negar algo habrá que tener acceso a ello y para cambiarlo se necesita además ser conciente en mayor o menor grado de lo que se reproduce. Es por ello que la contracultura se define dependiendo de las posibilidades culturales de cada grupo. Algunos grupos negarán consecuentemente cierto tipo de educación lo que se representa como una forma de contra educación o de educación alternativa. De la misma forma el Dadá, el Surrealismo y otras formas de arte se lanzan violentamente contra el arte al que se niegan a acceder privilegiadamente. Estos tipos artísticos buscan eliminar (como el caso límite de la negación imaginaria) al arte encarcelado y momificado de los museos. Estos ejemplos revelan lo queremos definir como la táctica cultural contra lo que se denomina gramática cultural. Metafóricamente la gramática cultural es el “sistema de reglas que estructura las relaciones e interacciones sociales [y que] abarca la totalidad de los códigos estéticos y de las reglas de comportamiento que determinan la representación de los objetos y el transcurso normal de situaciones en un sentido que se percibe como socialmente conveniente” (1) y la contracultura es la respuesta creadora y libertaria contra ella. Revelar este sistema como no natural, como susceptible de cambio, mostrar sus implicaciones nefastas, tenerlo crudo frente a la vista, negarlo y así posibilitar su eliminación real-imaginaria es la tarea que nos hemos propuesto.

Ahora bien, dije antes que la cultura es vivida por todos de maneras diversas y también que en diferentes circunstancias asumimos diferentes roles. A este respecto quiero resaltar algo que poco se tiene en cuenta en los medios (contra) culturales: mucho de lo que se denomina contracultura puede ser entendido, en otros contextos y vividos por ciertos sujetos, como cultura popular. Este es el sentido del teatro callejero, de los carnavales, de las manifestaciones de protesta, de la música popular, etcétera, en los que por lo general se utiliza el humor y la sátira como arma contra el poder. Habitualmente estos eventos, como contrasentidos de la gramática cultural imperante, son vehículos de catarsis colectivas que enfrentan de este modo las circunstancias y las subvierten, así sea temporalmente. Utilicemos como ejemplo y según nuestros intereses la música popular de algunas regiones de un país latinoamericano. Quien haya escuchado las letras originales de la Champeta o de los corridos populares puede dar prueba de ello. Esta música expresa en su mayoría una burla de las relaciones de autoridad y subvierte las relaciones dominantes. La cultura popular es en estos casos una forma de romper el cerco que nos hemos impuesto, un lugar de escape y de creación.

Es así que como colectivo Hardcore/ punk, rescatamos nuestra vivencia como un ejemplo de expresión que puede definirse e identificarse dentro de una tonalidad múltiple, entre lo contracultural y lo popular. Este tipo de música, de pensamiento y de acción es algunas veces violenta y se niega a sí misma, p. e. niega la música constituyéndose como ruido o niega la “política” como una fuerza coercitiva. Otras veces se afirma como música popular que puede ser ejecutada por cualquiera, en tanto tenga algo que decir, y proclama la política (2) (ese algo que decir) como el rasgo esencial de la existencia. Otras veces es negativo, pero no violento, y se desliza a través de los espacios bajo la forma de distribución y reproducción que dice no al estándar comercial “artístico” y que se resume en la frase “Hazlo tú mismo”. Otras veces se dedica a la fiesta de la que habla Hakim Bey (3): compartir entre afines e iguales la espontaneidad del flujo de ideas y actividades, a pesar de las grandes diferencias (incluidas las de clase), todas y todos disfrutamos de la fiesta. En otras ocasiones, haciendo gala de una seriedad alegre, el Hardcore/ punk se reúne en torno a Kropotkin o los situacionistas con el ánimo del conocimiento y el debate.

Por todo lo anterior es posible decir que la contracultura tiene, al menos, dos caras. Por un lado la de la negación abierta y conciente que proyecta imaginariamente una posibilidad y por otro la de la negación–afirmación como cultura popular. Desde cualquiera de la dos perspectivas se trata de un ejercicio de la libertad y de un intento por interferir la gramática cultural con el fin de conseguir un cambio cultural e ir ensanchando las grietas de esta estructura que nos envuelve con su halo sombrío.

(1) Blisset, Luther – Brünzels, Sonja (2000). Manual de la guerrilla de la comunicación . Barcelona: Editorial Virus, p. 17.

(2) Cfr. Colectivo Situaciones (2005). Por una política más allá de la política . Bogotá: Publicación del Colectivo contracultura.

(3)
Bey Hakim, (1990). Zona temporalmente autónoma . Bogotá: Publicación del Colectivo Contracultura.

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