Acerca de un texto sugerente

 

 

En la página de Literatura de “Contracultura” aparece un texto que, cabalgando sobre el célebre cuento de Kafka (Metamorfosis), avanza un planteo ideológico interesante. En verdad, se trata un enfoque desde la literatura política de un texto que, por su belleza y concepción de la fantasía, difícilmente pueda ser encuadrado en los límites de nada, ni siquiera, en la amplitud de los límites de la lucha revolucionaria.

Hecha esta salvedad, concedamos legitimidad a la relación que Franco realiza entre la metamorfosis de Gregorio Samsa y la civilización humana en su conjunto, en orden a su actual situación bajo el capitalismo.

En este sentido, me parece que Franco desliza un verdadero desprecio por el desarrollo del hombre, de la humanidad, como categoría superior y dominante de la naturaleza.

Hay varias frases en su texto que lo revelan:

 

“Para Gregorio Samsa, como para cada uno de nosotros, no hay retorno posible a ninguna identidad

consistente. Insectos monstruosos, sujetos a la constante metamorfosis de un mundo donde todo lo

sólido se desvanece en el aire y sólo la metafísica capitalista permanece incólumne, nuestra locura de

creernos hombres no puede entenderse de manera restitutiva. Nuestra locura es creernos lo que nunca

fuimos. Nuestro delirio es desear transformar de manera radical todo lo existente. Nuestro objetivo es

verdadero porque es imposible.”

 

“La metamorfosis de Gregorio Samsa revela más de lo que corrompe. Se nos presenta imposible,

insoportable en tanto desnuda de manera impiadosa lo real de nuestra existencia: nuestro delirio

consiste en creernos hombres, cuando lo real de la metamorfosis del capitalismo nos constituye en

monstruoso insectos. ¿Qué éramos antes del capitalismo? ¿Qué éramos antes de la ciencia? La pregunta

es estructuralmente imposible de contestar.”

 

 

“La idea de hombre, bien lo dice Foucault, no es ajena a la historicidad. Surge en un momento, y bien

puede desaparecer. La metamorfosis que el capitalismo y la ciencia moderna le imponen al mundo

implica incluso a su pasado. La mundialización de la lógica del capital, de su racionalidad instrumental,

reescriben retroactivamente al pasado, situando al hombre, producto teórico-práctico del mismo

desarrollo capitalista, en el origen de la historia misma. La reescritura capitalista, científca de todo el

pasado naturaliza la idea de hombre, encontrándolo siempre-ya presente, borrando la historicidad de su

emergencia.”

 

Estos párrafos, como otros del texto de Franco (hemos extraído sólo los más representativos), revelan un abordaje de la historia no materialista dialéctica. Hay un rechazo (más o menos explícito), a entender el desarrollo de la humanidad como un proceso histórico progresivo (desde luego, en términos dialécticos), donde la clave es el grado y cualidad de dominio del hombre sobre la naturaleza. Así, el capitalismo aparece como demonizado, en lugar de ser interpretado como un proceso histórico material, concreto y necesario. Del texto no se desprende una comprensión de la progresividad histórica del capitalismo respecto a las relaciones de producción preexistentes. Esto le impide a Franco abordar la propia metamorfosis del capitalismo (para usar su propia metáfora), que es el producto de su propio desarrollo: al hacer universal y social la producción, choca con las relaciones de clase y las naciones-estado bajo cuya matriz surgió, se forjó y se sobrevive, la clase dirigente de este sistema: la burguesía.

Esta visión idealista le impide a Franco ver las conquistas que son para la humanidad el producto de todo un proceso histórico. Por eso para él, el HOMBRE “surge en un momento y puede desaparecer” , cosa cierta, en efecto, pero con una diferencia sustancial con el resto de los seres vivos: dado el desarrollo de las fuerzas productivas, la enorme capacidad de dominio de la naturaleza, tal alternativa está en manos de los hombres, y estos no con arreglo a su libre albedrío, a su voluntad en general, sino a su posición de clase, en términos sociales, ideológicos y políticos.

La tarea del revolucionario (que sin dudas, sólo puede ser concebido como tal en el campo del marxismo, y su continuidad histórica, el leninismo-trotskysmo), es operar a favor de las leyes que determinan el proceso histórico, y para eso hay que descubir, conocer, comprender y asimilar esas leyes. En última instancia, eso es el programa, eso es el partido.

Y es un aspecto central de esta concepción revolucionaria la comprensión del proceso dialéctico de la conservación y del cambio. La Revolución Social no tiene como tarea negar el progreso histórico de la sociedad que la precedió, sino apropiarse de él. La destrucción del orden burgués implica a las relaciones de clase, al Estado y a sus instituciones, y de ninguna manera a las conquistas que la humanidad toda adquirió bajo el sistema capitalista.

El texto de Franco (y en esto se me permita cierta licencia intuititiva, leyendo entre líneas) denota un cierto desprecio por el hombre, hasta en el acto de ponerle un signo igual con el monstruo en el que se convierte Gregorio Samsa. Esto deviene, necesariamente, en un escepticismo filosófico, esencialmente antihumanista.

La conclusión política práctica que saca al final de su texto, lo ubica claramente en el terreno del eclecticismo confuso, muy poco riguroso a la hora del balance histórico, así como del qué hacer:

 

“La construcción de zonas de autonomía. De espacios de construcción de nuevas relaciones sociales. De

mecanismos para que nuevos sentidos se tornen consistentes. La reinvención de lo político. La

reinvención de lo colectivo. La interrupción, si bien parcial pero progresiva, del orden capitalista para abrir

paso a la autopoiesis. Retomar la vieja experiencia anarquista de construcción de circuitos sociales,

económicos y culturales contrahegemónicos que puedan poner en entredicho la eficacia práctica del

Estado. Retomar la potencia infinita de los “maximalistas rusos” de los que hablaba Gramsci.  Esta es la

loca tarea de quienes han elegido el desafío de heredar la promesa de la emancipación. El desafío de

intentar destruir este mundo de insectos monstruosos”

 

No es casual el recurso de citar a Gramsci (stalinista mal arrepentido), capaz de teorizar sobre una concepción reformista del Estado, en la que abrevan la inmensa mayoría de los stalinistas mal arrepentidos de nuestro tiempo. Entre los maximalistas rusos (es obvia la referencia a los bolcheviques leninistas), y los anarquistas, hay un abismo,  no sólo ideológico y político, sino de sangre. No es la “potencia infinita” lo que nos debe hacer  tomar a esos bolcheviques como maestros (no eran ni tan potentes ni tan infinitos), sino su capacidad para elaborar programa y política, construyendo partido. Por su parte, los anarquistas (de ayer, de hoy y de siempre), que sí se creían potentes e infinitos, fueron lamentables cómplices de la propia burguesía. ¿La causa? Su  impotencia para comprender el proceso histórico, su idealismo (expresión de la pequeñoburguesía en ruina por el propio desarrollo capitalista). ¡Sólo tamaño atraso ideológico puede explicar que se levantaran en armas contra la primer revolución socialista  triunfante, contra la dictadura del proletariado basada en la democracia obrera de los soviets!

 

Franco termina su texto con una sentencia que comparto:

 

“Siempre es tiempo de no ser cómplices.”

 

Esperemos que tenga tiempo para madurar en el marxismo, y que su eclecticismo filo-anarquista no lo haga a él también, cómplice.

 

Gustavo Gamboa, 29 de diciembre de 2000

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