Los
Maximalistas Rusos
Los maximalistas rusos son la misma revolución rusa.
Kerenski,
Tseretelli, Chernov son el estancamiento de la revolución, son los
realizadores del primer equilibrio social, la resultante de fuerzas en las
que los moderados tienen mucha importancia todavía. Los maximalistas son
la continuidad de la revolución, son el ritmo de la revolución: por eso
son la revolución misma.
Ellos
encarnan la idea-límite del socialismo: quieren todo el socialismo. Y tienen esta tarea: impedir que se llegue a un
compromiso definitivo entre el pasado milenario y la idea, es decir,
seguir siendo el símbolo viviente de la meta última a la que se debe
tender; impedir que el problema inmediato del qué hacer hoy se dilate
hasta ocupar toda la conciencia y se convierta en la única preocupación,
en frenesí espasmódico que levanta rejas insuperables para ulteriores
posibilidades de realización.
Este
es el mayor peligro de todas las revoluciones: el formarse una convicción
de que un momento determinado de la vida nueva sea definitivo y que hay
que detenerse para mirar hacia atrás, para consolidar lo hecho, para
gozar finalmente del éxito propio. Para descansar. Una crisis
revolucionaria agota rápidamente a los hombres. Cansa rápidamente. Y se
comprende un estado de ánimo semejante. Rusia, sin embargo, tuvo esta
suerte: ha ignorado el jacobinismo. Por tanto, fue posible la propaganda
fulminante de todas las ideas, y a través de esta propaganda se formaron
numerosos grupos políticos, cada uno de los cuales es más audaz y no
quiere detenerse, cada uno de los cuales cree que el momento definitivo
que hay que alcanzar está más allá, está todavía lejano. Los
maximalistas, los extremistas, son el último anillo lógico de este
devenir revolucionario. Por ello se continúa en la lucha, se va adelante
porque siempre hay cuando menos un grupo que quiere ir adelante, que
trabaja en la masa, que suscita siempre nuevas energías proletarias y que
organiza nuevas fuerzas sociales que amenazan a los cansados, que los
controlan, y que se demuestran capaces de sustituirlos, de eliminarlos si
no se renuevan, si no se enderezan para seguir adelante. Así la revolución
no se detiene, no cierra su ciclo. Devora a sus hombres, sustituye a un
grupo con otro más audaz y por esta inestabilidad, por esta perfección
jamás alcanzada, es verdadera y solamente revolución.
Los
maximalistas son los enemigos de los flojos en Rusia. Son el aguijón de
los perezosos: han derrumbado hasta ahora todos los intentos de contención
del torrente revolucionario, han impedido la formación de pantanos
estancadores, de muertes por desgaste. Por eso son odiados por las burguesías
occidentales, por eso los periódicos de Italia, Francia e Inglaterra los
difaman, intentan desacreditarlos, sofocarlos bajo un alud de calumnias.
Las burguesías occidentales esperaban que al enorme esfuerzo de
pensamiento y de acción que costó el nacimiento de la nueva vida
siguiese una crisis de pereza mental, un repliegue de la dinámica
actividad de los revolucionarios que fuese el principio de un asentamiento
definitivo del nuevo estado de cosas.
Pero
en Rusia no hay jacobinos. El grupo de los socialistas moderados, que tuvo
el poder en sus manos, no destruyó, no intentó sofocar en sangre a los
vanguardistas. Lenin en la revolución socialista no ha tenido el destino
de Babeuf. Ha podido convertir su pensamiento en fuerza operante en la
historia. Ha suscitado energías que ya no morirán. Él y sus compañeros
bolcheviques están persuadidos que es posible realizar el socialismo en
cualquier momento. Están nutridos de pensamiento marxista. Son
revolucionarios, no evolucionistas. Y el pensamiento revolucionario niega
que el tiempo sea factor de progreso. Niega que todas las experiencias
intermedias entre la concepción del socialismo y su realización deban
tener una comprobación absoluta e integral en tiempo y espacio. Basta que
estas experiencias se den en el pensamiento para que sean superadas y se
pueda seguir adelante. En cambio, es necesario sacudir las conciencias y
conquistarlas. Y Lenin con sus compañeros ha sacudido las conciencias y
las ha conquistado. Su persuasión no se quedó sólo en la audacia del
pensamiento: se encarnó en individuos, en muchos individuos, resultó
fructuosa en obras. Creó ese grupo que es necesario para oponerse a los
compromisos definitivos, a todo lo que pudiese convertirse en definitivo.
Y la revolución continúa. Toda la vida se ha hecho verdaderamente
revolucionaria; es una actividad siempre actual, es un continuo cambio.
Nuevas energías son suscitadas, nuevas ideas-fuerza propagadas. De esta
manera, los hombres, todos los hombres, son finalmente los artífices de
su destino. Ahora ya hay un fermento que compone y recompone los agregados
sociales sin reposo, y que impide que la vida se adapte al éxito momentáneo.
Lenin
y sus compañeros más conocidos pueden ser arrollados en el
desencadenamiento de los huracanes que ellos mismos suscitaron, pero no
desaparecerán todos sus seguidores, ya son demasiado numerosos. El
incendio revolucionario se propaga, quema corazones y cerebros nuevos,
hace brasas ardientes de luz nueva, de nuevas llamas, devoradoras de
perezas y de cansancios. La revolución prosigue hasta su completa
realización. Todavía está lejano el tiempo en que será posible un
reposo relativo. Y la vida es siempre revolución.
Antonio
Gramsci
[publicado en Il Grido del Poppolo, 28 de julio de 1917]