La mejor manera de ayudar a limpiar la casa es quedarme acostado
para no ensuciar nada. Cuando alguien se acerca me refugio detrás de un libro y
finjo estudiar. Sin embargo, no me preocupo: nadie puede entrar al caos de mi
cuarto sin usar una máscara de oxígeno.
Empino una bolsa de Sabritas contra mi cara y cuando
se acaba la encesto en el basurero. Definitivamente, me niego a trabajar los
domingos por la mañana. Como consecuencia, mi hermana se queja de hacer todo en
la casa; también mamá se queja de hacerlo todo y, de pronto, consiguen que me
sienta un inútil. De eso, sólo puedo deducir una cosa. La palabra todo, no
abarca todo.
En la parte superior de mi habitación están
formándose las primeras estalactitas y si continúo aquí, seguramente quedaré
petrificado sobre el sofá. A pesar de eso, no pretendo salir a pasear. Los
domingos escasean las mujeres y yo no puedo caminar sino es detrás de una linda
chica. Además, aprovecho estos instantes para querer a Jathzel, para pensar en
ella y recordar que la conocí un lunes en el receso pero me enamoré hasta el
martes. Desde entonces pienso en ella unas cinco o seis veces al día y es cuando
estoy encerrado en mi habitación que me dan ganas de dedicarle un poema para
conquistarla. Escribo: simulacro en caso de que nos enamoremos… Por
desgracia, no puedo escribir más de un verso.
Desde la ventana Dios intenta disimular con sus nubes
que no me observa. Es el colmo. Ambos sabemos que espera de mí un paso en falso
para juzgarme. Entonces me volteo bocabajo y prendido del sofá lanzo un bostezo
de guerra para que Dios se entere que, de aquí, no me moverá.
Por otra parte, hace días que no molesto a mi perro y
eso me inquieta. Cada vez que grito su nombre, mi perro mueve la cola. Durante
mi ausencia se entretiene rascando la tierra en busca de un hueso perdido. Nunca
le ha importado que gastamos una fortuna en mandarlo a la escuela y, como era de
esperarse, no aprendió nada. Ni siquiera poniéndole tornillos en sus patas
podría sentarse correctamente. Pero de Tayson no me preocupo. Tengo una mamá lo
suficientemente responsable como para hacerse cargo de un hijo y de la mascota
de su hijo. Ahora que lo pienso, mamá nunca se enfada conmigo. De niño me
perdonaba cuando tocaba timbres para molestar a la gente, o cuando me dormía
mientras me regañaba. Incluso cuando intenté romper un tabique con la cabeza me
inscribió a una escuela de karate. Pero eso sí, cuando ordena algo tengo sólo
cinco segundos para hacerlo. Ella no ordena más de dos veces porque a la
tercera… Bueno, no sé bien qué pasa a la tercera. Imagino que debe ser algo
terrible. Y aunque ya lo he intentado en muchas ocasiones es imposible
engañarla. Una mirada escalofriante indica su poder para usar la telepatía. Por
ejemplo: siempre supo que en la escuela imitaba su firma y se daba cuenta de las
innumerables veces que curioseaba en su bolsa para sustraer algo. Durante las
noches se va a la cama sin sospechar que permanezco viendo escenas para adultos
hasta quedar dormido. Lo extraño de todo es que después despierto con una
almohada bajo la cabeza. No entiendo cómo es que mamá perdona todas esas cosas.
La única explicación lógica es la locura.
Cuando ella cocina me escabullo como una fiera rumbo
a la comida y, a punto de robar un bocado, recibo un zarpazo. Para ese momento
ya estoy obligado a ronronearle al cuello pues esa es la única manera de ingerir
algo. Entonces viene una caricia a mi mechón de cabello y puedo sentir que el
levísimo toque de sus manos siempre es cálido. No obstante, me deprimo al ver
que en sus manos nacen las primeras arrugas. Aunque ella tiene cuarenta y cuatro
años, se ve más joven: parece de cuarenta y tres. Algún día encontraré la forma
para decirle que la quiero y pasaré una tarde completa con ella, porque hasta la
fecha nunca lo he hecho. Eso no significa que sea un mal hijo. Hace años, cuando
mamá me compró dulces, le dije: te quiero mamá, te quiero porque me compras mis
dulces.
De mis amigos, Quecha es el preferido de mamá y todo por ese
hábito de rezar antes de comerse la sopa. Pero es un hipócrita; conmigo se ha
justificado como mil veces diciendo que Dios no le da permiso para hacer algo y,
simplemente, no lo hace. Además, en el receso todos se ocultan porque saben que
a la cafetería él nunca va a comprar, sino a robar comida. Generalmente la
víctima es Ayari.
Entre todas las personas la única que me sabe apreciar es Ayari.
Iría a visitarla pero hoy asiste a terapia para mejorar su autoestima. Estoy
seguro que, después del recuento de sus granos, ningún consejo habrá funcionado.
En fin, dentro de mi bola de amigos se encuentra la persona más
inculta y fea del mundo, es absurdo que cuando me burlo de él, puesto que
todavía es virgen, no lo reconozca. Estoy hablando otra vez de Quecha. Sigo
enojado con él porque ayer dijo que yo era un maldito holgazán. Así me llamó el
gordo ése y los demás lo afirmaron. Nadie creyó que anteriormente trabajé en
diversos lugares. Ganaba poco ya que en esos tiempos todo era diferente. Bueno
de eso hace ya muchos años, y si mis compañeros me tachan de mentiroso es
porque, cuando ocurrieron las cosas, la mayoría de ellos no había nacido.
Acostado boca arriba vivo a mi manera. Dentro de poco
comenzaré a resolver la tarea. Esperaré entonces un grito de mamá para bajar a
comer, pero antes, pasaré a lavarme las manos. Claro, para no ensuciar la casa
con letras.
Nació en la ciudad de Oaxaca en 1986. Ha publicado en las revistas Cantera
Verde, Ciclo Literario y Palabrarte. Fue becario del FOESCA.
Estudiante de Psicología, es integrante del taller literario de la Biblioteca
Pública Central de Oaxaca. Tiene un libro en prensa: El último que muera
apague la tele.