Logo 01

Logo 02

Inicio*Revistas*Contacto
 
 página anterior
 página siguiente


Estalactitas

Angel Morales

 

La mejor manera de ayudar a limpiar la casa es quedarme acostado para no ensuciar nada. Cuando alguien se acerca me refugio detrás de un libro y finjo estudiar. Sin embargo, no me preocupo: nadie puede entrar al caos de mi cuarto sin usar una máscara de oxígeno.

            Empino una bolsa de Sabritas contra mi cara y cuando se acaba la encesto en el basurero. Definitivamente, me niego a trabajar los domingos por la mañana. Como consecuencia, mi hermana se queja de hacer todo en la casa; también mamá se queja de hacerlo todo y, de pronto, consiguen que me sienta un inútil. De eso, sólo puedo deducir una cosa. La palabra todo, no abarca todo.

            En la parte superior de mi habitación están formándose las primeras estalactitas y si continúo aquí, seguramente quedaré petrificado sobre el sofá. A pesar de eso, no pretendo salir a pasear. Los domingos escasean las mujeres y yo no puedo caminar sino es detrás de una linda chica. Además, aprovecho estos instantes para querer a Jathzel, para pensar en ella y recordar que la conocí un lunes en el receso pero me enamoré hasta el martes. Desde entonces pienso en ella unas cinco o seis veces al día y es cuando estoy encerrado en mi habitación que me dan ganas de dedicarle un poema para conquistarla. Escribo: simulacro en caso de que nos enamoremos… Por desgracia, no puedo escribir más de un verso.

            Desde la ventana Dios intenta disimular con sus nubes que no me observa. Es el colmo. Ambos sabemos que espera de mí un paso en falso para juzgarme. Entonces me volteo bocabajo y prendido del sofá lanzo un bostezo de guerra para que Dios se entere que, de aquí, no me moverá.

            Por otra parte, hace días que no molesto a mi perro y eso me inquieta. Cada vez que grito su nombre, mi perro mueve la cola. Durante mi ausencia se entretiene rascando la tierra en busca de un hueso perdido. Nunca le ha importado que gastamos una fortuna en mandarlo a la escuela y, como era de esperarse, no aprendió nada. Ni siquiera poniéndole tornillos en sus patas podría sentarse correctamente. Pero de Tayson no me preocupo. Tengo una mamá lo suficientemente responsable como para hacerse cargo de un hijo y de la mascota de su hijo. Ahora que lo pienso, mamá nunca se enfada conmigo. De niño me perdonaba cuando tocaba timbres para molestar a la gente, o cuando me dormía mientras me regañaba. Incluso cuando intenté romper un tabique con la cabeza me inscribió a una escuela de karate. Pero eso sí, cuando ordena algo tengo sólo cinco segundos para hacerlo. Ella no ordena más de dos veces porque a la tercera…  Bueno, no sé bien qué pasa a la tercera. Imagino que debe ser algo terrible. Y aunque ya lo he intentado en muchas ocasiones es imposible engañarla. Una mirada escalofriante indica su poder para usar la telepatía. Por ejemplo: siempre supo que en la escuela imitaba su firma y se daba cuenta de las innumerables veces que curioseaba en su bolsa para sustraer algo. Durante las noches se va a la cama sin sospechar que permanezco viendo escenas para adultos hasta quedar dormido. Lo extraño de todo es que después despierto con una almohada bajo la cabeza. No entiendo cómo es que mamá  perdona todas esas cosas. La única explicación lógica es la locura.

            Cuando ella cocina me escabullo como una fiera rumbo a la comida y, a punto de robar un bocado, recibo un zarpazo. Para ese momento ya estoy obligado a ronronearle al cuello pues esa es la única manera de ingerir algo. Entonces viene una caricia a mi mechón de cabello y puedo sentir que el levísimo toque de sus manos siempre es cálido. No obstante, me deprimo al ver que en sus manos nacen las primeras arrugas. Aunque ella tiene cuarenta y cuatro años, se ve más joven: parece de cuarenta y tres. Algún día encontraré la forma para decirle que la quiero y pasaré una tarde completa con ella, porque hasta la fecha nunca lo he hecho. Eso no significa que sea un mal hijo. Hace años, cuando mamá me compró dulces, le dije: te quiero mamá, te quiero porque me compras mis dulces.

De mis amigos, Quecha es el preferido de mamá y todo por ese hábito de rezar antes de comerse la sopa. Pero es un hipócrita; conmigo se ha justificado como mil veces diciendo que Dios no le da permiso para hacer algo y, simplemente, no lo hace. Además, en el receso todos se ocultan porque saben que a la cafetería él nunca va a comprar, sino a robar comida. Generalmente la víctima es Ayari.

Entre todas las personas la única que me sabe apreciar es Ayari. Iría a visitarla pero hoy asiste a terapia para mejorar su autoestima. Estoy seguro que, después del recuento de sus granos, ningún consejo habrá funcionado.

En fin, dentro de mi bola de amigos se encuentra la persona más inculta y fea del mundo, es absurdo que cuando me burlo de él, puesto que todavía es virgen, no lo reconozca. Estoy hablando otra vez de Quecha. Sigo enojado con él  porque ayer dijo que yo era un maldito holgazán. Así me llamó el gordo ése y los demás lo afirmaron. Nadie creyó que anteriormente trabajé en diversos lugares. Ganaba poco ya que en esos tiempos todo era diferente. Bueno de eso hace ya muchos años, y si mis compañeros me tachan de mentiroso es porque, cuando ocurrieron las cosas, la mayoría de ellos no había nacido.

            Acostado boca arriba vivo a mi manera. Dentro de poco comenzaré a resolver la tarea. Esperaré entonces un grito de mamá para bajar a comer, pero antes, pasaré a  lavarme las manos. Claro,  para no ensuciar la casa con letras.

 

 

Nació en la ciudad de Oaxaca en 1986. Ha publicado en las revistas Cantera Verde, Ciclo Literario y Palabrarte. Fue becario del FOESCA. Estudiante de Psicología, es integrante del taller literario de la Biblioteca Pública Central de Oaxaca. Tiene un libro en prensa: El último que muera apague la tele.


   regresar al inicio del texto

Elaboración y diseño: Soluciones Telaraña     2005

Hosted by www.Geocities.ws

1