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Agustín Yánez en sus inicios*

Luis Alberto Navarro


1.-El Guerrero Novato. Dios me libre de las obras completas, decía Amado Nervo, lo que podría más o menos librar tal sentencia, sería ésta de Julio Torri: Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud. Dos frases que me han acompañado respecto a Agustín Yáñez (Guadalajara, Jal., 1904-México, D.F., 1980) y a esa parte de su historia que él se apresuró a borrar, tanto de su vida como de su escritura; esa leyenda negra de la cual tanto se habla y poco se conoce.

Durante su adolescencia y primera juventud Yáñez fue un recalcitrante católico, un luchador que a fuerza de su empeño y dedicación a esa convicción, lo llevó a la palestra periodística y a ocupar altos puestos en la naciente Asociación Católica de la Juventud Mexicana, la ACJM. Fundador del periódico El Cruzado en compañía de su tutor, maestro y guía espiritual, el presbítero don Antonio Figueroa, dirigió después dos periódicos también católicos, El Obrero y La Época, y desde allí, ya en plena guerra cristera, publica artículos y editoriales dirigidos hacia los trabajadores, obreros y amas de casa en un afán de concientizar y alertar sobre los bolcheviques y el socialismo, amén de la propaganda religiosa y contra el gobierno.

Esta parte de la vida y la historia de Agustín Yáñez es sumamente importante para su formación, no sólo como escritor, sino como el periodista que quiere ser; más que creador de historias, Yáñez se pule y se esfuerza por ser un periodista, así lo dijo en un artículo publicado en El Tiempo, en octubre de 1926, periódico que funda con Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza. Escribe Yáñez: “Yo sé que nací periodista y probablemente no podré determinar el momento en que la vocación se precisó en mi vida. Dicen quienes me conocieron cuando los dientes aún no me asomaban, que gustaba de fijarme en periódicos que a la mano me encontraba y de hojear cada libro que se me ponía cerca. Y yo recuerdo la angustia con que se trata, a los cuatro años, de descifrar el sentido de las oraciones aprendidas de los labios maternos. Y mi primera composición en la escuela primaria, y el afán devorador de la curiosidad por todos los hechos con que vagamente se me daba noticia y que yo no entendía, y de la ansiedad con que deletreaba en periódicos y revistas que compraba con los cinco centavos semanales que una buena y bendita tía me daba, y el misterio, ¡oh!, el raro misterio que de mí se apoderó aquella tarde que en la pizarra escolar dibujé airadamente la caricatura de un primo que me había hecho daño, escribiendo al margen un artículo de combate tan cruel, que me valió tremenda represión. Yo recuerdo, por último, en que cogí un cuarto de pliego de “papel imprenta” y a los seis años tracé el primer ´Mensajero´…”1. Ese “Mensajero” del cual habla Yáñez fue un periodiquito doméstico, mensual, manufacturado a mano, escrito a lápiz y que se llamó El Mensajero de San Luis, escrito de 1912 a 1913, y que tenía como escenario una ciudad ideal, cuyo territorio era el de su casa. Yo vi el único ejemplar que guarda su esposa doña Olivia Ramírez de Yáñez, y es una joyita iconográfica que nos hace imaginar al niño Agustín, con su seriedad y todo, redactando a los ocho años su primer periódico.

Pero así como festejaban sus mayores esas iniciales travesías, al paso de los años ya no eran tan bien vistas ni festejadas. El propio Yáñez así lo manifiesta en un artículo en que defiende y da sus motivos de por qué escribió su novela Ceguera Roja: “Aún recuerdo la severa amonestación que mis muy amados padres me hicieron, al descubrir que yo era colaborador de un periódico de combate; precisamente cuando estaba exaltado y conmovido por el decreto de 1913. De entonces acá he dedicado mis energías al periodismo y todos, a una, tratan de disuadirme (…). Dejando mi afición ¿alcanzaría mejor porvenir? Es lo más seguro, todos me lo dicen; y sin embargo, por el periodismo, por escribir para el pueblo, he casi abandonado los estudios que me sonreían, me he encerrado en mi biblioteca, y antes que mi porvenir, he querido luchar por mi causa, consagrar mi juventud a Cristo y mover la palanca de la prensa católica a la medida de mis fuerzas. ¿Tontería? ¡Quizá! Pero quiero impulsar esa palanca sino escribiendo, corrigiendo pruebas convirtiéndome en tipógrafo, y si ni para ello sirviera, el acopio de mi juvenil voluntad, sería papelero y pregonaría los periódicos católicos por calles y plazas. ¡La prensa, siempre la prensa! ¡Publicar la verdad en periódicos y volantes, y folletos y libros! ¡Difundir, saturar al mundo de buenas ideas! Esto escribo para más obligar mi pluma y mi juventud, y como una nueva consagración de mi buena voluntad en aras de mi causa y de mi Cristo”2. Veintidós días antes, el 11 de febrero de 1923, había escrito lo siguiente: “Yo quisiera que cuando pasara por la calle, toda mi popularidad, toda mi recomendación, toda mi hoja de servicios fueran estas palabras: `Mirad: ése es un periodista católico´. Yo quisiera que cuando duerma en el seno de la tierra, la mano de mis amigos en Jesucristo, grabara al pie de la cruz que guarde mi transitoria morada, esta inscripción: `!Aquí espera la limosna de una oración, un periodista católico¡´¨3.

Agustín Yáñez comienza a escribir y publicar sus artículos periodísticos desde muy temprana edad. El mismo año en que se crea en Guadalajara la ACJM, en 1917, cuatro años después de que el sacerdote jesuita Bernardo Bergoend la fundara en la ciudad de México, tomando como modelo la Asociación Católica de la Juventud Francesa, obra del Conde Alberto de Mun, Yáñez ingresa a ella. La ACJM tuvo por base los “Círculos de Estudios” de las Congregaciones Marianas, definidos por Bergoend como escuelas de formación que preparaban por medio de la piedad, del estudio y de la acción a grupos escogidos de jóvenes, que trataban de penetrarse hondamente de lo que es el sentir católico y, por consiguiente, de lo que es el sentir social. En Jalisco y propiamente en Guadalajara tuvo rápidamente respuesta, y no sólo fue numerosa sino de urgente acción, pues un año después, en 1918, combatió el decreto 1913 –ese mismo del que Yáñez se sentía exaltado y conmovido- que reducía el número de sacerdotes en el culto, y contra la detención del Arzobispo Orozco y Jiménez. El decreto fue abrogado y el Arzobispo regresó a su sede.

Yáñez forma parte de uno de los 15 grupos de estudios: el distinguido círculo “Luis Windthorst”, en el cual participan Anacleto González Flores, Efraín González Luna, Miguel Gómez Loza, José Ramírez Flores y los hermanos Gómez Robledo, entre otros, formando el grupo un total de 17 socios. Todos estos grupos se reunieron a partir de la visita del padre Neck, sacerdote católico alemán, de los muchos que participaron en la organización de los católicos alemanes y que despertó en Guadalajara una gran admiración y simpatía por la historia de aquel país. Se difundió literatura que dio a conocer las peripecias de la gran pugna entre Bismarck, “el Canciller de Hierro”, y el jefe de los católicos alemanes Luis Windthorst, “la Pequeña Excelencia”. Por la lectura de Alfonso Kanengeisser descubrieron los acejotaemeros un paralelo de su persecución religiosa con la que setenta años atrás desatara contra la iglesia católica el protestantismo alemán, y quien vislumbró con claridad la forma de organización que convenía adoptar para su lucha, fue el Maistro Cleto González Flores.

Las sesiones del “Windthorst” eran semanarias, asistía a ellas un sacerdote designado por el Arzobispo y además se contaba con un Director seglar designado por la Directiva del Centro Local, escogido entre los más antiguos y más informados. Agustín Yáñez participa activamente, cuenta con trece años y es de los más jóvenes. Él abre la primera página del naciente órgano de difusión quincenal del Círculo “Windthorst”, llamado “El Porvenir”, con su primer artículo titulado “Importancia de la moralidad en la sociedad” y no como lo asegura Magdalena González Casillas4, que fue a los quince años su primera publicación, en 1919 en la revista “Lux”, órgano de la Escuela Libre de Preparatoria, cuyo ensayo “Aurora"´, abarcó 4 páginas.

El Porvenir” lo regenteaba José Ramírez Flores, íntimo amigo de Yáñez y al respecto recuerda: “De estudiantes teníamos un periodiquito llamado El Porvenir. A los quince años (se equivoca, es a los trece, pues así lo señala la fecha de la publicación), siendo Agustín más chico que nosotros, ofreció colaborar. Yo me comprometí a ir a su casa por la colaboración. Les parecía mal en su casa que escribiera. El caso es que, como novia, salía, me entregaba el papelito escrito a lápiz y yo proseguía disimulando. Escritos intrascendentes, pero ya se veía su interés.”5

No sé hasta qué punto hayan sido escritos intrascendentes –tal parece que así ha sido la consigna después de los años y el propio autor y los editores así lo estimaron- pero si leemos cuidadosamente los escritos juveniles de Yáñez, podemos ver no solamente su posición política y religiosa, sino una cultura superior a la de muchos de sus conterráneos, y la información que manejaba de primera mano le daban una idea clara de lo que quería hacer y que se iba desarrollando en las sesiones del “Winthorst”, en las tertulias que regularmente se hacían en la Escuela Libre de Preparatoria (no estudió Yáñez en la Preparatoria de Jalisco, perteneciente a la Universidad de Guadalajara) o en la charlas intensas que regularmente se hacían en la mesa de redacción del periódico que fundó y dirigió con el padre Antonio Figueroa, El Cruzado, o en los posteriores como El Obrero Católico, El Obrero y La Época, de los cuales llegó a ser su director, o en El Tiempo, como ya se mencionó fundado por González Flores, Gómez Loza y Yáñez.

Alfonso Rangel Guerra en su libro Un mexicano y su obra: Agustín Yáñez6, asienta que en 1922 hace un curso de filosofía como alumno particular de don Antonio Figueroa. Nunca refiere que el maestro era sacerdote, que fue su mentor y, en boca del propio Yáñez “el confidente, el consejero, el paladín, el gran amigo, el apóstol, campanero bullicioso que supo alegrar las almas tristes de los pobres (…). No más campanas anunciarán al guerrero novato, la hora de la charla con el indómito adalid”7, charlas que durante tres años moldearon el espíritu y el afán religioso del joven pupilo; y lo recuerda precisamente cuando tomaba clases de filosofía con él: “Este volumen de filosofía que abierto presenció muchas de nuestras disputas, que resistió con paciencia golpes de entusiasmo, me lo recuerda en cada página. Es la primera vez que lo tomo desde el día de su viaje”8, para después detenerse en lo que el padre Figueroa le decía respecto a su amistad: “el anciano me dijo: ´las gentes se asombran de nuestra amistad. ¿Cómo es posible, se preguntan, que un viejo de sesenta años, llegue a congeniar con un muchacho de dieciséis y hablen de cosas tan graves? ¿Cómo es posible que anden siempre juntos, disputando de cosas elevadas? Es realmente extraordinario, les contesto, pero desde que nos vimos, nuestras almas se comprendieron, y como dos polos de arco voltaico, supieron encontrarse, tenemos las mismas ideas, los mismos proyectos, los mismos sentimientos; idénticas son nuestras esperanzas y nuestros corazones´’’.9 Y para refrendar su amistad, póstumamente le dedica Ceguera Roja: “Este boceto, escrito a todo el correr de la pluma, vaya escudado, para su mejor suerte, con el nombre del Sr. Cura D. Antonio Figueroa, a quien lo dedico en prenda de buena memoria y como señal inequívoca de mi aquilatado aprecio.-A. YÁÑEZ”.10

Estos tres años de aprendizaje marcaron su vida y pensamiento hasta la tercera década del siglo XX, cuando ve “nuevos derroteros” y cambia su visión y actitud, por lo menos pública y autoralmente, para si no desprenderse de su antigua profesión de fe, sí manifestarla en la intimidad y tratarla literariamente primero y políticamente después como un sistema filosófico, religioso y social en su obra y en su vida pública.


2.-Entre la visión y la ceguera. Agustín Yáñez, a partir de 1930 en que publica Baralipton, y que él mismo da como inicio a su bibliografía, comienza a reconstruir su historia. Al querer olvidar junta momentos y estadías que si no falsas, sí inexactas, por utilizar un eufemismo. Recuerda con Emmanuel Carballo, que cuando conoció al poeta Alfonso Gutiérrez Hermosillo “él estudiaba con los jesuitas, yo en las escuelas populares”11, lo cual llama a equivocaciones, pues estudiaba en escuelas parroquiales, aunque nunca fue seminarista: “lo que pasó fue que a una de las autoridades ahí en el seminario solicitó permiso para que pudiera ocurrir a la clase de oyón. Le decían los demás que iba de oyón, sin ser alumno”12. En un artículo publicado en El Obrero Católico, titulado “El Laicismo” podemos ver su crítica airada contra las escuelas populares: “La escuela laica es un semillero de revolucionarios; implantada en México, casi a raíz de la Independencia y formalmente después de la Guerra de Reforma, corrompìó las generaciones, borrándoles la idea de Dios, de la moralidad, del deber; rotos los lazos, desbordáronse las pasiones y ahí está el cuadro tristísimo: la Patria apuñaleada por sus hijos; los hermanos asesinando a los hermanos; los hijos odiando a los padres, y el robo y la prostitución enseñoreados de todas las conciencias, formadas en la escuela laica”13, para volver el 16 de enero del mismo año con más enjundia: “La vez pasada dijimos que el estado no está capacitado para enseñar, y antes de hacer esta declaración, expusimos los desastrosos resultados de la escuela oficial erróneamente llamada escuela neutra (…). Para hacer resaltar la importancia, o mejor dicho, la necesidad de que en México únicamente subsista la escuela católica, veamos quiénes son los educadores y cuáles las tendencias que el gobierno antepone a las instrucción católica. La masonería, en primer lugar, es el tenebroso cerebro director de todas las infamias, entre las que se cuentan, como la más nefanda, el porvenir de la niñez (…). Allá tiende la escuela oficial; ésos, los vendidos a la consigna masónica, los pordioseros de huesos, los revolucionarios, son los que tienen en sus manos a la niñez. ¡Pobre niñez! ¡Infelices futuras generaciones, puestas en tales manos! ¡Insensatos, malditos los padres que permiten tales maestros y tales escuelas!”14, y tres años después enfáticamente escribe: “!Cómo bendigo yo a mis padres porque prefirieron que perdiera algunos años de educación cuando los carrancistas arrasaron todas las escuelas católicas, antes de echarme en uno de esos antros de perdición que se llaman ESCUELAS DE GOBIERNO”.15

Casi treinta años después, antes de ser Gobernador de Jalisco, Yáñez es investido con el Grado 33, Soberano Gran Comendador de la Orden Masónica y en la penúltima década de su vida es Secretario de Educación Pública.

Por otro lado, Yáñez, influenciado por el padre Figueroa, el propio Arzobispo Orozco y Jiménez y demás acejotaemeros, escribe bajo esos principios y sobre todo, tratándose de educación, basado en la consulta que le hiciera el alto clero mexicano al Papa Pío XI, ordena que todo acto público que exija la intervención de un sacerdote quede suspendido en todas las iglesias de la República y, aunado a esto, ya que la Ley negaba a las escuelas católicas el derecho de enseñar religión, se manifestaron, dirigiéndose sobre todo a los padres de familia para que adoptaran disposiciones necesarias para impedir que sus hijos fueran a las escuelas de gobierno, Agustín Yánez escribe: “Puesto que habiéndose probado que la escuela laica forma ladrones y asesinos, blasfemos y futuros CONDENADOS, es evidente que todo padre de familia que no sea criminal, que no sea FILICIDA, a ojo cerrado debe impedir que sus hijos vayan a tales planteles.”16

¿Hacia dónde se encamina Yáñez, hacia dónde voltea sino es con sus pares y además, con sus padres espirituales? Qué lejos está la visión y qué cerca la acción de los dos Yáñez, donde ya se podía vislumbrar esa dicotomía, si no de fe, sí de evolución intelectual y política. Intelectual no sé hasta qué punto, política sí. Visión y ceguera, según el decir de Antonio Rius Facius, compañero de juventud de Yáñez. Al referirse a él en su libro La Juventud Católica y la Revolución Mexicana, dice: “A mediados de marzo de 1924 llegó a la ciudad de México una comisión integrada por acejotaemeros, Caballeros de Colón y representantes de otras sociedades católicas. Deseaban hacer algo para librar al estado de Jalisco de la persecución emprendida por (José Guadalupe) Zuno Hernández. No les había dado resultado un manifiesto suscrito por el Comité Arquidiocesano de Guadalajara en el que se relataba una serie de recientes atropellos; ni tampoco lo había dado el opúsculo Ceguera Roja, escrito por Agustín Yáñez, quien no podía prever que con la suma de años y ambiciones él también enfermaría de la vista.”17

Agustín Yáñez perdió como artista al hacerse político, dijo recientemente Emmanuel Carballo18. Pero también es cierto que no estuvo desligado el periodista católico, cristero, del escritor en ciernes; como tampoco, quizá más mesurado en su posición religiosa, el promotor cultural, creador con otros amigos de la revista Bandera de Provincias, con el estudioso maestro, historiador, filósofo, novelista y político profesional. Se ve desde sus inicios cómo influye su vigor y su empeño, como estudiante y como cuestionante de la hora actual; lo vemos desde que es nombrado presidente municipal de facto, en el municipio de Zapotlanejo, por la estructura del Gobierno Nacional Libertador en Jalisco, cuando Miguel Gómez Loza es nombrado Gobernador del Estado de Jalisco.

Después de 1929, cuando Yáñez es invitado por el gobernador de Nayarit, el escritor Luis Castillo Ledón, para que ocupe la Secretaría de Educación Primaria de aquel estado y posteriormente la Rectoría del Instituto de Nayarit, la vida de Agustín Yáñez toma otros derroteros que si no lo alejan completamente de su postura religiosa, la maneja de un modo más íntimo y privado, pues sólo en algunas ocasiones saldrá a relucir su inconformidad después de los acuerdos secretos entre el Gobierno y el Clero para terminar con la guerra cristera. De tal manera que Yáñez fue visto por ambas partes –liberales y conservadores; gobierno y sociedad católica- como un advenedizo y traidor; un espía que servía a las dos partes. Entre otros, Guillermo García Oropeza, se pregunta: “¿Dejó de ser cristero Yáñez y se convirtió en un buen liberal ilustrado y laico? ¿O continuó en la intimidad de su conciencia siendo el admirador del Apóstol (Anacleto González Flores) y del señor arzobispo Orozco y Jiménez, expulsado al exilio romano tras los “arreglos” entre Iglesia y Gobierno y, según dicen algunos, a petición de obispos rivales? ¿Fue Yáñez una especie de espía infiltrado en el “impío gobierno” pero fiel siempre a la causa santa de Cristo Rey?”19.

* Este ensayo forma parte del prólogo al libro inédito “Agustín Yánez, 3 Libros, Prosa inicial y Artículos Periodísticos”.



Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1958. Estudió la carrera de Comunicación. Poeta e investigador literario, ha publicado seis libros de poesía; el más reciente Monzón en llama, en la colección Los cincuenta, CONACULTA-Instituto Veracruzano de Cultura. Fue becario del Fonca en el área de investigación literaria y publicó los libros: “Cuentos de Rafael de Alba” (1999, ediciones Francis Drake); “Cuentos de Manuel Puga y Acal (1999) y “Poesía Reunida de Manuel Othón Robledo” (1999), ambos en la Secretaría de Cultura de Jalisco. Actualmente es investigador del Archivo Histórico de la Universidad de Guadalajara.

1 Periódico El Tiempo, 7, 14 y 21 de octubre de 1926. Guadalajara, Jal.

2 Periódico El Obrero, 19 de marzo de 1923, Guadalajara, Jal..

3 Periódico El Obrero, 11 de febrero de 1923, Guadalajara, Jal..

4 Magdalena González Casillas, Voces de Guadalajara 1910-1920. H. Ayuntamiento de Guadalajara, 1986. Pág. 42

5 José Ramírez Flores en entrevista con José Luis Carabés, Suplemento Cultural de El Informador, 12 de mayo de 1974

6 Alfonso Rancel Guerra, Un mexicano y su obra Agustín Yáñez. Empresas Editoriales, S.A., México, D.F., 1969. Pág. 129

7 Periódico El Cruzado, Febrero de 1926, Guadalajara, Jalisco.

8 Periódico El Cruzado, Febrero de 1925, Guadalajara, Jalisco.

9 Ídem.

10 Agustín Yáñez, Ceguera Roja, Talleres “Renacimiento”, Col. Biblioteca de El Obrero, 14 de febrero de 1923, Guadalajara, Jalisco.

11 Emmanuel Carballo, Protagonistas de la literatura mexicana, Lecturas Mexicanas, Segunda Serie, No 48, p. 365. Editorial. El Ermitaño, SEP, 1986, México, D.F.

12 José Ramírez Flores, Ref. Cit.

13 Periódico El Obrero Católico, 8 de enero de 1922, Guadalajara, Jal.

14 Periódico El Obrero Católico, 16 de enero de 1922, Guadalajara, Jal.

15 Periódico El Cruzado, 30 de agosto de 1925, Guadalajara, Jal.

16 Ídem.

17 Antonio Rius Facius, La Juventud Católica y la Revolución Mexicana 1910-1925,. Ed. Jus, Colección México Heroico, 1ª edición, México 1963. Pág. 255

18 Periódico Público, domingo 23 de mayo 20004. Guadalajara, Jalisco.

19 Guillermo García Oropeza, “Los dos Yáñez”, en Luvina, Revista Literaria, Número 35, Verano de 2004, Nueva Época, Universidad de Guadalajara.


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