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| El valiente Héctor Anuar Mafud Cuando los dos hombres se presentaron ante mí para solicitarme que los acompañara, su actitud, tono de voz y sobre todo las armas al cinto, no dejaban opción. Tenía que ir. Lo hicimos a bordo de la camioneta pick up, uno de ellos manejando, el otro del lado derecho y yo al centro. Durante el trayecto por el camino de terracería, el viento parecía perseguirnos llevando consigo el polvo que levantaba a su paso la camioneta. El temor me provocó un sudor frío que afinó la memoria, recordé muchas cosas de aquella noche hacía veinte años: a mi amiga Fátima llorando inconsolable sentada en un sofá, Alejandro Cortez con su helada mirada sobre mis ojos apuntándome a la cabeza con la pistola y yo frío todo, hincado, rogándole, como si fuera Dios, me perdonara la vida por algo que no hice. No sé por qué poco a poco tomé valor y decidí que al verlo no habría otra oportunidad para reclamarle su agresión. Por fin llegamos al exterior de la casona, la misma, muda testigo de esa noche en que yo, acobardado, pedía piedad. El descuido anunciaba la larga ausencia de su propietario. El vehículo se detuvo, descendimos y caminamos unos cuantos metros hacia la casa, el viento doblegaba a los matorrales, pasamos cerca de la fuente que el abandono llenó de hojarasca, para llegar al corredor exterior y atravesar entre hombres armados sentados en bancas y butacas de madera sin que cruzáramos palabra con ellos; sólo las miradas escrutadoras indicaban que un extraño hacía acto de obligada presencia. Al fin, frente a la puerta de la estancia principal uno de los guardias para abrirla giró la perilla, empujó y con voz autoritaria me dijo: ─Pase usted, aquí lo espero. Entré a la habitación en penumbra, a mis espaldas escuché cerrarse la puerta. Lo vi como acostumbraba acostarse desde joven, en el sofá con la cabeza en la codera y el pie derecho en el piso. Decidí actuar de inmediato, no tenía que darle ninguna oportunidad, era necesario hacerlo antes de que reaccionara. Con voz firme le dije: ─Por fin nos volvemos a ver, pero ahora soy otro; la cobardía que hace veinte años te demostré no existe. Te repito otra vez, escucha bien, Fátima sólo era mi amiga, nunca te faltó, y tú, desgraciado, abusaste de tu poder, más bien del poder de las armas que nunca dejas, como ahora, desenfunda la pistola si te atreves, no creo que la traigas de adorno, mátame de una vez para que tu leyenda crezca, para que agregues uno más a los diecisiete que llevas, no tengo miedo a morir, me place decirte que en la gente como tú, el tamaño de la pistola es el del miedo. Por un instante guardé silencio, esperé su reacción, su mirada fría fija en mí. Se mantuvo callado. Sabía, por referencias, que era su actitud antes de asesinar. Sostuve la mirada, observé la cicatriz en su mejilla izquierda, recordé que se la hicieron una tarde en el billar del pueblo tres sujetos enviados para matarlo; estos se equivocaron, intentaron hacerlo a cuchilladas y él les ganó la partida, liquidó a balazos a los tres y de ahí el nombre de Alejandro Cortez sería temido primero en el pueblo, más tarde en la región y después en todo el país, por los cuantiosos asaltos a bancos, asesinatos cometidos y por llevarse a la fuerza a cuanta mujer hermosa se atravesó a su paso. Me acerqué un poco más y le grité: ─¿Por qué no me respondes? ¿No que eres muy valiente? Valiente yo, que sin armas estoy aquí. Quiero que sepas que en este instante te puedo mandar al pinche infierno, óyelo bien, al pinche infierno. Dime algo, no te quedes callado, ojete, estás acostumbrado a actuar en montón. A ver, ponme la pistola en la cabeza como hace veinte años, atrévete hijo de la chingada. En ese instante se abrió la puerta, pensé que para fortuna de él y para mi desgracia. El mismo hombre armado que me condujo hasta aquí entró, se me acercó y en voz baja dijo: ─Señor cura, ¿ya terminó de darle los santos óleos? Nos urge irnos para la sierra y sepultar al jefe. Héctor Anuar Mafud Mafud nació en 1945 en el puerto de Salina Cruz, Oaxaca. Narrador. Ha publicado en la revista Cantera Verde, en su página electrónica www.canteraverde.com.mx; y en la página electrónica www.festivaldelmar-salinacruz.com. Es autor de los libros: de cuento infantil ilustrado Cuando el mar se fue, editado por el Fondo Editorial Cantera Verde, colección Sueños son, 2005; El gato montés, Fondo Editorial Cantera Verde, colección Sueños son, 2006; de los volúmenes de cuentos El turno, Fondo Editorial Cantera Verde, colección Cuadernos de Cantera, 2005 y Frutas verdes, Grupo Maya editores, 2007; y de la novela Fe de hechos, Fondo Editorial Cantera Verde, colección Cuadernos de Cantera, 2006. Cuentos suyos se han traducido al holandés y al francés. |
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