Seis incendios para apagar un mirlo
Una
transparencia increíble, en su recóndita profundidad,
dejaba
surgir el paisaje verdadero.
Odysseas
Elytis
I
Los
recuerdos nos han dado la espalda
ese
vaho que asciende de los bosques
con
sus grillos a cuestas
será
todo el pasado.
No
hay más cal para erigirnos horizonte
por
un jirón de nube.
Aquello
que en soledad mezclé
nos
lo arrebata el pan
las
aves de la luz y su pureza.
El
que sin lágrimas deambula por el bosque
con
un crujir de labios se despide.
Por
un mordisco de hoja corre el día.
Nos
faltan otros siete para la eternidad
y
no hay un árbol:
su
pequeño cordero
se
mantiene de pie y acechado por los grandes
felinos
de la duda.
Una
soga de esparto lo ata al tronco de la noche
y
se le oye gemir en sus arterias
una
miel incendiada y el musgo más intenso.
Alguien
escribe sobre su corazón con un cuchillo
el
nombre de su padre.
Bala
también la primogenitura
del
que es sacrificado
para
que no arda el bosque.
II
Para
que no arda el bosque
exhumo
el calcio de mis viejas palabras.
Leño
anterior, pero también lechuza
el
soplo de mis labios anticipa la sangre y sus navajas.
Verde
oración que alimenta a la mantis
guarda
recuerdos la ceniza de ese azufre
del
que podría contarles.
El
silencio que sostiene la noche había huido
en
la mitad del cielo y de los pájaros.
Menos
el gris de un mirlo.
III
Y
de los pájaros, menos el gris
de
un mirlo llama la voz coccígea
la
serpiente espinal dentro del árbol
Crece
para el amor.
Su
viento es más pesado por cargarlo.
Pero
menos
si
canta.
IV
Árbol
también
sin
pájaros
esta
melancolía me recibe
en
el rojo donde las flores mueren
y
el silbido del corazón oficia su dominio.
Soy
mi padre y bastón.
Hijo
que estudió la caída de la manzana
en
lugar de morderla.
Nieto
del nunca está, porque esconde
el
paisaje de otros mirlos.
Abdicación
del canto que contiene la sangre
para
que no arda en bosque.
V
Al
desliz del amor solo
nos
queda el temblor de unas hojas.
Va
su vivir desmigajándose
y
en lágrima de Dios
conmueve
su recuerdo con el aceite impío
de
otra sombra.
De
memoria aterida y aspereza
su
pobrente latir de mano en mano
es
la flor en el mirlo
esta
carne de recia vestidura
aquel
mirar agónico que descansa
tal
vez
porque
eres hombre y eres
de
cielo
párpado
al que le hubo crecido el corazón
muy
pronto
la
sonrisa cuando se piensa beso
y
no alcanzó para decir tu nombre
el
nombre que abra el día
tatuado
en una lápida.
No
lo puedes callar. No debes. No concluyas
la
raíz que nos crea
si
la llama se apaga para que no
arda
el bosque.
VI
Busca
un temblor que no haya sido piel
porque
tal vez
muy
pronto
el
aceite sea escaso
para
encender al hombre.
Busca
un sitio en el árbol
que
no haya sido tallado con su olvido.
Tal
vez
lo
que tú llamas Dios
solo
es un ave
que
ha perdido su canto entre las aguas
con
las que apaga el mundo.
Luis
Armenta Malpica
Poeta,
traductor y director de Mantis editores. Autor de trece poemarios
publicados: Voluntad de la luz, Des(as)cendencia, Ebriedad de Dios, Luz
de los otros, Ciertos milagros laicos, Mundo Nuevo, mar siguiente,
Sangrial y El cielo más líquido, entre otros. Libros y
poemas de su autoría han sido traducidos al inglés,
francés, alemán, italiano, catalán, rumano,
portugués, árabe y ruso. Ganador de reconocimientos
nacionales e internacionales en poesía, cuento y novela, entre
los que destacan los premios Efraín Huerta, Ramón
López Velarde, Alí Chumacero, Benemérito de
América, Amado Nervo e iberoamericanos de poesía
Continentes y Pablo Neruda. Expremio de poesía Aguascalientes,
en 1996.
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