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La cuna
Héctor Sandoval



El viento es el responsable de los besos que las ramas de los árboles dan al suelo y de los monstruos que puedo ver bailando en el pelo de Alexa. No quiero desayunar porque no me gusta comer a la intemperie. Enciendo un cigarro con la misma lentitud que hemos subido el cerro. A lo largo del trayecto digerimos una plática escabrosa. En la cima el silencio nos emana.

Observamos cómo el viento arrastra la sábana de smog que cubre la ciudad por la mañana. —A mí se me hace que me estoy clavando con esa morra, dice Alexa al terminar de comer, no fue solamente el hecho de embriagarla para meterle los dedos, después de todo ella lo hizo también. Desde que su hermano nos presentó sentí ganas de arrancarle cada prenda con los dientes, y creo que ella lo notó porque hablaba con cierta timidez. Siento que me estoy clavando.

Al mediodía el viento cede, ahorca sus conductos para dar paso al calor que no nos afecta bajo la sombra pero que distorsiona las montañas en la lejanía. Ella siembra los dedos en la tierra suelta y cierra los ojos a cada irrupción eólica. Mira el cielo seco de marzo completamente despejado, luego sonríe. —Sahra…, susurra Alexa al revisar la cajetilla vacía, a veces la sueño, continúa con la voz entrecortada, lo que ya no sueño es el rostro desesperado de su hermano bajo el agua. Matar a un cabrón es como cuando te deja una mujer, al principio duele, pero después se olvida.

Me levanto para vislumbrar el serpentear del río desde el Cerro de la Campana hasta los últimos arrabales de la ciudad, en ningún punto alcanzo a ver La Cuna.


El día que murió el hermano de Sahra permanecimos unas horas en la casa de Alexa, en el centro de la ciudad, al lado del río; ahí el calor es obsceno por eso ella sirvió bastas cantidades de ron con hielo antes de sentarse e interrumpir la vana platica. —¿Han ido a La Cuna?, dijo a Sahra y a su hermano que no podían dejar de verle las piernas. —Sé que está río arriba, contestó él, pero siempre he creído que es un mito. —La Cuna, dijo Alexa, es un área celeste con un lago colosal que flota en medio, va y viene a ritmo controlado y constante. Se puede permanecer en la superficie contemplando el movimiento o dentro del lago con los ojos cerrados en principio; eso es lo ideal, porque el agua es tibia y hay corrientes ligeras que llegan de las orillas para rodear los brazos y las piernas hasta encontrar equilibrio con el vaivén del lago. El suave roce de las corrientes con el cuerpo desnudo es nacimiento de burbujas, es el sonido. Al abrir los ojos, el desfile de refracciones de luz sobre la superficie acuática completa el suceso. —Podemos ir ahora, dije.

Bajo la sombra de los espinos, la vía hacia La Cuna es menos cruel. Para acortar el camino, Alexa nos guió por veredas que se bifurcaban constantemente y en algunos lapsos caminamos por la pradera inhóspita. —Hay lugares a los que no se llega por ningún camino, dijo Alexa, sólo se sabe que se está ahí. —Si no se puede llegar entonces cómo sabes que existen, preguntó Sahra. —Porque si no existieran, todo lo demás estaría incompleto.




Héctor Sandoval nació en la Sierra Sur del estado de Oaxaca, en 1985. Ha publicado en la revista Palabrarte. Estudia las carreras de Sociología en la Universidad Vasconcelos y de Economía en el sistema abierto de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Es integrante del taller literario de la Biblioteca Pública Central.

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