Logo 01

Logo 02

Inicio*Revistas*Contacto
 
 página anterior
 página siguiente


Buscando a Magali

Gabriela Hernández



Magaliii, grité lo más fuerte que pude. La ventana estaba abierta de par en par, se miraba para adentro sin hacer mucho esfuerzo. Alcancé a ver cómo ella se desperezó mientras caminaba arrastrando los pies y chupaba su cigarro haciendo bocanadas de humo:

Hola, dijo y acomodó sus brazos en el pretil, masticaba un chicle como si fuera un bombón esponjoso, ¿qué se te ofrece? Sus pechos también se acomodaron mansos, dos gatitos rechonchos.

¿Me puede cortar el pelo?

Abro a las once, contestó revisándome sin disimulo; ¿tienes prisa?

No, murmuré al tiempo que ella salía, llevaba un camisón que se repegaba a sus piernas.

Pasa y siéntate, me voy a vestir.

Gracias.

No he comprado el periódico, si quieres leer, ve a lo de Leobardo.

Está bien.

¿Vas a entrar?, o vas a ir por el maldito periódico.

Voy a entrar después de usted.

Mmm, me ha llegado todo un caballero. No te preocupes, Pimpollo, me visto y te dejaré como actor de telenovela. Le iba a preguntar algo, pero no alcancé. Confía en mí, dijo y se metió a cambiar. Me senté en el único sillón de peluquería: ¿Qué sigue?, le pregunté al espejo, ¿había hecho bien en venir? El Ganso me había asegurado que si Magali me dejaba entrar lo otro sería pan comido, que porque siempre la buscaban viejos, que porque estaba harta de darles servicio completo, pero ¿cómo lanzarse? Parecía una piel despellejándose, el espejo; el marco también estaba descolorido, si no pasaba nada hoy, vendría con el pretexto de repararlo después, lo lijaría y lo podría pintar. En el cuarto del fondo se oía su voz canturreando desentonada, pensé en un aguacero de agosto, un aguacero, en una ventana, en un niño. El Ganso me dijo que sería fácil, sí cómo no… En un momento estoy contigo, Pimpollo. Regresé a la piel despellejada ¿qué canción era?, la había escuchado muchas veces y ahora sólo me venía a la mente el estribillo, me sentí igual al abuelo chocho del Ganso, solía pasarme, ¿desde cuándo?, creo que desde que mi madre se marchó dejando aquella carta que mi papá nunca me permitió leer. ¿Por qué siempre había algo que me obligaba a recordarla? El pachulí de las mañanas, cuando ella me encaminaba a la escuela toda perfumada y yo con mi estómago descompuesto por el olor mezclándose con el sabor de cereal en la boca. También una sal de uvas disolviéndose, decía que las burbujas sacudían todo su cuerpo, la despertaban. Mi papá aún me ve con asco cuando vacío el polvito en la palma de mi mano con una escupida y luego lo chupo, me gusta molestarlo con esto de la sal de uvas porque la recuerda, le asquea porque la recuerda. La efervescencia de la sal de uvas sacude mi estómago, asco y contento quedan revueltos, odio y contento, todos burbujeando.

Magali ya se había puesto los zapatos, sus tacones tamborileaban sobre el parquet. Ten paciencia, Pimpollo. ¿Cuál era la canción?, ella la silbaba, y hasta me enseñó cómo hacerlo: pon la trompa de piquito, me decía acercándoseme hasta rozar sus labios con los míos. Otra vez le gritaba, y papá mirándonos. Ella entonces se levantaba, le guiñaba un ojo al tiempo que le decía, ahora sigues tú, Fran; él se le repegaba, acariciaba su nuca y besaba su cuello, yo a veces los veía de lejos, o también me ponía entre ellos. El Ganso me contó que la boca de Magali es una aspiradora potente, que luego luego le metió toda la lengua, que le gustó más que…

¿Ya sabes cómo quieres tu corte?

Nnno… quiero que me ayudes a decidir.

¿Algo en especial? Busqué en el espejo. Había sido una tarde al volver de la escuela, me sirvió una hamburguesa y se sentó junto de mí, me preguntó si tenía tarea. No, le dije, tengo sueño y calor. Qué bueno que no tienes tarea, así te puedes dormir toda la tarde, cariño. Me metí al cuarto y ella encendió el ventilador, miré un rato el movimiento, luego me dormí quién sabe cuánto. Un aguacero taladrando las tejas me despertó, había una gotera en el techo, fui por una cubeta. Fue al regresar que escuché: era una respiración doble, la puerta del otro cuarto estaba cerrada, aún así se oía clara y confiada como el jadeo de un perro manso. No quería asomarme por la ventana, pero lo hice y vi que el carro de papá no estaba, saqué la cabeza para fijarme si se había estacionado en la banqueta y nada. Mientras tanto la respiración doble seguía viva, quise acercar la oreja a la puerta y en lugar de eso apenas pude llegar a mi cuarto. Di el portazo con la respiración trás de mí como un perro bravo. En mi estómago burbujeaban el olor del pachulí, la hamburguesa de la comida y el sonido manso y confiado de la respiración, disolviéndose inseparables, convertidos en el polvo fino de una sal de uvas. La lluvia se había detenido, oí algo en la cocina; sin descorrer las cortinas, descubrí que salía el señor Obregón. Era un vendedor de enciclopedias, lo había visto otras veces sentado en la sala de casa mostrándole a mamá las fotografías de los países, los mapas, la encuadernación de cada volumen; llevaba su saco y su corbata colgados del brazo, se subió a su carro, lo seguí hasta que arrancó. De la casa de enfrente salió el hijo del vecino, traía un gis en la mano y garabateó sobre la banqueta, yo ni lo conocía, ni jugaba con ese niño, pero desde la ventana le grité que si era el dueño de la calle para rayarla. Qué te traes, maricón, deténme si puedes. Y los dos nos dimos en la madre.

Vamos a ver, Pimpollo. Magali estaba a mis espaldas, toqueteándome los cabellos: Yo creo que te queda bien algo muy cortito, te pones gel y luego te lo peinas o te lo despeinas hacia atrás, ¿qué te parece?

Bien.

Por cierto, ¿quién te recomendó?

Nadie, pasé y vi el cartel que tiene afuera. El Ganso me había dicho que haciéndome el inocente sería todo más fácil. Magali agarró las tijeras y empezó a cortar al tiempo que silbaba la canción… se había marchado dos semanas después, dejó una carta sobre la mesa de la sala. Mi papá la hizo pedazos y mientras la arrojaba al retrete, yo gritaba y me agarraba a sus piernas pidiéndole que me dejase leerla, preguntándole si decía algo de mí… era rico el olor a talco, la brocha quitando los cabellos suavecito: Hueles a bebé, me dijo Magali pegando su nariz a mi cabeza.

Recuerdo que los pedazos de la carta no se fueron todos cuando él jaló la palanca del baño, metí mis manos para sacar los últimos que habían naufragado en las paredes del inodoro, no quedaban más que manchones de tinta desgarrados…

Me encanta esta canción, Pimpollo, lo malo es que nunca me acuerdo del nombre, escuché a Magali en el momento que me quité la toalla que tenía en el cuello y la aventé al suelo. Salí sintiendo que en mi estómago se disolvían como sal de uvas efervescentes el rencor y el aguacero.

Gabriela Hernández nació en Tampico, Tamaulipas, en l963. Es Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Católica de Río de Janeiro. Desde 1991 radica en Guadalajara donde ha sido miembro del Consejo de Redacción de la revista Periplo, así como traductora del portugués. Tiene un diplomado en creación literaria de la Escuela de Escritores de Guadalajara y sus cuentos y traducciones han aparecido en diversas revistas locales y nacionales y en antologías. Tiene publicado un libro de cuentos Entresmiradas, conjuntamente con otras dos escritoras; una novela Islas, publicada en Monte Carmelo Ediciones.

   regresar al inicio del texto

Elaboración y diseño: Soluciones Telaraña     2005

Hosted by www.Geocities.ws

1