─
Magaliii,
grité lo
más fuerte que pude.
La ventana estaba abierta de par en par, se miraba para adentro sin
hacer mucho esfuerzo. Alcancé a ver cómo ella se
desperezó mientras caminaba arrastrando los pies y chupaba
su
cigarro haciendo bocanadas de humo:
─Hola,
dijo y acomodó sus brazos en
el pretil, masticaba un chicle como si fuera un bombón
esponjoso, ¿qué se te ofrece? Sus pechos
también
se acomodaron mansos, dos gatitos rechonchos.
─¿Me
puede cortar el pelo?
─Abro
a las once, contestó revisándome sin disimulo;
¿tienes
prisa?
─No,
murmuré
al tiempo que ella salía, llevaba un camisón que
se
repegaba a sus piernas.
─Pasa
y siéntate, me voy a vestir.
─Gracias.
─No
he comprado el periódico, si quieres leer, ve a lo de
Leobardo.
─Está
bien.
─¿Vas
a entrar?, o vas a ir por el maldito periódico.
─Voy
a entrar después de usted.
─Mmm,
me ha llegado todo un caballero. No te preocupes, Pimpollo, me visto
y te dejaré como actor de telenovela. Le iba a preguntar
algo,
pero no alcancé. Confía en mí, dijo y
se metió
a cambiar. Me senté en el único sillón
de peluquería: ¿Qué sigue?, le
pregunté
al espejo, ¿había hecho bien en venir? El Ganso
me
había asegurado que si Magali me dejaba entrar lo otro
sería
pan comido, que porque siempre la buscaban viejos, que porque estaba
harta de darles servicio completo, pero ¿cómo
lanzarse?
Parecía una piel despellejándose, el espejo; el
marco
también estaba descolorido, si no pasaba nada hoy,
vendría
con el pretexto de repararlo después, lo lijaría
y lo
podría pintar. En el cuarto del fondo se oía su
voz
canturreando desentonada, pensé en un aguacero de agosto, un
aguacero, en una ventana, en un niño. El Ganso me dijo que
sería fácil, sí cómo
no… En un momento
estoy contigo, Pimpollo. Regresé a la piel despellejada
¿qué
canción era?, la había escuchado muchas veces y
ahora
sólo me venía a la mente el estribillo, me
sentí
igual al abuelo chocho del Ganso, solía pasarme,
¿desde
cuándo?, creo que desde que mi madre se marchó
dejando
aquella carta que mi papá nunca me permitió leer.
¿Por
qué siempre había algo que me obligaba a
recordarla? El
pachulí de las mañanas, cuando ella me encaminaba
a la
escuela toda perfumada y yo con mi estómago descompuesto por
el olor mezclándose con el sabor de cereal en la boca.
También
una sal de uvas disolviéndose, decía que las
burbujas
sacudían todo su cuerpo, la despertaban. Mi papá
aún
me ve con asco cuando vacío el polvito en la palma de mi
mano
con una escupida y luego lo chupo, me gusta molestarlo con esto de la
sal de uvas porque la recuerda, le asquea porque la recuerda. La
efervescencia de la sal de uvas sacude mi estómago, asco y
contento quedan revueltos, odio y contento, todos burbujeando.
Magali ya se había
puesto los zapatos, sus tacones tamborileaban sobre el parquet. ─Ten
paciencia, Pimpollo. ¿Cuál era la
canción?, ella
la silbaba, y hasta me enseñó cómo
hacerlo: pon
la trompa de piquito, me decía acercándoseme
hasta
rozar sus labios con los míos. Otra vez le gritaba, y
papá
mirándonos. Ella entonces se levantaba, le
guiñaba un
ojo al tiempo que le decía, ahora sigues tú,
Fran; él
se le repegaba, acariciaba su nuca y besaba su cuello, yo a veces los
veía de lejos, o también me ponía
entre ellos.
El Ganso me contó que la boca de Magali es una aspiradora
potente, que luego luego le metió toda la lengua, que le
gustó
más que…
─¿Ya
sabes cómo quieres tu corte?
─Nnno…
quiero que me ayudes a decidir.
─¿Algo
en especial? Busqué en el espejo. Había sido una
tarde
al volver de la escuela, me sirvió una hamburguesa y se
sentó
junto de mí, me preguntó si tenía
tarea. No, le
dije,
tengo sueño y calor. Qué bueno que no tienes
tarea, así
te puedes dormir toda la tarde, cariño. Me metí
al
cuarto y ella encendió el ventilador, miré un
rato el
movimiento, luego me dormí quién sabe
cuánto. Un
aguacero taladrando las tejas me despertó, había
una
gotera en el techo, fui por una cubeta. Fue al regresar que
escuché:
era una respiración doble, la puerta del otro cuarto estaba
cerrada, aún así se oía clara y
confiada como el
jadeo de un perro manso. No quería asomarme por la ventana,
pero lo hice y vi que el carro de papá no estaba,
saqué
la cabeza para fijarme si se había estacionado en la
banqueta
y nada. Mientras tanto la respiración doble
seguía
viva, quise acercar la oreja a la puerta y en lugar de eso apenas
pude llegar a mi cuarto. Di el portazo con la respiración
trás
de mí como un perro bravo. En mi estómago
burbujeaban
el olor del pachulí, la hamburguesa de la comida y el sonido
manso y confiado de la respiración, disolviéndose
inseparables, convertidos en el polvo fino de una sal de uvas. La
lluvia se había detenido, oí algo en la cocina;
sin
descorrer las cortinas, descubrí que salía el
señor
Obregón. Era un vendedor de enciclopedias, lo
había
visto otras veces sentado en la sala de casa mostrándole a
mamá las fotografías de los países,
los mapas,
la encuadernación de cada volumen; llevaba su saco y su
corbata colgados del brazo, se subió a su carro, lo
seguí
hasta que arrancó. De la casa de enfrente salió
el hijo
del vecino, traía un gis en la mano y garabateó
sobre
la banqueta, yo ni lo conocía, ni jugaba con ese
niño,
pero desde la ventana le grité que si era el
dueño de
la calle para rayarla. Qué te traes, maricón,
deténme
si puedes. Y los dos nos dimos en la madre.
─Vamos
a ver, Pimpollo. Magali estaba a mis espaldas, toqueteándome
los cabellos: Yo creo que te queda bien algo muy cortito, te pones
gel y luego te lo peinas o te lo despeinas hacia atrás,
¿qué
te parece?
─Bien.
─Por
cierto, ¿quién te recomendó?
─Nadie,
pasé y vi el cartel que tiene afuera. El Ganso me
había
dicho que haciéndome
el inocente sería todo más fácil.
Magali agarró
las tijeras y empezó a cortar al tiempo que silbaba la
canción… se había marchado dos semanas
después,
dejó una carta sobre la mesa de la sala. Mi papá
la
hizo pedazos y mientras la arrojaba al retrete, yo gritaba y me
agarraba a sus piernas pidiéndole que me dejase leerla,
preguntándole si decía algo de
mí… era rico el
olor a talco, la brocha quitando los cabellos suavecito: Hueles a
bebé, me dijo Magali pegando su nariz a mi cabeza.
─Recuerdo
que los
pedazos de la carta no se fueron todos cuando él
jaló
la palanca del baño, metí mis manos para sacar
los
últimos que habían naufragado en las paredes del
inodoro, no quedaban más que manchones de tinta
desgarrados…
─Me
encanta esta canción, Pimpollo, lo
malo es que nunca me acuerdo del nombre, escuché a Magali en
el momento que me quité la toalla que tenía en el
cuello y la aventé al suelo. Salí sintiendo que
en mi
estómago se disolvían como sal de uvas
efervescentes el
rencor y el aguacero.
Gabriela
Hernández nació en Tampico, Tamaulipas, en l963.
Es
Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Católica de
Río de Janeiro. Desde 1991 radica en Guadalajara donde ha
sido
miembro del Consejo de Redacción de la revista Periplo,
así como traductora del portugués. Tiene un
diplomado en
creación literaria de la Escuela de Escritores de
Guadalajara y
sus cuentos y traducciones han aparecido en diversas revistas locales y
nacionales y en antologías. Tiene publicado un libro de
cuentos
Entresmiradas, conjuntamente con otras dos escritoras; una novela
Islas, publicada en Monte Carmelo Ediciones.