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Crítica y literatura:
entrevista con Christopher Domínguez Michael


 
¿Qué es para  la crítica literaria y  a quién sirve?

Las preguntas que me hacen a la vez son extensas y puntillosas, de tal manera que prefiero contestarlas por partes. Y debo decir que la propia naturaleza de la entrevista me dice algo: los críticos literarios (y los profesores universitarios) hemos fallado al explicarle a los lectores (o a los estudiantes) qué es la crítica literaria. Es una enseñanza difícil: no es sencillo hablar de crítica literaria (y del ensayo literario, que es su principal pero no única forma de expresión) sin el respaldo de una cultura humanística cuya creciente desaparición es notoria, no sólo en el caso de México.
Debo atajar, antes que nada, una confusión que se desprende de las preguntas. La función esencial de la crítica no es recomendar lecturas ni mucho menos calificarlas con una, dos o tres estrellitas en una reseña periodística de extensión breve. La reseña es sólo un género y puede practicarse genialmente (como lo hizo el joven Borges) o de una manera totalmente mendaz e intrascendente como ocurre en la mayoría de las publicaciones del planeta. Muchos de los grandes críticos han sido, a la vez, reseñistas fabulosos, como V.S. Pritchett o como Cyril Connolly pero, en el caso de ellos, por ejemplo, no siempre le decían a sus lectores (que con frecuencia eran tan cultos e inteligentes como ellos) si la novela (o el libro de poemas) era recomendable. Frecuentemente el crítico–reseñista tan sólo medita en público sobre una obra: la comenta, la enmienda, la relee, la condena. Y es común que muchos críticos se nieguen a hablar de obras que no les entusiasman: les parece una pérdida de tiempo. No es mi caso porque creo que el crítico tiene obligaciones morales (en el sentido literario de la palabra moralismo) con sus lectores.
      La crítica literaria es una esfera de la literatura, el mundo donde la creación artística se enfrenta al pensamiento,  un cruce de caminos entre la literatura y la política... A veces la crítica se relaciona más con la historia literaria (ejemplo: El alma romántica y el sueño, de Albert Béguin), a veces la crítica se mide con la teoría de la expresión y del lenguaje (los casos de Roland Barthes, de William Empson, de Bajtín) y en otros es la meditación libre, ensayística, del crítico: en el caso de Connolly, en el de Samuel Butler. La crítica es también una disciplina académica, una ciencia de profesores, como lo ilustran actualmente grandes profesores como Harold Bloom o George Steiner. Definir la crítica es tan arduo como definir la poesía. Desde Aristófanes hay crítica. La crítica expresada en reseñas periodísticas destinadas al público que compra libros es más reciente: del siglo XIX y la funda Sainte–Beuve.
         La principal obligación del crítico, hablando idealmente, es garantizar la vitalidad y la circulación del canon. El canon no es otra cosa que la biblioteca ideal que ese lector de lectores que es el crítico invita a frecuentar a sus contemporáneos. Y la buena  biblioteca es, generalmente, una necrópolis. El crítico debe ocuparse de los vivos y de los muertos pero más de los muertos que de los vivos.
      Es imposible responder a la pregunta sobre qué admiro o qué admirarse en un poema, en una novela, en otro ensayo.  Depende de lo que esté uno leyendo, de las circunstancias pactadas entre el lector y su libro: la curiosidad, el amor, el tedio, la fe...
La vida de un lector no es infinita pero sí muy accidentada: habrá  mañanas para una oda de Píndaro, noches para Lautréamont, tardes para Octavio Paz. Épocas donde resalta Faulkner o Jean Giono o García Márquez. Se dice, por ejemplo, que Dostoievsky no es soportable después de los cuarenta años. A ustedes les tocará dar su opinión, en su momento.
          Los críticos que a mí me gustan, aquellos que me siguen enseñando a leer y a leer bien (es decir a colmarme de satisfacción)  quizá se caracterizan por su capacidad de trasmitirme su emoción y por las luces que arrojen sobre obras que me eran oscuras, incomprensibles o desconocidas. Un ejemplo: no es lo mismo leer a Gógol (Almas muertas) después de haber recibido la ayuda de Vladimir Nabokov en sus Lecciones de literatura rusa.
        La crítica sirve a los lectores. A veces los lectores son los propios escritores. A veces el lector de crítica está en un café, en un seminario universitario, en un avión. No creo que las palabras eficacia o funcionalidad tengan mucho que ver con la crítica literaria tal cual yo la entiendo. Remiten a ciertas teorías de la literatura que sólo abarcan una parte de la crítica.

¿Qué es  el gusto literario?

Las obras canónicas son aquellas que, justamente, ratifican su validez gracias a la aprobación de generaciones y generaciones de lectores. Homero, la Biblia, los trágicos, Shakespeare, etc., son clásicos porque han gustado a los lectores durante mucho tiempo pero ese gusto ha ido cambiando en cada generación y varía muchísimo en cada lector. Es sabido que el Quijote, por ejemplo, gustaba en el siglo XVIII por razones distintas a las que apreciaba Unamuno a principios del XX y diferentes a las nuestras. Trazar esa historia del gusto y averiguar sus motivaciones es una de las misiones de la crítica.
      La crítica a veces es capital en el destino de un libro pero ese destino depende de numerosas causas históricas, políticas, biográficas... Por ejemplo, a los críticos franceses del XVIII lo que les gustaba (Voltaire incluido) de Voltaire era el teatro, elección que es incomprensible en el XXI. Hay autores ignorados que muy rápidamente retoman su lugar: las pocas personas que se enteraron de los  poemas de Rimbaud supieron de inmediato que la inmediata posteridad se le rendiría. Fue cosa de esperar. Otras obras se imponen trabajosamente en el gusto: el caso más célebre es Stendhal, quien aguardó –y hubo de profetizarlo– medio siglo. Otros, como Kafka, sólo esperaron una década. Son notorios, también, los casos de escritores endiosados en vida luego menospreciados: Anatole France, Hemingway.
     Pero si lo que me están preguntando es si la crítica puede matar a un escritor recién nacido mi respuesta es que no. Una obra maestra acaba imponiéndose a la persecución religiosa y política: está más allá de la ceguera o la envidia de sus contemporáneos, maldad que suele estigmatizar a un crítico en tanto es regente del gusto. Sainte–Beuve no apreció el genio de Balzac y eso no lo convierte en un fracaso como crítico y esa miopía de Sainte–Beuve tampoco impidió que Balzac se adueñase, casi inmediatamente, del gusto.
      Yo no puedo separarme jamás de lo que soy (emocionalmente, políticamente, etc.) a la hora de leer un libro o de escribir sobre una obra. La crítica no es estadística ni califica como método neutro: es una pasión intelectual. Pero esa pasión intelectual  se debe a un temperamento crítico basado no sólo en la valentía y en el descaro sino también en la sensatez y la prudencia, la capacidad de ponderar y, sobre todo, en el sentido de la justicia. Un verdadero crítico siempre aspira a ser justo. Intentar la destrucción de  una  obra es fácil: basta con buenos adjetivos. Ponderarla, pensarla en la plaza pública, eso es lo difícil.
      Lo de la impunidad creo que lo escribí en el epílogo de Servidumbre y grandeza de la vida literaria  (1998) y me refería, en el mismo párrafo, a una crítica libre de castigo, libre frente a la tiranía de los fanatismos académicos y de la tiranía del mercado.


¿Qué tipo de grandeza busca la crítica? ¿Quiénes son los críticos literarios que usted admira? ¿Cuáles sus libros predilectos?         
             
Admito que la crítica es una potencia en segundo grado. No es lo mismo La divina comedia que un comentario de La Divina Comedia.  La biblioteca no se compone de textos indiferenciados, como lo pretendían algunos de los estructuralistas.  Pero la crítica como oficio debe aspirar a escribirse de manera tan excepcional como las obras que comenta.  La autoridad de Paz y Tomás Segovia como críticos, por ejemplo, no sólo se nutre de su inteligencia, sino de la belleza de su prosa. La prosa de los poetas suele ser muy buena. Y el siglo XX fue el siglo de los poetas críticos, como Eliot o Valéry. O de Lezama Lima, extraño prosista de ideas excepcionalmente fecundas.
      La importancia de un crítico no está en haber ganado en las carreras de caballos sino en haber ido todas las tardes al hipódromo a apostar. El crítico siempre dice que la posteridad lo olvidará (lo dice Marcel Reich–Ranicki en Los abogados de la literatura, que acabo de leer) pero creo que un comentario de ese tipo sólo es vanidad invertida. Yo creo que la grandeza de un crítico está en dejar (a veces sobre la mesa, a veces enterrado) el mapa que permita llegar a la comprensión de una época o al corazón de una obra maestra.
      Mencionaré sólo algunos libros de crítica que para mí fueron fundamentales, antes de los veinte años: Hacia la estación de Finlandia, de Edmond Wilson, la Historia maldita de la literatura, de Hans Mayer y las Iluminaciones, de Walter Benjamin, los “poéticas” de Gaston Bachelard. Y otros, como La experiencia literaria, de Alfonso Reyes, Gabriel García Márquez: historia de un deicidio, de Mario Vargas Llosa... De dulce, de chile y de manteca, como ven.

¿Cuál es su diagnóstico de la crítica literaria nacional actual?

El crítico ni diagnostica ni cura: no es un médico. Su autoridad dimana del aprecio que sus lectores tienen por su opinión. Hubo críticos cercanos al poder y muy buenos: Sainte–Beuve murió como senador del Segundo Imperio. Otros, murieron perseguidos como Walter Benjamin, en la frontera franco–española. Pero si en 1933, en Alemania, hubiesen ganado los comunistas y no los nazis, quizá estaríamos hablando de Benjamin como de un Lukács, un crítico oficial cercano al poder y eso que Lukács vivió siempre en una situación equívoca.
       Y las ideas políticas y políticas, por supuesto, son importantes al interpretar una vida en la literatura. Es esencial saber que Brecht fue comunista o que Lope de Vega no podía ser sino un católico devotísimo y que en Melville opera una noción protestante de la providencia. Lo contrario es lo que no opera: ser católico o comunista o neozapatista o fascista no hacen, por razones ideológicas, a un buen escritor.  Como tampoco es una garantía ser budista u homosexual o mujer o chamán para ser un escritor verdadero. Eso lo sabe la crítica seria, cuya ética es la misma, tan rígida o tan causística, como la de cualquier buen ciudadano: no los diez mandamientos, pero por lo menos ocho.
           Si lo que preguntan es si a los críticos se les corrompe con dinero o privilegios para que alaben ésta o aquélla obra, respondería que en un país con tan pocos lectores como el nuestro,  dudo que alguien se tomase la molestia de corromper a un crítico. Esa idea del crítico corrupto y corruptor viene del teatro, del teatro del siglo XVII, en Francia y en Inglaterra, donde el crítico podía reventar las obras, sentado como estaba en la primera fila del teatro, como un César omnipotente coludido con los actores sindicados o con los empresarios. Esa idea preburguesa del crítico se filtró a la literatura pero es ajena al mundo de la novela moderna o la poesía contemporánea.

¿Puede haber vida literaria aunque no haya literatura?

Creo que ya contesté, de una manera u otra, a la mayoría de las preguntas. Me despido contestando otras dos preguntas. Sí, en la literatura, como en pocos dominios, rige el Eclesiastés. Y sólo a los franceses (a los de hoy) les he oído decir que en la actualidad padecen de la vida literaria sin tener literatura. Pero los franceses dicen cada cosa, a veces...

¿Puede haber vida literaria aunque no haya literatura?

Creo que ya contesté, de una manera u otra, a la mayoría de las preguntas. Me despido contestando otras dos preguntas. Sí, en la literatura, como en pocos dominios, rige el Eclesiastés. Y sólo a los franceses (a los de hoy) les he oído decir que en la actualidad padecen de la vida literaria sin tener literatura. Pero los franceses dicen cada cosa, a veces...





Christopher Domínguez Michael nació en la ciudad de México el 21 de junio de 1962. Es crítico literario, historiador y ensayista. Es autor de la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989 y 1991) y compilador de la Obra selecta de José Vasconcelos (1992). Entre su obra ensayística destacan La utopía de la hospitalidad (1993), Tiros en el concierto. Literatura mexicana del siglo V (1997), Servidumbre y grandeza de la vida literaria (1998), La sabiduría sin promesa. Vidas y letras del siglo XX (2001) y Toda suerte de libros paganos (2001). En 1997 publicó una novela, William Pescador y en 2004 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por Vida de fray Servando, biografía histórica. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 1993 y en 2006 recibió la beca Guggenheim. Participó en el consejo de redacción de la revista Vuelta entre 1989 y 1998. Actualmente es miembro del consejo editorial de Letras Libres y columnista cultural del periódico Reforma.


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