Josefina
Vicens (Villahermosa, 1911-DF, 1988) publicó sólo
dos
novelas: El
libro vacío (1958)
y
Los
años falsos
(1982), y bastan para considerarla entre lo mejor de la narrativa
nacional. Como suele hacerse a propósito de Juan Rulfo, uno
se
pregunta por qué publicó tan poco pese a su
más
o menos larga vida, y en el mismo caso debe aceptarse que porque le
dio la gana.
Vicens
estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de
la
UNAM, ejerció el periodismo (cronista de toros, comentarista
política) y escribió guiones
cinematográficos.
Destacó por su activismo sindical y por su
adhesión a
las luchas en favor de los marginados.
Lo
primero que me sorprende de su obra es la facilidad con que se
desprende de la voz femenina para cederla a personajes masculinos,
los narradores de sus dos novelas. Esa suerte de travestismo no es
gratuito y mucho menos fácil: el cambio significa el
conocimiento profundo de ambos mundos y sobre todo un reto para
plasmarlo con fidelidad y naturalidad en el papel: la
mayoría
de las veces la apuesta en ese sentido arroja resultados nefastos,
meros juegos técnicos que dejan incólume a quien
lee, y
es que no sólo debe cambiarse de voz, sino de piel, de alma.
Entre las grandes narradoras que han conseguido notables ejemplos de
ello vienen a mi memoria Margueritte Yourcenar y Elsa Morante, en
Memorias
de Adriano y
La
isla de Arturo,
respectivamente. En sentido opuesto, en donde los varones adoptan
papeles femeninos, los ejemplos son más abundantes, y en
México se distingue por eso Juan García Ponce.
Algo que
va al extremo es cuando la voz narrativa se delega en algo no humano,
como en Los
recuerdos del porvenir,
de Elena Garro, novela en la que el narrador es un pueblo. Pero eso
es otra cosa.
José
García es quien lleva la voz cantante en El
libro vacío.
Empleado de medio pelo, de 56 años, confiesa que su vida no
ha
sido ni la mitad de lo espectacular que alguna vez calculara, y al
contrario ha debido someterse a la rutina diaria de ir a la oficina
para hablar de las mismas cosas con la misma gente y volver a su
modesta habitación para encerrarse con su mujer y sus dos
hijos, el menor de ellos enfermizo, preocupante; sólo una
vez
fue arponeado por la infidelidad, y el episodio al que ni él
mismo daba crédito, constituye acaso su mayor aventura
vital,
si bien salió de ella raspado, grotescamente malherido.
Pero
algún día determina escribir un libro, aunque no
sabe
sobre qué: tiene conciencia que escribir en torno a la vida
propia es una ociosidad, más si se tiene claro que se es
gris,
chato, insignificante; y sabe asimismo que no es escritor, que carece
de los trucos o de la técnica que hacen a aquél,
aparte
del talento. No obstante, se hace de dos cuadernos: en uno hace
apuntes que, piensa, alguna vez podrá pasar en limpio en el
otro, en su
libro.
Durante los años que vive obsesionado por esa tarea titubea
a
menudo, se regaña por garrapatear estupideces y se propone
claudicar; pero persiste, principalmente aguijoneado porque su hijo
menor le ha preguntado de qué trata el libro, y le urgen
noticias porque ha contado a sus compañeros de escuela que
su
papá escribe un gran libro.
José
García se sabe inmensamente solo en esa empresa, pese al
amor
de su familia y a la camaradería reinante en su oficina;
pero
mientras más piensa en lo inútil de su
empeño en
escribir, su angustia crece y se magnifica su convicción de
que es un pobre diablo sin cosas dignas de ser contadas y sin la
capacidad de hilvanar ideas, o siquiera trozos coherentes de algo que
pudieran interesar a alguien más. Dejamos a José
García
en esa incertidumbre cada vez creciente, convencidos como él
que jamás llegará a escribir algo en el
inmaculado
segundo cuaderno, en el
libro.
A
través de las dubitaciones de su personaje, Josefina Vicens
consiguió una auténtica joya literaria, en esa
permanente disquisición en torno a la escritura encontramos
un
verdadero tratado sobre la materia, y lo notable es que lo hace como
si tal cosa, como si en ese proceso no haya buceado en tantos
aspectos de la condición humana. Porque si bien las
reflexiones en torno al acto de escribir abundan y sostienen el libro
de JV, es el nudo existencial que teje sobre su criatura la que
sacude y conmueve, ver cómo la insignificancia se va
ordenando
hasta volverse su opuesto es un alarde del conocimiento de la vida, y
de la escritura misma.
¿Qué
hace a José García aferrarse a escribir un libro?
La
idea romántica de que un escritor es un artista, y por lo
tanto merecedor de respeto y prestigio, el signo incuestionable de
que se es alguien, algo que él sabe que está muy
lejos
de su vida real, sumida en la neblina de la cotidianidad
intrascendente. Ni siquiera haber procreado hijos le sirve de
consuelo, tal vez convencido de que eso lo hace cualquiera, hasta los
animales. Y mientras más mira alrededor se percata de que en
la vida hay niveles, clases, estratos, y que los suyos son los
ínfimos, los de quien vaga por la vida sin ningún
asidero en la zozobra, en cuya meta final no hay aliciente alguno, si
es que hay alguna meta que no sea la muerte. Por eso trata de
escribir, para dejar huellas de su paso por el mundo, para sustraer
su existencia de lo anodino, de lo irremediable.
Qué
magnífico retrato del hombre mediocre es El
libro vacío.
Y aunque él jamás llega a tenerlo claro,
José
García ha emprendido una quijotesca lucha contra el destino,
consigo mismo; de algún oscuro modo imprecisable intuye que,
a
esas alturas de la vida desolada que lleva, sólo el arte
será
capaz de salvarlo: de la grisura, de la insignificancia, de todo.
Sabe, así sea epidérmicamente, que si consigue
escribir
su
libro,
su vida será de otra manera, la gente se
entusiasmará
al decir: “Ese es el libro de José
García”, sus
amigos se congratularán de serlo, su mujer se
sentirá
orgullosa de él y de su obra espléndida, su hijo
podrá
decir a sus compañeritos: “Mi papá
terminó Su
Libro”. El libro hará que sea alguien, por eso se
convierte
en su obsesión, para no seguir empantanado en la piel cada
día
más flácida y arrugada del empleado de segundo
pelo que
es José García.
Por
supuesto, el empeño del protagonista sacude a quien lee, lo
conmueve y lo vuelve solidario con él. Quisiera decirle:
“¡Vamos, José, tú puedes!
¡Ánimo!”
Y al conocer el desenlace de esa historia nos regocijamos porque
Josefina Vicens haya escrito El
libro vacío,
una obra memorable. La de Josefina es una novela con indiscutibles
tintes existenciales, no en balde en la época de su
publicación, finales de los años cincuenta,
proliferaba
en el mundo el existencialismo, que alcanzaría en la
década
siguiente su cúspide y, un poco más tarde, su
extenuación. Y recuérdese que la autora era
filósofa,
sí, pero también escritora, y muy bien dotada:
tanto,
que en ningún momento, pese a la abundancia de reflexiones,
la
obra se vuelve discursiva, rollera, mera palabrería. La
autora
hace vivir a su personaje y su enorme carga de conflictos, se
abstiene de calificarlo y deja que seamos nosotros, los lectores,
quienes hagamos los juicios, si es necesario hacerlos luego de la
intensidad de una narración que habla por sí
misma.
Josefina Vicens posee una capacidad de concreción admirable:
mira el tronco, no el follaje, va a la sustancia de lo que quiere
narrar y evade presurosa los rodeos, los circunloquios. De ese modo,
la suya es una prosa directa, dura, aunque siempre elegante y hasta
poética. Hizo muy bien en no abundar en la vida de
José
García, y salvo esporádicos y necesarios flash
back,
se concentra en el tiempo en que aquél se enfrasca en la
escritura de su libro. El personaje de El
libro vacío
es uno de esos raros especímenes -por lo menos en la
novelística mexicana- de los que uno jamás se
olvida, y
toma siempre como ejemplo de la mediocridad para buscar, mejor, otros
derroteros en la vida. ¿No sirve para eso la literatura,
para
descubrir abismos y al mismo tiempo indicar la manera de salvarlos?
Algo
que sigue intrigándome es por qué la escritora
dio
relieve a un hombre en su novela y no a una mujer.
¿Sería
tal vez sólo para exhibir mediante ese recurso sus dotes
técnicas? ¿O porque una mujer no hubiera
enfrentado las
mismas vicisitudes en la época en que se publicó
la
obra, es decir se hubiera conformado con ser una simple empleada, o
ama de casa y dejar que la vida siguiera su curso
“normal” sin
proponerse algo que la rescatara de la insignificancia, como la
escritura de un libro? Me imagino la reacción del mismo
José
García en el hipotético caso de que su esposa le
hubiera dicho que debía escribir un libro para sacudirse el
hastío de la vida doméstica:
“¡Déjate de
tonterías. Tú, a lo tuyo, a tu casa!”
Por eso, creo,
el travestimo literario que encontramos en la novela es más
que justo. Y necesario.
Tras
un largo periodo de silencio, Josefina Vicens publicó su
segunda novela, Los
años falsos.
Otra vez el personaje principal es un varón. O, para decirlo
mejor, los personajes centrales.
Desde
el principio de la historia algo suena raro: “Todos hemos
venido a
verme”. Parece que la frase está mal construida, o
que quien
la dice está mal del juicio. Algo hay de lo segundo, y
sabemos
que lo primero es un enunciado de lo más correcto. Se trata,
tan sólo, de que Luis Alfonso ha ido, con su madre y sus dos
hermanas, a visitar la tumba de su padre, homónimo suyo,
muerto de un balazo accidental cuatro años antes. Y no todo
queda en la homonimia, es más bien una impostura de
personalidad, una sustitución del hijo por el padre.
Éste
fue ayudante de un político, y estaba empeñado en
conseguir lo que consideraba triunfos en los terrenos
político
y económico subiéndose al tren del arribismo y la
corrupción. Con su muerte súbita
endosó al
primogénito sus amigos y su misión, de modo que
éste,
en vez de continuar sus estudios, se acerca a aquéllos y se
trepa exactamente al mismo carrusel en que estaba su padre. A sus
pocos años lleva pistola, frecuenta cantinas y mujeres de la
vida galante y se hace cargo de su propia casa, donde su madre y
hermanas lo tratan como si fuera el padre mismo: es, al mismo tiempo,
hijo y padre y esposo y hermano, hasta que advierte que su
personalidad no es eso, sino un simulacro de su padre, al grado que
se vuelve amante de quien lo fuera de aquél.
El
Diputado y luego Subsecretario que apoyara a su padre agrega a Luis
Alfonso a su equipo de trapacerías y engaños, con
el
señuelo de que llegará a lo más alto
de la cima
política. Mas algo se resquebraja en el interior del joven,
siente que es demasiada responsabilidad y que preferiría ser
él mismo y no la sombra de papá. No obstante, la
realidad, representada en su madre y hermanas y en quienes fueran
compañeros de aquél, se encarga de manifestarle
una y
otra vez que es, tan sólo, un miserable suplantador. Por eso
el inmenso amor por el progenitor empieza a ser odio incontenible, el
fantasma se ha apoderado de él y no lo deja siquiera
respirar:
todo cuanto hace o deja de hacer está marcado previamente
por
aquél.
La
confusión, el caos, se vuelven signos vitales del
huérfano
y trata de rebelarse despreciando a su propia familia, a los amigos
del difunto, a éste y a todo lo que tenga que ver con esa
farsa gigantesca que es su vida, o su no vida. Es patético
el
desenlace de la historia, cuando frente a la tumba del padre, Luis
Alfonso exclama:
(He
deseado) morirme, tener mi caja, mi lápida, mi reja de
alambrón, mi cruz, mi bugambilia, mi lagartija, y mis
propios gusanos, mis propios gusanos, míos, míos.
Luis
Alfonso, el hijo, se convierte en un pobre diablo que no puede dar
paso sin la presencia fantasmal de su padre muerto, aunque de
algún
modo intuye que ese no habrá de ser su destino, y algo
indica
que tomará la determinación adecuada para,
siquiera por
una vez, ser él mismo.
Por
eso al principio y a lo largo de la novela nos desconcierta la
utilización del “nosotros” en vez del
“yo” narrativo,
hasta que nos acostumbramos a la dualidad, a la usurpación
en
las dos direcciones: primero del hijo por el padre y luego a la
inversa, aunque ésta en forma definitiva, degradante,
lapidaria.
En
literatura es común enfrentar historias en las cuales un
hijo
desea, por las razones que fuesen, la muerte del padre. En Los
años falsos -y
aquí el título no pudo estar mejor puesto y
justificado- el protagonista desea la muerte del padre ya muerto,
quiere matar al fantasma para ser, otra vez, él mismo,
alguien
auténtico y no la farsa que le ha heredado aquél.
Luego, la novela aborda un asunto de enormes dimensiones, en el cual
el arribismo y la corrupción políticos son nada
en
comparación con el conflicto generado en el interior de Luis
Alfonso, el joven: ser despojado de uno mismo por el propio padre no
es poca cosa, de modo que debe admitirse sin requiebros que Los
años falsos es
una novela de estatura mayor.
Y
lo es también por la maestría literaria exhibida
por
Josefina Vicens. Relato de filiación intimista, no deja de
tener los pies sobre la tierra, y la apariencia de sencillez oculta
sin embargo un hábil entretejido técnico. Y de
nuevo
sobresale el hecho de que se trate de una voz masculina, lo cual
indica que además de conocer las profundidades del alma
humana
la autora supo adecuarse a las fórmulas correctas de la
exposición: en ningún momento, como
ocurrió en
El
libro vacío,
dudamos de la autenticidad genérica del protagonista
narrador,
estamos en siempre convencidos de que es
él,
y que aquí una suplantación sería
imposible. Si
tuviéramos que hacer un ejercicio de credibilidad
bastaría
leer ambas novelas sin conocer el nombre de quien las
escribió,
sin firma, y jamás dudaríamos de que estamos ante
el
discurso claro y preciso de José García y de Luis
Alfonso. El cambio de voz, de género, es una de los retos
más
complicados para cualquier escritor, y Josefina Vicens lo ejecuta con
todas las ganancias y como con la mano en la cintura: ¿no
es,
entonces, ese travestismo literario una exploración mayor?,
¿no contribuye a sostener que Josefina Vicens es y
será
una de las figuras más importantes de la literatura
mexicana,
esta vez sin vacilaciones de género?
__________
Josefina
Vicens, El
libro vacío/Los años falsos.
Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas),
México,
2006; 331 pp. (Prólogo de Aline Pettersson.)
Ignacio
Trejo Fuentes (Pachuca,
Hgo., 1955) es autor, entre otros libros, de Crónicas
romanas,
Loquitas
pintadas,
La
fiesta y la muerte enmascarada (el Distrito Federal de noche),
Mientras
el lobo no está (cuentos
para niños), Tu
párvula boca (cuento),
Hace
un mes que no baila el Muñeco (novela)
y El
vaquero más auténtico que existió (novela).
Es profesor de Literatura yeriodismo en la Faculltad de Ciencias
Políticas y Sociales de la UNAM, y en 2007 se
encargó
de la Cátedra “Rosario Castellanos” en
la Universidad
Hebrea de Jerusalén, en Israel.