Ciudad de seda
Vicente Quirarte
A
Patricia Compeán
Habla tu espejo
Me fragmento
porque no te soporto tan entera.
Para
no ser más
el
primero en saber de tus mañanas.
Ni
el eco de tu aliento. Ni tu nota.
Por
mis venas sonrió el agua de tu día.
La
boca de otra sangre,
acerada
en el riel de tu sonrisa.
En
este fugaz azogue se copiaron
pocos
pero profundos nacimientos.
Me
los llevo en mi cauda.
Los
arrastro en mi quiebre luminoso.
Ardo
helado, celoso, intolerante.
Cada
trozo refleja tu mirada
y
la luz de otro cielo que no es mío.
Habla tu
perfume
Destilado
de flores maceradas, del ámbar que alguna vez palpitó
con la ballena, de alambiques y vidrios concertados, nacido para
todas las mujeres, sobre tu carne brillan las notas más altas
de mi nombre. Despliega sus alas de un modo más héroe
la paloma. Me recibes como niña a punto de aceptar la comunión
y prolongas esa plenitud de plaza henchida mientras el sol se afana
en separarnos: tu piel es un escudo contra el tiempo, y protege y
respeta nuestra alianza. La ciudad y la lluvia, tan celosas, no saben
qué hacer al saberte más poderosa hembra que su
imperio. Nada se pone entre tus corvas y mi lengua, mi frescura y tus
hembras cavidades, tu sabor y mis venas más tensadas. Y cuando
el sueño comienza a vencerte e intenta ser tu afortunado
amante, aún entonces peleo. Te acaricio con un sabor de andén
o de pañuelo, ansioso otra vez de que mañana todos los
umbrales nos esperen.
Habla el
centinela
Fortificada y
luciente y generosa de haberse dado a la mañana, rendida a los
azares y accidentes de las horas, eres una pequeña ciudad que
al fin descansa. Duermen tus músculos de seda y debajo de
ellos los andamios que sostienen tus notas y tus timbres. No cesa el
trabajo de tu sangre: se empecina en tus venas rutas y en su
incesante juego te mantiene. En las limpias terrazas de tu axila la
noche se introduce, aroma con nueva fuerza tus rincones. Los paisajes
bebidos por tus ojos viajan por otro espacio más abierto. Y
tus monstruos se vuelven mariposas. En tu estrecha cintura se ponen
en pie de guerra tus arcángeles. Todos los besos de tu boca,
guerreros insaciables, también se entregan al cansancio. Te
sueñan y aguardan la nueva hora de los pendones y el
estruendo. La gloria del combate. Y falanges, cabellos, humores que
en ti misma se consagran, recuperan su sitio y sus trabajos. Llueve
como si Dios no tuviera otra cosa qué hacer en el planeta. Del
otro lado del mundo, un solo centinela te custodia. No hay trabajo
más alto que esperarte.
Vicente
Quirarte (Ciudad de México, 1954) ha publicado libros de
poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo
histórico. Sus títulos más recientes son Del
monstruo considerado como una de las bellas artes
y El mar del otro
lado. Es
investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas y
miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.
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