Poemas y una nota al margen
El amor
cortés (poema
continuo)
Íntimo,
agregado al respeto del amor propio
y al de la
inteligencia de los instintos,
te anuncio
que el requisito de mis pasos
-de signo
racional y vertebrado-,
ya camina
entre el latifundio de tus pueblos y los míos.
Sujeto al
adoquinado de la ciudad,
se me hace
difícil entender
lo del
vuelo de las aves que, desde lo alto y en picado,
descienden
al pillaje de su botín, en vertical.
Son las
destrezas de la guerra aérea
o simples
mañas para la supervivencia
¡me
es igual!
pues la
cetrería es el arte de educar para la caza
el
instinto del ave rapaz.
El mismo
de nosotros
cuando, a
ras del suelo, pretendemos alcanzar
el
beneficio y los favores del amor cortés:
el de
salón… el calculado… el lento y milagroso,
el más
antiguo y primitivo
y, desde
entonces… medieval.
A las
cinco de la tarde (poema
roto)
Lo mismo
que un autista:
íntimo,
en mí mismo, yo, hacia mí y sin los otros,
apenas
trato con el exterior.
Y,
conmigo,
camino
entre los adjetivos del viento,
por el
itinerario de las calles
y su
asfalto aún sin numerar.
Escucho
que golpean contra el asma
y la
respiración de las nubes;
por estas
fechas está de moda.
La lluvia
cae sobre el lomo de los minotauros.
La selva
se manifiesta; no guarda compostura,
y, aquí,
en los valles,
respiro el
alivio que me llega de las plantaciones del maíz.
Nociones
infantiles.
¡Otra
vez el sol!
Éste
es el momento del acuerdo
Y el de la
oposición entre el bulto de los colores;
Pero,
sobre todo,
Es el de
la puntualidad a las cinco;
Precisamente
a esa hora justa de la tarde.
¡Las
cinco!
¡Pero
si son las cinco!
¡Si
hoy es el último día de los toros!
¡La
televisión!
¡¿Dónde
hay una televisión?!
¡Autista!
–dicen-
¿Autista,
yo? –digo-
Material
para la psiquiatría (poema
incompuesto)
Calma.
¡No!,
están aplicando paños calientes.
Pasión.
¡Que
no!, que se trata de un sarampión en tu ceguera.
Encomios.
¡Otra
vez que no!, que son los enconos de la enemistad.
El
Arco y la columna.
¡Sí!,
es la bóveda y la línea recta.
Misericordias
y perdones.
Bueno,
pero antes fue el castigo.
Estoques
de marfil plastificado - ¡Cuernos, qué modernidad!
Que
nadie toque lo que está encima de la mesa;
este
material es para la psiquiatría.
Ahora
recuerdo que la Abulia es el otro nombre de la Indiferencia.
Eso,
a mí, no me afecta;
yo
sigo apostando por la base teórica del marxismo.
¡Joder,
qué pesado eres!
Pero
si ayer me vendiste El Capital
a cinco pesos
y
el “Marta Hanneker” fue de regalo.
Real
Madrid 0
– Barcelona 1
¡Esto
es imposible!
Me
encontré con un espía cerca de tu vientre materno.
¡Recelos!
- No, celos.
Está
claro; acepto, aquí,
el
presente orden de mi revoltijo y confusión.
Poemas y una nota al margen
Víctor García Domínguez
Nací en Martín de Yeltes, en Salamanca, en España.
A los 13 años comenzó mi episodio literario, y desde
entonces al día de hoy, nunca supe si llegué a ser poeta
o, simplemente, soy uno que escribe poesía. En 1994 abandono
Madrid y, desde entonces y apenas sin escalas, resido en la ciudad
Oaxaca, en México.
Me vine acá para dejar allí mi docencia universitaria, la
empresa privada, el aburrimiento de la política, mi mala y
perjudicial poesía, el entusiasmo de las cenas y, luego, siempre
luego, la pasión por las copas nocturnas –hasta las tantas
de la madrugada- y siempre acompañado por los amigos y las
mujeres sin el recuerdo, ahora, de sus nombres.
Hastiado, dejo todo y, volando, escapo de Madrid. “Quiero partir
de cero” –me dije- “o de bajo cero”, si es
posible en este trópico.
Vendo mi casa, me despido de la gente más querida, compro un
boleto de avión sin regreso y, en un barco, fleto mis libros,
mis cuadros, mi ropa y mis escritos; incluyendo todos los primeros
manuscritos de mi adolescencia. Salto de continente a continente, y
mientras llega mi mercancía desde Barcelona a Veracruz, yo, en
Oaxaca, acondiciono una vivienda. Pero ya, en el Puerto, recibo la
noticia de que el carguero, el Tabasco, con todos mis enseres, se
acababa de hundir a una profundidad de tres mil y pico metros, a
sólo unas cuantas millas antes de tocar destino.
Fue entonces cuando un amigo, parafraseando a los clásicos
griegos, me recordó que “Algunas veces los dioses castigan
a los humanos haciendo que se cumplan sus deseos”.
Pues, la verdad, no sufrí tanto: por mis cuadros, quizá
un poco; debido a su elevado valor monetario. Por mis escritos, a lo
mejor algo; a mí, desde niño, nunca me gustó lo
que decía mi poesía. Por la ropa, nada; Oaxaca es una
constante primavera. Por mis libros menos; la mayor parte de ellos me
los habían regalado las editoriales y, además, la mayor
parte de ellos eran de un marxismo que, en Europa, ya había
entrado en la bancarrota y se estaba subastando a la baja. Pero en
México, y particularmente en Oaxaca, aún tiene cierta
vigencia.
Cómodamente encajo y me ajusto a la ciudad. Me someto a la
consonancia de vida. Y junto a poeta chileno, Álvaro Ruiz y al
pintor boliviano, Raúl Soruco, en la galería de
éste, todos los miércoles, nos reunimos con los poetas
locales, para nutrirnos con ese encuentro literario. Aquello fue una
etapa furiosa de trabajo, que parecía comunitario, y, para
mí, en particular, el de una gran producción
poética-basura. Todo lo que escribía no servía
para nada.
También recuerdo que, por aquella época, Julio
Ramírez era el poeta oficial –lo sigue siendo- e
indestructible de Oaxaca. Pero los calendarios algunas veces fallan,
pues, un día, casi asisto a su sepelio. ¡Aún vive!
Pero mucho tiempo antes, a lo largo de los años 60, me veo en
Madrid, en el “Café Gijón”, hacia las cuatro
de la tarde, y aquellas las charlas con los poetas que ahora recuerdo y
no puedo nombrar.
Hasta hace poco y durante algo más de diez años,
viví en S. Jerónimo de Tlacochaahuaya, en la calle de La
Libertad, No. 21. Allí leo mucho –casi con
dedicación extrema-; fijo bastantes ideas, y escribo como un
auténtico poseso. Pero nada, para la poesía, no
salía nada decente. Por eso, una noche tutelada por la
sabiduría del mezcal, vierto toda mi papelera poética en
el suelo, y formo una pirámide de unos cuantos
centímetros de altura. Y le prendo fuego.
Pero no puedo olvidar con deleite que, gracias al comportamiento
imprevisible del agua oceánica y a la desinfección del
fuego, actualmente estoy aquí aliviado de tanta carga. Resumo: a
mis 63 años de cárcel o de edad –que casi es lo
mismo- sólo tengo escritos unos treinta poemas que, de momento
salvo; que de vez en cuando releo y siempre enmiendo, y otras
sacrifico. Jamás publiqué nada, y tampoco tengo muchas
ganas de divulgar algo; pero, bueno.