Logo 01

Logo 02

Inicio*Revistas*Contacto
 
 página anterior
 página siguiente


Con su cara de pez
Carlos Roberto Morán



Al mirarse en el espejo toma conciencia de su cara de pez. No de alguien parecido a un pez, como otros recuerdan a un perro, o a un pato, sino una cara exacta de pez, con escamas brillantes en las que prevalece el gris, con dos grandes ojos a los costados y total ausencia de nariz. Un pez que, pese a todo, conserva sus rasgos.

  Qué molestia, se dice, qué problema inesperado surgido cuando debo atender tantas cuestiones impostergables: la reunión con el ministro, el encuentro (que promete ser especial) con Ana, la planificación para el año entrante. Deberá suspenderlos porque nada puede proyectar ahora con su consistente cara de pez a la que, suerte en medio de la desgracia, no necesita afeitar.

  Podrá postergar la cita con Novalis, da lo mismo, se dice, pone en marcha el auto, y quizás pasar para alguna otra vez la charla (que prometía ser mucho más que charla) con Ana, porque por el momento no sabe cómo proceder ante determinadas situaciones (¿cómo se besa con la boca de pez?), pero no puede suspender otras cosas, por ejemplo el anunciado encuentro con el ministro. Lo más probable, le ha dicho Carpani, es que te quiera nombrar secretario.

  Secretario no es ministro, se dice mientras maneja rumbo al centro; el coche reluce, poderoso, suele despertar miradas de admiración y envidia, lo vuelve a comprobar ahora que conduce por una calle medianamente concurrida y ve que todos miran las líneas del coche, el color rojo furioso y brillante, y no su brillante, gris brillante, cara de pez.

  Secretario no es ministro pero igual me conviene, un paso fundamental que permitirá después dar otros pasos similares, el ingreso provisorio al mundo que desde siempre te aguarda. ¿Dirán algo por mi cara de pez? Endereza al sur, hacia la Casa de Gobierno, veremos, no es importante. Lo importante es no fallarle al ministro.

  Al bajar del coche que estaciona en un lugar reservado para funcionarios de primera línea, el ordenanza corre presuroso con la presunta intención de alejarlo pero al  reconocerlo (vacila un segundo, menos de un segundo) cambia de actitud y le abre la puerta. Lo saluda sin poder disimular del todo la sorpresa que le causa su cara de pez, pero sin decir nada y, menos, sin perder la sonrisa, sin mutar la alegría que refleja su rostro, sin abandonar el “señor” que no se le despega de los labios.

  Suerte que se me reconoce, dice mientras sube por las amplias escalinatas del Palacio siguiendo al ujier que le va indicando con modales suaves, estudiados, perfectos, por donde debe caminar para no perderse en el laberinto. Cuando me haga el ofrecimiento le pediré tiempo, debo darle la impresión de no estar tan interesado por el cargo.

  Se pregunta si el ministro no se sobresaltará al ver su cara de pez. Llegado ese caso trataré de serenarlo, le daré vagas explicaciones y le haré entender que no puede hablar con claridad. Razones reservadas, estrategias. Siempre sirven para no ser explícitos.

  -¿Qué le pasó? -le pregunta con el sobresalto temido el ministro al recibirlo- Pero mi querido amigo ¿qué le pasó?

  Se siente tocado, muy incómodo ante la insistencia. Aunque sea ministro podría cuidar un poco más el detalle, no mostrarse tan grosero, ¿no le han enseñado discreción?

  - ¿A qué se refiere?

  - A su bigote, naturalmente. Estoy acostumbrado a verlo con bigote y ahora...

  -Sí -contesta sin poder evitar sentir alivio- me lo quité, el calor...

  -Pero póngase cómodo, hablemos de lo nuestro.

  Le extiende unos papeles escritos con letra diminuta que le obligan a sacar del saco, impecable saco, los anteojos para poder leerlos. Pero los anteojos no se sostienen en su nariz de pez. Y además le quedan ridículamente chicos.

  -No sé...

  - Se lo leo, ya veo, los anteojos se los hicieron de manera inadecuada. Todo lo hacen mal en este país, mi amigo, suerte que estamos aquí para corregir tanto error.

  Lee entonces los papeles que resultan ser resoluciones indescifrables, memorandos, proyectos, ideas generales sobre obras a llevar a cabo, esquemas, estadísticas. Una sumatoria de información imprecisa y vagarosa que termina confundiéndolo. Y no es algo que le guste confesar porque siempre quiere demostrar seguridad, que pisa sobre tierra firme.

  -No entiendo demasiado -se resigna a admitir.

  -No interesa, no interesa. Lo que quiero es que sea secretario para poder llevar adelante el Monumento.

  -¿El Monumento?

  -Por supuesto, el Monumento.

  Le aclara que es el Monumento para Glorificar Lo Sacrosanto, Cuanto Nos Une, Aquello Dictado Por La Historia, un Friso de Héroes Inmortalizados para la Posteridad.

  -Significará un gran costo.

  Pide que no se fije en minucias, pide que no bien asuma acelere y ejecute:

  -Acelere y ejecute, no hay tiempo que perder. Todos los necesitamos. A la obra y sus márgenes -dice y sus ojitos resplandecen como carteles de neón.

  Lo invita a visitar el lugar, en las afueras, cerca del río, donde se proyecta levantar el Monumento. Haremos sólo nosotros el viajecito, medio de incógnito. Cuando ambos se aproximan al auto el chofer del ministro lo mira, le mira con franqueza su cara de pez, pero no hace ningún gesto, no añade ninguna palabra a los buenos días, señores, atentos y flexibles, que les dirige a los dos.

  Se encaminan entonces al barrio bajo, postrero, inundable en días de lluvia, casitas precarias y precariedad en todos los órdenes, donde el funcionario corta el aire con la mano como si manejara un tiralíneas, tenderemos el puente por allá, la autopista por acá, parque y recreación, canalizaremos el río y los arroyos, casas solariegas de fin de semana, un adecuado y funcional y última generación centro de compras y en el medio, ¿lo está viendo?, el Monumento.

  Lo estaba viendo, entre las miasmas y el déme una moneda don, lo estaba viendo: Acero puro, fuerte estructura de hierro y metal y bronce y una pared vidriada que soporta el castigo del sol. Arriba, arriba, multitudes apiñándose para subir en los funcionales ascensores que marchan a la velocidad de la luz, confiterías y lugares de baile, miradores, juegos de niños y hasta la blanca nieve para que retocen los ciervos.

  Mira el entorno sin bajar del auto, mientras los chicos y las mujeres y los hombres, desdentados y ciegos en algunos casos y sin brazos en otros, se han acercado al coche haciendo gestos, extendiendo sus manos, hablando en un idioma que les resulta tan mudo como incomprensible porque mantienen subidos los vidrios polarizados y en el interior es sólo una fresca mañana invadida por una música liviana y acorde, que hace olvidar el dolor de vivir.

  Hasta que observa que la tierra allá, allá mismo, donde hay tres casitas mínimas y resueltas, mirá qué originalidad, con cartones y latas y vaya a saberse qué otra cosa más, parece vacilar, agua y lodo y suciedad. Y sobre tal terreno no podría sustentarse Monumento alguno.

  Entonces, acto casi irreflexivo, se baja del coche para dirigirse (intenta dirigirse en realidad), al lugar, pero antes de poder hacerlo se ve rodeado por la gente que hasta un instante apenas ha estado rodeando el vehículo y que de golpe interrumpe sus conversaciones, la atención que venía dirigiendo al coche y que lo mira, que lo mira sin ninguna reticencia ni ningún cuidado, hasta que un chico, desaliñado, sucio de toda suciedad, lo señala con su dedo oscuro.

  “¡Mama!”, grita el chico con notoria falta ortográfica, y tras su grito siguen otros, todos los otros, todas las voces todas, las manos que lo señalan, los gestos de asombro o rechazo o asco, la primera piedra que salta de entre medio del gentío y que se estrella contra su saco, saco de corte italiano, recién recibido, casimir especialmente elegido por Tonio, signore, signore, le decía por teléfono, le quedará impecable.

  E impecable ha estado hasta un segundo antes de la piedra, y del barro, y del estiércol, y de la basura y de vaya a saberse qué otra cosa escondida en la basura, que le arrojan mientras le gritan palabras gruesas y severas y presuntamente obscenas que no llega a entender, porque ignora en qué idioma hablan y qué, en definitiva y en realidad, le están queriendo decir.

  El ministro abre con brusquedad la puerta del auto, vamos, vamos, no vale la pena quedarse. Y él, ya alcanzado por esas manos hediondas, ya tironeado, el saco de Tonio, la corbata francesa, los zapatos de Londres, las medias de Marruecos, el cabello recién cortado, qué pensará este hombre, no puedo presentarme así ante Ana, no puedo presentarme así en el club, sube enlodado, tierra y polvo y barro e inmundicias, al coche, cuyo chofer toca bocina y bocina, y grita salgan de aquí, agregando palabras oscuras y presuntamente soeces y presuntamente iguales a las que a él, a él mismo, le terminan de gritar.

  Con franqueza hiede. Con franqueza necesita cambiarse de ropa y darse un baño, con franqueza en el estrecho auto no se puede estar cerca suyo. Pero el chofer no parece darse cuenta, pero el ministro tampoco parece darse cuenta. Lo importante, comprende, es dejar el lugar, alejarse de esa gente extraña, cargada de malas intenciones, de un idioma incomprensible, de manos asesinas, de dedos oscuros que terminan señalándote.

  Y lo logran, atropellando aquí y tomando por allá, bajando por esta calle (¿no chocamos contra uno de ellos, no terminamos de pisar una mano o una cabeza o todo un cuerpo?) hasta desembocar en la avenida, hasta dar con la vía de circulación rápida, hasta llegar al tranquilo y confiable sector de la ciudad donde están los policías reconocibles, las calles reconocibles, las oficinas reconocibles.

  -No sé -dice por fin el ministro- qué les pudo haber pasado. Pero de esto hay que olvidarse pronto, no volveremos allá hasta haber inaugurado el Monumento.

  Se señala la ropa: “Debería...”

  -Sí, por supuesto, vaya a cambiarse, tómese el día, retorne mañana. Tenemos tanto para hacer...

  El chofer, enmudecido, manteniendo su ventanilla baja pese al aire acondicionado que no apaga, lo transporta a su casa. Cuando llegan le agradece -breves palabras alusivas- el viaje, y ya dentro se saca a los tirones la ropa manchada, se sumerge en la ducha, se baña y limpia y da esplendor y luego, breve observación ante el espejo, se mira su porte. Y su innegable cara de pez.

  -No deja de ser una contrariedad.

  Una ligera contrariedad. Llama a Ana, quisiera verte, poco tiempo, ¿en el reservado del club? ¿Esta noche? He tenido un problemita, una ligera contrariedad, te contaré.

  Y esa noche, otro traje de Tonio, otros zapatos londinenses, una corbata de seda de China, se dirige al club, estaciona en el lugar acostumbrado, saluda al cuidador quien lo observa con una ligera, ligerísima, chispa de curiosidad, pero sin hacer comentarios, sin dejar de responder su saludo y sonreírle, señor, doctor, permitiéndole el ingreso de inmediato y sin esperar que le exhiba su credencial.

  Y camina por los senderos conocidos, por pasillos y salas y salones donde saluda a unos y otros, me enteré de su próxima designación, felicitaciones, cariños y afectos, miraditas quizás de sorpresa, comentarios levísimos, pero las mismas actitudes francas y amistosas, los efusivos saludos de todas las noches, a ver si comemos un día de estos, elegante como siempre, dice una mujer elogiándolo en voz alta, hasta que llega al reservado donde, brillante, lo aguarda Ana.

  Ana, tensa y limpia y da esplendor, vestido recién llegado de la India, cabello trabajado por artesanos, joyas que juegan con las luces del lugar, la mirada que le dirige, una mirada incisiva y sin concesiones. Y el gesto de sorpresa, el innegable gesto de sorpresa.

  -¿Qué te ha pasado? -pregunta sin recato, con una voz tan alta y tan gruesa que recuerda (¿será posible?) las voces rotundas e inamistosas de los extraños que lo agredieron. La ve sucia, la siente hedionda, se le vuelve tosca y vulgar. Decididamente vulgar.

  ¿Será posible?

  -¿A qué te referís?

  -A tus bigotes, naturalmente -dice Ana, tomándolo de la mano, esplendiendo de nuevo y mirándole ahora tiernamente sus ojos de pez.





Carlos Roberto Morán nació en Santa Fe, Argentina, en 1942. Narrador y periodista. Ha publicado: Territorio posible, México, 1980; Noticias desde el sur, México, 1986; y Noticias de Sergio Oberti, Argentina, 1990;  Ella cuenta sobre el mar, Argentina, 2006. En antologías y publicaciones de la Argentina y del exterior, como: Antología del nuevo cuento argentino (Widawnictwo Literackie), Varsovia, Polonia, 1988; La otra realidad, Desde la gente, Buenos Aires, 1994; Cuento argentino contemporáneo, UNAM, México, 1996; Padre Río, Desde la gente, Buenos Aires, 1997; Narradores argentinos, Cultura de Veracruz, Xalapa, México, 1998; Octopus, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 1998; No hay dos sin tres. Historias de adulterio, Páginas de espuma, Madrid, España, 2001; Molto civace, Páginas de espuma, Madrid, España, 2002; Hazañas bélicas, Páginas de espuma, Madrid, España, 2001; Octopus II, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 200; Leer la Argentina, Argentina, 2005. Cuentos suyos han aparecido en San Quintín, Albatros viajero, Cantera Verde, Sábado, de México; Prima Letrera, de España; Gaceta literaria de Santa Fe, Hoy y mañana, de Argentina. En Internet:
www.ficticia.com
www.oaxaca.com/canteraverde
www.agulha.nom.br
www.primeravistalibros.com
www.luisgarciagil.com/arcorosa
Ha recibido distintos premios y distinciones, tanto en su país como en el extranjero.
   regresar al inicio del texto

Elaboración y diseño: Soluciones Telaraña     2005

Hosted by www.Geocities.ws

1