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Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero

Marie-Claire Figueroa


Cuando decimos: “Voy a empezar a leer una novela”, nadie se conmueve, nadie nos abraza ni nos despide, y nada hay tan parecido a un viaje como una inmersión en el continente desconocido de una novela.

Xavier Villaurrutia


“Ha llegado el momento”



“Vas a empezar la nueva novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate”. Desde la primera oración, la obra del italiano delata su estructura; el primer capítulo sirve de cascarón para englobar, contener los diez incipit de novelas que se desarrollarán en cada tercer capítulo del libro (estos capítulos no son numerados, pero llevan título). En los intermedios (sin títulos, numerados de uno a doce), el autor se dirige al lector, mejor dicho al Lector, principal personaje de la obra; lo orienta desde su diálogo inicial con la Lectora conocida en la librería en donde fueron a cambiar el libro defectuoso. Con ella, el Lector vivirá una novela (la de los capítulos intermedios) que se sobrepondrá a la, o las, que van a leer juntos. Sus encuentros giran alrededor de los relatos, truncados en el momento emocionante del texto: perseguimiento de las partes faltantes, decepción al percatarse de su inexistencia, nuevo entusiasmo por el relato posterior, y así hasta el final.
    Los principales personajes no tienen nombres, excepto Ludmila, la Lectora, pero cada uno se identifica de un modo diferente:
    —El narrador se identifica con el Lector, el que lee la novela, a quien se dirige con el “Tú, Lector”.
    —El narrador se identifica también, a veces, con el personaje principal de cada incipit, es decir con el lector que es leído: “Este hombre se llama 'yo' y no sabes nada más de él, pero esto basta para darte el deseo de invertir en este yo conocido algo de ti”.
    —El autor puede identificarse a ratos con cada uno de sus personajes: “tiene la tentación de poner en este 'yo' un poco de sí mismo”.
    En cada momento, el narrador entabla una conversación con el Lector, lo consulta, lo aconseja. Autor y Lector son omnipresentes; los pensamientos de los personajes se reflejan en ellos y viceversa. Una especie de mimetismo une al que lee con el que es leído, una complicidad en la que nosotros también terminamos por involucrarnos. El Lector entra y sale de las novelas como en algunas películas donde el actor desgarra la pantalla para unirse a los espectadores (“La rosa de El Cairo”). Todos pasan una y otra vez del otro lado del espejo.
    Además de los personajes principales, hormiguean alrededor de los libros un mundillo de profesores, libreros, traductores, sin exceptuar alguno que otro falsificador, policías y voceros de la censura, así como el pequeño universo de la industria editorial. Ante nuestros ojos se explaya una inextricable confusión, a tal grado que es imposible, a veces, deslindar lo apócrifo de lo auténtico; llegamos a los límites de lo absurdo cuando nos enteramos de que se espera del novelista irlandés Silas Flannery una obra maestra que enaltezca la falsificación como modo de conocimiento. En un viaje del Lector a Ataguitania (en uno de los capítulos intermedios por los que transita con la Lectora), todo lo que es falso es verdadero y viceversa: “Para cada sujeto, hay que ver quiénes son los infiltradores que le dijeron que se infiltrara. Y más arriba, quién hizo que los infiltradores se infiltraran”.
    En este momento y en otros, Calvino emprende una cruzada en contra de la censura, y la ferocidad de la crítica se contrapone a nuestra risa ante lo grotesco de las situaciones. Amén de censurarse, la literatura puede también autoaniquilarse como en el caso de Irnerio, fiel adepto de la no-lectura, que él practicó con perseverancia hasta el olvido total de las letras. Pero esto no significa que no tenga trato con los libros, ya que realiza con ellos obras de arte en forma de cuadros, estatuas, en una palabra, los esculpe, y no cualquier libro: necesita primero “sentirlos” para poder trabajar a gusto.
    Fuera de estos extremos, Si una noche…es una apología del libro, puente hacia el exterior, “instrumento de comunicación, lugar de encuentro”, y de la lectura, conducida al inicio por el autor, luego dejada abierta con el fin de provocar la imaginación del lector; éste retomará el hilo dejado suelto y lo prolongará a su antojo, imprimiendo sobre la trama su sello propio, al contrario del lector tradicional que “considera lo que está escrito como algo terminado y definitivo, a lo que no se le puede agregar ni quitar nada”, o del lector apresurado o distraído quien “descuida cierto número de señales e intenciones”, olvidando u omitiendo lo que no está escrito. El dejar inacabadas las novelas (aunque nos consta que cada una forma un conjunto en cierto modo bien terminado) sirvió también a Calvino de ilustración para una de sus seis propuestas para el nuevo milenio, las que iba a exponer en la Universidad de Harvard en el ciclo 1985-1986, de no haber fallecido en el intervalo: se trata de la rapidez, de la economía del relato, cuando quiere uno dar la sensación de un tiempo breve, a la inversa de las digresiones que alargan la novela como ocurre en Tristam Shandy, ejemplo escogido por el mismo Calvino.
    Como Brillat-Savarin escribió un tratado de fisiología del gusto, en Si una noche…, el autor efectúa la anatomía y la fisiología de la lectura y describe las reacciones del cuerpo de la Lectora durante el acto de leer. “La lectura es soledad”, escribe el italiano, y luego aclara: “se lee solo aun cuando dos están leyendo”. En cuanto a la lectura ideal, no debe tender a imponer una visión del mundo sino que “simplemente te hace asistir a su propio crecimiento como una planta, con sus enredos de ramas y de hojas”; concepto también de la novela sublime, el que define la literatura como una, sin necesidad de autor, a semejanza de las convicciones de un Valéry o de un Borges. A lo largo del libro, en infinitas ocasiones, Calvino regresa constantemente sobre el tema de la lectura, que llevará a su extremo cuando el Lector y la Lectora tomen sus cuerpos como objetos de esta lectura múltiple: no lineal, sino corporal y multidireccional, que nos remite a otras de la literatura universal: el clásico japonés de Sei Shonagon, El libro de cabecera, contiene momentos de intenso erotismo: la caligrafía-escritura sobre los cuerpos de los amantes de la narradora es símbolo y traducción del Eros inconmovible y perenne, la pluma o el pincel y la tinta negra son extensiones de los cuerpos sujetos a la caligrafía. El hombre ilustrado (1951), de Ray Bradbury, no posee una carga tan erótica, pero abre de par en par las puertas de la ficción con la lectura que hace el narrador sobre el cuerpo tatuado del hombre revestido de historias fantásticas, cuyas ilustraciones predicen el futuro.
    Por otra parte, en uno de los capítulos más lúdicos, el italiano se extiende sobre los diferentes procedimientos de escritura, en particular, en el diario del viejo hacedor de novelas policíacas, Silas Flannery. Allí aborda también el tema de la responsabilidad del escritor, su “misión” en el mundo, las angustias que lo asedian ante la página en blanco, el vacío de la inspiración. En este diario, Calvino pone en escena a dos escritores totalmente distintos, hasta, diríamos, opuestos; juega con un sin fin de situaciones jocosas, productos de las elucubraciones extravagantes de los personajes. Para ejemplificar las diversas técnicas de la escritura, escribe cada incipit en un estilo diferente pero en relación con el tema tratado, modo de fusionar forma y fondo como lo veremos más adelante. Tenemos entonces una o varias novelas de espionaje, otra policíaca; en cuanto al fragmento de novela mexicana, es totalmente circular, la japonesa es erótica, la nórdica puede considerarse como costumbrista; ésta incluye, además, sensaciones —olores y sabores—, realismo mágico con intercambio de personalidades; mejor dicho, versa sobre el “doble” (se manifiesta también la presencia del “doble” en Lotaria, hermana nefasta y evanescente de Ludmila). Otra novela está basada en el desciframiento de los signos, al estilo de Eco; la última borra el mundo, en particular el de la burocracia civil y militar. Algunas historias son tan diferentes entre sí como la sórdida historia policíaca y el exquisito cuento erótico, a la manera de una estampa de Hokusai.
    Al final de la novela, Calvino resume sus teorías sobre la lectura, a mi manera de ver, de un modo un tanto forzado: reúne a varios lectores en una biblioteca y cada uno da su opinión sobre las diversas maneras de leer, los distintos momentos y objetos de la lectura, la importancia de releer, etc.
    En esta obra, Calvino utilizó la puesta en abismo tanto en el contenido como en el aspecto formal. El recurso se manifiesta primero en la estructura general: una novela contiene diez novelas, todas (excepto la primera) con un narrador en primera persona, todas interrumpidas en un momento dado, pero con un desarrollo previo suficiente para permitir al lector darle una conclusión personal. Por otro lado, Silas Flannery, autor de novelas policíacas, escribe en su diario (cap.8): “Se me ocurrió escribir una novela entera hecha de puros principios de novela […] Podría escribirla completamente en la segunda persona: tú, Lector…Podría también hacer intervenir una Lectora, un traductor falsificador, un viejo escritor que llevaría un diario como éste…” No podemos encontrar un mejor ejemplo de puesta en abismo que dibuja, sin trazos borrosos, las líneas sobrepuestas de la obra que nos ocupa: recordemos que la puesta en abismo es la que incluye no sólo un relato adentro de otro, sino que el relato incluido es el reflejo del relato principal, es decir de la trama principal como en El Maestro y Margarita de Bulgakov, que estudiaremos en un próximo capítulo.
    Pero no se trata aquí de diez cajitas chinas, una por historia, encerradas en el cascarón que mencionamos al inicio: si bien algunas presentan una vaga intertextualidad entre sí, no tienen otra relación que la lectura común del Lector y de la Lectora. En realidad en esta novela, la puesta en abismo es triple: la primera es la novela del escritor italiano Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero, la que nosotros leemos, es decir el libro de papel, de principio a fin, con todas sus letras y blancos. La segunda es la novela que leen el Lector y la Lectora, o sea, los diez incipit. La tercera es la que viven ambos, en los capítulos intermedios, desde el momento en el que se conocen en la librería, hasta el final, cuando en su gran cama matrimonial:

    Ludmila cierra su libro, apaga su lámpara, deja caer la cabeza en la almohada y dice:


  —Apaga tú también. ¿No estás cansado de leer? […]    —Un momentito más. Justo estoy terminando

    Si por una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino.

    La puesta en abismo no se refleja sólo en la estructura general sino también en muchos detalles que se repiten a lo largo del libro a la manera de los cuentos de Sharahzad. El traductor Marana propone al Sultán traducir solamente los principios de novelas e insertarlos unos adentro de otros para ofrecer el conjunto a la Sultana que dejará así de complotar con tal de no interrumpir su lectura.
    Irnerio, el partidario de la no-lectura, se alegra de que se realice una obra con la fotografía de todos sus libros-escultura que, a su vez, podrá utilizar para hacer más esculturas; después, se volverán a fotografiar para hacer otro libro, etc.
    En “Mira en el espesor de las sombras”, el instigador del crimen, en el momento de desaparecer el cuerpo, se rememora un mar de historias relacionadas con el viejo amigo que acaba de ejecutar, historias que se dispersan en numerosos riachuelos y llegan al lector, no como hechos capitales sino como “ecos y reflejos últimos”.
    La forma especular, definida con precisión por estos ecos y reflejos, se materializa en varios momentos gracias a sutiles estratagemas del italiano. En el relato “Sobre una alfombra de hojas alumbradas por la luna”, M. Okeda mira a su hija y vislumbra en sus pupilas los reflejos de los espasmos de la señora Miyagi.
    A lo largo de la novela, los reflejos son de primera importancia, ya que señalan elementos no escritos que permiten complementar lo dicho, leer entre líneas.
    Existe siempre algo esencial que permanece fuera de las oraciones escritas y, además, las cosas que la novela no dice son forzosamente más numerosas que las que dice; la sola presencia de una especie de reflejo indirecto en lo que está escrito puede dar la ilusión que se lee lo que, en realidad, no está escrito.

    Los espejos existen aun en un mundo que dejó de existir. El narrador del último relato borra mentalmente los elementos que lo incomodan, edificios, personas, etc. Quiere simplificar el mundo con tal de poder encontrar más fácilmente a los seres que le importan como su amiga Franziska. Cuando termina de borrar todo cuanto está en su alrededor, no queda más que el hielo agrietándose entre él y ella; ésta le pide que la acompañe a un café cercano que “tiene espejos y una orquesta que toca valses”.
    “Una red de líneas entrecruzadas” es la confesión de un millonario apasionado de catóptrica, que juega con los dos sentidos de la palabra “especulación” y propone una teoría del capitalismo como maquinaria de espejos: “Especular, reflejar [o reflexionar]: toda actividad de pensamiento me remite infaliblemente a los espejos”. Como Borges, Calvino recurre a la imagen del Faro de Alejandría que reflejaba en su espejo de acero los navíos hasta una enorme distancia. Según Plotino, “el alma misma es un espejo que crea las cosas materiales al reflejar las ideas contenidas en una razón superior...” Y de acuerdo con el filósofo sirio, Porfirio, contemporáneo de Plotino (ambos neoplatónicos), los espejos son susceptibles de dejar aparecer la imagen de Dios. Espejos mágicos, maléficos, todo contribuye a edificar una red de líneas entrecruzadas en el que caerá prisionero o será salvado el héroe, incógnita sin respuesta; una vez más se quiebra el hilo de la narración.
    El escritor italiano usó los espejos en Si una noche… y en otros textos. En Bajo el sol jaguar, obra traducida también como Los cinco sentidos, que fue interrumpida por su muerte —nos dejó únicamente los relatos acerca del olfato, el gusto y el oído— existen imágenes reflejadas por espejos, y sonidos producidos por voces, pero ninguno encuentra la imagen o la voz que debería. Tragedia oculta, revelada por el mundo de los sentidos que Calvino apenas deja visible.
    Quiero referirme ahora a una modalidad diferente que realizó Calvino para abismar la narración: la de fusionar continente y contenido, fondo y forma, que nos depara en textos puestos en relieve, como en tercera dimensión. En los fragmentos de novelas, el autor, el Lector, los personajes, el ambiente, las páginas del libro, se entremezclan, se fusionan en una trama intricada, laberíntica, en un amasijo aglutinado en donde el humo de la locomotora y el vaho del vagón del primer relato empañan las páginas del libro que está leyendo el Lector; en otros, éste resiente los golpes que se están dando unos protagonistas, el olor a cebolla frita se desprende de las hojas de la obra, los convoyes militares atraviesan la plaza y la página; finalmente, en “Alrededor de una fosa vacía”, el cuento mexicano, “el relato ajusta su paso sobre la marcha lenta de los cascos a lo largo de los senderos empinados.”
    Si nos esforzamos en buscar los orígenes de esta diversidad de estilos, perderemos nuestro tiempo, como les sucedió a los críticos del italiano, que quisieron encontrarlos en los grandes nombres de la literatura universal. Antes que nada, Calvino reconoce su deuda hacia el francés Raymond Queneau, fundador en 1961 del Oulipo, suerte de taller experimental que trata de explorar metódicamente las potencialidades de la literatura y de la lengua; los Exercices de style (1947, 1963) representan una verdadera enciclopedia de estilos sobre un solo tema. Los miembros del grupo oulipiano —Calvino participó en calidad de miembro extranjero— tienen el objetivo de renovar la literatura, sacarla de su rutina letárgica y considerarla como juego. Uno de los escritores más sobresalientes fue, sin lugar a dudas, el francés Georges Pérec quien, en La vie mode d’emploi (La vida instrucciones de uso), utilizó el recurso de la puesta en abismo en una multitud de planos, como si su novela fuera una de estas bolas en forma de poliedro destinadas a refractar la luz. El capítulo siguiente nos develará los pormenores del Oulipo y se dedicará por completo al análisis de la novela de Pérec.



Referencias bibliográficas:

ENCICLOPEDIA UNIVERSALIS. Artículo: “Calvino, Italo”.

BENABOU, Marcel. “Si par une nuit d’hiver un oulipien”, en Magazine littéraire (París). No 274, febrero 1990, pp. 41-44.

ZUÑIGA, Dulce María: La novela infinita de Ítalo Calvino. México: CONACULTA y Fondo Editorial Tierra Adentro, 1991, 104 p. 

Marie-Claire Figueroa nació en Mulhouse, Francia. Ensayista, narradora y poeta, se licenció en Biblioteconomía y Documentación en la Universidad Católica de París y La Sorbona. Fue Profesora Investigadora de El Colegio de México. Ha publicado ensayos literarios en La Jornada y en revistas como Cantera Verde y Ensayos; además de relatos, poemas y cuentos.

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