OPINION
Por Miguel Bonasso
La madre de los disparates
Un disparate lleva a otro:
la siniestra idea de reflotar el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia
Recíproca) para enmarcar institucionalmente la participación militar argentina
en la larga Cruzada contra el Infiel que anuncia Estados Unidos, lleva al
gobierno De la Rúa a exhumar otro monstruo setentista: la doctrina de seguridad
nacional. Doctrina que ya no se aplicará contra la vieja y querida URSS de la
Guerra Fría sino ante un enemigo terrorista sin definición territorial precisa.
Lo que supone en buen romance restituir a las Fuerzas Armadas la posibilidad de
hacer inteligencia sobre sus connacionales, algo que les está vedado por la ley
de Defensa de la Democracia. Anteayer el presidente Fernando de la Rúa volvió a
equivocarse: “Estamos en defensa frente a la agresión del terrorismo, porque
hemos sido víctimas acá de sus ataques”. Su vocero, el preverbal Juan Pablo
Baylac, subrayó la necesidad de que Argentina tenga “una estrategia común con
quienes puedan tener una actitud ofensiva” (sic). El ministro de Defensa Horacio
Jaunarena, que tiene añeja debilidad por los uniformes, fue más a fondo al
plantear la necesidad “de vincular la inteligencia externa con la interna” y
preguntarse si la legislación actual no resultaría insuficiente para hacer
frente a una amenaza terrorista.
Todos estos funcionarios, que se dan de
codazos para ver quién es más obsecuente del poder mundial, ignoran algunas
verdades de a puño y colocan a la ciudadanía frente a riesgos impensables.
La
Argentina fue neutral en las dos guerras mundiales. (Hubo una tardía declaración
de guerra al Eje en 1945 que fue más simbólica que real.)
La neutralidad
histórica de Argentina podría discutirse éticamente en relación con el peligro
que representó el nazismo, pero nadie en su sano juicio podría negar que durante
muchas décadas fue altamente conveniente para los intereses nacionales. Por eso
coincidieron en su defensa desde prominentes figuras de la oligarquía hasta
líderes populares como Hipólito Yrigoyen y Juan Perón.
La ruptura de esa
regla por parte de Carlos Menem (al alinearse irresponsablemente con las fuerzas
agresoras de la Operación Tormenta del Desierto) creó un clima favorable para
que se perpetraran los terribles atentados contra la embajada de Israel y la
AMIA. Y también para que “importáramos” el conflicto de Medio Oriente a una
nación independiente donde las colectividades árabe y judía habían convivido
pacíficamente durante décadas.
El TIAR fue soberanamente ignorado por Estados
Unidos durante la guerra de las Malvinas en la que el supuesto mediador actuó
como aliado de una potencia ajena a la región en contra en un país
americano.
Sólo Baylac puede creer que en la alianza del ratón con el león el
de la melena va a consultar al roedor. Argentina irá como furgón de cola de lo
que decidan los generales norteamericanos y pagará con dolor las consecuencias
de decisiones tomadas en Washington.
La doctrina de Seguridad Nacional le
costó a la Argentina el terrorismo de Estado y 30 mil desaparecidos. Pero eso no
le importa a políticos que como Fernando de la Rúa apoyaron desde el Congreso el
comienzo del genocidio en la provincia de Tucumán.
Sólo nos importa a
nosotros, los ciudadanos, los que pagaremos las consecuencias de sus decisiones
sin haber sido consultados.