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El
enemigo externo como pantalla
La Doctrina de la Seguridad Nacional –un
engendro nacido en Francia y los Estados Unidos para combatir a la
guerrilla insurgente fuera de sus países– fue aplicada en Latinoamérica,
en general, y en Argentina, en particular, a partir de la década del
60. Su desgraciado corolario fue la seguidilla de golpes de Estado
producidos a partir de ese decenio y su paroxismo se hizo acto desde el
24 de marzo de 1976. Las consecuencias de dicha doctrina aún perduran
en cada desaparecido, en muchas de las medidas que han adoptado y
adoptan los gobiernos que se sucedieron desde la restauración democrática
de 1983 y en una febril actividad judicial que lejos está de llegar a
su fin. Un solo ejemplo de este último asunto lo constituye el reciente
fallo del juez federal Claudio Bonadío ratificando la
inconstitucionalidad de las leyes de impunidad, tal como lo hiciera
siete meses atrás el también magistrado federal Gabriel Cavallo.
La Doctrina de la Seguridad Nacional fue aplicada, según declamaban los
pretores de turno, para enfrentar una agresión externa: el comunismo
internacional y sus ramificaciones en nuestros países del Tercer Mundo,
teatro de operaciones de la Guerra Fría. El mismo argumento –la
agresión externa– es esgrimido ahora por el presidente Fernando de la
Rúa, el ministro de Defensa, Horacio Jaunarena, y sus subordinados, el
jefe del Estado Mayor Conjunto, teniente general Juan Carlos Mugnolo, y
el jefe del Ejército, teniente general Ricardo Brinzoni. Como antes
fuera la amenaza roja, ahora lo es el terrorismo internacional.
La equívoca política de la administración De la Rúa para con las
Fuerzas Armadas sólo ha servido para abrir discusiones que las
instituciones de la democracia habían cerrado o encaminado por la senda
de la Justicia. Fue el primer ministro de Defensa de este Gobierno,
Ricardo López Murphy, quien permitió que desde el Ejército se
retomara el discurso de reivindicación del terrorismo de Estado,
emitido con la económica retórica de Brinzoni y alimentada con el
pensamiento, entre otros, de su segundo en la fuerza, el general Eduardo
Alfonso, un militar que, al parecer, no encuentra contradicción moral
ni ética al solidarizarse con un represor confeso como Luciano Benjamín
Menéndez. Fue también López Murphy quien habilitó la creación de un
organismo de inteligencia estratégica bajo la órbita de Mugnolo. El ex
ministro López no sólo avaló sino que hizo suyas las conclusiones que
tal instrumento elaboró. Los resultados del sofisticado pensamiento
estratégico de la inteligencia militar de López-Mugnolo fueron las
identificaciones de los nuevos targets y “amenazas”, entre las
cuales apuntaban el conflicto social, las migraciones internas, el
movimiento de los sin tierra y al narcotráfico.
Con Jaunarena las cosas no han sido demasiado diferentes. El dos veces
ministro de Defensa permitió, en un primer momento, que Brinzoni y sus
empedernidos reivindicadores de la guerra sucia realizaran una operación
política contra los organismos defensores de los derechos humanos; el
Ejército, en masa, presentó cientos de hábeas data ante el CELS, la
APDH y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación para saber qué
información tenían sobre sus oficiales. La maniobra sólo fue
desbaratada cuando Página/12 dio a conocer que el abogado elegido por
el Ejército para perpetrar tal triquiñuela es un filonazi del patético
partido de Alejandro Biondini.
La última movida castrense, permitida y fogoneada por Jaunarena, es su
intención de participar en el aparato de seguridad y reunión de
información para combatir al terrorismo internacional. Esto es, violar
claramente las leyes de Defensa y Seguridad Interior consensuadas y
aprobadas por el Parlamento argentino en 1988 y 1991. Pero como el
ministro conoce sus debilidades, intenta maniobrar en el Parlamento para
modificar las normas y dilatar la nueva ley de Inteligencia en ciernes,
que también es taxativa en la prohibición de la inteligencia militar
interna.
Escudados tras la coartada de la lógica de caja –hay poco dinero, hay
que optimizar el gasto en defensa y seguridad ¿por qué no aprovechar
todo lo que tenemos (donde “todo” son las FF.AA.)?– para empujar
su participación en el conflicto desatado a partir de los atentados en
Estados Unidos, Jaunarena y sus subordinados esconden la pregunta que no
quieren escuchar: ¿qué objetivo tiene mantener a las Fuerzas Armadas
tal como están?
Es claro que, con esta avanzada, los militares buscan tareas para
justificar su existencia. También es claro que la faena que desean
realizar es la única que supieron ejercer con nefasta efectividad: la
vigilancia de sus conciudadanos. No menos visible es que el Gobierno
sigue adeudando a la democracia una discusión profesional y política
sobre el rol que deben cumplir los militares que tribute a una pronta
reestructuración de las Fuerzas Armadas, unas Fuerzas Armadas acordes
con las necesidades estratégicas, económicas e institucionales de la
Nación.
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