Un Aporte para la Construcción de una Sociedad Sustentable
La Declaración de la Independencia
Gervasio
Antonio de Posadas (1814-1815)
José
Rondeau (no se hizo cargo)
Declaración de la independencia(1816)
Nosotros los americanos. Por Ignacio Anzoátegui
Agenda
de Reflexión
Número 86, Año
II, Buenos
Aires, miércoles 9 de julio de 2003
El
9 de Julio y la gran paradoja
de
la Independencia americana
Ignacio
B. Anzoátegui
[1905-1978] fue un eminente poeta argentino, “a caballo” entre la generación
martinfierrista y la del ’40. Amigo de Leopoldo Marechal (a quien consideraba
el primer poeta americano, por encima de Darío y de Lugones), fue un ferviente
militante nacionalista católico, corriente política de un significativo
desarrollo en su época. Pero en 1945, cuando el autor de Adán Buenosaires
adscribió al peronismo desde la primera hora, Anzoátegui viajó a España y se
incorporó a Falange Española. Publicó, entre otras obras,
Romances y jitanjáforas
(1932), Vidas de muertos (1934), La niña del ángel (1935), Tres
ensayos españoles (1938), Desventura y aventura del amor (1945), Cielo
y tierra: Doce horas de España (1948), De tumbo en tumba (1965), Allá
lejos y aquí mismo (1969) y Poemas sin guitarra (1975). Su hijo Martín
Anzoátegui fue un famoso juez Federal de los ‘70.
La Gaceta del Centenario es una publicación contemporánea de
Falange Española para conmemorar los cien años del nacimiento de José Antonio
Primo de Rivera, aniversario acaecido este año, el pasado 24 de abril. Allí se
publicó, en el Número 42, el siguiente artículo de Ignacio Anzoátegui, en el
que hace un polémico aunque muy agudo análisis de las relaciones
hispanoamericanas y de la enorme paradoja del proceso independentista, bajo el
inconfundible estilo falangista. Puede servir de acicate a la reflexión sobre
el carácter de una guerra civil en el seno del Imperio español -como la que
constituyeron efectivamente las luchas de la Independencia-, también sobre el
neo-liberalismo que hoy padecemos en España y en América, pero sobre todo
acerca del espíritu y del destino por el que pelearon nuestros padres.
Se
consigna en esa publicación española que el texto que transcribimos (como
tantas veces, a riesgo de enojar a muchos), cuya fecha desconocemos pero la
estimamos hacia la década del ‘40, fue tomado de
su libro Escritos
y discursos a la Falange,
editado por Santiago Apóstol
y Ediciones Nueva España, Buenos Aires, 1999, a su vez tomado de la Primera
Edición de la Asesoría Nacional de Formación Política del Frente de
Juventudes de Falange Española.
(Por
Ignacio B. Anzoátegui)
Alguna
vez habíamos de hablar de hombre a hombre los españoles y los americanos.
Hasta ahora habían hablado de masón a masón -como en los turbulentos días de
la desintegración del Imperio-, o de tonto a tonto -como ocurría en los días
interminables de los juegos florales de la tontería hispanoamericana-. Al
reinado de la recíproca masonería criminal sucedía el reinado de la cómoda
cursilería de la pandereta y del tango.
Nuestra
independencia se hizo con ruido de armas y con peleas a muerte; no con grititos
histéricos ni con pronunciamientos convenidos. Se hizo a la española, arriesgándolo
todo, desde la pequeña paz particular y cotidiana hasta la tranquilidad de una
vida honorable en aras de la aventura. Porque nosotros, los españoles de América,
también teníamos la preocupación española de tener razón siempre, por las
buenas o por las malas. Algún día se nos ocurrió independizarnos -quizá por
nuestra propia sangre española, quizá por la tentación insidiosa de los
enemigos de España- y nos lanzamos a la guerra magnífica. Allí peleamos los
españoles de América contra los españoles de Europa. Porque -es bueno decirlo
de una vez por todas- vuestra España oficial era inferior a nuestra España.
Vosotros
nos habíais dejado solos. No fue América la que renegó de España. Fue la
metrópoli la que renegó del Imperio. Vosotros vivíais una época en que los
Reyes españoles posaban para Francisco de Goya y nosotros revivíamos la época
en que pintó al César el pincel de Tiziano. Nosotros todavía soñábamos con
la conquista de Eldorado y vosotros habíais empezado a soñar con la conquista
de los Derechos del Hombre. Vosotros teníais, en materia política, vuestros
problemas de ministros y de favoritos y nosotros teníamos, en materia guerrera,
nuestros problemas de indios alzados y de portugueses. Vosotros creíais en la
posibilidad de descristianizar a Europa y nosotros creíamos en la necesidad de
cristianizar a América.
Del
testamento de la Conquista, vosotros os habíais quedado con los legados y
nosotros nos habíamos quedado con las cargas. Vosotros habíais trocado
capitanes por dirigentes y nosotros habíamos convertido a los encomenderos en
caudillos. Nosotros teníamos la enseñanza de una vida dura y vosotros teníais
el hastío de una vida fácil. Vosotros erais la verbena y nosotros éramos el
cuartel. Eramos el cuartel donde todavía las armas poseían un sentido militar
de alerta y de peligro. Todavía nuestras campanas eran las campanas de las
viejas ciudades de la Conquista, si alegres para tocar a bodas, si tristes para
tocar a muerte, forjadas para el rebato de la invasión inminente que, noche a
noche, desde la fundación casi de nuestra vida, nos amenazaba desde el río.
Aquí, en esta punta de América, solos en la extremidad del mundo, aprendimos a
ser punta de un Imperio. Aquí ganamos gloria de soledad y con la gloria ganamos
conciencia de esa gloria: conciencia y responsabilidad de sabernos con un
destino que España, que la Corte española, se hallaba entonces empeñada en
malograr.
Vosotros
nos habíais dejado solos. Pero nosotros éramos España. Un día los ingleses
se atrevieron a nuestras playas. Ellos sabían que estábamos solos, pero no sabían
que éramos España. Y la España que vivía en nosotros, la España de la
vencida Armada, la que si fracasó en un Lepanto contra el Protestantismo, fue
capaz de organizar contra el Protestantismo un Lepanto, la que aceptó de
antemano perderlo todo para ganarlo todo, esa España de sangre y no de papeles,
la de la turbulenta sangre que se derrama quizá porque no consiente la
acomodada regularidad de las venas, esa España, la España nuestra, la de los
conquistadores y de los misioneros, la de la heroica truhanería humana y
divina, se levantó en armas desde su pobreza aldeana para mostrar a Europa que
existía una América imperial todavía fuerte, no una América de hombres
nuevos nacidos de nadie -como lo pretenden nuestros historiadores oficiales-
sino de hombres de sangre española que no habían perdido la juvenil alegría
que infundió a su sangre la eterna juventud de la Conquista. Próceres
conquistadores buscaron en América la Fuente de Juvencia. Si fracasaron
entonces en el desengaño del mito, triunfaron en la afirmación de la sangre
que ellos derramaron y que había de ser semilla y fundamento y fuente de
juventud. La Fuente de Juvencia brotaba en la arena misma que hería la quilla
de sus barcos y en la tierra misma donde ellos ponían el pie. Porque América
les estaba señalada para que aquí se asentara la resurrección de España. América
no era tierra penitencial; era tierra resurreccional. España tenía todavía
demasiada simiente y su tierra estaba ya demasiado cansada. La sangre tenía
todavía demasiada juventud y el suelo tenía ya demasiada vejez. Por eso se le
señaló a la sangre la tierra de América; para que aquí pudiera continuar
fructificando en fruto español.
España
no había caducado. No había caducado su auténtica realidad. No habían
caducado sus poderes en América. Pero España se había transferido entera a la
tierra de América.
La
Corte representaba a España y, así, España parecía caída. Y, pareciéndolo,
estaba incapacitada para continuar siendo el centro de un imperio.
No
se deshace un imperio porque las partes que lo componen alcancen la mayoría de
edad. Se deshace porque el gobierno de la metrópoli entra un día en la
senectud. Terminada la empresa de los Austria, España -la Metrópoli española-
comenzó a envejecer. Las canas no eran ya consejo y experiencia que podía
seguirse o no seguirse; eran supersticiosa tiranía. Se habían acabado los
santos y empezaron las novenas amujeradas. Se habían acabado las conquistas y
empezaron las cuentas de administración. Se habían acabado los guerreros y
empezaron los políticos. Se habían acabado los fundadores y empezaron los
recaudadores. América comenzaba a sentirse sola. Y el liberalismo tenía la
culpa de todo eso.
Vosotros
os hicisteis liberales. Peor todavía: a vosotros os habían hecho liberales.
Vosotros
teníais en las manos los dos triunfos del juego -la cruz y la espada- y os
sentasteis a la mesa de los jugadores fulleros y os cambiaron los triunfos por
unas baratijas de la época. Os perdieron por falta de pasión. Vosotros habíais
sido los mayorazgos y nosotros habíamos sido los segundones. Los hijos de unos
y otros -los de España y los de América- éramos ya primos hermanos. Vosotros
nos mandasteis hombres que nos administraran y esos hombres traían bajo el
brazo El contrato social del pobre Juan Jacobo Rousseau o algún libro de
meditaciones de cualquier monigote francés más o menos tonsurado y más o
menos apóstata. Vosotros -los hijos de los mayorazgos- destruisteis la
conquista que nuestros padres -los segundones- habían ganado.
[...] Nosotros, los americanos verdaderos, no somos unos pocos hombres. Somos una fuerza; y la fuerza no se cuenta con los números; se la mide, pero no se la cuenta. Somos la juventud de América, la América futura que se ha empeñado en ganar un estilo y en imponerlo. Somos -estamos seguros de ello- un destino. Ayer éramos apenas los desesperados fieles de la esperanza. Hoy somos los firmes ejecutores de la realidad americana. Nada construimos, sino que destruimos. Sobre nuestra casa de piedra, el liberalismo había alzado su tablado de oratoria vana y de fácil declamación. Nosotros le prendimos fuego al tablado y pusimos al descubierto la insubstancialidad de la tramoya pintada y la fortaleza de la piedra imperecedera. Vosotros reconquistasteis a España cuando nosotros descubríamos América. Y América redescubierta y España reconquistada son una sola y misma juventud, una sola y misma fuerza que empuja desde el fondo de los siglos. Porque la España vuestra y la América nuestra no representan simplemente el triunfo provisorio de una generación de jóvenes. Son la juventud eterna; la juventud que se llama juventud para hacer rabiar a los viejos traidores. Vosotros y nosotros somos la eternidad; la eternidad de quienes se encontraron un día en la intersección de dos caminos y ese día comprendieron que sus caminos formaban una cruz.