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Estas líneas
pretendían ser una carta para algún amigo o amiga; pero he pensado que
publicándolas podría ser afortunado y leído por más personas que se solidarizaran
con algunos de mis numerosos quebraderos de cabeza. Me siento
tan lejos de todo y, sin embargo, tan cerca de la melancolía que todo
provoca, que no sé por donde empezar a ordenar ideas. Quizás tú, al igual
que yo, no recuerdas con certeza por qué viniste a esta ciudad. Pero tampoco
te atreves a dar el salto y dejarla. A fin de cuentas, creo que hay ya
demasiados pedacitos míos esparcidos por las esquinas de la vieja Edimburgo;
y, lo que tal vez es más importante, mi propio ser a conseguido asimilar
este lugar, este estilo de vida como algo casi natural y acostumbrarse
a la soledad entre gente. ¿Significará esto que estoy perdiendo mis raíces?
¿Será una extraña forma de renegar de ciertos aspectos de mi cultura que
nunca me llegaron a convencer? ¿Habrá logrado la intensidad de las buenas
y malas experiencias en este país superar la falta de espontaneidad de
muchas de las que tenía en el mío?
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