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A mis padres.
Desde las costas de Málaga se ve África. Cómo olvidarse.
En los meses estivales, cuando una conjunción rara de corrientes
caprichosas al calor y al frío despeja las brumas, es entonces
cuando desde las orillas malagueñas se puede vislumbrar, apenas,
la costa norteafricana, como hace tantos siglos, Tartessos, fenicios,
romanos, beréberes... lo mismo que un sueño andaluz y oriental.
Será porque hoy me encuentro tan al norte que me he acordado del
sur. Será porque donde quiera que voy soy, llevo el sur. El sur,
mi patria pequeña y fugaz. Hace varios días que recuerdo
la silueta de la jábega, forma pura, simétrica de la vela
latina en peligro de extinción, sobre el mar antiguo. Y cierro
los ojos y siento el aire de la mar enjuagándome la cara, como
a una niña adormilada, como la vez aquella en el barco de Gabriel,
el que pertenecía a su padre y al padre de su padre. Y estos recuerdos
ahora, viniendo a mí hoy, como a traición, sólo por
llenarme los ojos de sal. Y me acuerdo de La Roja con sus torres de canela,
de los olivares, de Federico. De Camarón. Cómo olvidarse.
Me acuerdo de las saetas y los balcones, de los cantares, de los vinos,
de Platero, del azul, del hueso en la taracea, del Quijote, de las guitarras
y las manos, mi ciudad con nombre de fruta, las cocinas... Y así,
no pasa un solo día en que no recuerde la tierra absurda que me
hizo absurda, mi patria pequeña y fugaz. El sur. Pablo Ruiz. El
sur de la pena negra, el de los celos, el de la gente de ley, el sur,
el genio, el artista del sur, su modestia, ojos morenos, ojos verdes,
sur de paredes tan blancas, de sentir histriónico, sur, pueblos
del sur. Ya soy y llevo conmigo la memoria del sur, desbordado y desbordante,
pero real.
En estas tierras celtas, altas, del norte, hoy, tan al norte de los míos,
estoy recordando y amando el sur, como antes, como siempre, con instinto
casi animal. Porque el mar aquí es el mismo pero no es el mismo,
y el cielo es igual pero no es igual. Porque en días como éste,
algo de aquí me dice, me cuenta en un idioma en que no pienso,
me hace despertar a un alma que no es íbera ni mora: y, aún
así, es la misma que va llorando por las esquinas de la ciudad,
hace más de mil años, arrastrando en al aire una pena que
es igual pero no es igual. Tierra de runas, he visto los cuencos de barro,
los monumentos a sus muertos, sus trajes enigmáticos, su estirpe
noble, sus bardos, su lengua de antaño, los poemas, su ademán,
guerrero, fascinante, los ojos claros del norte, sus gaviotas anacrónicas
las he visto también. Su música me confunde. Siempre. Eso
ha debido ser, con la misma violencia con que todo se confunde aquí.
Ya mi mente vaga cómoda por valles y lagos, y celebra con todos,
bebiendo y comiendo de su mano y de su mesa, como una ahijada más.
La ciudad me acepta otra vez como la vez primera, cuando deshojaba margaritas
con el tiempo menguando entre mis dedos; la ciudad me cuenta que secretos
en clave de verso limpio se echan al aire a cada momento, derrochando
arte y orgullo y nostalgia. Y amo y odio su patria, con la torpeza del
extranjero, como la ama y la odia el viento de la Tierra del Hielo que
va, y que viene y se va, pero no la deja nunca.
Será porque en alguna risa o en algún llanto mi alma se
partiría en dos, será porque estoy y no estoy, y quiero
estar y no estar, porque desde las costas de Málaga se ve África
debe ser que ahora, y que hoy, estoy yo aquí, queriendo irme y
queriéndome quedar. Será tal vez porque desde las costas
escocesas dicen que se ven ballenas errantes, o porque dicen que se ve
la aurora boreal. Tal vez. Sólo tal vez.
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