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Cuando Gates empezó a concebir la idea de la "cibercasa", sus sueños eran otros. Entonces iba de discreto y tímido por la vida, camuflado tras sus gafas de concha, incómodo en el papel de fulgurante estrella. Pensó en una casa "modesta" de unos 6.000 metros cuadrados, enclavada en una colina y respetuosa con el paisaje. Encontró el terreno adecuado en Medina, a 15 kilómetros de Seattle. En 1990 comienzan las obras. El presupuesto inicial era de 2.000 millones de pesetas.
Gates Confió el diseño a un arquitecto, James Cutler, de gran reputación en el Northwest por sus casas camufladas en los bosques. Aunque coinciden en la idea maestra, Gates sufre lo suyo para arrancar a Cutler ciertas concesiones.
Cutler es un "neoludita" convencido: le revienta la casa tecnológica. Apenas usa el ordenador, considera la televisión como un artilugio antisocial. Trabaja mayormente con madera reciclada y se niega a convertir la casa en una "tecnosfera".
El proyecto se amplía y se encarece. A Gates comienza a parecerle el monasterio de El Escorial. En esto llegó el matrimonio con Melinda French, ejecutiva de su propia compañía, que dice "si" pero con una condición: hay que introducir cambios en la "cibermansión". Vuelta a empezar. Melinda sugiere el nombre de un interiorista de Nueva York, Thierry Despont.
La batalla está servida: la escuela del Northwest contra la escuela de Nueva York. Resulta que Cutler y Despont son enemigos ancestrales, no se hablan. Bill Gates, vencedor de tantas batallas, permanece impotente a la guerra que ha estallado en el patio de su casa. Cada arquitecto trabaja con su propio contratista, lo que hace que se dispare el presupuesto, ya que lo que hace uno, lo deshace el otro.
En 1995 llega la niña, Jennifer K. Gates, y la casa de soltero se queda pequeña. Gates apremia a los obreros y se implanta el doble turno.
Los vecinos protestan por el ruido. Sigrid Cuyton, ex concejala de Medina, amenaza con denunciar las obras porque el polvo, dice, está causando graves trastornos respiratorios a toda la familia. Al final, los Cuyton deciden tirar la toalla y emigran a Seattle.
Una vecina se queja de roturas de cristales y temblores constantes, sesenta camiones pasan por la puerta de su casa al día, y hacen saltar en pedazos toda su porcelana china. Bill Gates, en persona, le pide perdón y todos tan contentos, aquí no ha pasado nada.
A Bill se le puede ver alguna noche armado con una manguera o con el palo de una escoba, dando instrucciones a diestro y siniestro para dejar todo como una patena. El vecindario se rinde al poderoso influjo del hombre más rico de la Tierra.
Aunque a Melinda no le gusta mucho la idea, Gates se ha emperrado en implantar el uso de un pin electrónico hasta en el último rincón. Prendido en la solapa, el pin sirve lo mismo para abrir puertas sin necesidad de llave, o encender la luz sin pulsar el interruptor, o caldear tu habitación a la temperatura ideal.
La cultura con mayúsculas también está presente, de las paredes cuelgan reproducciones de los cuadros más valiosos del mundo. En la biblioteca reposa uno de los códices más preciados de Leonardo da Vinci, adquirido por 3.700 millones de pesetas.
Quien sabe si dentro de un siglo los turistas visitarán la "cibermansión" de Bill Gates.
