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Antonia
anudó las cuatro puntas de la manta. Pedro tomó la ofrenda con sumo
cuidado y la acercó a su pecho; salvando las olas, entró en el mar
sumergiéndola jubiloso. Sirena cantó con voz aguda, intensa,
inubicable. Respondieron las caracolas desde las rocas y
las gaviotas, más allá y más acá de las nubes. El cielo y la
tierra se unieron a la inmensidad del harawi, en las playas de El
Silencio. |
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