STUDIA LITERARIA

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HOMBRE DE BIEN, PERO DE MUY POCA SAL EN LA MOLLERA: EL TRATAMIENTO DEL NARRADOR HACIA SANCHO PANZA (I, 7-10)

 

INTRODUCCIÓN

Una de las imágenes indelebles de la literatura universal es el dúo de don Quijote y Sancho Panza por los campos manchegos. Pero para concebir cómo puede conformarse este vínculo dentro de la acción en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, es necesario atender a la creación de los personajes como tales. En el caso de Sancho Panza, resulta indispensable, pues, acercarse al narrador, a sus funciones y al tratamiento que muestra hacia el personaje. Por ello, el presente análisis parte de dos ópticas integradoras; por un lado pretende abordar la problemática del narrador con respecto a Sancho desde que aparece en el capítulo 7 de la primera parte, a partir de categorías narratológicas como focalización, distancia, configuración narrativa, y establecer si existe alguna diferencia en este tratamiento una vez que se introducen recursos como el autor ficticio (Cide Hamete) y el editor-comentarista hacia el capítulo 9. Tangencial, pero simultáneamente, se verá la función de los diálogos, dado el carácter polifónico de la obra, a fin de redondear la perspectiva desde la que se configura al personaje, tanto desde el tratamiento del narrador, cuanto desde la cuestión dialógica. Para facilitar el desarrollo de la exposición de ideas, partiré de un análisis gradual capítulo a capítulo desde que Sancho Panza es introducido (capítulo 7), hasta su llegada, ya siendo escudero de don Quijote, a las chozas de los cabreros (capítulo 10).

 

  1. Hombre de bien, [...] pero de muy poca sal en la mollera

Desde el inicio, y al igual que sucede con la mayor parte del texto, está presente la clave irónica en la descripción de Sancho Panza.[1] El narrador heterodiegético se ubica a gran distancia del personaje; con todo, no hay un alto grado de objetividad, pues la primera caracterización se da a partir de un comentario burlesco hacia éste, que resalta una cualidad positiva (hombre de bien —sí es que este título puede darse al que es pobre—),[2] mientras la contrasta con la negativa (pero de muy poca sal en la mollera). A partir de aquí se prefigura una tónica ambivalente del narrador hacia Sancho que seguirá a lo largo de estos capítulos. El narrador aprovecha para introducir el motivo que subyace a la presencia de Sancho dentro de la historia y, por tanto, uno de los fundamentos para establecer el vínculo con don Quijote: la promesa de la ínsula para que aquél la gobernase, base de los diálogos posteriores entre los personajes. Asimismo, los comentarios del narrador, al tiempo que describen, van configurando.

En cualquiera de las situaciones, el narrador interviene para definir, describir, calificar o emitir juicios sobre lo que piensa o hace el protagonista o bien sobre la manera como perciben y reaccionan ante él los demás personajes, a cuyos puntos de vista también tiene acceso y a quienes en muchas ocasiones presta su voz. Sus intervenciones cubren un amplio rango, desde lo neutro hasta lo irónico y aun burlesco, en un progresivo movimiento de desapego con respecto al héroe. (Stoopen, 2002: 229).[3]

 

La distancia narrativa se va cerrando conforme el narrador va describiendo a Sancho y la institución del lazo con don Quijote, hasta que por fin se da a conocer su nombre; con lo cual se define la individualidad que ya había venido estableciendo desde el principio de la construcción del retrato, recalcada por el hecho de que es un labrador que cree irreflexivamente en las palabras del hidalgo. Esta credulidad, que será reafirmada a lo largo de los siguientes capítulos por el diálogo, es uno de los rasgos con los que se detiene el narrador. Este proceso de individuación tiene por objeto proveer al lector la identidad moral del personaje.

En este tiempo solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien —sí es que este título se puede dar al que es pobre—, pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo y prometió que el pobre villano se determinó salirse con él y servirle de escudero. Decíale entre otras cosas don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez podría suceder aventura que ganase, [...] alguna ínsula y le dejase a él por gobernador de ella. Con esas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos[4] y asentó por escudero de su vecino. (I, 7: 91-92).[5]

 

El narrador maneja dos planos temporales para acentuar sus apuntes sobre el personaje, el primero que tiene un marco más ajeno al desarrollo de las acciones (en este tiempo) y un segundo en el cual se regresa a la diégesis de las andanzas caballerescas (al amanecer se tuvieron por seguros...). Ahora bien, la descripción que se hace don Quijote de Sancho confirma y configura a este personaje a partir del plano idealista, en el cual éste último es una construcción en la que el narrador lo perspectiva con la mirada que tiene de él don Quijote, pues la forma en que va haciendo el retrato del personaje como escudero —estableciendo las diferencias en cuanto tal con respecto a los libros de caballerías—, es de acuerdo a la propia visión que se ha creado el hidalgo, el cual trastoca todo lo percibido por su mirada.[6] De nuevo, el narrador acude a la descripción para detallar tanto las diferencias irónicas, cuanto la especificidad de las causas (intradiegéticas) de Sancho para volverse escudero; ya que a diferencia de don Quijote que tiene la capacidad de configurarse a sí mismo, el pobre villano es modelado principalmente por el autor-narrador que lo va descubriendo poco a poco, mientras que su interactuar con los demás personajes sólo va revalidando este desarrollo y la descripción primaria.[7]

        Una vez que los personajes están en camino, el narrador toma primero una descripción de Sancho, quien también habla antes que el hidalgo:

Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. [...] Dijo en esto Sancho Panza a su amo:

—Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido [...]” (I, 7: 93).

 

Estas intervenciones de los diálogos añaden planos realistas dentro de la obra, amén de volver a sustentar el trazo de carácter del personaje. En esta delegación del acto dialógico a los personajes se pueden corroborar las impresiones que ha venido dando el narrador. Por un lado, el interés en seguir a don Quijote y, por otro, ofrece la confirmación de la existencia de la esposa de Sancho (vuelve sobre lo ya dicho dejó a su mujer y hijos), además de la confianza que empieza a fincarse entre el escudero y su amo, en la que la credulidad de Sancho está por probar que todas las decisiones de don Quijote, al menos hasta este momento, son por el bien de aquél.[8]

Yo lo dudo —replicó Sancho Panza—, porque tengo para mí que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios y ayuda.

—Encomiéndalo tú a Dios, Sancho —respondió don Quijote—, que Él dará lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.

—No haré, señor mío —respondió Sancho—, y más teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar. (I, 7: 94).

 

  1. «Yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice...»

Llegado el capítulo octavo, en el que inmediatamente comienza la aventura de los molinos de viento, el narrador focaliza la escena a través de los ojos de Sancho para reflejar el plano realista de la historia, frente al plano idealista de lo que don Quijote observa en su distorsión de la realidad.[9] Pareciera que el narrador a través de Sancho forma parte de la misma intención con respecto a don Quijote y ambos expresan el propósito del autor implícito hacia éste, i.e., demostrar lo irreal de la concepción del mundo de los libros de caballerías con los que don Quijote ha confundido la realidad (léase plano realista introducido en la obra). Lo anterior da prueba de dos diferentes planos narrativos —el de la intención y el de la perspectiva— tan sólo con el primer lance de este capítulo, la lucha contra los molinos, los cuales constituyen un cruce entre la diégesis y la representación del plano realista de la escena.

—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran. (I, 8: 95).

 

La narración, igualmente, se orienta de manera muy explícita hacia Sancho y lo nombra constantemente en estos capítulos. La insistencia sobre sus acciones y su configuración mueven el enfoque de los capítulos anteriores sobre don Quijote hacia este nuevo personaje, al acaparar la atención tanto para introducir los diálogos, cuanto para seguir su propio desarrollo; en particular, con uno de los rasgos con los que lo caracterizó el narrador al final del capítulo anterior: la empatía por don Quijote, demostrada al final de la batalla con los molinos de viento, en la cual, dicho sea de paso, se vuelve a manifestar el tratamiento ambivalente cómico-irónico; en esta ocasión, acerca del correr del asno: “Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.” (I, 9: 96). El diálogo subsecuente pone de relieve el enfrentamiento entre las visiones de ambos personajes; aunque como se verá en la aventura del vizcaíno más adelante, el narrador pone a Sancho como un crédulo de todo lo que dice don Quijote, dando pie a una justificación intradiegética de los maltratos de los que será objeto Sancho a lo largo del relato. De la misma forma, en este capítulo se comienza a dar la fundación del vínculo y del seguimiento de la caracterización prosopográfica: el narrador establece las condiciones fundamentales para entender el apego de Sancho y don Quijote en otros momentos de la obra: Sancho tratará de hacer que su amo entre en razón, pero como parte del constructo realista, aquél deberá atenderlo.

El autor-narrador también funda ciertos planos realistas que confirman la verosimilitud, así como el proyecto retórico establecido desde el prólogo (si se considera que el autor ficticio del prólogo es el mismo autor-narrador de los primeros ocho capítulos). Estos planos realistas que se identifican con la alimentación o con el dolor se establecen a partir de Sancho; con ello, el narrador introduce los diálogos en los que se hacen constar los designios del autor implícito, en tanto sigue configurándolo como personaje. Sancho sirve a intenciones ya no sólo narrativas, sino autorales a través de la descripción que se va haciendo de él, apoyándose en estos planos.

De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.

No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y, así, le declaró que podía muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella, que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que por entonces no le hacía menester, que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen. (I, 8: 97-98).

 

El narrador tiene la función de caracterizar a Sancho como dormilón, preocupado por comer y afligido por la falta de vino, con lo cual se establece de nuevo el tenor en el que se vincula a los demás personajes, la clave irónica del personaje, la forma en que está descrito y el modo como se introducen los planos realistas dentro del proyecto narrativo en lo tocante a la conformación.

No la pasó ansí Sancho Panza, que, como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día saludaban. Al levantarse, dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que la noche antes, y afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. (I, 8: 98).

 

A partir de aquí predomina la descripción de estos elementos a través del narrador que retoma el enunciado de la diégesis hasta el encuentro con los frailes de San Benito. Durante este lapso, se siguen trazando las diferencias y los esquemas que harán que Sancho reaccione de una u otra manera; de ahí la advertencia de don Quijote sobre su intervención en las batallas y la cual introduce un punto de cobardía en Sancho.

Un momento después, nuevamente se ponen frente a frente las dos visiones distintas entre el escudero y el hidalgo al aparecer los frailes de San Benito y sobre lo cual busca corregir Sancho la impresión alterada que tiene don Quijote. Ahora bien, en esta misma secuencia narrativa se muestra la actitud paradójica del narrador en la configuración del personaje; si en un momento anterior, Sancho era la voz de la razón frente a la locura de don Quijote, la aventura del vizcaíno en el camino de Puerto Lápice muestra la otra cara ambivalente, al recurrir al elemento cómico en la obra usando los rasgos prosopográficos que ya había descrito, para que al tiempo que sigue en el movimiento de configuración, pueda incluirse a Sancho como parte de la inversión de la mirada que lo afecta. Aquí también desempeña un papel importante el dialogo, pues aunque en un primer momento intenta corregir a su amo, después, el narrador reitera el carácter crédulo de Sancho ante las palabras de don Quijote.

Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él ligítimamente como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo, y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo, sin aliento ni sentido. (I, 8: 101).

 

  1. «Sancho Zancas»

En el poco espacio dedicado a Sancho en este capítulo (dado que la mayor parte refiere el hallazgo del texto del autor arábigo y el desenlace de la batalla con el vizcaíno) se ofrece a través de la descripción que hace el editor-narrador del cartapacio una respuesta manifiesta a cómo era físicamente Sancho, mientras lo ratifica por medio del par de sobrenombres con los que lo conoce la historia (ambos fieles a su descripción, pero burlescos, pues incluso uno de ellos no se vuelve a mencionar). El autor implícito crea la línea diegética y despliega su construcción de personajes en los llamados primer y segundo autores, quienes no están caracterizados por el autor implícito como distintos narradores (i.e., que tengan diversas intenciones y modos de narrar).

La voz del o los narradores, aunque así aparezca en la superficie del texto, no es autónoma; depende de esa instancia superior que la construye, el autor implícito, real sujeto de la enunciación ficcional, responsable de las múltiples estrategias textuales —comprendidas la naturaleza, funciones y comportamiento del o los narradores—, y quien, además, “soporta la responsabilidad de la intención de sentido de cada texto” —en su totalidad, añadiría yo, incluidas, en el caso que nos ocupa, las de las voces narrativas junto con las de los autores ficticios. (Stoopen, 2002: 284. Las comillas y cursivas son de la autora).

 

Una vez que retoma el hilo de la diégesis el llamado segundo autor, éste vuelve a salir de la historia, dejando que los personajes hablen. Manteniéndose a distancia puede seguir el mismo tono irónico, con lo posibilidad de añadir sus comentarios (opiniones sobre cómo son los personajes). La cuestión de los autores ficticios establece polifonía, pero no distintos modos de narrar, entendiendo por esto la forma en que los personajes pasan por el tamiz del narrador para su caracterización a fin de que puedan ser comprendidos, posteriormente, por el lector, el cual sólo puede tener recelos de la versión que se expone de los personajes en cuanto ingresa el editor-narrador, quien afirma que el autor árabe puede ser mentiroso. Dentro del complejo entramado de dispersión de las voces, ni siquiera el cambio de régimen del narrador a lo homodiégetico influye, dado que este punto de vista no se da respecto a la historia narrada.

En el capítulo 9, narrado en primera persona, el narrador se introduce en la historia como personaje y pasa del régimen heterodiégético al homodiegético. Allí relata el hallazgo del manuscrito que contiene la diégesis principal, o sea, la historia de don Quijote, respecto de la cual sigue siendo extradiegético. (Stoopen, 2002: 194).

 

 El único cambio está en que se añade la descripción física a la de actitudes. Hasta aquí, el trabajo del narrador en estos capítulos ha sido introducir a este nuevo personaje, darle una base descriptiva y de configuración para comprender sus acciones y reacciones (muy al estilo en que fue configurado don Quijote en el capítulo 1, pero a través de un proceso más prolongado).

Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía «Sancho Zancas», y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de «Panza» y de «Zancas», que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. (I, 9: 109-110).

 

La única probable diferencia del tratamiento y funciones del narrador tras la aparición del autor ficticio Cide Hamete y del editor-narrador es el hecho de que ya no retoma la descripción de Sancho desde el principio, exceptuando la caracterización física explícita, sino que mantiene una línea continua para ir revelando al personaje.

 

  1. Y sacando en esto lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y compaña

El análisis del presente capítulo presenta varios aspectos: por un lado, se sigue confirmando el mismo modo de narrar; esto es, los comentarios y la conformación de los retratos de ambos personajes que no se altera con la presencia del autor ficticio (Cide Hamete) y del editor-narrador, introducidos en el capítulo precedente. Aunque habría que hacer notar que a partir de aquí la forma en que se bosquejan los personajes ya no dependerá en tan alta medida de la mediación del narrador, sino que las ocasiones en que éste interviene se reducen y comienza a darse la realización de los personajes a través del diálogo; esto indica que las bases prosopográficas que se habían dado a partir de la incorporación de Sancho en el capítulo siete están casi completamente afianzadas y ahora ambos personajes proseguirán su desarrollo a partir de la diégesis que los pondrá en diversas situaciones siempre dialógicas con otros personajes, o entre ellos mismos.

Es evidente […] que don Quijote y Sancho son los personajes focales de la novela de Cervantes; el narrador rara vez los abandona para narrar acontecimientos ocurridos a otros personajes [...] Mas a pesar de que ambos son los personajes focales, la perspectiva autónoma del narrador se mantiene por el tono disonante de sus juicios. (Pimentel, 1998: 103. Las cursivas son de la autora).[10]

Tan pronto como inicia el capítulo, la focalización del narrador que se había detenido en el vizcaíno y en don Quijote regresa a Sancho, a quien se lo describe como atento de las acciones que acaban de ser relatadas, pues se plantea la reiteración de la anécdota ya esbozada por el autor-narrador de los primeros capítulos: la porfía sobre la ínsula, la cual espera obtener tras esta batalla. Hay un retrato del dolor en Sancho superado por el deseo de gobernar la ínsula que él piensa habrá ganado su amo tras el combate; con esto, se establece la continuidad del desarrollo del personaje y en el tratamiento que recibe del narrador al insistir, a través de un movimiento en el cual se aleja de la escena, en lo cómico de la pareja caballero-escudero. Vale la pena comentar que estos contrastes ambivalentes en el tratamiento del narrador al describir cómo el interés es más fuerte que el dolor corporal, contraponiendo las sensaciones, es uno de los tantos juegos cómicos que mueven a risa y que están basados en este principio antitético.

Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza, algo maltratado de los mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y rogaba a Dios en su corazón fuese servido de darle vitoria y que en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia y que su amo volvía a subir sobre Rocinante, llegó a tenerle el estribo y, antes que subiese, se hincó de rodillas delante dél y, asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:

—Sea vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado, que, por grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo.

A lo cual respondió don Quijote:

—Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a esta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos. Tened paciencia que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante.

Agradecióselo mucho Sancho y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga, le ayudó a subir sobre Rocinante, y él subió sobre su asno y comenzó a seguir a su señor, que a paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba. (I, 10: 112-113).

 

        Una vez que acaba esta descripción, el resto del capítulo, a partir del diálogo, introduce una serie de elementos que muestran la evolución del personaje y, paralelamente, ratifican lo ya narrado y que se ha querido implantar como parte de la configuración prosopográfica, algunos de cuyos formantes son constructos de un plano realista. Entre el diálogo se corrobora la opinión que se había manifestado acerca del valor de Sancho en el capítulo octavo y sobre la que se reitera en este capítulo, dado el miedo ante lo que pueda hacer la Santa Hermandad. Debe añadirse, también, otra característica que es la confirmación de su calidad, al ser categorizado como iletrado (lo cual se insiste en otra ocasión dentro del mismo capítulo).[11]

—Perdóneme vuestra merced —dijo Sancho—, que como yo no sé leer ni escrebir, como otra vez he dicho, no sé ni he caído en las reglas de la profesión caballeresca; y de aquí adelante yo proveeré las alforjas de todo género de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para mí las proveeré, pues no lo soy, de otras cosas volátiles y de más sustancia. (I, 10: 118).

 

        Con respecto al Sancho interesado que viene configurándose como tal desde su aparición, el comentario acerca del bálsamo de Fierabrás confirma este detalle de su personalidad ficticia.[12] Hasta aquí se van intercalando elementos que coadyuvan al proyecto mimético anunciado en el prólogo, con otros propios de la tradición de los libros de caballerías. Entre tanto, cabe hacer notar que la permanencia del tratamiento ambivalente destaca ahora en el diálogo al re-establecerse Sancho como una voz de la razón (tal y como lo intenta ante los molinos de viento y ante los frailes), frente a la cólera de don Quijote contra el vizcaíno, al conminarlo a que olvide su venganza: “—Advierta vuestra merced, señor don Quijote, que si el caballero cumplió lo que se le dejó ordenado de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del Toboso, ya habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no comete nuevo delito.” (I, 10: 116).

Una vez que se va marcando esta serie de elementos narrados como resueltos (la cuestión del bálsamo, la venganza, la ínsula) se retoman los planos realistas de configuración del personaje, planteados en los capítulos siete y ocho acerca de la alimentación y el descanso y que siguen añadiendo detalles a la distinción entre don Quijote y Sancho. Por lo demás, las breves intervenciones del narrador continúan en la contemplación de la escena ampliando un poco la perspectiva para poder considerar los diálogos en los personajes, aunque hay una mayor insistencia sobre Sancho. De la misma forma que el carácter de autor del primer narrador le permitía introducir sus comentarios con respecto a él, la faceta de editor del llamado segundo autor (que no es tal) le concede la misma facultad en un afán descriptivo, que gradualmente dibuja al personaje, sin perder la objetividad que le proporciona el estar fuera de la escena. De un modo similar, la forma en que se detalla la comida entre el caballero y su escudero muestra cómo a estas alturas de la narración ha quedado fijo y configurado el vínculo entre ambos. A partir de aquí comenzará un proceso de mayor interacción dialógica, no sólo entre ellos, sino también con los demás personajes que irán apareciendo, los primeros de los cuales serán los cabreros en el siguiente capítulo.

Y sacando en esto lo que dijo que traía, comieron los dos en muy buena paz y compaña. Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con mucha brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a caballo y diéronse priesa por llegar a poblado antes que anocheciese, pero faltóles el sol, y la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos cabreros, y, así, determinaron de pasarla allí; que cuanto fue de pesadumbre para Sancho no llegar a poblado fue de contento para su amo dormirla al cielo descubierto [...] (I, 10: 118-119).

 

CONCLUSIONES

A pesar de que la introducción de los autores ficticios, editores y traductores como parte de una serie de recursos a los que acude el autor implícito conlleva una problemática en el aspecto de la categorización de autores y narradores de la obra, no se puede afirmar lo mismo del tratamiento que se da a los personajes, pues éste parece no variar, a menos que se analice como parte de un plan narrativo más extenso, en el cual se pretenda desarrollar la configuración del personaje a lo largo de la obra. Si la historia acabase hacia el capítulo 9 y consideráramos lo que sigue como una continuación, entonces podría aseverarse que el tratamiento varía, aunque el cambio no sería perceptible de inmediato. Considerando la obra como una unidad (no sólo en El ingenioso hidalgo, sino también en la Segunda parte del ingenioso caballero), puede afirmarse que no existe una modificación inmediata en los elementos de la narración con la entrada del autor ficticio y del narrador que conforma. No obstante que no se altera el tratamiento de éste hacia los personajes (la descripción que hace de ellos), ni en los modos discursivos (tratamiento ambivalente, irónico y fuera de la diégesis), su intervención, conjuntamente a la del diálogo, son las instancias a las que puede adjudicarse la manera en la cual están configurados los personajes. Dado que el autor implícito sostiene todos los recursos narrativos del texto, él no se preocupa por caracterizar voces narrativas distintas; de ahí que el tono en que se narra y el tratamiento a los personajes desde su desarrollo, la distancia narrativa y la focalización no cambien. El ingreso de los autores ficticios y de un nuevo narrador implica que el autor implícito sigue a cargo de generar un solo modo narrativo y un sistema descriptivo; entre tanto, la interacción dialógica sirve para fortalecer aquello que se anticipa por medio de la voz narrativa. La mayor presencia del narrador antes de la entrada de la diseminación autoral y el retrato que hace se ve confirmada en los diálogos que comienzan a abundar posteriormente (hacia el capítulo diez), generando una evolución del personaje que ya no dependerá totalmente del narrador, pero que se funda en la forma en que lo ha ido perfilando. Es así que el proyecto narrativo-descriptivo-dialógico tiene como fin, entre comentarios y movimientos narrativos, la configuración de este singular personaje, que acompañará a don Quijote hasta que él y sus aventuras terminan.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Bal, Miekel. 1997. “Vers un narratologie visuelle: poétique du détail dans la narration. L’exemple de Proust », en María Concepción Pérez (ed.) Los géneros literarios. Curso superior de narratología (Sevilla: Universidad de Sevilla).

 

Cervantes, Miguel de. 1998. Don Quijote de la Mancha. Biblioteca Clásica, 50 (Barcelona: Crítica).

 

Imízcoz, Teresa. 1999. “El narrador en literatura. Su papel en el carácter ficticio y en la credibilidad del texto”, en Quién cuenta la historia. Estudios sobre el narrador en los relatos de ficción y no ficción (Pamplona: Eunate), pp. 17-49.

 

Pimentel, Luz Aurora. 1998. El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa (México: Siglo XXI- FFyL, UNAM)

 

Redondo, Augustin. 1998. Otra manera de leer El Quijote. Nueva biblioteca de erudición y crítica, 13 (Madrid: Castalia).

 

Stoopen Galán, María. 2002. Los autores, el texto, los lectores en el Quijote de 1605 (México: Universidad Nacional Autónoma de México / Universidad de Guanajuato / Gobierno del Estado de Guanajuato).

 


 

[1] Este tono antitético acerca de quién será el escudero de don Quijote ya había sido bosquejado en la primera referencia a Sancho (aún sin nombrarlo) en el capítulo cuatro.

[2] Resulta interesante este contraste en el que se bosqueja una empatía del narrador con el personaje por la opinión expresada; y que en otros momentos parece gozar con las pequeñas tragedias que les suceden cuando terminan apaleados.

[3] Una afirmación que podría ser igualmente válida para Sancho.

[4] Estas notas subjetivas del narrador con respecto a la personalidad —ficticia— de Sancho Panza, aunque no son propiamente tema de éste análisis, tienen un gran peso para establecer algunas causas de la diégesis y los diálogos posteriores.

[5] Todas las citas están tomadas de la edición de Don Quijote de la Mancha preparada por el Instituto Cervantes a carago de Francisco Rico (véase Bibliografía). Por tanto, sólo mencionó entre paréntesis, en numeral romano el tomo, tras la coma el capítulo, y después de los dos puntos, la(s) página(s) que corresponde(n) a la referencia en dicha edición.

[6] Esta cuestión se vincula con los cruces entre la visión de don Quijote y cómo éste también influye en el narrador. En este caso, el asno de Sancho es lo que provoca esta disparidad, al tiempo que añade otro rasgo del personaje: “Sobre todo, [don Quijote] le encargó que llevase alforjas. Él [Sancho] dijo que sí llevaría y que ansimesmo pensaba llevar un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho a andar mucho a pie.” (I, 7: 92. Las cursivas son mías).

[7] Con respecto a la descripción que ha hecho el narrador de Sancho dentro del plan de configuración de éste, “resulta particularmente significativo el que el autor no experimente la necesidad de describir a Sancho Panza cuando éste aparece por primera vez en el relato, [...] a diferencia de lo que pasa con don Quijote.” (Redondo, 1998: 203). Esto es importante porque el retrato físico no se presentará hasta el capítulo IX y también por la diferencia de tiempo que lleva al narrador configurar a su personaje (casi cuatro capítulos, comprendidos entre el VII y el X), a diferencia de don Quijote, quien es descrito y estructurado como tal en un capítulo (o en dos, si se considera que no está perfectamente caracterizado sino hasta la falsa investidura como caballero).

[8] Añádase dentro del plan de intenciones narrativas el hecho de que todo lo narrado pretende ser fielmente histórico, lo cual provoca una falsa objetividad en el tratamiento de los personajes, con todo y que hay comentarios subjetivos: “cuando el narrador se propone como finalidad de su relato el establecer la verdad de lo realmente acontecido, rompe con los límites que le son propios y se acerca al carácter del texto no ficticio.” (Imizcoz, 1999: 39). Todo, evidentemente, dentro de la línea ficcional de la historia.

[9] Aquí parece que la afirmación de Bal sobre la narración ha llegado a una de sus manifestaciones más patentes: “La narration n’est pas seulement compte-rendu d’aventures, d'événements; elle est aussi compte rendu de vision.” (Bal 1997: 17).

[10] A esto, Luz Aurora Pimentel añade que en la primera parte: “la perspectiva del narrador constantemente “corrige” las distorsiones cognitivas y perceptuales [...]” (Pimentel, 1998: 103. Las comillas son de la autora); una afirmación que debería matizarse con la entrada de Sancho a la diégesis, ya que a partir de ese momento él será quien trate de modificar esas percepciones erróneas.

[11] Puede que este rasgo sirva para apoyar, dentro de la diégesis, la credulidad de Sancho ante las palabras del hidalgo y letrado don Quijote.

[12] Aunque, tal y como se relatará después, el interés por el bálsamo desaparece una vez que Sancho experimenta sus terribles efectos, hasta el grado de maldecirlo (I, 17).

 


 

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