STUDIA LITERARIA

Página principal Textos de investigación Ensayos Enlaces Contacto Noticias FAQ'S Mapa del sitio

 

 

SITIOS Y EDIFICIOS EN 1600: HISTORIA, ARQUITECTURA Y LITERATURA EN LA GRANDEZA MEXICANA

En todo es grande México, y sería

o envidia o ignorancia defraudalle

la majestad con que se aumenta y cría

(Bernardo de Balbuena, La grandeza mexicana)

 

        No cabe la menor duda de la interrelación entre el conocimiento humano; ante esta aseveración, encontramos una de las más patentes muestras de ella en la cultura humanista de los siglos XVI y XVII. Al enfrentar tiempos lejanos en una literatura entreverada con situaciones históricas, se presenta la situación de distinguir lo objetivo real de la subjetividad del autor. En concreto, aplicando la anterior aseveración al texto de La grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena, quien trata de hacer una descripción de la ciudad de México hacia 1600, es una muestra de la mixtura entre la realidad novohispana del momento la cual toma forma de una descripción poética.

        ¿Hasta qué grado es fiel la descripción de los edificios que Balbuena menciona en su poema? Esta pregunta se vincula con la importancia que tenían las construcciones dentro del marco de una nueva ciudad capital del virreinato de la Nueva España, pues en La grandeza mexicana el sujeto lírico expresa su admiración por las construcciones, de lo cual se sigue el renombre que tenían para la época éstas y quienes estaban en ellas, cuyo análisis toma como punto de partida una línea de estudios literarios centrados en el valor histórico de la obra literaria como un documento que encierra una información de carácter social, económico, político del momento coetáneo al texto. Esto, desde luego, sin dejar de lado la ideología que puede expresar el autor, y el alto simbolismo que manejan las obras literarias alrededor de esta época (fines del S. XVI, principios del S. XVII).

        De lo anterior, se sigue una expresión literaria de un autor que posee un amplio conocimiento sobre su época en una gran variedad de ámbitos. La grandeza mexicana logra conjuntar no sólo los aspectos alegóricos y los elementos extraídos de la mitología clásica para lograr las metáforas, sino que manifiesta la interrelación entre el abanico de conocimientos artísticos y del mundo de la época.

        Para efectos de este análisis sobre algunos fragmentos del capítulo octavo de La grandeza mexicana, se averiguará la correspondencia entre los datos históricos y las alusiones poéticas sobre los sitios descritos en dichos fragmentos. Si bien en un terceto se expone poco, el análisis tratará de profundizar en esa relación entre la expresión poética y la objetividad de dicho discurso a través de una glosa[1].

En este capítulo, Balbuena se refiere a la religión no como objeto de fe precisamente, sino como razón de la existencia de muchas cosas admirables de México, lo mismo festejos que monumentos o construcciones y obras de bienestar social. [...] Balbuena llega a éste su penúltimo capítulo [...] logrando una magnifica relación de las órdenes religiosas y pasando luego a los templos que más le llaman la atención. (Domínguez, 2001: XXX. Las cursivas son mías).

        Antes de entrar a la descripción de edificios, cabe señalar que aun cuando algunos de los tercetos que se refieren a las iglesias, —en algunos casos describen los edificios y en otros aspectos de virtudes de los religiosos, tipo de enseñanza, y otros rasgos atribuidos a quienes ocupaban los edificios—; la glosa de los tercetos seguirá centrada en la importancia de lo arquitectónico o, en algunos casos, de lo histórico (pues sostengo que es una muestra de la interrelación de las artes y que es uno de los rasgos a considerar sobre la importancia que poseían dichos sitios como para ser nombrados en este poema) aunque se adaptará para ofrecer una breve interpretación a la alusión poética en sí.

La catedral metropolitana

Y de la catedral el cortesano

cabildo ilustre, que en virtud y ciencia

al mundo excede y gana por la mano

lleno de graves letras y eminencia,

de insignes borlas, varias facultades

de gran valor, gran peso y suficiencia. (105).

        Esta alusión a la Catedral de la ciudad de México está referida mucho más a quienes en ella están, es decir, presbíteros, doctores en teología, que al propio edificio. La referencia es clara puesto que estaba en plena construcción (ya que la Catedral con el diseño definitivo fue terminada hasta el siglo XVIII). A sabiendas de que el actual Zócalo era el lugar más importante, los españoles decidieron la construcción de una iglesia hacia 1535, aun cuando ya existía otro templo que había sido terminado tres años antes: “las basas de su pilares ochavados, que por cierto revelan ascendencia mudéjar, se hicieron utilizando monolitos prehispánicos. Componíase de tres naves, la central techada con armadura, los laterales con techos planos de vigas.” (Toussaint, 1962: 11). Empero, dicho templo estaba muy lejos de adecuarse a la magnificencia de otros edificios que existían en la época.

ALFARO: Da lástima que en una ciudad a cuya fama no sé si llega la de alguna otra y con vecindario tan rico se haya levantado un templo tan pequeño, humilde y pobremente adornado. [...]

ZAMORA: Por ser muy cortas sus rentas, no ha podido edificarse un templo correspondiente a la grandeza de la ciudad. [...] Más pues ya tiene a fray Alonso de Montúfar [...] ha grandes esperanzas de que muy pronto quede hecho como se debe y como tú deseas (Cervantes de Salazar, 1993: 48-49).

Por ello, bajo el reinado de Felipe II, se decidió la erección de un templo acorde con la esperada magnificencia de la ciudad. “Para no demoler el antiguo lugar de culto mientras se construía el nuevo, hizo comprar por 40 pesos un terreno cercano, propiedad de los padres franciscanos. Y fue en este terreno, en el año 1573, donde se iniciaron las obras, siguiendo el proyecto preparado por Alfonso Pérez de Castañeda, maestro real de arquitectura.” (Gattoni, 1985: 359). El proyecto fue tan grande que requirió la construcción de fuertes y extensos cimientos que pudiesen soportar la pesada estructura[2].

Santo Domingo

De la española antorcha que encendida

alumbra el mundo y reformó la tierra,

también del tronco de Guzmán nacida,

el clarín santo, a cuyo son de guerra

tiembla el infierno, el suelo goza y mira

más luces que el otavo cielo encierra.

Su templo, casa y su riqueza admira,

y el pulpito que dio a su regla el nombre

y a soplos, letras y virtud inspira [...] (107)

En estos tercetos, Balbuena remite al templo y convento de Santo Domingo de Guzmán[3] (la española antorcha que introdujo elementos como el rezo del Rosario y que reformó la tierra en el sentido religioso, a la par de los franciscanos)[4], y a los dominicos, encargados de la Inquisición y cuyas construcciones fueron de las más importantes junto con las de los monasterios franciscanos y agustinos (vid. infra. San Francisco y San Agustín). El mérito de este lugar se remontaba al menos a cincuenta años atrás en la descripción que hace Francisco Cervantes de Salazar del sitio, ensalzando la gran extensión del monasterio, la plaza frente a la Iglesia, las capillas para varias solemnidades, lo grande y elevado del templo y, dentro de un rasgo curioso de construcción, el hecho de que recibe agua limpia por varias cañerías ocultas y subterráneas desde Chapultepec. El templo tenía poco de tiempo de haber sido consagrado (hacia 1590). Según la descripción de Balbuena, hay una gran admiración por el templo que obedece a sus dimensiones:

La nave tenía 16 metros de ancho por 80 metros de largo aproximadamente, con crucero y capillas laterales en el presbiterio. [...] Un informe anterior [a 1571] menciona ocho capillas laterales [...] Ojea no dice que cada capilla tenía su propia ventana, a excepción de la situada bajo el coro, cegada por las escaleras que conducían al mismo. (Kubler, 1990: 318).

 

         El estilo arquitectónico de Santo Domingo mezclaba el del templo de Atocha (en Madrid) y la del Escorial (esta influencia se notaba en la portada). A lo imponente de la construcción se debe añadir la decoración dentro de ella: “el templo estaba cubierto con un alfarje de cedros con casetones dorados y azules y nueve tirantes dobles adornados de lazos, el cimbrorio era ochavado, igualmente de laceña, [...] por el exterior, el techo estaba cubierto con lámina de plomo” (Toussaint, 1962: 49).

San Francisco y San Agustín

y a la que de humildad puso renombre

el Serafín, en quien está el retrato

del nudo celestial de Dios hecho hombre;

con los que de su misma regla y trato

siguen descalzos de virtud la senda,

y al mundo dan de pie ventero ingrato.

Del famoso agustino la gran prenda,

en santidad y letras rico erario,

del libre mundo concertada rienda [...] (107).

Ambas órdenes religiosas, de corte mendicante y regular tenían una gran influencia hacia ese momento y sin duda se puede afirmar que las edificaciones consagradas a dichos santos se disputan la fama en la ciudad (pues, como ya se ha dicho, la catedral aún no estaba terminada). La alusión poética comienza desde el Serafín, Francisco de Asís; el nudo, alusión al cíngulo que usan los frailes. Siguiendo en esta línea, Balbuena vuelve a evitar la mención del edificio en sí. Los franciscanos llegados desde 1524, fundaron un monasterio; al año siguiente construyeron un pequeño templo, un atrio con cuatro capillas posas la capilla de San José de los Naturales a un costado (esta última poseía siete naves)[5]. El mismo Cervantes de Salazar destaca la importancia de este sitio cuando escribe:

ALFARO: [El atrio] es tan plano como el de Santo Domingo y en el centro tiene una cruz tan alta que parece llega al cielo [...] en las esquinas veo capillas cuyo uso será el mismo [que las de Santo Domingo][6]. [...] Su elevado techo descansa en altas columnas disminuidas, hechas de madera labrada, y en las que el arte ennoblece la materia (Cervantes de Salazar, 1993: 58).

 

“En los años de 1560 las jurisdicciones de Texcoco, Chalco, y Tacuba, recibieron la orden de disponer de 200 a 300 trabajadores cada una para el trabajo semanal de la Catedral, Santo Domingo, San Agustín y otras tareas.” (AGN apud Gibson, 2000: 398). Treinta años después, el convento de pequeñas dimensiones que databa de 1524 fue sustituido por una nueva edificación de más de treinta mil metros cuadrados de superficie.

Entre 1590 y 1602 se edifica un nuevo convento, ahora con gran capacidad: dos claustros, una iglesia. [...] El convento tenía numerosas obras de arte repartidas por corredores, retablos y hasta en los techos, lo que hizo de la escalera principal una especie de puerta al cielo. Sus múltiples funciones (hospicio, noviciado, centro administrativo, etc.) se reflejó <sic> en las grandes escalinatas, fuentes, tumbas, jardines, huerto, un enorme refectorio, portería y otras dependencias y servicios. (Rivera Cambas, 2004).

Con respecto al convento agustino, “recién llegados [los agustinos] se hospedaron por lo pronto, en el Convento de Santo Domingo y posteriormente en una casa de la calle Tacaba, mientras obtenían un solar adecuado para “hacer su vivienda”, a pesar de tener la prohibición de fundar convento en la Ciudad de México” (Romero de Terreros, 1951: 5. Las comillas son del autor; las cursivas son mías). Una amplia descripción sobre el aspecto de la construcción se encuentra en México en 1554, ya que en el texto se describe la alta estructura que requirió de profundos cimientos y cómo estos fueron construidos tras desaguar el terreno, asentar piedras con mezcla para levantar la estructura que posee techos de armadura. “Ricamente adornado de casetones está, en el templo y claustro, el interior de los techos que a manera de bóvedas descansan sobre arcos de piedra y entrelazados con maravilloso artificio.” (Cervantes de Salazar, 1993: 71). Hacia este momento, la construcción no ha sido terminada, pero para el momento en que Balbuena escribe el texto, el templo ya tenía 15 años de terminado aunque se le siguieron haciendo arreglos. La bóveda mezcla un estilo gótico y, posteriormente, añadiría toques de churrigueresco. “La iglesia resultó suntuosísima, cubierta con un alfarje ‘ricamente adornado de casetones, y cruzados y entrebuscados como maravilloso artificio’”, que descansaba sobre arcos de piedra.” (Romero de Terreros, 1951: 6-7. Las comillas simples son del autor).

San Ildefonso y los jesuitas

la compañía y santo relicario

del nombre de Jesús, su gran concierto

de profesos, colegio y seminario,

adonde al cielo vivo, al mundo muerto

está el único fruto que pariste

de tu sangre y virtud precioso injerto;

ángel en todo, porque en todo fuiste

su madre, y alma y cuerpo le criaste

con la dotrina y leche que le diste. (108).

 

Los jesuitas llegados a la Nueva España en 1571 poseían, hacia la época de la descripción de Balbuena, un peso específico en el ámbito educativo de la ciudad de México[7]. Su centro más importante fue el Colegio de San Ildefonso[8], fundado hacia 1588 y que fue utilizado como seminario para residencia de los estudiantes de la orden jesuita. Respecto a los tercetos de La grandeza mexicana se refiere a la virtud de los jesuitas que venían de ser fundados en 1540, y como se alimentan de la palabra divina que fueron a distribuir incluso en Asia. En el ámbito arquitectónico, la descripción del Colegio de San Ildefonso es la siguiente:

La construcción del conjunto inició con el Colegio Chico [...], cuya portada presenta en el nicho central la imagen de la Virgen del Rosario tallada en tecalli (alabastro poblano). El Colegio Grande ostenta en su fachada un relieve en mármol de San Ildefonso recibiendo la casulla de manos de la Virgen María, así como el escudo real de Castilla y León. El conjunto arquitectónico tiene tres niveles y se compone de dos áreas: la perteneciente al periodo barroco con tres patios (Chico, de Pasantes y Grande) es una construcción de mampostería con arcadas sobre pilastras y fachadas recubiertas con tezontle y marcos y cornisas de cantera (Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2004. Las negritas son del texto original).

El primitivo convento de la orden carmelita

La estrecha regla, donde en fino engaste

resplandece la gloria del Carmelo,

sin que el brocado entre el sayal se gaste;

del pío mercenario el santo celo

en rescatar, conforme a su instituto,

los cuerpos y las almas para el cielo; (108)

[...]

y las tiernas Descalzas, que pisando

las espinas del mundo no se espinan,

que amor en flores se las va trocando. (110)

Estos tercetos de Balbuena sobre la orden carmelita comienzan por referirse explícitamente a la estricta regla que tenía la orden; en efecto, esta orden era famosa por los ayunos y abstinencias cotidianos, son monjas de clausura, de oración contemplativa y las faltas se castigaban incluso con azotes o encarcelamiento perpetuo. Hacia estos años, Balbuena se refiere al primitivo convento en la ermita de San Sebastián Atzacoalco —el cual era un barrio de indígenas—[9]  que originalmente estaba ocupado por los franciscanos, quienes lo cedieron a la llegada de los carmelitas.

Por agencias del marqués de Villa Manrique, acompañados de él y enviados directamente por el padre Jerónimo Gracián los carmelitas llegaron a Ulúa, a bordo de la nave "Nuestra Señora de la Esperanza", el 7 de septiembre de 1585, entrando a la ciudad de México once religiosos, el 18 de octubre. Esta expedición a las Indias tenía un carácter estrictamente misional y debían realizar una fundación en estas tierras recién descubiertas. (México Desconocido, 2004a).

Las recogidas

Las recogidas, que los mal seguros

pasos del mundo vuelven y encaminan

a Dios con limpias almas y ojos puros. (109)

Balbuena escoge como otro de los edificios dignos de hacer mención (probablemente en un afán de hacer constar elementos moralizantes): la Casa de las Recogidas. La función principal que desempeñaba era recoger a las mujeres de la mala vida que se arrepentían (de allí que Balbuena se refiera que después de volver de sus malos pasos se encaminen a Dios) para reintegrarlas a la sociedad “como era natural [debido a su antigua vida] encontraban difícil ganarse el pan.” (Instrucción religiosa y eucaristía, 2004)

La escuela de María

Un Colegio en que ensayan y dotrinan

las tiernas niñas al amor del cielo

y a Dios desde la cuna las inclinan (109)

Este es uno de las pocas escuelas que se mencionan de manera clara (véase infra. Otros edificios) que había sido construido en 1574 para la instrucción primaria de niñas (al amor del cielo y a Dios desde la cuna las inclinan), anexo se encontraba el templo de la Enseñanza (todo esto ubicado sobre la actual calle de Donceles). “Este colegio se mantenía con el producto de 26 casas que tenía en propiedad.” (Instrucción religiosa y eucaristía, 2004)

Santa Inés

La Limpia Concepción, cuyas gargantas

suenan a cielo, y en aqueste fueron

de sus vergeles las primeras plantas. (108)

[...]

Y las de Santa Inés, cuya riqueza

muestra en su fundación el valor grande

de quien pudo salir con tal grandeza;

obra famosa, que por más que le ande

el tiempo en tomo siempre tendrá vida,

sin que en su duración la suya mande.

Si la obra de su autor es la medida,

está bien muestra ser de caballero

en nombre, en pecho, en sangre, esclarecida. (110)

Estos tercetos hacen alusión al complejo arquitectónico del Convento de la Inmaculada Concepción[10] y el Templo de Santa Inés Mártir[11] en la actual calle de Moneda. Los tercetos están dedicados a su patrono y fundador, Diego Caballero (caballero en nombre), quien apenas en 1599 había donado el terreno en el cual se establecerían el convento y el templo. El día 17 de septiembre de 1600 comenzó la vida conventual para 33 novicias (que representaban los 33 años que Jesucristo vivió en la tierra). La regla que se seguía era la de la orden de la Inmaculada Concepción, en la cual se incluía la vida de clausura y la penitencia, además de los votos monásticos de castidad, humildad y obediencia. La fama de la obra a la que se refiere Balbuena en el segundo terceto es debido a la concurrencia que registraba por las reliquias que poseía y por las indulgencias que se otorgaban a los asistentes. Con respecto a la arquitectura posee una sola nave, las portadas están dedicadas a Santa Inés (se representa la escena en que los ángeles la salvan de morir quemada) y al apóstol Santiago en el momento de su martirio, enmarcados en una estructura barroca[12].

El convento de las jerónimas[13]

Del divino Jerónimo el asiento

sobre tu sangre ilustre asegurado

famoso parto de un heroico intento,

adonde al noble fin de tu cuidado,

si el tiempo nos trajere al bien de verte

un dichoso remate está guardado. (109)

Aun cuando la fama que adquiriría con el tiempo, por haber estado en ese convento Sor Juana Inés de la Cruz, no había llegado, las Jerónimas, llegadas en 1553, ya eran bastante reconocidas en particular por su convento ubicado al sur del actual centro histórico. Sin embargo, padecieron por algún tiempo la falta de un lugar propio hasta la construcción del convento cuya titularidad se encomendó a Santa Paula.    

Fue la familia de doña Isabel de Barrios: su segundo esposo, Diego de Guzmán y los hijos de su primer marido Juan, Isabel, Juana, Antonia y Marina Guevara de Barrios, los que tomaron a su cargo el deseo familiar de fundar un convento de la orden de San Jerónimo [...] Juan e Isabel, los dos hermanos, compraron la casa del mercader Alonso Ortiz por 11,500 pesos oro común de 8 reales. Esta última fue la orquestadora de todo lo siguiente: la obtención de aprobaciones, el diseño arquitectónico y de la adecuación de la casa en convento, como la compra de muebles, de imágenes y de plata para los servicios religiosos [...] (México Desconocido, 2004b).

Otros edificios

Dejo otros oratorios inferiores

de ermitas, estaciones, romerías

santuarios de divinos resplandores;

colegios, hospitales, cofradías,

que no caben en número ni cuenta

ni yo la podría dar en muchos días. (111).

En estos versos los colegios y hospitales entran en Religión y Estado, pues muchos de los colegios y hospitales estaban administrados por órdenes religiosas, aunque pertenezcan a edificios civiles. Entre los más destacados de este tiempo se encuentran la Universidad, el hospital Real de Indios[14], San Juan de Letrán (escuela para mestizos), El Colegio de Cristo (1602), el Colegio de San Pablo, el cual era administrado por los agustinos desde su fundación en 1575, y el Hospital  del Amor de Dios o de las Bubas (que había sido prisión, y que fue convertido en sanatorio para los que padecían enfermedades venéreas), El Hospital de San Juan de Dios (fundado en 1582), el Hospital de San Bernardo destinado a los enfermos mentales Los hospitales de San Lázaro y San Antonio Abad para leprosos; los del Espíritu Santo y la Santísima. El número de hospitales era en total de 12

        Destacan dos edificios en esta época: el Hospital de Jesús (por nombre completo el Hospital de la Purísima Concepción y Jesús Nazareno) y El Colegio de la Santa Cruz en Tlatelolco; sobre el primero se sabe que “La planta del hospital era similar a la de las Casas viejas, y cubría un terreno extenso (93 128 varas)[15]en la esquina sureste de la traza. Su forma definitiva debía comprender un templo y cuatro grandes edificios que encerraban dos patios.” (Kubler, 1990: 229).

        Otro de los colegios importantes es el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco que ya tenía casi 70 años en funcionamiento (había comenzado en 1536, y estaba administrado por los franciscanos) dando clases de gramática en lengua indígena. Sobre el aspecto arquitectónico de este sitio se sabe poco, excepción hecha de las fechas de construcción y restauraciones.

Los estudiantes indígenas residieron en un principio en construcciones de adobe que amenazaban con derrumbarse. Se requería de un nuevo edificio, y los patronos propusieron una construcción de dos pisos, que albergara biblioteca, dormitorio y salones de clase. En 1538, se iniciaron las obras. No se sabe nada de su aspecto, pero ya para 1560 el edificio estaba bastante deteriorado, y sólo en el último cuarto de siglo la construcción fue remozada. (Kubler, 1990: 228)

Como resumen de lo anterior se puede afirmar que si el propósito de Balbuena es escribir las excelencias de México, él requería conocer no sólo la fama de los que ocupaban los edificios, sino también estos. Hay una interrelación entre lo material y lo humano que se manifiesta en este estilo de describir las grandezas de la nueva urbe que va creciendo, siguiendo una línea intermedia entre los cronistas, que también describen los edificios de la ciudad como el mismo Cervantes de Salazar y otros no tan conocidos, y la poesía que se entremezcla en La grandeza mexicana para hacer un recuento parcial de los edificios más representativos de la ciudad a fin de presentarlos a Doña Isabel de Tobar. Por tanto, puede suponerse que Balbuena está tomando en cuenta a su receptor para la creación del poema y los contenidos de éste, de lo cual puede seguirse que le sea importante recalcar lo propio de los edificios más representativos de la ciudad  Historia y literatura se entremezclan en el discurso poético de manera indisoluble y traen consigo otras artes como la arquitectura, aun cuando la interrelación no se manifieste de manera explícita, tal y como el sujeto lírico expresa que todo en este discurso está cifrado. Además, el hecho de que mencione esos edificios y les dedique un terceto explícito, al tiempo que deja de lado otros santuarios, revela, tal vez de modo subrepticio, una subjetividad que aflora en el texto, o el hecho de que no quiere dejar de mencionar esos edificios por algunos de sus rasgos que, considero, tienen que ver más con lo material que con aquellos que en ellos residen, pues ya en el capítulo tercero del texto, Balbuena, por medio del sujeto lírico, expresa su gozo por la grandeza de edificios y el estilo arquitectónico de manera más explícita, aunque sin referirse a ningún edificio en concreto sino como en una especie de retrato general; mientras que en el capítulo octavo menciona los edificios y con pocas alusiones a lo arquitectónico; no obstante lo cual, el estudio histórico y arquitectónico de estos sitios permite no sólo acercarse a los ojos del poeta y a la manera en que percibía la ciudad de México hacia 1600, con sus sitios y sus edificios, sino también ingresar en el análisis literario a partir de las motivaciones que subyacen en la creación poética.

BIBLIOGRAFÍA

Antiguo Colegio de San Ildefonso. 2004. “Arquitectura: El edificio. Descripción arquitectónica”, en San Ildefonso en el tiempo.                                                                                                                  http://www.sanildefonso.org.mx/en_el_tiempo_arqui.php (25 de mayo de 2004).

Balbuena, Bernardo de. 2001. La grandeza mexicana. “Sepan Cuantos...”, 200 (México: Porrúa).

Cervantes de Salazar, Francisco. 1993. México en 1554. BEU, 3 (México: UNAM).

De Gante, Pablo C. 1954. La arquitectura de México en el siglo XVI (México: Porrúa).

Domínguez, Luis Adolfo. 2001. “Estudio Preliminar”, en Bernardo de Balbuena, La grandeza mexicana. “Sepan Cuantos...”, 200 (México: Porrúa).

Gattoni, Giulianna. 1985. “Una iglesia para Nueva España”, en Maravillas del mundo.Volumen 3. (Barcelona: Salvat).

Gibson, Charles. 2000. Los aztecas bajo el dominio español 1519-1810. Colección América Nuestra, 15 (México: Siglo XXI).

Instrucción religiosa y eucaristía. 2004. “Lo que el clero ha hecho en México en bien del pueblo”, en La verdad Católica                                                                                                             http://laverdadcatolica.org/lo%20que%20el%20clero%20ha%20hecho%20en%20mexicoen%20 bien%20del%20pueblo.htm (26 de mayo de 2004).

Kubler, George. 1990. Arquitectura mexicana del siglo XVI. (México: FCE).

México Desconocido. 2004a. “La orden carmelita”, en México Desconocido online. http://www.mexicodesconocido.com.mx/espanol/historia/colonia/detalle.cfm?idcat=1&idsec=2&idsub=13&idpag=1401/ (18 de junio de 2004).

———. 2004b. “La orden jerónima”, en México Desconocido online.                                                        http://www.mexicodesconocido.com.mx/espanol/historia/colonia/detalle.cfm?idcat=1&idsec=2&idsub=13&idpag=1278/ (18 de junio de 2004).

Parroquia de Santa Inés Mártir. Folleto[16]

Rivera Cambas, Manuel. 2004. “Iglesia y ex-convento de San Francisco”, en Ciudad de México. Plaza de Santo Domingo. http://www.mexicocity.com.mx/Sanfranc.html.                                              (26 de mayo de 2004).

Romero de Terreros, Manuel. 1951. La Iglesia y Convento de San Agustín. Ediciones del IV centenario de la Universidad de México, II (México: Instituto de Investigaciones Estéticas-UNAM).

Toussaint, Manuel. 1962. Arte colonial en México. (México: Instituto de Investigaciones Estéticas-UNAM).


[1] Todas las citas están tomadas de la edición del texto de La grandeza mexicana editado por Porrúa (véase Bibliografía) y, por ello, sólo señalaré entre paréntesis el número de página al final de los tercetos que se analizan.

[2] Como dato adicional, esta segunda catedral (la que fue construida aprovechando el terreno comprado) tardó cien años en edificarse y sufrió severos daños —junto con muchas construcciones más— durante la inundación de 1629.

[3] Hacia 1736 se edificó un segundo convento de estilo barroco para suplir al original.

[4] El octavo cielo es donde están las estrellas fijas, que en la Divina Comedia de Dante es la residencia de los ángeles, de ahí la comparación con los dominicos.

[5] La capilla tipo mezquita era un espacioso recinto de planta cuadrangular que constaba de varias naves, generalmente siete, suyos frentes estaban abiertos y miraban al atrio. Presentaba dicha forma la iglesia de San José de los Naturales. [...] Era el templo más grande que existía en la Capital durante la primera década que siguió a la Conquista, y se ufanaba de ser su primera parroquia. (De Gante, 1954: 147).

[6] Se refiere al uso que Cervantes de Salazar narra de las capillas de Santo Domingo. Según él, en las solemnidades, debido a la gran cantidad de personas que se reunían, las capillas servían para detenerse a orar.

[7] A esto debe sumarse las grandes celebraciones que organizaron en 1578 por el arribo de unas reliquias a México (que incluían una espina de la corona con la cual hicieron mofa de Jesucristo en su pasión). Refiero a más información en Beatriz Mariscal (ed.). Carta del padre Pedro Morales (México: COLMEX, 1994).

[8] El aspecto contemporáneo del Colegio de San Ildefonso difiere en parte del original del S. XVI, debido a las remodelaciones que se le hicieron hacia el S. XVIII.

[9] El Convento del Carmen en San Ángel sería construido hasta el 1615. Cabe hacer notar que el convento carmelita de San Sebastián es el único edificio a los que alude Balbuena en el capítulo VIII de La grandeza mexicana que no se encuentra dentro de los límites del actual Centro Histórico.

[10] Aunque se debe señalar que existe otro Convento de la Concepción al que ya hace referencia Cervantes de Salazar y que se ubica en la actual calle de Belisario Domínguez.

[11] Este convento fue convertido en el Museo José Luis Cuevas, el templo permanece para el culto católico, aunque está administrado por la orden salesiana desde 1904.

[12] El templo sufriría modificaciones en el S. XVIII a raíz de una reparación en la que intervino Manuel Tolsá, quien daría un corte neoclásico a todo el complejo arquitectónico. Hago constar que mucha de esta información está inscrita en una placa dentro del templo y en un folleto editado por la parroquia; éste último no posee dato alguno de edición (fecha o autor o responsable, ni numeración de páginas), por lo cual no puedo citarlo adecuadamente.

[13] Como dato adicional, debe decirse que uno de los capellanes del convento fue el poeta Hernán González de Eslava.

[14] Otro lugar destacado de la cultura, pues también funcionaba como corral de comedias.

[15] Aproximadamente 70 000 metros cuadrados, lo que implica que cada lado mide poco más de 250 metros.

[16] Véase la nota 12.


Copyright © 2004-2005 por Alejandro Velázquez. Todos los derechos reservados.

Correo-e del autor

 

Hosted by www.Geocities.ws

1