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PROTÉGENOS, SEÑOR, DE LA DIFTERIA. MEDICINA Y LITERATURA EN SIN RUMBO
La interminable lucha del hombre contra las enfermedades es, sin duda, uno de los elementos que ha marcado toda la cultura. A lo largo de la historia ha habido enfermedades que han marcado un hito dentro de la sociedad; tales como el SIDA y el cáncer en nuestros días; en el siglo XIX, la tuberculosis; la peste bubónica en la Edad Media; ejemplos todos del perenne combate que se establece con el fin de erradicar la enfermedad, el dolor y la muerte de entre nosotros.
En la literatura se ha reflejado mucho de esa lucha, aunque es más notable en el aspecto de las enfermedades infantiles, pues sus víctimas son, a los ojos del lector, prospectos de vida arrancados de cuajo. En este análisis trataré cómo, dentro del naturalismo literario, el recurso de la enfermedad remite, en última instancia, al carácter cientificista que interviene dentro de la trama como causa de otra acción; todo esto a partir de la novela Sin rumbo del argentino Eugenio Cambaceres.
En esta obra, la hija del protagonista, Andrea, muere a causa de la difteria. Esta enfermedad no es un elemento meramente anecdótico. Cambaceres detalla minuciosamente en el texto el desarrollo de la enfermedad, los síntomas y el tratamiento en un afán realista y científico, en el cual la figura del médico desempeña un papel fundamental. En medio de este marco, se demuestra, por un lado, la cortedad del conocimiento científico de la época que, a pesar de los grandes avances, aún es vencida por una naturaleza no domada de manera absoluta (una de las metas del desarrollo tecnocientífico)[1]; por otra parte, este factor interviene dentro del desarrollo del personaje Andrés (también percibido con un afán científico en el cual los eventos externos desencadenan una reacción): «En el momento en que piensa haber encontrado en su hija el rumbo salvador, la muerte de la niña pone un término a sus esperanzas y a su propia vida.»(Cymerman, 1999: 38).
Breve marco histórico sobre la difteria
La difteria es una enfermedad descrita desde los tiempos hipocráticos. Casi 800 años después, Aetius de Amida habla de lesiones escaróticas y pestilenciales de las tonsilas, pero no será sino hasta el siglo XVII cuando varias epidemias en España fueron descritas por Fontecha, Heredia y otros.
La enfermedad fue denominada garrotillo, por su semejanza con la muerte por el garrote, forma de ejecución en España. De esa denominación puede deducirse que se trató de angina y crup diftérico, pues la muerte por el crup es la que puede asemejarse a la producida por la pena del garrote. (Herrán y Manzullo, 1952: 54).
Hacia 1821, el francés Pierre Videle Bretonneau da a conocer sus investigaciones acerca de esta enfermedad en su trabajo Sobre las inflamaciones especiales del tejido mucoso y en particular de la difteria o inflamación peculiar conocida con el nombre de crup, angina maligna o angina gangrenosa. La enfermedad fue denominada difteria del griego, difqera, esto es membrana, porque una de las características de la enfermedad era la aparición de membranas en la laringe que conforme progresa la enfermedad bajan por la tráquea hasta asfixiar por completo al afectado. Finalmente, la bacteria causal de la enfermedad, la Corynebacterium difhtheriae fue descrita por Klebs y Loeffler hacia 1883-84.
Esta enfermedad tuvo un gran impacto en el siglo XIX en varias epidemias que azotaron con mediana intensidad países como Estados Unidos, España y Argentina (de lo cual se puede extraer la conclusión del conocimiento del autor sobre la enfermedad), entre otros. Francisco de Lucientes y Goya reflejó en uno de sus cuadros a un niño afecto de garrotillo mientras era examinado por un médico. El pintor puntillista francés, Georges Seurat, sucumbió a la enfermedad en 1891. En EUA, un médico rural describe la situación hacia 1870, escasos quince años antes de la publicación de Sin rumbo:
“Protégenos, Señor, de la difteria”. Aquellas palabras que mi padre pronunció un día sonoramente con las oraciones de la mañana, fueron mi primer roce con la tragedia de la enfermedad. [...] Ocho de los nueve hijos de una misma familia habían muerto de difteria en diez días. [...] La historia de casi todas las familias revelaba que por entonces (era el decenio de 1870) habían perdido uno o varios miembros por enfermedades de la niñez. La difteria era la peor de ellas [...] (Hertzler, 1969: 185).
La difteria de Andrea y la depresión de Andrés en Sin rumbo
«La difteria es en la actualidad una enfermedad que afecta a casi todos los países del mundo de clima templado o frío.» (Herrán y Manzullo, 1952: 61); en efecto, Cambaceres describe las condiciones meteorológicas anteriores al inicio de la enfermedad en Andrea: «De pronto silbó el viento, los árboles crujieron, se sacudieron, una nube de hojas voló entre una nube de polvo; gruesas gotas salpicaron el suelo, sonaron como tiros en el techo de hierro del galpón, acribillado un momento después por la descarga incesante y furiosa de la lluvia.» (Cambaceres, 1999: 211). Aunque debe quedar claro que el súbito inicio de la enfermedad (en el transcurso de esa noche) es parte de la ficción literaria[2].
El timor mortis hace su aparición en Andrés quien, tras su vida disipada, ha tratado de enmendar el rumbo. La auténtica preocupación que siente por su hija será puesta a prueba por las leyes ocultas que gobiernan el universo, en palabras del autor, a través de la enfermedad que afligiría a Andrea; de aquí se sigue toda la lucha humana contra la enfermedad la cual finalizará con la muerte. No obstante, Andrés trata de apartar esas ideas, recluyéndose en una burbuja de plástico mental, y asegurándose que la tragedia no lo puede golpear.
Es de notar que a cada etapa de la enfermedad en Andrea le corresponde una reacción en la figura de su padre, no sólo de corte físico sino en su ánimo. Antes de iniciar la enfermedad, Andrés ha recobrado el curso de su vida, tras pasar un período totalmente disoluto con una cantante; sin embargo, el sentimiento de culpa aflora ante la presencia de un Dios justiciero de quien él teme que, en algún momento, le pase factura por sus acciones. El miedo a morir recae en la persona de su hija. El autor tiende un segundo hilo narrativo en el cual se describe la depresión que va atrapando a Andrés, subordinado a la trama interna de la difteria de su hija. En ambos casos, lo somático y lo psíquico tienen el mismo destino: la muerte.
Una vez que la enfermedad se manifiesta, empieza el desfile de síntomas, entre los cuales el más importante es el crup diftérico[3]: «La encontró sentadita [...] Respiraba difícil, fatigosamente, como si el aire pasara al través de un velo por su garganta. La atacaban accesos bruscos de tos, de una tos dura y seca que parecía desgarrarle el pecho.» (Cambaceres, 1999: 216). Esta descripción corresponde fielmente a un clásico caso de difteria grave y maligna.
En los casos graves y malignos no tratados oportunamente [...] el proceso desciende a la laringe y a la tráquea de modo peligroso. Esta propagación (forma progresiva) se manifiesta por ronquera, tos, especialmente por la llamada tos crupal o perruna característica [...] la respiración se vuelve áspera, estridulosa y silbante [...] y hace que los niños estén sentados y con la cabeza dirigida hacia atrás. En España, esta situación se denominaba garrotillo [...] (Sans-Sabrafen, 1978: 888. Las cursivas son mías).
Destaca que los remedios prácticamente caseros que intenta aplicar Andrés a su hija son inútiles. En efecto, el tratamiento efectivo con suero antidiftérico aún no ha sido descubierto cuando Cambaceres escribió la novela y no será sino hasta 1890 cuando se den los primeros ensayos en este sentido. Por ello, el tratamiento con el vomitivo de hemético (sic) sólo da un alivio temporal, al igual que el vaporizador de trementina. En el lapso entre la aparición de la enfermedad y la llegada del médico, la condición de la niña se agrava. Igualmente, el primer tratamiento que ofrece el médico a través de la cauterización de la garganta[4] para hacer que Andrea expulse las membranas, sólo ofrece un descanso a la enfermedad, pues entre tanto los síntomas como la fiebre, la debilidad, la ronquera y los accesos de tos persisten.
La ciega confianza en la ciencia sólo probara ser una amarga decepción, de ahí el fracaso de los tratamientos con vaporizadores y vomitivos, el fracaso del médico y la traqueotomía realizada a destiempo. Asimismo, el fervor religioso, la fuerza benefactiva del amor, todo es una muestra para Andrés de que el anhelo humano se ha estampado con algo mucho más poderoso y que rige su destino. En ese momento, Andrés queda, literalmente, sin rumbo. Ha sido testigo del fracaso de todo aquello en lo cual estaba cifrada su confianza y, al irse extinguiendo la vida de su hija, «Ella [Andrea], la dulce criatura que le había enseñado a amar y a perdonar, a no ver sino lo bueno en los demás, a buscar sólo lo honrado y lo puro de los otros [...]» (Cambaceres, 1999: 200), se va apagando su esperanza en la vida. Había logrado un cambio interno de su anterior vida disipada gracias a su hija, y lo demuestra en un auténtico dolor cuando sufre una crisis nerviosa ante el lecho de enferma de su hija. La desesperación se apodera de Andrés; recuerda a familias conocidas suyas que han perdido a sus hijos por la enfermedad; de pronto, su actitud respecto a la vida y al mundo cambia. Ha encontrado que el enemigo no siempre es capaz de ser vencido, y que la naturaleza tiene métodos más efectivos de descargar su furia.
¡Ah!, si era cierto que había un Dios y si así castigaba Dios a los buenos, ¡qué derecho tenía él, Andrés, para atreverse a esperar la protección del cielo! [...] Una sorda irritación lo sublevaba [...] Habría querido que eso que le mataba a su Andrea, la enfermedad cobarde y traidora, revistiese una forma humana, material [...] Pero nada le era dado hacer [...] Sólo un milagro, sólo Dios podía salvarla [...] Él..., ¡oh!, ¡él había sido un bellaco, un miserable, que purgara sus culpas, que el cielo lo castigara era justicia!
Pero ella la pobrecita, ¡que había hecho..., ella, la inocente, que ni tiempo de vivir había tenido! (Cambaceres, 1999: 219, 221).
A la llegada del médico, éste se percata del ánimo de Andrés e incluso, casi a pesar suyo, trata de darle esperanzas tratando de atenuar el diagnóstico de crup al sostener que tal vez pueda estar equivocado y que éste no siempre es mortal. Cambaceres establece un paralelismo entre la enfermedad física que va minando a Andrea, y cómo ésta va mermando el espíritu de Andrés quien, a su vez, acusa el sufrimiento por su hija en su faz.
Pálido, abatido, desfigurado, acusando haber sufrido en pocas horas lo que sólo es posible sufrir en largos años, permanecía Andrés al lado de su hija, sin apartarse de ella un solo instante, sin querer salir del cuarto, rehusando alimentarse, reposar, dormir (Cambaceres, 1999: 226).
Los tratamientos inadecuados para hacer remitir a la enfermedad conducen a ésta hacia la última fase: «En la nueva faz que revestía la enfermedad, la niñita parecía descansar, profundamente dormida. Pero estos síntomas halagadores para el padre, lejos de tranquilizar al médico, fueron a sus ojos seguro pronóstico de un fin cercano.» (Cambaceres, 1999: 229). Es de notar la fidelidad a los aspectos médicos de la difteria que, como se verá, marca incluso el tratamiento más obvio y que será practicado en Andrea: una traqueotomía. Ésta es el último remedio, pero si es aplicado demasiado tarde generalmente no tiene ningún efecto en la condición del paciente; es por ello que la hija de Andrés termina sucumbiendo ante la enfermedad.
Si no se hace a tiempo la intubación o traqueotomía, la enfermedad entra en la última fase, con el cuadro de intoxicación acidocarbónica[5] progresiva; los accesos asfíxicos se van haciendo más raros y el paciente se va quedando más tranquilo, hasta que muere sumido en el más profundo coma. (Sans-Sabrafen, 1978: 889).
Dentro de este cuadro, Cambaceres demuestra un gran conocimiento de medicina, —incluso de los tratamientos para la difteria—, a la vez que es patente que la ciencia médica aún no era muy explícita en ciertos ámbitos, como en las teorías de agentes causantes de las enfermedades (que acababan de ser postuladas por Robert Koch quince años antes, y el descubrimiento la bacteria que provocaba la enfermedad apenas un año antes de que fuese publicada Sin rumbo). Por ello, el autor desconoce que la difteria es causada por una bacteria (véase supra. Breve marco histórico sobre la difteria) y no por un virus, como él afirma.
La enfermedad, el agente misterioso, el adversario implacable, la infección secundaria[6] invadiendo el organismo de la desdichada criatura, pudriéndola en vida el virus ponzoñoso de la difteria. (Cambaceres, 1999: 233. Las cursivas son mías).
Simultáneamente al hecho de que las esperanzas de salvación de la niña se van consumiendo, también la esperanza de Andrés en la vida se va apagando. Sus preguntas al médico van orientadas en ese sentido salvífico quien busca convencerlo de que la enfermedad de su hija no es un caso desesperado. Incluso las tragedias que ocurren en sus tierras a causa de la tormenta son puestas en un segundo plano. Andrés ha pasado de una preocupación por lo inmanente hacia centrar su atención en el sentimiento del amor hacia su hija; si es necesario, creerá en Dios con tal de que Él la salve. Pero, ante el fracaso de todo, él se ve en la necesidad de arrancarse la perra vida de cuajo.
En suma se debe notar, por un lado, el alto grado de verosimilitud y de realismo en los conocimientos médicos de Cambaceres que son introducidos en la obra y que representan un desarrollo de la enfermedad de acuerdo a un esquema casi extraído al pie de la letra de un texto médico, tal y como se puede apreciar en la comparación de síntomas y el análisis desde la medicina interna; por otra parte, dentro de un plano más correspondiente al estudio de la obra en sí, cabe destacar el desarrollo paralelo que establece Cambaceres entre la enfermedad de Andrea y la degeneración espiritual de Andrés. Ante esta situación, los papeles sobre los que había fundado su vida (ateísmo, desprecio por la vida) se ven invertidos por la enfermedad, en un último intento de que el recambio de su vida sea la salvación de su hija; sin embargo, el desarrollo del tema de la implacable naturaleza indómita que se percibe en la segunda parte de Sin rumbo impiden al autor crear un deus ex machina que salve a Andrea. Por tanto, el texto de Cambaceres conlleva una ambivalencia entre el combate del hombre y la naturaleza, cuyo poder inconmensurable e incontrolable que se puede expresar con la frase común de: el tamaño no importa, se hace patente en el desenlace de la obra. En efecto, el ínfimo agente patógeno ha logrado varios cambios: la muerte de Andrea, el cambio de la actitud de Andrés y su ulterior caída. De esta forma, el trasfondo científico manifestado en la enfermedad y la subversión de los valores por la depresión se conjuntan para crear un desenlace en el cual se pone de relieve el enfrentamiento de la naturaleza exterior y la naturaleza humana que termina derrotada.
BIBLIOGRAFÍA
Cambaceres, Eugenio.1999. Sin rumbo. Letras Hispánicas, 488 (Madrid. Cátedra).
Cymerman. Claude. 1999. “Introducción”, en Eugenio Cambaceres. Sin Rumbo. Letras Hispánicas, 488 (Madrid: Cátedra).
Herrán, Joaquín E. y Alfredo Manzullo. 1952. Difteria. Bacteriología-epidemiología-profilaxis (Buenos Aires: Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social).
Hertzler, Arthur. 1968. “Memorias de un médico rural”, en Selecciones. Diciembre, 1968 (México: Reader’s Digest); condensado de The Horse and Buggy Doctor, 1938.
Sans-Sabrafen, Jorge. 1978. “Infecciones”, en Medicina Interna, Tomo II. Farreras/Rozman (eds.) (Barcelona: Marin).
[1] Este afán de volver a la naturaleza y a la realidad objeto es lo que provoca en última instancia el desarrollo de la técnica y de una visión más científica en el combate a la enfermedad; éste es uno de los fenómenos más característicos del siglo XX y cuyas repercusiones serían tema de otra reflexión sobre la cual no abundo en este texto.
[2] En un caso agudo de difteria, al menos, transcurren dos días de período de incubación. No descarto, desde luego, que se dé por supuesto el clima rural de Argentina y que la acción sea hacia el otoño-invierno austral.
[3] Distinto al hecho de que Cambaceres denomine crup a la difteria, en una especie de metonimia.
[4] Cambaceres no menciona el líquido con el que se cauteriza la garganta, sin embargo, se puede suponer por la época que se trata de fenol, agua carbonatada o tintura de yodo o mercuro-cromo.
[5] Esta es una consecuencia de la incapacidad para respirar: la sangre se va cargando de CO2, con lo cual ésta se acidifica desencadenando una serie de reacciones fisiológicas que terminan en coma. El efecto es semejante a la acidez que posee un refresco por el dióxido de carbono disuelto en él.
[6] Por la sintomatología que muestra Andrea según el texto, es probable que esto se refiera a un fallo circulatorio o una miocarditis, amén de la acidosis respiratoria (véase nota anterior).
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