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La prolepsis dentro del marco general narrativo de Clemencia
A la familia y a la tierra de mi padre, Ciudad Altamirano,
nombrada así en memoria de nuestro escritor.
INTRODUCCIÓN
Sin duda, uno de los nichos más elevados dentro del canon literario nacional lo ocupa el guerrerense[1] Ignacio Manuel Altamirano. Su impecable técnica narrativa es uno de sus grandes logros, tal y como se puede apreciar a lo largo de sus obras y, en particular, de la que se ocupa este análisis: Clemencia.
En la novela arriba mencionada es de resaltar la forma en la que se da el bosquejo del hilo narrativo. Una lectura atenta revela que la narración se estructura con base en numerosas preparaciones o prolepsis las cuales adquieren varios fines dentro de la trama, desde crear falsas expectativas hasta la configuración prosopográfica dentro de las dos líneas sobre las que corre la obra: la del relato o ficción (story) y la historia introducida en el relato como un plano realista (history). Dada la manera en la cual se entreveran ambas, los cambios en una generalmente repercuten en la otra. En esta investigación, en la que me propongo describir las diferentes funciones de la prolepsis dentro del marco general narrativo de Clemencia, es necesario comenzar por una partición —hasta cierto punto arbitraria— de los enfoques que toma esta anacronía diegética[2]; por tanto, la centraré no en una perspectiva que enfrente las líneas narrativas ya citadas, sino a partir de una división tripartita orientada a los personajes Enrique Flores y Fernando Valle, respectivamente, y entre los dos, como punto de enlace, a la reflexión que se hace del proyecto mismo de la obra puesto por Altamirano en boca de su narrador (el doctor L...) y que genera un tipo de prolepsis acerca de la trama en su conjunto (history más story).
Antes de proseguir, es necesario aclarar que el estudio de la preparación[3] no será realizado sobre lo que se puede denominar prolepsis consecutiva[4], i.e., cuando la voz narradora anticipa un hecho que sigue inmediatamente a otro dentro de la línea diegética (la cual por lo general sólo sirve para mantener la tensión entre un capítulo y el siguiente) y cuyas consecuencias no trascienden la mera enumeración de los eventos narrados; sino sobre la prolepsis prospectiva, cuya variedad de funciones influyen en toda la trama, así como en la forma en la que está construida y que tiene un efecto, a través del proceso de analepsis (la rememoración de hechos atrasados dentro de la diégesis), en el lector, quien puede percatarse de cómo un evento fue anunciado, ya sea de manera explícita o velada, en un punto anterior.
1. De una imagen de traidor a la conversión en héroe: Fernando Valle
La historia, que inicia a partir de la remembranza del doctor, contiene desde su inicio la prolepsis, dado que los hechos narrados son anteriores al punto diegético en el que comienza la intervención de un narrador ajeno a la trama. La preparación tiene dos funciones: por un lado, da pie a la mise en abîme (el doctor L... pasa de ser personaje a narrador de otra historia de la cual también es personaje, pero centrada en Flores, Valle, Clemencia e Isabel); por otro, las citas de Hoffmann encierran varias claves que serán develadas en la trama: la relación de Valle y Clemencia y que anticipan incluso uno de sus diálogos: “—Mi secreto es, Clemencia, que he sido siempre infeliz; que jamás un ser piadoso se ha dignado bajar hasta mí los ojos; [...] jamás he creído que nadie pudiese aceptar mi amor.” (Altamirano, 2001: 43), amén de esbozar el trágico destino de Valle y que sólo será comprendido cuando el movimiento inverso de analepsis se presente hacia el final mientras él habla con el doctor en vísperas de estar en el paredón. De este modo se completa el ciclo proléptico: las acciones de la narración en segundo grado dan pie a que se pueda hablar de ellas y anticipar algunos de sus contenidos al inicio del marco narrativo general, que dentro de la línea temporal ficticia es un evento posterior.
Ningún ser puede amarme, porque nada hay en mí de simpático ni de dulce.
Hoffmann, El corazón de Ágata.
Ahora que ya es muy tarde para volver al pasado, pidamos a Dios para nosotros la paciencia y el reposo...
Hoffmann, La cadena de los destinados
—Doctor —le dijimos— ¿será indiscreto preguntar que significa este papel con las citas de los cuentos de Hoffmann? [...]
—[...] Ese papel tiene una historia de amor y desgracia, y, si ustedes gustan, la referiré mientras que saborean mi sabroso ponche. (Altamirano, 2001: 4).
Hoy me han traído un libro para leer. Eran los cuentos de Hoffmann. He leído dos; y como un desgraciado busca siempre en lo que lee los pensamientos que están en consonancia con sus penas y sus propias ideas, he copiado en papel estos dos; guarde usted ese papel en su cartera, y cuando le vea, recuérdeme. (Altamirano, 2001: 88).[5]
La mayoría de las prolepsis prospectivas en Clemencia, como se irá viendo, responden a un esquema en el cual la preparación parece introducida casi por descuido, pero que cobra su significado en un momento posterior de la diégesis; de aquí se deduce el complejo tejido de la trama y su repercusión en el efecto estético[6]: Altamirano no sólo maneja la línea histórica (la invasión francesa) dentro de la que se introducen y con la que se relacionan los elementos ficticios (el relato amoroso), sino que para enlazarlas en un plano general recurre a la figura de pensamiento proléptica y su contraparte, la analepsis, a fin de crear una tensión narrativa y destacar las consecuencias de los acontecimientos relatados, cuyo fin último es causar un efecto patético —léase conmovedor— en quien lea e, intradiegéticamente, en los tertulianos que escuchan la historia de boca del doctor L...
La analepsis y la prolepsis cumplen con funciones elementales en el proceso narrativo de cualquier relato: tienen una función completiva cuando brindan información [...] sobre sucesos omitidos o dejados de lado por el discurso narrativo en el momento de coincidencia de los dos órdenes temporales; desempeñan una función repetitiva cuando [...] anuncian acontecimientos que no han “sucedido” todavía en el tiempo diegético (prolepsis) [...] La prolepsis repetitiva cumple la función de un anuncio (annonce): su iteración puede emplearse como un artificio para generar suspenso. Los anuncios, señala Genette, no habrán de confundirse con los esbozos (amorces), “simples hitos sin anticipación, ni siquiera del tipo alusivo, que sólo adquieren significación más tarde, y que pertenecen al arte clásico de la ‘preparación’ (...) A diferencia del anuncio, el esbozo en principio, en el lugar en que aparece en el texto, no es más que una mera ‘semilla insignificante’, imperceptible ahí, cuyo valor seminal no se reconocerá sino hasta más tarde y de manera retrospectiva” [...] Pero estos esbozos si bien preparan para una futura revelación o significación, no por ello son estrictamente prolépticos, no anuncian los acontecimientos como las verdaderas prolepsis. (Pimentel, 1998: 46-47. Las comillas, comillas simples y cursivas son de la autora; las negritas son mías).
Hasta este punto, empero, las citas de Hoffmann no están relacionadas a un personaje, sino al proyecto narrativo en cuanto tal; para establecerlo, necesita fijar fechas y conferir un sentido de factualidad efectiva a los hechos que va a narrar, situándolos dentro de un marco histórico que ha sido introducido como el plano realista sobre el que se mueve la diégesis —la invasión francesa a México y el desarrollo de ésta hacia 1863—. Así, por medio del narrador, se comienza la confusión entre la history y la story dentro de la obra, además de anticipar el tenor en que se desenvolverá.
Ahora comienzo mi novela, que por cierto no va a ser una novela militar, quiero decir, un libro de guerra con episodios de combates, sino una historia de sentimiento [...] pues carezco de imaginación para urdir tramas y para preparar golpes teatrales. Lo que voy a referir es verdadero; si no fuera así no lo conservaría tan fresco, [...] en el libro fiel de mi memoria. (Altamirano: 2001: 5-6).
Después de la descripción de Flores, seguirá la de Valle, a fin de trazar tanto una serie de paralelismos prolépticos de carácter —que en realidad son antítesis—, cuanto la prosopografía de éste último, la cual dependerá, en gran medida, de las falsas expectativas sobre el aspecto de traidor que los demás consideran que posee. “—Evidentemente, este muchacho escondía un proyecto siniestro, estaba inspirado por una ambición colosal [...] él quería subir y aparentaba servir a la Patria como un medio de llegar a su objeto. No era, pues, un patriota, sino un ambicioso, un malvado encubierto.” (Altamirano: 2001: 8). Esta opinión que se ve confirmada cuando se acusa a Valle de traición es desmentida de manera rotunda; en un primer momento, al conocerse quién es el verdadero soplón y, posteriormente, por el mismo Valle cuando está en capilla e inicia el relato de su historia personal: “No hay misterios en mi vida, como todo el mundo ha sospechado, no sé porqué.” (Altamirano, 2001: 85).
Estas falsas expectativas preparadas también tienen otras repercusiones dentro de la línea ficcional (story), sobre todo, desde la concepción que tienen los otros personajes de él; desde los de más bajo peso dentro de la trama de la novela, como pueden ser los oficiales o los médicos, pero que al mismo tiempo anticipan el carácter heroico, el cual ellos manejan dentro del plano histórico, pero que se da en el nivel de lo subjetivo[7], hasta en personajes de mayor envergadura, como la misma Clemencia, quien primero es hecha partícipe de la falsa concepción cuando Flores está en capilla, según cree ella, por culpa de Valle: “Recordaba que aquel joven, aparentemente humilde, devoraba en silencio los desaires que se le hacían, mirando con ojo torvo los triunfos de Enrique, cuya superioridad lo humillaba.” (Altamirano, 2001: 76), impresión que es corregida al final de la novela, con su gran acto de nobleza. Por ello, para conformar al héroe y su nivel, la prolepsis desempeña un papel que predispone a una concordancia entre las acciones narradas y la concepción ficticia que se hace del personaje, cuya meta última extradiegética es ofrecer un nuevo paradigma de héroe nacional, establecido a partir del proyecto narrativo de esta novela, tanto para el lector común, cuanto para los demás escritores.
[A nuestros héroes] no los encontrará usted cubiertos de hierro en el combate, ni vestidos de seda y de terciopelo en la ciudad; pero rudos como son, parecen más hermosos con su desnudez y su miseria santificadas por el patriotismo. [...] Por último, el objeto de sus sacrificios era más santo y más bello; porque lo es más, evidentemente, liberar a la patria del yugo extranjero, [...] busquemos en el tesoro de los recuerdos nacionales las riquezas que nos darán fama.
Por otra parte, reflexiónelo usted bien: todos los poetas del mundo, cualquiera que sea el carácter de sus héroes, los cantan de preferencia a los héroes extranjeros. (Altamirano, 1988b: 52).
Continuando con el desarrollo de la trama, el diálogo de Flores y Valle llegando a Guadalajara vuelve a anticipar toda una cadena de peripecias que se desarrollarán ahí, y que ya se habían anunciado dentro de la línea histórica de la obra, al explicar cuál era el grado de relación entre ambos comandantes, lo que tendrá como resultado los acontecimientos posteriores: la entrada de un nuevo personaje, Isabel, a quien la adición de Clemencia magnifica el efecto que se había creado en las descripciones de Guadalajara de cerca y de lejos, antes de que se produzcan los encuentros y que también desempeñan un papel de configuración de personajes, pues al destacar la belleza física y de sentimientos de las tapatías en general, por sinécdoque se puede prever la alusión a Clemencia y a Isabel. La ulterior aparición de aquélla es anticipada como un descubrimiento, un develarla, en el sentido literal de la palabra, que es la función de la prolepsis al crear el suspenso sobre la identidad de la acompañante de la prima de Valle.
En cuanto a las mujeres, en mi concepto, no sólo son hermosas, sino divinas y tienen, además de los encantos físicos que el cielo les otorgó con mano pródiga, una cualidad que no es común, que va siendo más rara de día en día [...] el corazón, amigos míos, el corazón; lo que se llama hoy corazón [...] (Altamirano: 2001: 14).
Para continuar una caracterización de Fernando, las prolepsis también se refieren a su historia personal. Éstas aparecen en primer lugar en forma de comentarios o suposiciones sobre el pasado de Valle, por parte de su tía y que tienen su resolución, como muchas otros esbozos, en el diálogo con el doctor L... la noche previa al fusilamiento. Así, no sólo se mantiene el suspenso a lo largo de la novela, sino que se van añadiendo rasgos, que en el momento de la diégesis en que aparecen son bastante velados, para complementar una configuración del personaje que, a diferencia de los anteriores elementos que la bosquejaban, sí se ve confirmada en los hechos. Mientras que el aspecto de traidor queda rebatido; por el contrario, el disgusto de Valle a su familia es corroborado.
[...] pero yo observaba cierto desagrado al hablar de él, lo que, por otra parte, se hacía de manera breve y seca. [...] Yo supongo que el pobre joven debe haber causado a sus padres algún profundo disgusto, o ha cometido alguna gravísima falta, y que, a consecuencia de eso, ha incurrido en el desagrado de la familia y ha sido arrojado del hogar paterno. (Altamirano: 2001: 20).
Este amigo me inspiró las ideas liberales, que abracé con delirio. Mi tutor, hombre que opinaba como mi padre, se espantó de este giro que tomaban mis aspiraciones, y me prohibió la amistad de aquel hermano mío. Primer motivo de disgusto para mi familia. (Altamirano: 2001: 86. Las cursivas son mías).
Con respecto al trágico destino de Valle, éste tiene manifestaciones previas al momento en el que se da, sobre todo a partir de que conoce a Clemencia; las primeras sugerencias de este desenlace son extremadamente crípticas, casi de presagio supersticioso, como cuando en la rifa de los regalos de Navidad saca el número 13, número fatal entre los fatales y vuelve a tener el presentimiento que lo había sacudido cuando vio por primera vez a Clemencia: “Además, recordó la sensación dolorosa que experimentó al aproximarse a Clemencia, cuyos ojos negros le habían causado movimientos nerviosos, presagios de algún mal terrible.” (Altamirano, 2001: 26). La referencia a la sangre con la que empapará el pañuelo vuelve a ser un presagio del sino funesto que aguarda a Valle, lo que se complementa con una preparación un poco más explícita, tanto en relación al amor de Clemencia hacia él una vez que ella se ha enterado de la verdad, cuanto con la forma de morir de Valle, no en campaña, como hubiese deseado, sino en el paredón. De hecho, no es el acto de ser condenado a muerte lo que ama Clemencia, sino la desgracia que emana de un grande rasgo del corazón, el cual será que Fernando le cambie su lugar a Enrique y sea fusilado en vez de él. De esta forma, sobre la línea narrativa, se presenta un juego de analepsis-prolepsis: el pasado del momento diegético como premonición de un futuro que aún no llega y que a su arribo confirma lo predicho acerca del fatal acaso de Fernando.
Yo busco en el escogido de mi corazón, la fuerza, la inteligencia y la elevación de sentimientos: todo eso he creído entrever en Fernando. [...] Mira; no le amo aún; pero si cualquier suceso me hiciese conocer de una manera indudable las grandes dotes que le supongo, le amaría con toda mi alma, le adoraría y procuraría hacerle dichoso con toda la pasión de que una mujer es capaz. (Altamirano, 2001: 49).
Se me figura que un proscrito, perseguido por todo el mundo, un mártir, un hombre que subiera al cadalso por su fe y por su causa, abandonado de todos, hasta del cielo... ese sería el hombre a quien yo amase... (Altamirano, 2001: 50).
—¡De modo que ese infeliz Fernando no era un calumniador, de modo que le hemos ultrajado injustamente, de modo que habrá tenido un infierno en el corazón y que va a morir asesinado por nuestra crueldad! (Altamirano, 2001: 83).[8]
Una de las más complejas prolepsis dentro de la trama se da durante los sucesos de la velada en casa de Clemencia: aquí se entremezclan rasgos de conformación de personajes y creación de hilos conductores simulados entremezclando las líneas histórica y sentimental de la novela. Con respecto al primer elemento, se va a fincar una diferencia entre las personalidades de Valle y Flores que, aunque en este momento resultan no-creíbles, tendrán su resolución cuando se revele la actitud de Enrique hacia Isabel; en segundo lugar, el falso amor de Clemencia hacia Valle será el comienzo de la tragedia dentro de la novela al crear en Fernando falsas esperanzas, las cuales se oponen no sólo a la realidad de los sentimientos que ella oculta, sino que provoca en Valle un conflicto entre su deber con la República (línea histórica-objetiva) y su querer (el amor a Clemencia dentro de la línea sentimental-subjetiva), además de que causan que Valle anticipe eventos que él piensa que no sucederán, como la salida de Clemencia de Guadalajara (la cual se dará en un momento posterior de la diégesis).[9]
¡Qué me importan la hermosura, la gallardía y la seducción del amigo de usted? ¿Cree usted que yo soy de las que prefieren eso a las dotes del alma? Desde la primera vez que le vi en casa de Isabel, establecí perfectamente la diferencia que hay entre usted, hombre de corazón y de talento, y Flores, que me parece un galán de oficio, sin alma [...] (Altamirano, 2001: 44). [10]
2. El juego paradójico de la apariencia: Enrique Flores
Por lo que toca a Enrique Flores puede afirmarse que este personaje no sólo es puesto en balance contra Fernando y su heroicidad, sino que todos los movimientos de prolepsis-analepsis van des-cubriendo cómo es en realidad. De esta forma, para configurarlo, también se retoma esta creación de falsas expectativas que se trastocan conforme avanza la acción y que demuestran, en última instancia, el engaño de las apariencias, y cuyos efectos se hacen sentir en la línea sentimental (el intento de felonía hacia Isabel, el desengaño de Clemencia al conocer que él es el traidor y la ulterior muerte de Valle) y dentro del plano realista histórico (la traición a la patria). De aquí se pueden establecer los conceptos de moralidad y patriotismo que imbuyen esta novela y el proyecto educativo[11] que se plantea a partir de dichos contenidos, los cuales, dentro de la obra, se dan a partir de las preparaciones y la forma en que éstas son desmentidas o ratificadas por los actos conforme progresa la diégesis. Así, la primera descripción que se hace de Enrique parte de una interrelación del plano realista de la vida militar (más cercano a la history), con la línea ficticia. El hecho de que en ella se comenten los detalles amorosos en ocasiones previas configura al personaje y anticipa cuáles serán sus reacciones o lo que se puede esperar de él a lo largo de la narración. Estas acciones que revelan su carácter también dan pie a que se entiendan situaciones posteriores entre las que destaca la noche en que piensa que será fusilado y la cobardía que él muestra y que desmiente todo lo que podría haberse pensado acerca de su valor (el miedo que le infunde ser fusilado es tal que prefiere la salida fácil y pusilánime que es suicidarse, lo cual da al traste con la supuesta bravura que debería poseer un militar) o de su patriotismo (ya que se ha vuelto un traidor a la causa republicana); con ello, la prolepsis juega con las apariencias y contrasta a los dos comandantes: el que aparenta ser traidor no lo es y viceversa.
El comandante Flores era idolatrado por sus soldados, muy querido de sus compañeros y el favorito de su jefe [...] susurrábase que el coronel sería ascendido a general, y que entonces Flores quedaría con el mando de su cuerpo, quizá con el carácter que aquel tenía. (Altamirano: 2001: 6).
El coronel del cuerpo de caballería al que pertenecían Flores y Valle había sido ascendido a general y recibió el mando de una brigada. Enrique [...] había recibido su despacho de teniente coronel desde antes de salir de Guadalajara, y en calidad de tal se quedó con el mando de su cuerpo. (Altamirano, 2001: 66).
Pero Enrique Flores no era de esos hombres que sonríen al ver acercarse la muerte. [...] Sin creencias de ninguna especie, carecía también de la energía que da la justicia de una causa, que da el amor a la gloria. (Altamirano, 2001: 80).
Cabe agregar que esta preparación de las reacciones de Flores está perfectamente definida dentro del proyecto narrativo de la novela a tal grado que se expresa como uno de los rasgos que debe tener el género, según el ars novelística de Altamirano y que comprende varios elementos, como el ya visto sobre los héroes y esta vez con respecto a la descripción y conformación prosopográfica: “Me he detenido en la descripción del carácter del primero de mis personajes, porque tengo en ello mi idea: deseo que ustedes le conozcan perfectamente y comprendan de antemano la razón de varios sucesos que tengo que narrar.” (Altamirano: 2001: 7), con ello se preparan las oposiciones que se manejarán durante el desarrollo de Clemencia; ejemplo de lo cual es el concepto de los sentimientos que tienen ambos personajes, pero cuya clara distinción se ofrece en la villanía de Flores, prefigurada por el mayor peso que él da a los sentidos sobre el corazón.
—Yo nunca he sido romántico.
—Pero usted siempre habrá sido feliz.
—Feliz absolutamente, no; necesitaba yo muchísimas cosas para ser feliz. Mi ambición es insaciable, mis sentidos exigentes hasta lo imposible. (Altamirano, 2001: 23).
O el concepto sobre el patriotismo que tiene Flores y que anticipa la perfidia de su carácter en lo tocante a su deber como militar para la República. Esta prolepsis no sólo configura la acción de Enrique y el porqué de su traición, sino vuelve a recalcar el funesto desenlace que tendrá Valle. Flores sí logra salvarse de perecer en la guerra aunque se entremezcla de nuevo su supervivencia con la historia y con el relato (pues esa escena se entrelaza con la recepción de la noticia de la muerte de Fernando por su familia). Añadiendo el rasgo de la ambición, puede comprenderse el origen de su actitud desalentada al estar en capilla, al haber preferido traicionar a su patria por la plaza de general que le ofrecían en el ejército invasor.
—¿Y usted cree que no morirá en la lucha?
—Eso no lo sé: nada difícil es que muera; pero moriré con la conciencia de que tarde o temprano triunfará la República.
—Pues bien; yo también tengo fe y hay algo que me dice que sobreviviré a la guerra. Usted comprenderá que vamos a quedar muy pocos, y de esos pocos me propongo ser uno. El camino así se hace más corto, y yo llegaré a mi fin.
—De modo que el patriotismo entra muy poco en los propósitos de usted.
—El patriotismo tienes sus móviles de diversa especie [...] Para mí es la ambición. Yo quiero subir. (Altamirano, 2001: 24).
Hay que recordar que la traición de Flores se da en los dos niveles de la trama: el de la historia y el del relato. Siguiendo en la línea objetiva de la narración, el descubrimiento del verdadero infame y el sacrificio de Valle es el momento en el cual se cierra el ciclo proléptico-analéptico y que determina la verdad acerca de los personajes, de acuerdo con la forma en que habían venido siendo tratados; incluso las dudas de Clemencia al respecto quedan aclaradas, juntando a un tiempo ambas líneas narrativas.
—No lo dude usted Clemencia [...] Le han presentado comunicaciones del enemigo dirigidas a él, ofreciéndole el empleo de general y otros puestos elevados, y comunicaciones también suyas en que daba cuenta de las operaciones del ejército y prometía pasarse con su cuerpo a las filas francesas. (Altamirano, 2001: 77-78).
[...] Este no es momento de ocultar la verdad ya. Sepan ustedes que, en efecto, los pliegos que cogió Valle eran míos. Yo estaba en comunicaciones con aquella plaza, y ahí se me brinda con una banda de general. Debí pasarme con todo mi cuerpo, y con algunos otros, pero desgraciadamente me retardé y fui descubierto. (Altamirano, 2001: 82).
Para profundizar en el segundo nivel de traición, es necesario enfocarse en las prolepsis que dan cuenta sobre la apariencia, pues en ella se manifiesta quién es en verdad Flores, así como el castigo a la mujer al dejarse llevar por la imagen externa y que recalcan de manera cruel la trama sentimental de la obra y su propósito en el ámbito moralizante y del ideal pedagógico. Aquí es donde se anticipa la opinión de Clemencia sobre Enrique en el capítulo 20 y en el desenlace (cuando descubren quién las había ayudado y el sacrificio que Valle había hecho por Flores), esto es, en el juego de analepsis, el desengaño de todo lo que ellas creían como correcto. Con esta descripción se prepara el correctivo que les espera por creerse de la apariencia, pues el muchas veces, no implica siempre, con lo que resalta la unicidad y por qué Valle sale de lo habitual.[12]
Pero [Isabel y Clemencia] juzgaban como juzgan casi todas las mujeres, por elevadas que sean y eso en virtud de su organización especial. Aman lo bello y lo buscan antes en la materia que en el alma [...] Las jóvenes creen que en lo bello se encierra siempre lo bueno, y a fe que muchas veces tienen razón. (Altamirano: 2001: 19).
Con relación a esto, puede verse la intención moral que queda plasmada desde la definición del carácter de Enrique y que anticipa su comportamiento con Isabel. El manejo del tema de amor[13] no excluye este sentido moral que se plantea a partir de las prolepsis que preparan el terreno en el que se va a probar la calidad humana de Flores. Tal y como escribe el mismo Altamirano: “En el cuento de amores el ingenio puede hacer lo que quiera y ya que lo puede todo, ¿por qué no reunir el encanto a la moral? Las luchas del corazón no necesitan del vicio para ser interesantes.” (1988a: 55).
Clemencia descubre de manera falsa las verdaderas intenciones de Enrique, ella en parte lo hace por celos, pero en realidad sus intuiciones y afirmaciones no andan tan desencaminadas, pues tan sólo un capítulo después se descubrirá la verdad respecto de las intenciones de Flores hacia Isabel, a quien le ha prometido matrimonio (confirma a su vez, el mismo diálogo que sostuvo Enrique con Valle acerca de su actitud hacia las mujeres).
—No digo yo que sea monstruoso, pero me parece el caballero Flores demasiado calavera, para aventurar una promesa tan pronto, con intención de cumplirla. Eso, si no una suma vulgaridad, sería una cosa muy rara. Hay hombres como él, que emplean esa palabra en todos sus galanteos, y esos decididamente son libertinos vulgares, muy vulgares. (Altamirano, 2001: 47).
Dado que para comprobar la prolepsis debe analizarse el movimiento inverso analéptico en el que se presenta lo anunciado por aquélla, el cierre de esta acción se da al confirmarse el carácter libertino de Flores, el cual también había sido pre-sentido por Isabel. Es así que las emociones y los sentimientos se convierten en generadores de la prolepsis, y que terminarán por comprobar que sus sospechas no eran infundadas, remitiendo, por tanto, a la falsedad romántica de las palabras.
Pero inmediatamente, y cándida e inexperta como era, sentía que en las miradas de Enrique y en sus sonrisa había algo que no era enteramente puro [...] Entonces un misterioso terror se apoderaba de ella, y había alguna voz íntima que le decía que aquel hombre era peligroso para su virtud y para su reposo [...] (Altamirano, 2001: 27).
Enrique no me ama ni me ha amado nunca; ese hombre no tiene corazón, y tenías razón sobrada para aconsejarme que no confiara en sus palabras. ¿Sabes lo que ese libertino quería? Quería mi deshonor, quería mi vergüenza. (Altamirano, 2001: 50).
Siguiendo sobre este asunto, el otro enfoque es el amor de las jóvenes hacia Flores cuya primera consecuencia es la forma en la que se establece la rivalidad entre ambas, la cual tiene efectos a largo plazo como lo son las falsas esperanzas que otorga Clemencia a Valle, el desengaño de Isabel y, finalmente, en el desenlace de la novela.[14]
[Isabel] Comprendió que el gallardo Enrique había causado una impresión grata en el ánimo de Clemencia, lo mismo que en el suyo, y tal vez presintió que iba a tener una rival, y rival temible, pues Clemencia por sus encantos y por su talento, era más peligrosa para los hombres. (Altamirano, 2001: 21).
Asimismo, esta preparación del amor se ve condicionada por la interrelación de la prolepsis histórica con la del relato; ejemplo de esto es la huida de la familia de Clemencia con el fin de seguir a Flores y la cual se da a partir del hecho histórico retratado en la diégesis que ya había sido anticipado: la toma de Guadalajara. De esta forma, el relato histórico introducido como plano realista en el que intervienen los personajes queda establecido de antemano.
El invasor se había extendido en el corazón del país, sin encontrar resistencia. Faltábale ocupar Zacatecas y Guadalajara. Esto se hizo un poco más tarde [...] el general Arteaga evacuó también Guadalajara con las tropas que allí tenía [...] Bazaine, general en jefe del ejército francés, ocupó la capital de Jalisco. (Altamirano, 2001: 5).
Ya he dicho que ese mismo día cinco ocuparon los franceses, mandados por el general Bazaine, a Guadalajara. Arteaga la había evacuado el día tres con sus tropas. (Altamirano, 2001: 59).
Hasta aquí, pues, se percibe como el proyecto narrativo y el contenido van de la mano para conformar a este personaje, así como la moralidad y el ideal pedagógico en la construcción de un ciudadano mexicano: “El maestro —comenta Carmen Millán— propone a sus contemporáneos trabajar por una poesía propia que sirva como medio de enseñanza al pueblo y hace énfasis en el sentido moral y en la importancia del estilo.” (Peñaloza, 1969: 39). Aunque es necesario puntualizar que también en la novela está presente este rasgo.
Como una nota adicional se encuentran los capítulos 25 a 27 que funcionan exactamente a la inversa, pues su contenido servirá como analepsis en los demás, al tiempo que vinculan las dos líneas: no anticipan los hechos ya que sólo van dentro de la línea diegética; sin embargo, los demás capítulos retoman su contenido: el descubrimiento de la traición de Flores y la ayuda de Valle a la familia de Clemencia y de Isabel, mientras que aquí se encuentra la información que ayuda a zafar a Valle de la acusación que pendía sobre él bajo el falso cargo de traidor. De esta forma los eventos posteriores de los capítulos 29 al 33, son entendidos con base en la analepsis, pero es en ellos donde finalmente tienen su resolución la mayoría de los conflictos preparados en el transcurso de la narración; el principal de los cuales es el desengaño de las jóvenes con respecto a Fernando y la ejecución de éste. El postrer lamento de Clemencia es una manifestación de la forma en que están construidos estos juegos narrativos entre el presente y el pasado expresados en las analepsis y las prolepsis sobre las que se sustenta la novela.[15]
—Padre mío —dijo— ¿dónde está eso?
—Aquí hija querida, aquí; pero por Dios que no nos hagas sufrir.
Y le alargó los cabellos que le había cortado.
—¡Ah! — dijo Clemencia tomándolos con delirio y besándolos repetidas veces—. A ti era a quien debería haber amado —dijo— y cayó sobre sus almohadas desecha en llanto. (Altamirano, 2001: 90. Las cursivas son mías).
CONCLUSIONES
En vista de lo anterior, y dejando de lado un necesario análisis acerca de la prolepsis consecutiva en virtud del carácter prístino de Clemencia (novela por entregas) y su función tanto en relación con los lectores de la época, cuanto con categorías narratológicas como la tensión narrativa, puede percibirse cómo la segunda faceta de la prolepsis, es decir, la de carácter prospectivo, atañe no sólo a la construcción del entramado novelístico y de la forma que adquiere la obra y su influjo en el contenido, e. g. en la construcción de personajes, la creación de falsas expectativas (respecto a los protagonistas y al desarrollo de la trama en cuanto tal) o erigirse como el puente entre los dos hilos de la novela: el ficcional y el histórico; sino que el hecho de que en ella se hable de sí misma y de su desarrollo, anticipándolo, dan cuenta de la creación de un ars novelística, una forma de estructurar la narración en su forma y su contenido y que formulan una parte del proyecto de Clemencia en relación con la literatura nacional y la manera en que debe ser escrita esta última.
Además de que las acciones de la novela están construidas con base en la prolepsis, la intervención de ésta también logra dar un sustento al aparato ideológico de la obra. No es en ella donde se expresa, pero sí es la forma en la que se presenta y en la que se comprende, como es el caso de la moralidad, del proyecto de conformación de héroes, del patriotismo y de la fundación del carácter del mexicano que lea esta novela (en términos de la propuesta republicana). De aquí que el papel que juega la prolepsis no se limite al plano del efecto estético, cayendo en el ámbito de lo estrictamente narratológico; sino que la trascendencia de esta figura de pensamiento llega a tocar el proyecto ideológico en el plano social y en el plano literario, intenciones ambas bien trazadas a partir del uso de esta técnica de círculos prolépticos en los que se apoya la narración.
BIBLIOGRAFÍA
a) Directa
Altamirano, Ignacio M. 2001. “Clemencia”, en Clemencia / Cuentos de Invierno. “Sepan Cuantos...”, 62 (México: Porrúa).
b) Indirecta
Altamirano, Ignacio M. 1988a. “Revistas literarias de México (1821-1867). Primera Revista”, en Obras Completas, XII. Escritos de literatura y arte, 1 (México: SEP).
———. 1988b. “Carta a una joven poetisa”, en Obras Completas, XIII. Escritos de literatura y arte, 2 (México: SEP).
Beristáin, Helena. 2003. Diccionario de retórica y poética (México: Porrúa).
Peñaloza García, Inocente. 1969. “Clemencia —un siglo después—. Breve análisis de la primera novela de Ignacio Manuel Altamirano”; en Primer centenario de Clemencia. Ignacio Manuel Altamirano. 1869-1969 (Toluca: UAEM).
Pimentel, Luz Aurora. 1998. El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa. (México: Siglo XXI- FFyl, UNAM).
Quirarte, Vicente. 1999. “Prólogo”, en Ignacio Manuel Altamirano (México: Cal y Arena).
[1] Aunque tal vez sería mejor considerarlo mexiquense, ya que cuando nació Altamirano el estado de Guerrero aún no había sido constituido y Tixtla pertenecía al Estado de México.
[2] Genette llama ancronías a las rupturas causadas por una relación discordante entre el orden de los sucesos en el tiempo diegético y su orden en el tiempo del discurso; en otras palabras lo que se narra primero no necesariamente ocurrió primero en el tiempo de la historia. Existen dos tipos principales de anacronía [...]
b) Prolepsis. Se interrumpe el relato principal para narrar o anunciar un acontecimiento que, diegéticamente, es posterior al punto en que se le inserta en el texto. (Pimentel, 1998: 44. Las cursivas son de la autora).
[3] Para efectos de este análisis, sigo la definición de Helena Beristáin quien maneja los términos preparación y prolepsis como sinónimos. Con respecto a lo que he dado en denominar prolepsis consecutiva, su equivalente sería el término anuncio (o annonce), y la prolepsis prospectiva sería similar a esbozo (o amorce), según la terminología de Genette.
[4] Como ejemplo puede mencionarse el anuncio de la soirée en casa de Clemencia que ella misma hace en el capítulo 14 y cuyo efecto es la reunión en el salón de su casa, según se narra en el capítulo 15.
[5] Éste es el formato general que seguiré para analizar este fenómeno: citaré la escena proléptica y enseguida el punto donde se confirma el esbozo, de acuerdo a la descripción previa que realice; desde luego, no será en todos los casos de prolepsis, ya que algunos de ellos no tienen un cierre analéptico en otra parte de la novela. Cabe agregar que la misma selección de Hoffmann en la prolepsis sobre cuál será la anécdota de la novela obedece al concepto de Altamirano acerca de este autor: “Una nueva escuela, alemana por cierto, ha añadido todavía a la forma romanesca un atractivo más: lo fantástico. [...] Hoffmann es el padre de esta escuela [...] Los cuentos de Hoffmann han adquirido gran celebridad y nosotros no los admiramos tanto por su originalidad, como por su exquisito sentimiento.” (Altamirano, 1988a: 55. Las cursivas son mías).
[6] Sobre el logro artístico de nuestro autor en esta obra puede agregarse lo siguiente: “Por lo que se refiere a su obra narrativa, Altamirano publicó por entregas su novela Clemencia en las páginas de El Renacimiento. Numerosas habían sido antes las novelas sentimentales. Con la de Altamirano, surge una obra donde a la verosimilitud de las pasiones se añade el cuidado en la estructura.” (Quirarte, 1999: 40. Las cursivas son mías).
[7] Tal y como puede verse en el siguiente diálogo que es la muestra de esta preparación acerca de la heroicidad de Valle, pero que se entremezcla con las falsas expectativas que se crean sobre él. Añádase que dentro de estas prolepsis se encuentra, con mayor o menor frecuencia, la indicación a través de vocablos o tiempos verbales que otorgan el sentido de posterioridad.
—Realmente hay algo de misterioso en la fuerza de espíritu de este muchacho —nos dijimos.
—¿Será un héroe futuro?
—¡Bah! tiene más aspecto de traidor que de héroe; él medita algo, no hay duda —se me contestó. (Altamirano: 2001: 9. Las cursivas son mías).
[8] Ya el mismo Enrique Flores había anticipado los riesgos del amor del Valle y que se van cumpliendo cabalmente a lo largo de la novela: “Valle el que se reía con desdén de nuestras debilidades, hele aquí que se humaniza, que se hace accesible, que se apasiona... ¡Mal negocio, compañero, mal negocio! Va usted a hacer más locuras que nosotros, porque los empedernidos como usted, cuando resbalan, no paran hasta el abismo.” (Altamirano, 2001: 10).
[9] Me parece importante destacar que esta prolepsis no está construida con base en sueños premonitorios, como en otras novelas románticas, sino que siempre son reflexiones o comentarios que en una primera lectura se quedan en ese nivel y no es sino hasta el final cuando logran adquirir un significado pleno dentro de la construcción de la trama y como expresión de los contenidos y fijación de otros recursos narrativos (determinación temporal, prosopografía, tensión, entre otros).
[10] En un momento anterior, cuando Valle recapacita sobre las palabras de Clemencia y cómo ella lo exaltó sobre Enrique: “Si se sentía con alguna superioridad moral; si poseía las grandes dotes del corazón, estas dotes no se habían manifestado todavía, y permanecían desconocidas a los ojos de la mujer amada, que bien podía dudar de ellas.” (Altamirano, 2001: 46. Las cursivas son mías), aunque pareciera que es una prolepsis consecutiva, en realidad, el carácter de Fernando no será revelado en todo su esplendor sino hasta el final de la novela; desde luego, Valle no sabe que las dotes que prefiere Clemencia son las nacidas de la desgracia, según lo que se ha explicado anteriormente.
[11] Acerca de este proyecto educativo, que por sí mismo sería tema de otro análisis, retomo las palabras de Altamirano sobre uno de los usos de la novela: “Nosotros hemos considerado la novela como la lectura del pueblo y hemos juzgado su importancia no por comparación con los otros géneros literarios, sino por la influencia que ha tenido y tendrá todavía en la educación de las masas.” (Altamirano, 1988a: 56. Las cursivas son mías). Igualmente, entra a consideración que este ideal pedagógico tiene su anclaje en que, parafraseando a Peñaloza, Altamirano era un escritor romántico con una fuerte expresión clásica, proveniente de su siglo anterior (S. XVIII) con las correspondientes cualidades de equilibrio, armonía y proporción que manifiesta a lo largo de su obra.
[12] Al igual que el resto de su obra, la narrativa altamiranista tiene por objeto el triunfo de la virtud sobre la maldad. (Quirarte, 1999: 41).
[13] Al respecto debe agregarse que éste es uno de los elementos dentro del proyecto de novela que se establece en Clemencia para ser imitado por otros escritores, lo que en última instancia debe repercutir en la continuación del proyecto de una literatura nacional y en quienes la escribirán: “Inspírese usted en el amor, porque el amor será siempre el numen querido de la juventud; el amor, don eterno de la naturaleza, y condición indispensable de vida para todo lo que existe, es también fuente eterna de poesía.” (Altamirano, 1988b: 66).
[14] Ya que hablamos de Isabel y Clemencia, resulta curioso que otra de las prolepsis de carácter marginal se dé para referirse a sus habilidades, v. g el caso de Isabel que toca el piano (cap.13) y que lo demostrará ante Flores y Valle (cap.14), aunque aquí bien cabe hablar de prolepsis consecutiva, no puede dejarse de lado, ya que este último capítulo resulta pivotal, pues la intervención de las habilidades de Isabel ante el teclado trascienden la mera imagen narrativa.
[15] Es necesario recordar el engaño al que se ven sometidos los personajes dentro de la diégesis, en la cual los eventos que se exponen por medio de la analepsis si pueden ser vistos por ellos; pero no los esbozados por la prolepsis narrativa que sólo es una percepción del lector y que no puede existir ni en el mundo ficticio ni en el mundo real (dado que implicaría la capacidad de ver el futuro).
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